CULTURA Clara Sanchís Tiempos de hoy
 
   

                              Nº 1197. 21   de abril de 2017

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Clara Sanchís, actriz

“Virginia Woolf es puro humor, lo más desconocido de ella”

Es actriz, pianista y directora teatral. Clara Sanchís (Madrid, 1968) ama las palabras y la música, la musicalidad de las palabras. De niña escuchaba a su padre, el dramaturgo José Sanchís Sinisterra, teclear en la máquina de escribir obras de teatro en una habitación de la casa y, en la otra, oía a su madre, la actriz Magüi Mira, ensayar sus personajes. Ahora, Clara Sanchís encarna a Virginia Woolf en el monólogo Una habitación propia, que se representa en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español hasta el 21 de mayo. “Virginia Woolf dio un paso de modernidad”, afirma.

Luis Eduardo Siles

- “Si estás haciendo teatro de texto, la raíz, el germen, es el texto”


“Me indigno cuando siento que el director no escucha lo suficiente al autor”


¿Cómo surge la idea de llevar al teatro Una habitación propia, libro que recopila dos conferencias que en 1928 escribió y pronunció Virgina Woolf?
La lectura de ese libro me quitó el sueño. Es un libro que leí relativamente tarde, cuando había cumplido ya los 30 años. Lo leí en una noche. Seguido. Y me golpeó de una manera muy misteriosa, porque se suponía que las cosas que cuenta el libro yo ya las sabía. Se suponía que de ese pasado femenino ya tenía conocimiento. Pero algo, quizás en esa manera de contarlo por parte de esa mujer genial, me llegó mucho, me emocionó, me produjo una mezcla de ganas de hacer cosas y, al mismo tiempo, una profunda tristeza, por las cosas que descubrí. Incluso descubrí mucho de mí misma. Entonces, la misma noche en que leí el libro, pensé que ese texto pedía a gritos ser dicho sobre un escenario. Es una conferencia y tenía, dentro de la complejidad, una gran oralidad. Pasaron los años y la segunda razón para hacer este texto es que yo, de vez en cuando, busco a María Ruiz, directora teatral, para trabajar con ella. Se trata de una mente lúcida, muy especial, muy particular, y tenía muchas ganas de que nos reencontráramos. Se unieron ambas cosas, el texto de Virginia Woolf y el deseo de reencuentro profesional con María Ruiz. Además, María y yo habíamos hablado muchas veces de ese libro.

¿Qué destaca del mensaje que Virginia Woolf quiere transmitir en Una habitación propia?
La complejidad del lugar en el mundo de los hombres y de las mujeres. La no simplificación del problema de los roles, que evidentemente supone un problema, tanto para los hombres como para las mujeres, el estigma de lo femenino y de lo masculino mal entendido. Es muy complejo. Virginia toca muchas cosas y a mí me parecen fascinantes. Pero si tuviera que elegir, me atrae especialmente el asunto de la mente andrógina. Porque considero que es de una enorme modernidad y creo que aporta una gran luz para todos nosotros. Poder escapar de esos roles que solo nos están limitando. Y que son roles impulsados por la sociedad y por las estructuras de poder, que ella analiza de una manera muy divertida, con un sentido del humor enorme, pero al mismo tiempo de manera demoledora. Dice: “Hay que tener una mente andrógina que transmita emociones sin impedimento”. ¿Por qué dice eso? Porque lo que llamamos lo femenino, que no sabemos en realidad lo que es, si como mujer te ciñes a lo llamado femenino, seguramente te estás perdiendo muchas cosas que están dentro de ti. Y ocurre exactamente lo mismo con el hombre. Ella dice: “Mente andrógina creativa, indivisa, incandescente, como la de Shakespeare”.

