Los Dossieres Tiempos de hoy
 
   

                               Nº 1197. 21 de abril de 2017

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Tras su ‘ruptura’ con Trump, por Siria, Putin lidera el eje euroasiático

Rusia renace como superpotencia

Tras el acercamiento inicial entre Washington y Moscú, con la victoria electoral de Donald Trump, acontecimientos recientes, como el bombardeo unilateral de Siria por parte de Estados Unidos, o el envío de una flota norteamericana a aguas cercanas a Corea del Norte, han vuelto a tensar las relaciones. Rusia, sin embargo, lleva años desarrollando una estrategia para retomar su papel como gran potencia mundial y preservar su crecimiento y desarrollo frente a los intereses de Occidente.


El ataque estadounidense sobre Siria sería la coartada que necesitaba Vladimir Putin para resucitar una nueva ‘Guerra Fría’
con Washington que refuerce a Rusia como superpotencia.

Pedro Antonio Navarro

La llegada al poder de Donald Trump en Estados Unidos, además de augurar un giro ultraconservador en políticas domésticas y un retorno al proteccionismo, también venía acompañada de la perspectiva de un cambio profundo en las relaciones entre Washington y Moscú orientado hacia la distensión, debido fundamentalmente a las ‘sospechosas’ buenas relaciones previas entre el entorno de Trump y el presidente ruso, Vladimir Putin.

Incluso, durante la campaña electoral estadounidense y también tras los ‘sorpresivos’ resultados, había recaído sobre Rusia la sospecha de una ‘intervención’ en favor del candidato republicano, aderezada con la confirmación de varias reuniones entre asesores directos del nuevo inquilino de la Casa Blanca y altos representantes del Kremlin y directivos de importantes empresas rusas.

En sus mítines, el magnate-presidente estadounidense prometía a sus seguidores poner fin al tradicional intervencionismo militar de su país en otras zonas del planeta y concentrar sus esfuerzos en reflotar la economía nacional; criticaba el papel de la OTAN e instaba a sus aliados occidentales a incrementar sus propios presupuestos militares y hacerse cargo de su propia defensa, así como anunciaba la salida de Estados Unidos de varios tratados de libre comercio internacionales auspiciados por sus predecesores.

Los constantes halagos mutuos entre Trump y Putin hacían presagiar un nuevo entendimiento entre ambas potencias. Así, el nuevo portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, aseguraba en su primera rueda de prensa –a mediados del pasado mes de enero– que el Gobierno de Donald Trump estaría abierto a colaborar con Rusia en la lucha contra los yihadistas del Estado Islámico (ISIS).

Spicer no llegaba a confirmar, como aseguraba el Ministerio de Defensa ruso, que aviones de los dos países se habían coordinado por vez primera para atacar posiciones del ISIS en Siria. “El Departamento de Defensa mantiene un canal de comunicación con los militares rusos enfocado solamente para asegurar la seguridad de las tripulaciones y para evitar encontronazos entre miembros de la coalición y las operaciones rusas en Siria”, matizaba Eric Pahon, portavoz del Pentágono.

Pero lo cierto es que la actuación militar de ambos sobre territorio sirio parecía producirse de forma coordinada, mientras el nuevo presidente norteamericano comenzaba a alabar la estrategia de Moscú en la zona, y parecía dispuesto a virar la de su país en la zona, al tiempo que halagaba la actuación de Moscú.

Sin embargo, esta tendencia se truncaba el pasado 4 de abril, cuando los destructores  Ross y Porter lanzaban un bombardeo directo  contra la base aérea siria de Al Shayrat en represalia por un supuesto ataque con armamento químico contra la población civil por parte del ejército sirio, algo que desde el primer instante había negado Damasco, y que carece de una comprobación internacional, a pesar del apoyo manifestado inmediatamente por la OTAN y la Unión Europea. Tras esta acción, la tensión con Moscú, que condenaba sin paliativos la agresión estadounidense, volvía a dispararse.

