Cultura ARMIÑO Tiempos de hoy
 
   

                                  Nº 1195. 7 de abril de 2017

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Tribuna Cultural/ Mauro Armiño

 

«¿Qué dirá mañana esa prensa canalla?»


Ramón Fontseré encarna a un periodista del pasado que aspira a publicar la "verdad". / DAVID RUANO

El lamento de un Max Estrella agónico resume la queja expresada en Zénit, última creación de la compañía de Els Joglars presentada en el Centro Dramático Nacional hasta este 9 de abril; a veces todo tiempo pasado fue mejor, y eso ocurre con Els Joglars desde que Ramón Fontseré sustituyó al frente de esa compañía a un Albert Boadella con la imaginación agotada entre los algodones con que Esperanza Aguirre (¿en qué salsa no se habrá metido esta individua?) le pagó su antinacionalismo catalán. Zénit confirma ese agotamiento, ese girar de noria sobre los mismos esquemas teatrales, pero empobrecidos y dislocados de su gozne. Han abandonado aquel imaginativo pasado que tenía en figuras concretas (Franco, Pujol, la Iglesia, etc.) sus blancos para flechas, y ahora recurren a la generalidad, al concepto “prensa” como diana de su sátira. Según el texto, la prensa (¿cuál?) está muy mal, ha vendido la verdad por un plato de lentejas, la búsqueda de audiencia. Y el actor Fontseré encarna a un periodista del pasado, con raíces en la rebeldía y en mayo del 68, que aspira a publicar la “verdad” y no le dejan, para terminar inundado por la basura que son los medios. Fontseré, rodeado en el inicio por un canto a la ética de la profesión, (entre otras imágenes, la de La Libertad guiando al pueblo),encarna al periodista bohemio, borrachuzo y libertario que choca contra los intereses económicos del empresariado periodístico para morir así, ahogado en la inmundicia. No quiero pensar que el libreto esté pensando en Luces de Bohemia y Max Estrella, visión esperpéntica de aquella España de Valle-Inclán, válida todavía en ésta.

La audiencia, medida de todos los valores. El texto demuestra bastante desconocimiento de los problemas de la prensa de hoy, bastante peor de lo que exponen; periodistas vendidos y palmeros, empresarios bien subvencionados por el poder que recortan la verdad a tijeretazos o se entregan jubilosos a las fakes news tan de moda; además, esas acusaciones contra la prensa pueden hacerse extensivas a otros estamentos de la sociedad, en los que siempre manda el dinero, la famosa “oportunidad de negocio”. Sobre todo en el mundo televisual –auténticos mierdos que expanden bazofia–, la búsqueda de audiencia genera programas que son burdos engendros propiciados por la codicia del dinero, sinónimo de éxito y medida de todos los valores según se deduce de una reciente entrevista del consejero delegado de Telecinco Paolo Vasile –nada que ver con el siciliano Turi Vasile, su padre, hombre de cultura delicada, escritor, crítico, autor de comedias, alguna dirigida por Andrea Camilleri y, sobre todo, hombre de cine ( productor, director y guionista)–. ¿Quién juzgará un día a estos corruptores de una audiencia en cuya estupidez y analfabetismo profundizan por mor del pastel publicitario? Tienen desde luego ancho campo para el exterminio de cualquier idea de entretenimiento, por no decir cultura: desde la Biblia sabemos que «el número de los tontos es infinito como las arenas del desierto»; y en cuatro o cinco mil años su número ha crecido ofreciendo tajada mayor. En el caso Vasile, todo apellido pasado fue mejor.

Lo que no se debe decir, no se puede decir. No tiene demasiado interés Zénit desde el punto de vista dramático y teatral, pero trae a colación un tema de moda y sin resolver (probablemente irresoluble): los medios de comunicación, entre los que hay que incluir el último grito en la difusión de ideas o de idioteces gracias a la tecnología: el tuiteo, para muchos españolitos única fuente de información que últimamente altera el gallinero, empezando por las fuerzas vivas de esta democracia que boquea en sus planteamientos mínimos como son dos libertades, la de expresión y la de pensamiento (de esta última, madre de la otra, nadie dice nada). Como a mediados del siglo XIX denunciaba Larra, “lo que no se debe decir no se puede decir”; desde hace más de una década venimos asistiendo a un retroceso en eso del hablar (o de escribir tuits) dirigido por los jueces, a los que no se sabe por qué no sé qué artículos de no sé qué códigos dan vela en este entierro de la libertad de expresión. El caso Cassandra ha removido las aguas por unos tuits sobre Carrero Blanco, aquel represor de la dictadura convertido ahora en víctima del terrorismo, según sentencia de Juan Francisco Martel, Carmen Paloma González y Teresa Palacios, magistrados de la Audiencia Nacional que han condenado a Cassandra con pena de cárcel. Algo bueno ha tenido la sentencia, hemos conocido muchos chistes que se nos habían pasado, recogidos ahora por periódicos y redes sobre el tal Carrero.


