Albert Boadella Tiempos de hoy
 
   

                               Nº 1198. 28 de abril de 2017

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F. MORENO

“Me hubiera gustado ser el bufón personal de Juan Carlos I, porque es un cachondo”
  “El teatro es muy importante
para la higiene mental de la sociedad”

Albert Boadella, director, dramaturgo y actor

“La solución de Cataluña es un electroshock

Albert Boadella tiene 73 años y ese aspecto sorprendentemente juvenil que sólo se da en las personas que han dedicado su vida a buscar la belleza a través del arte. En 1962 fundó Els Joglars, compañía que dejó en 2012 para dirigir los teatros del Canal de Madrid, tras una larga y brillantísima travesía en la que el grupo siempre mantuvo encendida la hoguera de la fiesta teatral. Ahora representa en el Marquina la obra El sermón del bufón. Es un espectáculo en el que aparece un Boadella irreverente, provocador, en permanente desafío a lo políticamente correcto. Boadella en plan Boadella. 

Luis Eduardo Siles

Háblenos de El sermón del bufón.
Se trata de un espectáculo que tiene algo insólito en teatro. Porque lo hace alguien que no sólo ha sido dramaturgo, sino también actor y director, y explico las consecuencias que han tenido esas obras que he creado en mi propia vida. Porque han dado a mi vida un carácter algo novelesco. Yo no he hecho aquí unas memorias. Yo escribí y publiqué un libro de memorias hace años. Entonces, lo cuento directamente. Por tanto, El sermón del bufón es una especie de ejercicio en libertad en el que digo realmente lo que me pasa por la cabeza, lo que pienso de cada cuestión, cosas, algunas, que no están dentro de la corrección política del momento, obviamente. Y represento algunos personajes. Por ejemplo, cuento la primera entrevista que mantuve con Jordi Pujol cuando él era el jefe de la Banca Catalana. O represento una entrevista relativamente reciente con el rey Juan Carlos, en la que también hago de Juan Carlos, en las preguntas y en las respuestas. Y hay en el espectáculo proyecciones de fragmentos de mis obras, que tienen que ver con lo que digo en escena. Yo creo que, en definitiva, es una especie de show Boadella, en el sentido de que no se trata de un monólogo al uso, sino de un espectáculo que, a diferencia de otros, no es ficción, es real. Hago lo más difícil de mi oficio: interpretarme a mí mismo.

¿Qué opinión tiene de Don Juan Carlos?
Yo creo que es el último Rey de España. No quiero decir con ello que el actual Felipe VI no sea rey. Pero en el sentido, quizás, más tradicional del término, Juan Carlos es el último rey. Es el que todavía conserva elementos de lo que ha sido la Monarquía a lo largo de la historia de España. Y eso, a mí, es una cosa que me seducía mucho, que me encantaba. Incluso a veces, en broma, yo decía que me hubiera gustado ser el bufón personal de Don Juan Carlos. Porque es un cachondo. Se puede decir que es un hombre con una cachondería tremenda. Y que reúne, creo yo, esos valores de la Monarquía, al mismo tiempo que los defectos de la Monarquía, claro.

¿Por qué se ha vinculado usted tantas veces con la figura del bufón en su vida profesional?
Yo considero que cuando se dice bufón se hace referencia a alguien que explica ciertas cosas de la vida con un sentido de la sátira o del humor. Eso es propio, digamos, del gremio de los comediantes. Es decir: ¿qué diferencia existe entre lo que llamaríamos un comediante, un actor y un bufón? Ninguna. Forman parte de la misma genética. Lo que sucede es que, a veces, el término bufón está dicho con menosprecio, como insulto. Y eso me sucedió a mí en Cataluña. En Cataluña, cuando yo empecé los rifirrafes con la sociedad catalana, para insultarme, me llamaban bufón. Y yo lo aproveché, me apropié del término. Incluso el libro sobre mi vida que escribí y publiqué hace diez años, lleva por título ‘Memorias de un bufón’. Hice el término mío porque consideré que el de bufón es un oficio tan digno como el de médico. Porque interviene en la higiene pública, en la higiene mental de la sociedad. Por lo tanto, se trata de un título honorífico que quizás no siempre corresponda a mi forma de ser. Porque yo, a veces, he pasado en mi profesión de la tragedia a la comedia, de la lírica a la sátira y, por lo tanto, hay momentos en los que me he separado del concepto de bufón. He utilizado el término porque me parecía que había que dignificar la palabra.
Con ‘Operación Ubú’, obra estrenada en 1981, cuando Pujol llevaba poco tiempo como president de la Generalitat, ¿fue usted visionario?
Con una pizca de vanidad le diría que sí, que yo intuí quién era Jordi Pujol en aquella entrevista en la Banca Catalana. Aquella conversación me dio la medida exacta del personaje. Por tanto, yo sabía de qué iba Pujol y me imaginé la vida futura de aquel personaje y las consecuencias que tendría para Cataluña. Y en ese sentido sí hay una parte de deducción, de deducción casi científica, pero también de intuición.