Sin embargo, Rusia lleva tiempo preparándose para el repunte de la Guerra Fría a través de diversas estrategias diplomáticas y militares, reforzando su posición en el área Asia-Pacífico, y trenzando fuertes alianzas para consolidar su influencia en Oriente Medio.

En septiembre del año pasado, el grupo de países conformado por China, Rusia e Irán, tomaba la decisión de consolidar una alianza con componentes económicos, políticos y militares con el objetivo proclamado de “romper con la unipolaridad y contrarrestar la hegemonía de Occidente”.

Esto se producía en el final del mandato de Barack Obama, y con la perspectiva entonces de un probable triunfo electoral de Hillary Clinton en Estados Unidos, que se había comprometido a sacar del poder al presidente sirio, Bashar al Assad, y a continuar con la política de cerco a Rusia y China, continuando con el diseño de expansión de las fronteras de la OTAN hacia el Este.


El presidente iraní Hassan Rohaní ha aprovechado la coyuntura para acercarse a Rusia y China, con los que comparte intereses estratégicos.


El eje Moscú-Beijing-Teherán
El anuncio de esta alianza generaba cierta alarma en Washington y los países bajo su influencia. El eje Beijing-Moscú-Teherán resultaría gigantesco en términos demográficos, con una población de más de 1.500 millones de habitantes. Enorme, desde el punto de vista geográfico, con 29 millones de kilómetros cuadrados y una economía, que en conjunto, representa el 22 por ciento del PIB mundial. Además, con dos de sus integrantes, Rusia y China, que  poseen un amplísimo arsenal nuclear y que son miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, por lo que tiene derecho a veto –al igual que Estados Unidos, Francia y Reino Unido-.
Esta alianza dispone también de un gran poder militar convencional, con ejércitos millonarios en número de tropas y con tecnología muy avanzada, capaz de contrapesar por tierra, mar y aire a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

China, Rusia e Irán han comenzado a concretar una cooperación estratégica, coordinando decisiones y acciones respecto a la situación en Oriente Medio, especialmente en lo que respecta a Siria e Irak, con el propósito de consolidar y ampliar su base de influencia, tratar de controlar otros conflictos que afectan su entorno y hasta su seguridad interna, y también desarrollar amplias líneas de relaciones con gran parte del mundo.

Rusia, China e Irán llevan varios años desarrollando una diplomacia activa. El acercamiento entre los tres viene prácticamente ‘forzado’  por la acción de los grupos terroristas islamistas que constituyen una amenaza para estos países, así como por la estrategia de Occidente en la zona. Pero también hay que tener presente el factor geoestratégico que representa para China la zona de Oriente Medio y Asia Central, dado que de allí proviene cerca del 50 por ciento del petróleo y el gas que necesita para su economía.

En 2014 se firmaba un histórico acuerdo de suministro de gas ruso a China, por 400.000 millones de dólares, que debe leerse en clave de las consecuencias geoestratégicas que dicho acuerdo apareja, más allá de la suculenta cifra del contrato. La firma de este acuerdo contó con la presencia del presidente iraní, Hasan Rohani, cuyo gobierno, a partir de esa fecha, también entró en conversaciones, y suscribió convenios y contratos con empresas del gigante asiático para trabajar juntos, no solo en la venta de gas y petróleo, sino también en la financiación de proyectos de explotación, construcción de puertos, ferrocarriles e incluso sistemas de prospección de hidrocarburos.

Otro hito que marca esta alianza se produce en abril de 2015, con la IV Conferencia de Moscú Sobre Seguridad Internacional. En este foro, el Ministro de Defensa de Irán Hosein Dehqán, declaró que “nuestro país desea apoyar la idea de una cooperación militar polivalente entre China, India y Rusia, para hacer frente a la expansión de la OTAN hacia el este y a la instalación de un escudo de misiles en Europa”.

La IV Conferencia de Moscú fue el escenario escogido por Rusia, China e Irán para ‘anunciar’ a la OTAN y a Estados Unidos que no estaban dispuestas a seguir observando sin actuar ante posibles nuevas ‘intervenciones’ de Occidente, como las que ya han tenido lugar en Irak, Libia, Siria, y hasta en Ucrania.

