CULTURA ARMIÑO Tiempos de hoy
 
   

                                     Nº 1193. 24 de marzo de 2017

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De la cultura y la Ciencia / Mauro Armiño  

 

Poetas en tiempos de miseria

Con la reciente destitución de Celia Mayer como concejal de Cultura, Madrid no cierra un capítulo ni abre otro: la nada, lo epiceno. Lo deshecho por Mayer, deshecho queda, sobre todo el patético concurso para el Teatro Español, con sus secuelas de matadero y la ignorancia cultural de todo el Ayuntamiento haciendo de matarifes. Y que esa cartera, por precipitación u otras inepcias, quede en manos de la alcaldesa Carmena por ahora, sólo da a un callejón sin salida que, en espera de remodelación, sitúa todo en tiempo muerto; y ya llevamos media legislatura edilicia de moribundia. Tras inutilidad demostrada y admitir Carmena que el aparato cultural “no ha dado el resultado que quisimos”, crea para ella una concejalía nueva –la de Género, tan delicada–, demostrando así la escasa capacidad de Carmena para moverse por criterios políticos distintos a los de la sempiterna casta; desbanca a una de un sillón para sentarla en otro. Hasta las rosas de primavera abren los pétalos para partirse de risa. “Mis sueldos, mis sueldos“, gritaba Sganarelle mientras Don Juan se hundía en los infiernos; la censura prohibió a Molière esa frase que en principio parece tonta, pero que apunta a lo único importante: la ideología, las ideas y demás murga con que se llenan la boca a diario no es nada; lo único que atañe y vale es el sueldo, el dinero. Y con él sigue la cesada.

Luces de Bohemia, de Valle-Inclán, en dirección de Lluís Homar, de 2012 / CDN.

Las meteduras de pata de Mayer han terminado venciendo a Carmena, a quien la ignorancia de la susodicha creaba problemas con la prensa, que algo ha tenido que ver aireando sus desmanes; menos mal que todo esto no ocurría hace cien años. Aquellos eran otros periodistas, más descarados (y más denunciados y condenados), como puede verse en el recién aparecido Cronistas bohemios, de Miguel Ángel del Arco (Editorial Taurus), quien, para centrarse en la recuperación de cinco buenos periodistas de principios de ese siglo, esboza un panorama de las relaciones entre prensa y poder. El libro de Miguel del Arco, profesor de Periodismo la Carlos III de Madrid, no es académico; peca, incluso, de lo contrario, con molestas repeticiones de lo ya dicho, y quizá sin aportar nada nuevo a estudios precedentes sobre la bohemia y la prensa literaria (Iris Zavala, Amelina Correa y un largo etcétera como las introducciones a ediciones recientes de Valle-Inclán, Alejandro Sawa, Bonafoux, etc). La larga introducción nos mete en el ambiente de taberna y miseria de aquel periodismo con el análisis concreto de Luis Bonafoux, Joaquín Dicenta, Alejandro Sawa, Pedro Barrantes y Antonio Palomero, nombres hoy olvidados como lamenta el autor. Lamento inútil, «porque lo nuestro es pasar», y sobre el periodismo pasa la apisonadora del tiempo más que sobre otros géneros.