¿No hará falta una cuarta parte de ‘Ubú president’ con las estatuas caídas por el suelo?
Lo que pasa es que ellos lo han hecho insuperable. Lo que ha hecho Cataluña en estos últimos años no se puede superar escénicamente. Aunque cada día hay una nueva patochada. Van a una rapidez que el mejor de los dramaturgos sería incapaz de inventar. Eso, una vez más, demuestra que la realidad es muchísimo más imaginativa que la ficción.

Ortega decía que el problema catalán no tiene solución, que solo se puede conllevar. ¿Qué piensa usted?
Hay una parte de razón ahí. Pero no hay que olvidar que el problema catalán es un problema inventado. Es un invento que se hizo a final del siglo XIX. Por tanto, se trata de un invento superfluo, basado en unas ficciones históricas, sentimentales, etcétera. Y basado en buscar una diferenciación, que en aquellos momentos podría tener sus motivos, en razón al resto de una España que estaba, quizás, en un momento muy precario, con pobreza, y Cataluña, en cambio, era una región más rica, más evolucionada, pero que ahora ninguno de esos argumentos tiene sentido. Porque hay regiones más prósperas que Cataluña. Y, naturalmente, España tiene el mismo nivel que Cataluña. Los suyo es una cosa inventada. Y yo creo que sí tiene una solución. La solución es, como todos los problemas mentales, que se pueden resolver a veces con un electroshock. Quiero decir que como ahí hay una enfermedad mental muy importante, es una enfermedad de la ficción, ellos viven de una ficción absolutamente incierta, nada es verdad de las paranoias que se han cogido en relación al resto de España, todo es falso y, por tanto, creo que necesitan un electroshock. ¿En qué consiste ese electroshock? En sentir la fuerza del Estado. Que ellos sientan que pertenecen a un gran Estado mundial. España no es las Islas Caimán. Que vean que pertenecen a un gran Estado y que sientan que ese Estado dispone de los mecanismos, jurídicos evidentemente, con los cuales ellos tienen que jugar. No hay más solución que esa. Y hay que hacérsela sentir de una manera contundente. Y yo creo que con eso, al menos, tendríamos una o dos generaciones de tranquilidad. No digo que después se volviera a repetir el invento, pero dos generaciones tranquilas sí que tendríamos.

Usted ha considerado siempre que el teatro tiene que ser político. ¿En qué medida cree que ha embellecido usted la política a través del teatro?
En esta obra digo algo que parece una obviedad pero que hay que alcanzar: “No hay arte sin belleza”. En cualquier caso, con mi teatro, he hecho un acto de sanidad mental. El teatro es muy importante para la higiene mental de una sociedad. Pero no de ahora. Que conozcamos, desde los griegos. Pero si tiramos todavía más hacia atrás, en las propias tribus. En aquellas ceremonias que hacían las tribus, que tenían unos efectos tremendamente beneficiosos desde el punto de vista higiénico. Y yo he contribuido a esa idea del teatro. De que la sociedad reflexione, frente a una imágenes, unas situaciones que les he propuesto, y frente a algo que resulta muy importante en el teatro, que es el lema “nada es lo que parece”.