En reuniones bilaterales y trilaterales de las delegaciones de Rusia, China e Irán se establecían líneas directas y concretas de sus acuerdos firmes. Primero, la cooperación trilateral será uno de los puntos básicos del nuevo orden multipolar. Segundo, Beijing, Moscú y Teherán consideran como prioritario tener un plan de acción estratégico en el campo militar con relación a Europa y Estados Unidos. Un nuevo eje, denominado por algunos ya como la ‘Triple Entente Euroasiática’.

El interés chino no se circunscribe sólo a asuntos comerciales, como la necesidad de tener salida al Mediterráneo y acceso más directo al mercado europeo –como la tenía en la antigüedad con la denominada Ruta de la Seda–  y que hoy Beijing quiere reactualizar en el plano de todos los acuerdos y proyectos que se están concretando bajo esta idea: ferroviarios, portuarios, viales, fluviales, energéticos entre otros y donde Rusia e Irán tienen una participación crucial. También desean fortalecer la relación militar tripartita como elemento disuasorio ante el choque de intereses con Occidente en la zona.

Precisamente en el terreno militar, Rusia e Irán concretaban determinadas actuaciones, pensando fundamentalmente en el conflicto de Siria, en cuyo territorio se está reeditando una sangrienta y moderna versión de la Guerra Fría.
Una, muy importante, se sustanciaba en el permiso concedido a la aviación rusa para utilizar la base aérea iraní de Hamadan, al oeste del país, que ha permitido a los bombarderos rusos TU-22M3, con alcance de 2.500 kilómetros a plena capacidad de carga, a las posiciones de ataque contra los grupos yihadistas que operan en Siria. Esta utilización es parte de los acuerdos militares entre Teherán y Moscú, que ha significado, por ejemplo, que el gobierno iraní se dote del modernísimo sistema de misiles S-300 PMU2.

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El presidente chino, Xi Jinping, pone ahora en valor la cercanía con Moscú, tras años de alejamiento y tensión
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China quiere una alianza militar
Por otra parte, en 2016, Rusia suministró armas a China por un valor de 3.000 de dólares, además de registrarse un notable incremento de las maniobras militares conjuntas, que cada vez son más frecuentes y se han hecho más complejas y que incluyen la participación de todas las armas –tierra, mar, aire, además de ejercicios de guerra no convencional e intercambio de Inteligencia–.

El rápido giro dado por la Administración Trump, con toda probabilidad provocará un endurecimiento de la línea política en Rusia y China y un consiguiente aumento del gasto en defensa y una aceleración de los proyectos militares más importantes.

En julio de 2016, el presidente de China, Xi Jinping, encabezó la ceremonia de la conmemoración del 95 aniversario del Partido Comunista. En un tramo de su discurso, se refirió expresamente a la situación internacional, criticando la actuación global de Washington, y poniendo en valor su actual proximidad a Moscú, tras largos años de alejamiento y tensión: “Actualmente, somos testigos de acciones agresivas de Estados Unidos,  tanto hacia China como Rusia. Creo que Rusia y China pueden crear una alianza ante la cual la OTAN –Organización del Tratado del Atlántico Norte– sea débil”. Esa coalición militar “pondría punto final a las ambiciones imperialistas de Occidente”. Xi pronosticó la debacle de la Unión Europea (UE), junto con la economía de Estados Unidos, hechos que “terminarán con un nuevo reordenamiento del mundo. El mundo está al borde de un cambio radical (…) en los próximos diez años, podemos esperar un nuevo orden mundial en el que el factor clave será la alianza ruso-china”.

En cuanto a la colaboración económica, en noviembre del año pasado, se daba un paso de gigante con la firma de un supercontrato por 400.000 millones de dólares entre la compañía rusa Gazprom y la china CNPC, junto a otros 50 acuerdos muy importantes. Paralelamente tenían lugar las más más espectaculares maniobras conjuntas de las armadas de Rusia y China en el mar del Este de China. Rusia escenificaba su ‘retorno’ al Pacífico con una ‘coreografía’ perfectamente medida y ajustada para enviar su ‘mensaje’ a Washington. Algo de lo que numerosos analistas occidentales venían alertando incluso antes de la crisis de Ucrania.

