CULTURA STEFAN ZWEIG Tiempos de hoy
 
   

                              Nº 1197. 21   de abril de 2017

- - --


“Para entusiasmar a los demás, hay que ser capaz de entusiasmarse”, decía el escritor.

Zweig, astro errante

Este año se cumplen 75 años del suicidio del escritor austríaco Stefan Zweig y su esposa, Charlotte Altmann, que ocurrió en 1942 en Petrópolis (Brasil). En España acaba de estrenarse la película Stefan Zweig: Adiós a Europa, dirigida por la alemana María Schrader, que evoca su vida centrada en seis momentos específicos de su exilio en Brasil.

Jairo Máximo

El célebre novelista, poeta, dramaturgo, biógrafo y traductor Stefan Zweig está considerado como uno de los más brillantes y polifacéticos escritores del siglo XX, dueño de un de estilo inconfundible. Probablemente el mayor escritor de best-sellers de su siglo. Su popularidad era extraordinaria, sobre todo porque llegaba a todos los estratos sociales. Tenía una sorprendente habilidad narrativa para profundizar en los más hondos entresijos del alma humana.

Enamorado de la gran cultura y la libertad, su obra ha sido traducida a más de cincuenta idiomas. Es autor de poemas, cuentos, relatos, novelas, ensayos históricos y literarios, biografías y piezas teatrales, que han inspirado más de 38 guiones cinematográficos, algunos dirigidos por Roberto Rossellini, Max Anderson y Max Ophüls. En 1948, Ophüls hizo una fantástica adaptación del fascinante relato Carta de una desconocida, protagonizada por Joan Fontaine y Louis Jourdan.

Triunfó entre el público culto de la época con unos magistrales ensayos biográficos sobre algunos de sus creadores predilectos: Tres maestros: Balzac, Dickens, Dostoievski (1920) y Tres poetas de su vida: Casanova, Stendhall, Tostoi (1928); y con las espléndidas biografías de Fouché, Erasmo de Rotterdam, Montaigne, Napoleón, María Antonieta o María Estuardo, que todavía hoy en día no han sido superadas. Además, hizo traducciones de los poemas de Baudelaire, algunos de Verlaine, Keats y William Morris.

“Para entusiasmar a los demás, hay que ser capaz de entusiasmarse”, decía el escritor.

Nace una estrella
Stefan Zweig nació en 1881, en Viena, Austria, en el seno de una acomodada familia de judíos no practicantes. A pesar de su desahogada posición económica, la familia Zweig no era amiga de lujos ni derroches. Desde su infancia desarrolló su talento para la escritura y pronto empezó a publicar poemas, traducciones de poemas y ensayos en los periódicos y revistas de Viena.

Cuando cumplió los quince años, su padre le regaló un manuscrito de Mozart. Fue el comienzo de una vocación coleccionista de manuscritos, autógrafos y objetos personales de creadores universales que cultivó con pasión hasta sus últimos años, en la que invirtió gran parte del dinero que ganaba y cuya dispersión forzosa al llegar los nazis descerebrados fue uno de los mayores disgustos de su vida. En 1904, se graduó Doctor en Lengua y Literatura Románticas.

Brasil encantos mil.
Stefan Sweig llegó a Brasil por primera vez como turista el 21 de agosto de 1936, y fue recibido con honores de Estado por el gobierno constitucional de Getulio Vargas. “Durante esta semana he sido Marlene Dietrich”, escribió a un amigo sobre su recepción. La segunda vez fue el mismo día, pero del año 1940, con permiso de residencia en regla y bajo la dictadura de Vargas instaurada en 1937.

En 1941 publicó el exitoso ensayo Brasil, país de futuro, editado en Estocolmo. Erróneamente la izquierda brasileña criticó con saña el ensayo y a su autor. Reprochaban sus tópicos y su ¿respaldo implícito? a la dictadura de Vargas. Rápidamente Zweig escribió una carta pública subrayando “su pasión por el país y el pueblo brasileño”.

Simultáneamente, en el prólogo de la obra editada en portugués, el entonces ministro de Cultura brasileño, Afrânio Peixoto, precisó: “Zweig: anduvo, paseó, vio, viajó, vivió. No quiso nada, ni condecoraciones, ni fiestas, ni recepciones, ni discursos… No quiso nada”.

La primera edición de Brasil, país de futuro estuvo agotada durante cuarenta años. Pero, cuando, con motivo del centenario del escritor, en 1981, el libro volvió salir a la venta en Alemania, las nuevas ediciones alcanzaron una difusión diez veces mayor que la primera. Un hecho curioso para un libro de esta naturaleza.

En Brasil escribió su última obra, Novela de ajedrez (1941), su novela más famosa, sobre la neurosis obsesiva que un hombre desarrolla por el ajedrez durante su cautiverio en manos de la Gestapo.

“No había nunca pensado que al cumplir los sesenta años me encontraría aposentado en un pueblecito brasileño, atendido por una chica negra descalza y a kilómetros y kilómetros de distancia de todo lo que antes fue mi vida: libros, conciertos, amigos, conversación”, dejó escrito Zweig.

Otra víctima.
Fue un implacable opositor a la Primera Guerra Mundial (1914-1918), que vivió desde la Oficina de Guerra en Viena, tras haber sido nombrado “no apto para combate”. En los últimos meses de la primera contienda mundial se desplazó a Suiza y, más tarde, se estableció en Salzburgo, desde donde emprendió diferentes viajes.