‘Els Joglars’ empezó con la disciplina del mimo clásico y evolucionó hasta incorporar las palabras. Durante el tiempo en el que usted ha sido director de los teatros del Canal, entre 2012 y 2016, programó mucho teatro de texto. ¿Qué valor concede ahora al texto en el teatro?
-Bueno, en los Teatros del Canal programé obras de texto, efectivamente, pero también muchísima danza, muy visual, además danza muy teatral, y también mucha lírica. En una obra de teatro hay dos hombres que hablan, pero hay momentos en los que no hablan. Es decir, el texto no es una primacía del teatro. El teatro es lo que no está a veces en el libreto. Como la música es en ocasiones lo que no está en la partitura. Son aquellas cosas que emanan del texto o que emanan de la partitura. Esto no hay que olvidarlo nunca. Yo estoy por un teatro en el que el sentido de la musicalidad en todo, en la palabra y con los instrumentos, tenga una fuerza especial. El teatro ha tenido una fuerte vinculación musical. La música ha sido muy importante. Pero además, conforme han pasado los años, he entendido que el teatro es la música y la poesía juntas. Así hay que entender el teatro como arte. Como acto psicológico, sociológico y moral, es otra cosa. Pero el teatro como arte, que es el que a mí me interesa, que es el que toca los sentidos, más sensorial, tiene que ir acompañado de la música. Y ahí están los griegos, que representaban la musicalidad del verso. Yo estoy más por este teatro que por el teatro, digamos, de la prosa a secas. Que lo encuentro muy interesante sociológicamente, pero menos interesante artísticamente.

Últimamente elogia usted mucho a Madrid.
Curiosamente Madrid se ha convertido en mi ciudad. Madrid, lo digo en esta obra, es la ciudad de los desarraigados. Por eso, en estos momentos, yo creo que Madrid es la mejor ciudad de Europa, porque es la ciudad de los desarraigados.

‘La Torna’ y la cárcel

La Torna, estrenada en 1977, condujo a Albert Boadella a la cárcel. Él esperaba una pena de seis años de prisión en el Consejo de Guerra al que iba a ser sometido. Pero ideó un plan de fuga. Su mujer se extraía sangre todos los días, la introducía en un pequeño bote, y el abogado se la entregaba en sus visitas al presidio. Boadella bebía la sangre, que produce unas náuseas inmediatas, y siempre procuraba vomitar lo más cerca posible de un funcionario. Lo ingresaron en el hospital Clínico de Madrid. Había una pareja de guardias en la habitación y otros dos en el vestíbulo, vigilándolo. Además, él permanecía esposado a la cama. “Puse en práctica todas mis dotes de actor para ganarme la confianza de los policías, para parecer un tipo encantador”. De modo que un día decidieron quitarle las esposas y lo dejaban entrar en solitario en el cuarto de baño para realizar tareas como afeitarse. Su abogado le proporcionó un día un disfraz de médico. Él dejó la maquinilla de afeitar funcionando sobre una toalla y salió, como pudo, por la pequeña ventana del servicio. Anduvo por una cornisa estrechísima, con las espaldas pegadas a la pared. “Si me caía, volvería a entrar en el hospital, porque debajo estaba Urgencias, pero era una quinta planta”. Consiguió llegar a la ventana de la habitación más próxima. Trepó y entró. Saludó a los dos perplejos pacientes, que no habían visto entrar a un médico en el cuarto de baño, pero sí salir. Boadella los tranquilizó diciendo que en unos minutos pasaría a auscultarlos. No lo reconocieron los guardias. Permaneció varios días encerrado en un piso, mientras las carreteras de salida de Madrid estuvieron vigiladas. Hasta que finalmente huyó a Perpignan. “No guardo un buen recuerdo de ‘La Torna’. Desde una perspectiva estrictamente artística, es una obra algo precaria. Quizás el propio exceso de violencia de la obra es demasiado, y esa misma violencia le hace perder fuerza dramática. Pero en aquellos momentos, y con mi edad, tampoco sabía construir mejor el teatro. Actualmente, si tuviera que hacer esa obra, la construiría mejor dramáticamente. Sería más completa, más compleja”, concluye. 

 


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