¿Qué relación mantiene con el público durante el monólogo?
Una relación fascinante. En realidad, hacemos la función ellos y yo. Pero que nadie se asuste, no tienen que hacer nada especial. Pero se trata de una conferencia. Es algo que yo cuento directamente a los espectadores. Les lanzo muchísimas preguntas sin pretender ninguna respuesta. Una, por ejemplo: “¿Qué es mejor, ser carbonero o niñera?”.Y se hacen varias preguntas de ese tipo. Y Virginia Woolf concluye: “Preguntas inútiles, que nadie puede responder”. Yo interpelo al público continuamente. Estrenamos la obra hace unas semanas en el teatro Pavón-Kamikaze, y al Pavón les debemos el nacimiento de esta función, el que haya sido posible. El Pavón-Kamikaze fue nuestra primera habitación propia, y creo que es un lugar luminoso, creativo y completamente necesario. En el Ambigú del Pavón, y aquí, en la sala Margarita Xirgu del Español, ocurre lo mismo, porque los espectadores están muy cerca, al lado. Y yo veo perfectamente lo que reciben y lo que no. Entonces se establece un diálogo secreto que a mí me modifica la forma de encarar el texto. Porque lo siento en sus risas. Hay muchas risas. Porque es un texto muy divertido. Aunque luego, en el fondo, es muy triste. Pero también es divertido, sí. Porque Virginia es puro humor. Ese es un lado desconocido de ella. En Una habitación propia hay ironía. Mucha. Mi relación con el público es muy abierta y muy interesante. Hay mujeres que lloran, quizás algunos hombres también, y alguna que se ríe, y que suspira como diciéndome: “Hija mía, qué te voy a contar yo…”.

Ha recordado usted en alguna ocasión que Virginia Woolf sostenía que “la educación masculina ha sido tan deficiente como la femenina”.
Sí, ella se pregunta: “¿Por qué un sexo es tan próspero y el otro tan pobre?” “¿Por qué los hombres beben vino y las mujeres beben agua?”. Está hablando, claro, en 1928, pero cuando empieza a profundizar en el asunto y se da cuenta de cómo es esa estructura de poder, absolutamente piramidal, y qué efectos ha tenido y tiene en las mujeres, en esta caso las artistas, porque ella se ciñe a las mujeres artistas, pero es extensible a todas las demás, porque también se refiere a las mujeres que friegan los platos y acuestan a los niños. Cuando analiza a fondo, decía, se da cuenta de que ella no pudo tener educación, a ella no la llevaron a la Universidad, cosa que le pesó durante toda su vida, y entonces se da cuenta del gran problema que ha supuesto para las mujeres no acceder a la educación. Pero también ve que la educación que ha recibido el hombre, con ese rol masculino exacerbado, es también terrible para el propio hombre. Porque mantener el rol masculino con lo que conlleva, debe ser tan difícil, tan imposible, como para nosotras ser frágiles y delicadas permanentemente. Tan complicado como para el hombre ser firme y fuerte sin interrupción, ¿no? Ella analiza muy a fondo estas cuestiones. Y concluye: “Es absurdo echar la culpa a una clase social o a un sexo en su conjunto. Las masas se mueven por instintos que escapan a su control”. Virginia da un paso de modernidad. No se trata de un asunto de enfrentamiento entre hombres y mujeres. Estamos todos en el mismo barco.

Simenon decía que nadie sabe lo que pasa por la mente de un ser humano. ¿Qué empujó a Virginia Woolf al suicidio? 
Ella explicó que no iba a poder soportar una Segunda Guerra Mundial. Ella vivió la Primera Gran Guerra. No quería vivir otra. Y era bipolar. En uno de sus diarios afirma: “No creo que nadie pueda sentir en su cuerpo los movimientos emocionales tan contradictorios que yo vivo”. Sufría crisis. Y parece ser que en la última época, aunque yo no soy en absoluto una experta en la biografía de Virginia Woolf, ella aseguró que oía voces. Empezó a tener delirios. Y eso la asustó mucho. Se derrumbó.
 