Entre el hambre y la protesta
Del Arco subraya el ambiente de hambre y calvatruenos en que vivía aquella amalgama de escritores y periodistas, «proletariado artístico» de la época; y da como origen del ansia de modernidad que traen el desastre y la depresión que a España le entró cuando 1898 supuso el fin del imperio colonial con la pérdida de Cuba y Filipinas; quizá no subraya suficiente uno de los cementos en que se sustentó aquella protesta y que, históricamente, terminó en cascajo y con la dictadura de Primo de Rivera; por fin la situación histórica se movía dos décadas antes del nuevo siglo, con la fundación del Partido Socialista (1879) para enfrentarse al turnismo de liberales y conservadores, todos ellos una recua de corruptos y caciques cuyos apellidos todavía colean entre las grandes familias económicas de hoy; y eso que lo llamaban regeneracionismo. El mérito de aquel socialismo inicial fue interesar a los «obreros intelectuales», que se acercaron tanto al desastre de 1898 como a los conflictos internos: desde las huelgas de Río Tinto en 1888 a la invasión de tierras de los campesinos en Jerez de la Frontera (1892), o la celebración del 1 de mayo por primera vez en 1890, o los atentados anarquistas… temas que los jóvenes abordaban frente al silencio de la vieja generación, la de Pereda, Clarín, Juan Valera, Echegaray…
A esto vinieron a unirse los vientos de la bohemia traída de París; no de la bohemia romántica de mediados de siglo, sino la de Verlaine y Rimbaud, de ajenjo, tabuco y mujerzuelas, adaptada a nuestra versión castiza, y con bastante atraso respecto a lo que ya ocurría en la capital francesa, metida en la vanguardia. Y, encima, con ínfulas de aristócratas de la inteligencia –lo eran en aquella España de arrieros y olla podrida, pero en círculos muy restringidos–. «Proletarios de levita y sombrero de copa, peor pagados que los mismos empleados de ferrocarriles», según el estonio Ernesto Bark –desconozco si hay algún estudio sobre este interesante anarquista, activista de aquel cotarro político y artístico, y merecería reedición La santa bohemia y otros artículos (Celeste, 1999)–; Valle-Inclán lo retrata como Basilio Soulinake en Luces de bohemia, espejo tan admirable como tremendo aquella España de penuria y desventura. A ese sentido aristocrático en el trabajo y la forma de vivir de los bohemios nacionales, éstos mezclaban su defensa del pueblo, proletarizado y explotado, y eran capaces de meterse en la mina y convivir un tiempo con los mineros para hacer reportajes que abrían una veta en el nuevo periodismo; lo cual no obsta para que Dicenta, autor de esas crónicas sobre la mina y de la primera pieza “obrerista” del teatro español, Juan José, director de periódicos y activista, despilfarrase el dinero en continuados desmanes, borracheras y jaranas eróticas.
Todos ellos arremetían contra el poder con nombres y apellidos, en artículos que hoy les llevarían a los tribunales; se ganaron insultos, ataques, cárceles, expulsiones (Bonafoux de varios países), duelos; eran capaces de escribir «ese Congreso de histriones lúgubres y de mujerzuelas de caño sucio»; su defensa de los desfavorecidos iba a la par de su denuncia contra la forma en que los gobiernos seguían manteniendo sus privilegios, caciquismos y corrupciones; podían alegrarse y dar por bien muerto a algún idiota prócer nacional, o desear que el pueblo se erigiese en verdugo de los tiranos y convertir los altares en picotas.

Mallarmé, visto por Renoir

Los mejores: perdularios
Borrachos, perdularios…, de todo eso y de más los acusaron, pero hicieron el mejor periodismo de finales de siglo y principios del XX si dejamos de lado a Mariano José de Larra, medio siglo antes. Aristócratas de la inteligencia, varios se habían ido de aquel (y este) «país de todos los demonios» y habían conocido en París al sumo sacerdote Verlaine y a quien abría la puerta de la poesía a lo desconocido, Mallarmé. Sobre todo Bonafoux y Sawa: a éste le había estampado un beso en la frente Victor Hugo, y había sido amigo de Théophile Gautier y de parnasianos como Lecomte de Lisle, había estado en el camerino de la gran Sarah Bernhardt y asistido a los martes de Mallarmé. De la espuma exquisita de la literatura europea del momento pasó a la analfabeta España de charanga y pandereta, boina y borrico. Se ganó a pulso, como cantó admirándole Manuel Machado, su indigencia e infortunios.
Un inciso: con motivo del centenario de la revista Cervantes (1916), la Editorial Ya Lo Dijo Casimiro Parker ha editado Una jugada de dados, la última obra de Mallarmé, en traducción de Pilar Gómez, haciendo una labor de encaje con la tipografía original y respetando los espacios en blanco, los distintos cuerpos de las palabras y la plástica compaginación de los versos. Poema mítico de entre siglos, que reúne artes y rompe con toda la poesía anterior, abriendo una puerta que a la vez cierra; poéticamente no se puede ir más allá, salvo pasando alguna temporada en el infierno; y su pensamiento aún tiene secretos que interpretan más de cien años después filósofos y poetas.

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena.  

 

 

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