La Unión Económica Euroasiática

La estrategia económica también ha ocupado buena parte de la actividad de Putin y sus asesores a lo largo de los últimos años. En mayo de 2014, Rusia, Bielorrusia y Kazajistán firmaban el tratado para la creación de la Unión Económica Euroasiática, una entidad plurinacional que entraba en vigor el 1 de enero de 2015.
El acuerdo establece el libre flujo de mercancías, servicios, capitales y trabajadores dentro de la unión y una política común  en los sectores clave de la economía: energía, industria, agricultura y transporte.

Este nuevo ‘mercado común’ abarcaba a 170 millones de habitantes y tenía como objetivo convertirse en un nuevo “centro potente y atractivo” de desarrollo económico. Los integrantes de esta Unión Euroasiática poseen la quinta parte de todos los recursos mundiales de gas y casi un 15 por ciento del petróleo. Sus integrantes anunciaban que se regirían basándose en los principios de la Organización Mundial del Comercio (OMC).
En la firma del tratado, el presidente ruso afirmaba que “nuestra posición geográfica nos permite crear rutas logísticas no solo de importancia regional, sino también de importancia global, concentrando en ella los enormes flujos comerciales entre Europa y Asia”.

La Unión Euroasiática negocia además la creación de una zona del comercio libre con Vietnam y  entre sus objetivos prioritarios está el de reforzar la cooperación económica con China. Además, ofrece regímenes preferenciales de comercio a Israel y a India.

El principal punto fuerte de la firma de este tratado es una reorientación del mercado en una situación en la que Estados Unidos y la Unión Europea comenzaban a sancionar a Rusia rechazando su gas y su petróleo.
Armenia se sumaba al ‘grupo’ el 9 de octubre de 2015. Kirguistán seguía sus pasos el 6 de agosto de 2015. 
Este nuevo mercado común, a nivel geopolítico implica una apuesta estratégica emprendida por Rusia que, con su acercamiento a América Latina y proyectos como éste, busca reducir parcialmente el peso político de Washington  en el terreno internacional, además de garantizarse una vía alternativa de comercio y asegurar el crecimiento de su economía.

En el espacio que conforma la Unión Económica Euroasiática, con una superficie de 20.3 millones de kilómetros cuadrados, se establece el libre movimiento de capitales, mercancías, servicios y mano de obra.
La libre circulación de bienes, capitales, servicios y de personas dentro del mercado único, entró en vigor el 1 de enero 2015 (el día en que se estableció la Unión Económica Euroasiática). La libre circulación de personas significa que los ciudadanos pueden moverse libremente entre los Estados miembros para vivir, trabajar, estudiar o jubilarse en otro país de la UEE, de un modo muy similar a como acontece en la Unión Europea.
Los objetivos incluyen la coordinación conjunta en el ámbito de la energía, la industria, la agricultura y el transporte.

Vladímir Putin apuntó que se tendería a una coordinación para una política monetaria común, incluyendo la creación de una moneda única en el futuro. En esta misma línea, el presidente bielorruso, Alexander Lukashenko, apuntaba la idea de la creación de un “nuevo euro” para el bloque económico euroasiático. El 24 de julio de 2014, el vice-primer ministro ruso, Ígor Shuválov, declaraba a la prensa que la Unión Económica Euroasiática tendrá una moneda única dentro de cinco o 10 años.

La superficie de la UEE duplica la de países como Estados Unidos, Canadá, China o Brasil. También duplica la de Europa y es un 10 por ciento mayor toda la de Sudamérica.

En julio de 2015Siria anunciaba su intención de incorporarse a la UEE.