Férreo delator del nazismo, en 1934, en el auge del nazismo, y ante la inminente anexión de Austria a la Alemania nazi, abandonó para siempre su Austria natal e inició un largo exilio por el mundo. Atravesó un mar tras otro, expulsado, perseguido y despojado de la patria amada. Sus obras fueron quemadas públicamente y su nombre prohibido en editoriales y publicaciones alemanas. Su casa de Salzburgo, antes de ser saqueada, fue registrada en búsqueda de armas escondidas.

Primero se estableció en Londres, después en París, Los Ángeles, San Francisco, Nueva York y, finalmente, Petrópolis. En Londres comenzó a tener depresión, pues se sentía un hombre sin patria, sin hogar y sin nacionalidad. Desde 1881 a 1918 Zweig fue súbdito del Imperio Austrohúngaro. Después, entre 1918-1938, ciudadano austriaco y, a partir de 1938, británico.
Cartel de la película Stefan Zweig: Adiós a Europa, estrenada recientemente.

Su fascinante y actualísimo libro autobiográfico El mundo de ayer: memorias de un europeo, publicado póstumamente en 1944, informa e ilustra al lector. Fue escrito mayoritariamente en el calor del trópico, sin archivos y amigos con los que compartir los recuerdos del pasado. Es un antídoto a los populismos y un canto a la cultura y la libertad. “No guardo de mi pasado más que lo que llevo detrás de la frente”, escribe.

En el prefacio de la obra expone: “Antes de la guerra había conocido la forma y el grado más alto de la libertad individual y después, su nivel más bajo desde siglos. He sido homenajeado y marginado, libre y privado de libertad, rico y pobre. Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea. (…) Hoy por hoy, como escritor –soy alguien que “camina vivo detrás de su propio cadáver– (…) Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido de verdad”.

Vida de película.
Entre sus singulares amistades se encontraban la crème de la crème de la cultura europea de la primera mitad del siglo XX. Thomas Mann, James Joyce, Paul Valéry, Ravel, Richard Strauss, Bartók, entre otros. Asimismo, mantuvo fiel correspondencia con Sigmund Freud, Hermann Hesse y Joseph Roth.

Durante su largo exilio por Inglaterra, Francia, Estados Unidos y Brasil, el escritor llegó a convertirse en una especie de “institución caritativa” para los inmigrantes centroeuropeos. Sin embargo, renunció a la vida porque no pudo soportar la idea de ver a la Humanidad doblegada por los asaltos destructivos de los extremismos.

En la noche del 22 de febrero de 1942, en la serrana Petrópolis, en Río de Janeiro, Stefan Zweig y Charlotte Altmann, su joven devota segunda esposa y secretaria, se suicidaron con una sobredosis de tranquilizantes y somníferos. Su entierro celebrado en Río de Janeiro con honores de jefe de Estado. Fue un acto multitudinario que sorprendió a todos tratándose de un forastero.

En la inquietante carta de despedida que dejó escrita con el epígrafe Declaração (el título en portugués y el texto en alemán), dirigida a la Policía brasileña y, de paso, a la Humanidad, leemos: “Antes de dejar esta vida por voluntad propia, con la mente lúcida, me impongo la última obligación: dar un afectuoso agradecimiento a este maravilloso país: Brasil… Diariamente he aprendido a amar este país, más y más. En ningún otro lugar habría podido reconstruir mi vida, ahora que el mundo de mi lengua esta perdido, y mi patria espiritual ?Europa? se ha destruido a sí misma… Por eso me parece mejor concluir a tiempo y con ánimo sereno una vida para la que el trabajo espiritual siempre fue la alegría más pura y la libertad personal el mayor bien sobre la tierra. Saludo a mis amigos: ¡Ojalá puedan aún ver el amanecer! Yo, demasiado impaciente, me adelanto a ellos”.

Hoy en día en Petrópolis se encuentra la Casa-Museo Stefan Zweig, dedicada al escritor y a todos los exiliados europeos en Brasil. En 1981, el periodista y biógrafo del escritor, el brasileño Alberto Dines, publicó el libro Morte no Paraíso, que aborda las circunstancias que rodearon la vida y muerte del autor austríaco. En 2002, el cineasta brasileño Sylvio Back, dirigió Lost Zweig, enfocado en su última semana de vida.

Y ahora –2017– la actriz y directora alemana María Schrader nos presenta Stefan Zweig: Adiós a Europa, centralizado en seis hechos

concretos vividos en su exilio en Brasil. Su primera estancia, su participación en un Congreso de escritores en Buenos Aires en 1936, una incómoda recepción con el alcalde de un pequeño pueblo del norte de Brasil, la visita a su primera esposa –Friderike Winternitz– en Nueva York en 1941, el encuentro en Petrópolis con el escritor y periodista alemán Ernest Feder en el día de su cumpleaños y, por último, el momento en el que las autoridades y amigos encuentran los cadáveres del escritor y su segunda esposa.

Resumiendo, de la pluma fecunda y vida de película de Stefan Zweig mucho ya se ha escrito y, felizmente, se seguirá escribiendo. Su obra perdura. Es un astro errante. A la vista está.

 
 
-