SIN MALDAD Tiempos de hoy
 
   

                                     Nº 1193. 24 de marzo de 2017

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Sin Maldad / José García Abad

 

Respetemos la intimidad de
Don Juan Carlos salvo que sus amores
tuvieran consecuencias políticas


Expresé ya en 2004, en mi libro La soledad del Rey, y lo reitero ahora que había
que respetar los amores del Rey, como los de cualquier otro personaje, salvo en el caso
en que tuvieran consecuencias públicas. Las relaciones con Marta Gayá tuvieron serias
consecuencias políticas, como pudo tenerlas los contactos con Bárbara Rey

Asistimos estos días a la publicación de grabaciones realizadas por el Cesid (ahora CNI) sobre las actividades amorosas de Don Juan Carlos. Para evitar filtraciones nuestro centro de espionaje cedía al monarca como picadero sus pisos encubiertos, en principio destinados a las labores propias de la institución.
Que el Cesid grabara los encuentros amorosos del monarca es deleznable, como lo es que ahora alguien con acceso a estas grabaciones las filtre, quizás para obtener un dinero a cambio. Lo que parece claro es que nos encontramos en el fin de los secretos. Todo termina sabiéndose por lo que sería prudente seguir la máxima de: “Si no quieres que se sepa, no lo hagas”.
Creo que fui el primero, modestia aparte, que describió, negro sobre blanco, en mi libro La Soledad del Rey editado en el año 2004 en La Esfera de los Libros, los amores de Don Juan Carlos, especialmente los referidos a Marta Gayá, cuya relación amorosa permaneció a lo largo de 18 años. Y lo más importante, rompiendo el pacto tácito, o sea, la autocensura sobre la Monarquía, revelé distintas corruptelas del monarca en el mundo de los negocios.
Expresé entonces y lo reitero ahora que había que respetar los amores del Rey, como los de cualquier otro personaje, salvo en el caso en que tuvieran consecuencias públicas, cuando determinados acontecimientos no tendrían explicación sin revelar dicha relación. Y el caso de los amores con la decoradora Marta Gayá tuvo serias consecuencias políticas como pudo tenerlas los contactos con Bárbara Rey.
En este caso concreto lo inadmisible es que el Estado tuviera que pagar 500 millones de pesetas para obtener el silencio de esta última, que había grabado sus encuentros. En aquel caso las escenas eróticas no eran lo más peligroso sino que, al parecer, el Rey cometió alguna indiscreción referente al inminente golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.
“La afición de Don Juan Carlos a las faldas –escribía yo entonces en el aludido libro, que reitero, se publicó en 2004– no es un problema de Estado, salvo cuando se convierte en un problema de Estado. La objeción se plantea, claro está, cuando sus aventuras interfieran en sus obligaciones profesionales, como ocurrió cuando, desaparecido en Suiza, atendía en una clínica a una deprimida Marta, la decoradora catalana a la que estuvo ligado sentimentalmente, aunque no en exclusiva, durante dieciocho años”.
En aquella ocasión, Felipe González no pudo localizarle para un menester urgente: la firma de sendos decretos: el que cesaba a Francisco Fernández Ordóñez, que se debatía con un cáncer en fase terminal como ministro de Asuntos Exteriores,  y otro por el que se nombraba para este cargo a Javier Solana; o como sucedió cuando su querida decoradora le impuso el cese de José Joaquín Puig de la Bellacasa como secretario general de la Casa de Su Majestad porque se expresó duramente, aunque off the record, sobre el hecho de que los encuentros del monarca con Gayá no fueran suficientemente discretos. “O Puig o yo”, fueron los términos del ultimátum al que no pudo resistirse nuestro demasiado humano monarca.
También fue decisión de Marta que el Rey se prestara a contar sus memorias a José Luis de Vilallonga, un libro que le había desaconsejado, por imprudente, el jefe de la Casa, el teniente general Sabino Fernández Campo. Don Juan Carlos agradeció el consejo pero le dijo: Joder, Sabino, tienes que comprenderlo, es que si no lo hago ésta me deja”. Y es que Vilallonga había facilitado los deseos de Gayá de organizar en Mallorca encuentros con gente selecta en el que pudiera presumir de su relación con el Rey.
La decoradora seguía el consejo de madame de Maintenont, la amante del rey Luis XIV de Francia: la primera preocupación de una amante en los inicios de una relación amorosa con el monarca es que no se sepa; la segunda  etapa es valerse de las personas adecuadas para que se vaya sabiendo; y finalmente lo que hay que dejar claro es que tu mandas más que la legítima.

 

Firma

Lleva ejerciendo la profesión de periodista desde hace más de medio siglo. Ha trabajado en prensa, radio y televisión y ha sido presidente de la Asociación de Periodistas Económicos por tres periodos. Es fundador y presidente del Grupo Nuevo Lunes, que edita los semanarios El Nuevo Lunes, de economía y negocios y El Siglo, de información general. 

 

 

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