Por su parte, GeorgiaMoldavia y Ucrania han sido invitados para unirse tanto a la Unión Europea como la Unión Económica Euroasiática. Estos países optaron por firmar acuerdos bilaterales de asociación a la Unión Europea el 21 de marzo de 2014. Sin embargo, las regiones de Moldavia (Transnistria), Ucrania (República Popular de Donetsk y República Popular de Lugansk) y Georgia (Abkhazia y Osetia del Sur) optaban por unirse a la Unión Aduanera Euroasiática e integrarse a la Unión Económica Euroasiática.

El presidente kazajo, Nursultán Nazarbáyev, propuso que Turquía también pudiera convertirse en un miembro asociado de la UEE.

ChinaIrán y Turquía, por el momento no integrados en esta comunidad, han expresado su interés por mantener  intercambios económicos preferenciales con ella. Se estima que la Unión Económica Euroasiática tiene un gran potencial de crecimiento en las próximas dos décadas, en torno al 25 por ciento en el PIB de los Estados miembros en 2030, lo que equivale a más de 600 000 millones de dólares.

 

Tejiendo las redes

Pero la diplomacia rusa no se ha limitado a tejer entramados con su viejo rival chino y con Irán. Otros objetivos estratégicos han sido cuidados con mimo por Moscú desde hace años.

Vietnam y Extremo Oriente
Y las ‘redes’ rusas llevan tiempo extendiéndose hacia Extremo Oriente. Durante su visita de cuatro días a Vietnam y Corea del Sur en noviembre de 2013, Putin firmó una serie de documentos para aumentar la cooperación de Rusia con Hanoi y Seúl en los sectores económico, energético, militar y humanitario. Rusia se comprometía a ayudar a Vietnam con la extracción de hidrocarburos y garantizaba al país la venta a buen precio de gas natural, junto con su apoyo continuado a la armada vietnamita y a la industria nuclear.

Conviene no olvidar que la costa de Vietnam es accesible desde los puertos del Lejano Oriente de Rusia. Moscú considera a Vietnam como un socio preferente en materia energética, no solo como gran mercado, sino también como puerta de entrada para las exportaciones rusas en otras naciones del sudeste asiático.


El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan protagoniza el giro de Turquía que, a pesar de pertenecer a la OTAN,
busca acomodo en el área de influencia rusa.


Turquía, golpe a la OTAN
En una reunión tripartita celebrada a finales de diciembre de 2016, Rusia, Irán y Turquía decidían colaborar estrechamente para poner fin al conflicto sirio, y Ankara, por primera vez, renunciaba a que esa solución pasara por el derrocamiento de Bashar al Assad.

Nacía una nueva ‘coalición internacional’ en la que Turquía, miembro de la OTAN, parecía cambiar de bando y defender las posturas defendidas por Rusia e Irán. Moscú y Ankara negociaron primeramente un alto el fuego en Siria. La intención de Rusia y Turquía era aprovechar la tregua para separar “a la oposición moderada de los grupos terroristas”. Con esta decisión, Rusia, Turquía e Irán daban la vuelta a la tendencia en guerra en Siria y, de algún modo, dejaban en segundo plano a Estados Unidos.

Cuando Moscú decidió intervenir para salvar su única base militar en el Mediterráneo, en Latakia, Al Assad estaba a punto de perder la guerra. Teherán, por su parte, iba a quedarse sin uno de sus máximos aliados en el pulso que libra con Arabia Saudí. La Administración Obama se había volcado en la ayuda económica y militar a los kurdos, enemigos del actual Gobierno turco, aunque eficaces aliados en la lucha contra los yihadistas.

El malestar turco por este respaldo de Washington a los kurdos se hacía visible en unas duras declaraciones del presidente Recep Tayyip Erdogan, que aseguró que la coalición liderada por Estados Unidos no estaba cumpliendo sus promesas de luchar contra el Estado Islámico (EI): “Tenemos pruebas de que Washington ha apoyado a grupos terroristas en Siria, incluido el EI y las milicias kurdas”.