Usted ha protagonizado El lector por horas o Próspero sueña a Julieta, de José Sanchís Sinisterra. De esos personajes, imagino, usted oyó hablar mientras crecían en el folio o incluso antes de que nacieran como personajes. ¿Le resultó más fácil interpretarlos?
A lo mejor sí (Risas). Primero, porque claro, José Sanchís Sinisterra es mi padre. Y además de ser mi padre, tenemos una gran compenetración. Y una muy buena comunicación y entendimiento. Entonces quiero pensar que soy heredera de su sentido del humor, y que comparto con él cierta visión de las cosas. De otras, no. Pero hay una empatía. Y su lenguaje lo entiendo muy bien. Sus palabras las entiendo muy bien. Cuando lo leo, lo oigo. Claro, estoy muy cerca de él. Toda la vida oyendo su voz. De niña, me dormía con el sonido de la máquina de escribir. Cuando yo ensayaba y estudiaba el personaje de Julieta, casi lo oía a él, y creo que casi lo oigo con los subtextos y los matices. Es lógico. Existe entre ambos una gran comunicación. El lector por horas es mi función favorita entre las que he hecho. Le tengo un especial cariño a esa función y a ese texto. Él me leyó la primera escena, por teléfono, en la que no existía aún Lorena, no existía el personaje femenino, y nunca olvidaré aquella noche. Me dijo: “Escucha lo que me ha salido”. Me fascinó la escena. Y le dije, fue la primera vez que me atreví, yo en ese momento tenía ya 29 años y una pequeña carrera como actriz, y me sentí capaz de decirle, “por favor, sigue escribiendo el texto, y yo quiero interpretar a esa mujer de la que habla”. Se lo pedí. Él no sabía si iba a ser una obra corta, porque ya la primera escena era una obra corta en sí misma, pero yo vi ahí que absolutamente era una función, y que resultaba fascinante el mundo que se estaba creando. Ese lector que tiene que leerle a una ciega, y que se va a crear una relación solo a través del sonido de su voz sin otras palabras que las de la propia literatura. Y luego, ese homenaje a los grandes textos y a sus autores, que mi padre me ha hecho amar desde que soy lectora. Porque, antes que nada, yo soy lectora. Igual que él. Primero se es lector.

Josep María Flotats suele decir que en el teatro, lo primero, es el poeta. ¿Qué valor concede usted al texto?
Estoy totalmente de acuerdo con Flotats. Lo primero es la palabra. Además, a mí me indigna cuando siento que el director no escucha lo suficiente al autor. ¿Deformación de hija de autor? Puede ser. Yo he tenido a veces experiencias con directores que en su manera de tratar el texto me han llevado a pensar: “Escribe tú la obra y dirígela tú; pero si has escogido este texto, hazlo, hasta el final”. Yo sé que ahí hay un gran dilema, porque incluso hay autores que piensan que no, y les parece bien que les retoquen la obra. ¿Cuál es el espacio del autor, del director y del actor? Es algo a decidir. Quizás en cada espectáculo. Y en cada equipo. Y tal vez varíe. Y en ese triángulo está la cuestión. Porque el actor es también muy constructor de lo que está ocurriendo. Y también a veces el propio actor se resiste a las palabras del autor. Pero si estás haciendo teatro de texto, la raíz, el germen, es el texto. Hay que tratar de indagar en el autor hasta el máximo, escarbar hasta donde se pueda. Y luego, inventar. Pero lo primero es la fuente. El texto.

El ritmo de las palabras

Usted es pianista. Y ha dicho: “Creo que la música es la madre de todas las artes”.
El otro día alguien me dijo que desconfía de la música, porque ese apelar a lo emocional sin que el intelecto de ninguna manera funcione, le produce desconfianza. Y pensé: es un nuevo punto de vista. Interesante. Pero, para mí, insisto, la música es la madre de todas las artes, quizás por mi propia naturaleza, quizás por mi formación musical, y porque creo que todo es ritmo, latido, armonía. Si no es la madre, reúne la música tantas cosas tan necesarias para todas las artes que de una forma precisamente tan primaria, tan natural, que es hermosísima y que alumbra muchos caminos. Porque esa idea de la armonía, de las voces que están sonando al mismo tiempo, por un lado, es un sistema de equilibrios. Decía Juan José Millás, que fue profesor mío, que a veces somos hablados. Por esta idea musical, que a veces por el propio ritmo de las palabras te lleva a buscar una palabra y no otra. Pero, como diría Virginia Woolf: “Peguntas inútiles que nadie puede responder”. 

 
 
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