El caso Cassandra ha removido las aguas por unos tuits sobre Carrero Blanco, aquel represor de la dictadura convertido ahora en víctima
del terrorismo
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A mi insignificante parecer, la joven murciana sólo ha cometido un delito: escribir su nombre con dos eses, aberración que carece de sentido en el sistema fonético de la lengua, y sobre todo falta de respeto ortográfico hacia su antecesora, la profetisa que advirtió a los troyanos de la trampa que el caballo de Troya introducía en la ciudad. Como a la adivina griega, a esta Cassandra la justicia la ha escupido en la boca, como hizo el dios Apolo al verse rechazado por la joven. Pero lo que importa de este lance es el caballo de Troya que nos han metido los últimos años del rajoyato: las leyes han recuperado rasgos del franquismo tajando la libertad; ni siquiera a Aznar se le ocurrió la ley Mordaza del infausto y opusdeísta Fernández Díaz, que hubiera sido un buen ministro de Franco, y no de la última etapa, sino del año 41, cuando a sangre, tiro, cárcel y cuchillo se desangró y mató a media España.
Esos chistes, con más o menos gracia, han corrido por novelas y cómicos (desde Juan Luis Cebrián a Tip y Coll) sin la menor relevancia pública, siguiendo la afición a la sátira y la burla que viene de los clásicos; al pobre Quevedo la Audiencia Nacional lo quemaría después de emplumarlo y pasearlo montado en burro; aunque creo que ahora no se puede quemar a nadie; se le puede desahuciar, hundir en la miseria además de trabajar, acrecentar la pobreza, etc., cosas que al parecer la Constitución no prohíbe ni pena. Y no digamos a otro pobre, Larra, que se suicidó, harto, entre otras cosas, de convivir con aquellos españolitos; y de paso a Galdós, que ya decía que “España no puede continuar por más tiempo siendo una excepción en Europa”. Seguimos siéndolo ahora, en esta sentencia que ha condenado a Casandra o a Strawberry; seguimos inmersos en ese inmenso carnaval político, en una ópera cómica tirando a bufa, interpretada por políticos, jueces, abogados, médicos y cualquier quisque.

Vestiduras rasgadas. Que los partidos del bipartidismo se limiten a acatar la sentencia y sólo “vociferen las filas avanzadas” que dijo Galdós, indica el miedo de aquellos a salirse de un orden que se reglamentó con la mentalidad franquista que mangoneó la Transición y que no hay forma de corregir. Todo es entremés, esperpento. Sólo Podemos parece haber salido en defensa de Cassandra, lo cual no quiere decir que tengan claras las ideas sobre la libertad de prensa, como otro entremés, con sus tonadillas y ovillejos, ha demostrado hace un mes a propósito de unas amenazas de chicos de esa formación contra periodistas. Se rasgan las vestiduras y proclaman inocencias que todos sabemos falsas: aquí todos presionan, silencio avisan o amenazan miedo con el dedo o la palabra, porque han creído que su deber “patriótico” (yo tampoco) estriba en encauzar libertades por el carril de cada ideología. Otra cosa es el trapicheo y la conspiración de Victoria Prego y sus adláteres lanzando con nocturnidad y alevosía un comunicado para llevar a su molino carca sus intereses y chanchullos políticos. Porque todos parecen estar convencidos de que los medios están para hacer publicidad gratuita o pagada del abanico de ideas (mejor ideologías, a la caza y captura de audiencia y votos entre ese número infinito que dice la Biblia). Menos mal que aquí sólo presionan, en otras partes los matan: 156 periodistas muertos el año pasado en el mundo.

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena.  

 
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