Tras este giro inesperado, Rusia conseguía mantener su base militar en Latakia y ha mantenido su estatus como potencia militar en Oriente Medio, sobre todo tras la batalla de Alepo, bombardeada extensivamente por la aviación rusa.

Irán, que ha salido del ostracismo internacional gracias al acuerdo de no proliferación nuclear con Estados Unidos y la Unión Europea, mantiene a su aliado chií en Damasco y avanza en la derrota a la oposición suní siria, respaldada por los saudíes. Erdogan, por su parte, mientras se aleja de Washington, acumula poder, purga a la oposición y acaba con las aspiraciones políticas de los kurdos en Turquía.

El cambio de posición turco se generaba el pasado mes de julio. Turquía vivió un intento de golpe de Estado del que Erdogan culpó al líder religioso Fethullah Gülen, refugiado en Estados Unidos, país que se ha negado a conceder su extradición. Además, el entonces presidente Obama no condenó el intento de asonada en primera instancia y, además, vertió duras críticas contra las purgas posteriores levadas a cabo por el Ejecutivo de Ankara.

Resultó muy significativo que el primer viaje de Erdogan después del golpe fue a Moscú. Allí se disculpó por el derribo de un caza ruso meses atrás sobre la frontera siria, un hecho que había ocasionado una grave crisis diplomática entre ambos Estados. Putin aceptó la disculpa, allanando el camino para esta nueva alianza con Turquía.
Putin demostraba una vez más su gran habilidad diplomática y estratégica al incorporar al área de influencia rusa a Turquía,  un socio estratégico de la OTAN que se erige como barrera natural de defensa, y que también es clave para neutralizar la amenaza del terrorismo islámico.

Ahora Erdogan se plantea solicitar la entrada de su país en el bloque de seguridad liderado por Rusia y China, algo que es visto con buenos ojos, tanto por Moscú, como por Beijing; “Estamos dispuestos a estudiar la solicitud”, aseguró en noviembre pasado el portavoz de Exteriores chino, Geng Schuang.

India, una vieja amistad
En octubre de 2016, en el inicio de un encuentro bilateral en Goa, al oeste de India,  los presidentes de Rusia, Vladimir Putin, e India, Narendra Modi, suscribieron 16 convenios en diversas áreas y contratos en materia de defensa para la adquisición por parte de Nueva Delhi de misiles antiaéreos S-400 rusos y la construcción en suelo indio de helicópteros rusos Kamov 226T así como cuatro fragatas.

Esos acuerdos, que abarcan además aspectos como la trasferencia de tecnología, inversiones en infraestructuras y la cooperación en energía nuclear y gasística, “colocan los cimientos para unos lazos en defensa y económicos más profundos en los años venideros”, sostenía Modi.

Se convenía también la construcción de dos nuevos reactores nucleares, el 3 y el 4, de fabricación rusa en una central en Tamil Nadu, en el sur de la India, como parte de la colaboración entre ambas naciones. “Compañías de los dos países están mejorando su cooperación industrial, militar y técnica”, remarcaba Putin.

India es un antiguo socio comercial y un leal aliado político que ha apoyado abiertamente a Rusa en la crisis de Ucrania. Ambos países están implicados en cooperación militar de alta tecnología y Rusia es el máximo proveedor de armas a India.

Venezuela, puerta de América
El presidente venezolano, Nicolás Maduro, anunciaba a mediados del pasado mes de diciembre que había mantenido una conversación telefónica con Vladimir Putin en la que el presidente ruso le había ratificado que Moscú se disponía a reducir los precios de sus exportaciones al país caribeño.

Maduro aseguró que durante la conversación, Putin le había asegurado que podía contar con “todo el trigo que necesite Venezuela”, además de varias propuestas para incrementar la cooperación en el ámbito militar. El ejército venezolano cuenta con diversos tipos de carros blindados, artillería y muchos otros efectos y material militar de fabricación rusa.

El inquilino del Kremlin aseguraba a su homólogo en Caracas que Rusia va a enviar a varios equipos de especialistas agrícolas para mejorar la producción del país, así como equipos y maquinaria en grandes cantidades para tratar de poner fin al grave problema de abastecimiento que afecta a Venezuela.


El régimen norcoreano de Kim Jong Un ya no cuenta con el apoyo incondicional del Kremlin.

Cal y arena para Pyongyang

Corea del Norte, viejo aliado de los tiempos de la Unión Soviética, ya no es un amigo incondicional de Moscú. El Kremlin continúa manteniendo una relación especial con el país, pero ya no está dispuesto a defenderlo a capa y espada en los foros internacionales. En los últimos tiempos, Moscú no ha ejercido su derecho de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para proteger a Pyongyang de sanciones –como, a veces, tampoco hace ya Beijing-, especialmente, en lo relativo a las pruebas nucleares llevadas a cabo por los norcoreanos.
Así ha sucedido en dos ocasiones a lo largo del pasado 2016, con el apoyo ruso a dos resoluciones –la 2270 y la 2321-, que exigen al Gobierno de Corea del Norte a renunciar a desarrollar sus misiles y la tecnología nuclear con fines militares.

Sin embargo, Rusia sí sale en defensa de Pyongyang en otros casos. Recientemente, Moscú ha advertido a Washington de los peligros de generar tensión en la zona, tras el anuncio efectuado por Donald Trump del envío de una importante flota estadounidense a la zona, tras la última prueba de un misil por parte de los norcoreanos.
Igualmente, a finales del mes pasado, la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia, María Zajárova, se oponía a la propuesta de reintegrar a Corea del Norte a la lista de países patrocinadores del terrorismo. “Consideramos que se trata de algo muy poco constructivo, siempre hemos subrayado, en el contexto de la situación en la península de Corea, que las únicas sanciones efectivas son las que se aprueban en el seno de la ONU. Consideramos que se trata de algo muy poco constructivo, siempre hemos subrayado, en el contexto de la situación en la península de Corea, que las únicas sanciones efectivas son las que se aprueban en el seno de la ONU. Las medidas deben estar encaminadas no a profundizar la crisis, sino a superarla”.

Lo que sí parece claro es que Corea del Norte sí cuenta en los planes económicos y energéticos del Kremlin. El 5 de junio, el ministro para el desarrollo del Lejano Oriente Ruso, Aleksandr Galushka, anunció el plan para extender el Ferrocarril Transiberiano para proporcionar un enlace entre la península de Corea y Europa.
La cooperación entre las dos Coreas en el ferrocarril podría llevar a un compromiso en un plan largamente aplazado de construcción de gasoductos y conectar ambas Coreas con el gas ruso.

Gazprom de Rusia y el Ministro de energía de la República Popular de Corea alcanzaban un acuerdo para construir un gasoducto que entrará en el país en el cruce de Khasan del río Tumen en la frontera común con Rusia. El gasoducto se extendería a lo largo de toda Corea del Norte Corea del Sur, que es el décimo mayor consumidor de energía del mundo y el segundo mayor importador de gas natural licuado.

Rusia acordó primero exportar gas natural a Corea del Sur en 2005, y los acuerdos de 2016 incluyen el apoyo de Corea del Sur a la modernización de la flota rusa de gas natural y la inversión en el desarrollo del Lejano Oriente ruso.

Seúl está especialmente interesada en la cooperación con Rusia como alternativa a las cercanas China y Japón.

Rusia perdonará el 90 por ciento de la deuda de Corea del Norte de la era soviética, dejando mil millones de dólares para ser devueltos sin intereses en los próximos 20-40 años. Así, Corea del Norte garantizará a las empresas rusas el acceso a sus recursos naturales a cambio de importaciones e inversiones. En enero de 2016, una empresa de capital privado basada en Gran Bretaña, SRE Minerals Limited, aseguró que Corea del Norte posee los mayores depósitos de óxidos de tierras raras del mundo, una cantidad de aproximadamente 216 millones de toneladas. Las tierras raras se pueden utilizar en muchas tecnologías sofisticadas, desde teléfonos móviles a misiles guiados.

 

 
 
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