Entrevista Ainhoa Amestoy Tiempos de hoy
 
   

                              Nº 1199. 5 de mayo de 2017

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Ainhoa Amestoy, directora teatral

“Vivimos con la violencia inmersa
en nuestra vida”

Hablando-Último aliento es una conmovedora obra sobre los malos tratos. Se inspira en una frase de David Foster Wallace, que hablaba de elegir entre el fuego y el vacío. Ainhoa Amestoy, la directora, una consumada especialista en el teatro sobre mujeres, afirma: “Todos nos podemos identificar con la protagonista, y es bueno que así sea, para que todos adquiramos el compromiso”. La obra, escrita por Irma Correa e interpretada por Lidia Navarro y Muriel Sánchez, se representa en la Sala Princesa del María Guerrero hasta el 7 de mayo.

“Son muchos los casos en los que las mujeres que sufren violencia de género terminan en el suicidio”   “Todos nos podemos identificar con la protagonista de Hablando-Último aliento, y es bueno para que adquiramos el compromiso”

Luis Eduardo Siles
  
Hablando-Último aliento trata sobre los malos tratos y el suicidio, ¿no?
Sí. El Centro Dramático Nacional nos invitó a Irma Correa y a mí a que nos fusionásemos, a que nos juntásemos para hacer un espectáculo teatral. Nosotras ya habíamos coincidido en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. Ella estudió dramaturgia. Yo, dirección. Pero Irma estaba un curso por encima de mí, y nunca habíamos tenido la oportunidad de trabajar juntas. Pero Ernesto Caballero, director del CDN, consideró que podría resultar interesante esa fusión generacional. Entonces nos pusimos a analizar sobre de qué nos interesaba hablar. Irma tenía un especial interés en hablar sobre las mujeres, sobre el mundo femenino en su contemporaneidad. Ella ya ha escrito obras muy comprometidas con la sociedad actual, sobre temas de discapacidad y de inmigración. Y yo también había hecho una obra sobre discapacidad y había trabajado durante los últimos tiempos sobre mujeres. El año pasado, por ejemplo, estrené en el teatro Español un espectáculo sobre los personajes femeninos del Quijote. Entonces nos pareció bien seguir en esa línea de profundizar en la problemática de la mujer contemporánea. Y nos interesaba hablar de la violencia de género. Pero a mí también me interesaba hablar de la violencia en general, en un momento en el que considero que la violencia está absolutamente inmersa en nuestra vida. Vivimos con la violencia en todos los costados. Incluso educamos a nuestros hijos en la violencia, en la competitividad. La violencia es un tema sobre el que hay que reflexionar socialmente.

En la obra, el suicidio aparece como una liberación.
Sí. Podríamos haber dulcificado esa realidad, haberla edulcorado. Pero desgraciadamente son muchos los casos en los que las mujeres que sufren esta violencia de género, y no solo se da en mujeres, también sucede en hombres, terminan en el suicidio como una especie de búsqueda de la libertad. Y son mujeres que padecen una inmensa soledad. Mujeres a las que se ha privado de su propia voz, que han experimentado esa coacción, esa falta de vida. Entonces sí que queríamos presentar esa realidad sin edulcorar nada, y terminando con ese suicidio que tratamos que de alguna forma tenga un punto de vista positivo, en el sentido de que esa mujer, por fin, halla de nuevo su integridad, encuentra de nuevo su voz, su verdad, la fuerza de la que se le había privado durante estos años de tormento absoluto.

Hay sobre el escenario dos personajes, dos mujeres, que hablan, pero son la misma. Porque la obra transcurre en la mente de la protagonista, ¿no?
Ese es el punto de vista que hemos querido dar desde la puesta en escena. Este texto es bastante abierto, plantea muchas posibilidades sobre qué se quiere contar y cuál es la manera de contarlo, y a mí, efectivamente, me interesó de una manera especial sumirme en el cerebro de esta mujer. Que precisamente es algo que permite el teatro, y que en otras artes resulta más difícil que se pueda desarrollar de esta manera. A lo mejor el cine, por sus propias características, en algún caso que haya planteado la violencia de género, se haya visto obligado a hacerlo desde un planteamiento mucho más realista. Y nosotros quisimos jugar en el teatro con ese surrealismo, con ese expresionismo, con esa duda de qué es verdad y de qué no es verdad. De qué estímulos son ciertos y cuáles, no. Estímulos, por ejemplo, auditivos, se oyen ruidos, amenazas, como pueden ser los golpes en la puerta, los sonidos del teléfono, planteamos si realmente están sucediendo en ese momento o son hechos que se dan únicamente dentro de las propias obsesiones de la protagonista, de sus miedos, pero que no están sucediendo en esa ocasión. De esa manera, todos los aspectos de la puesta en escena, todo lo que ha pretendido transmitir el equipo artístico, sigue esa búsqueda surrealista, irreal. Y también la escenografía plantea ese juego cerebral, parece que estamos dentro del cerebro de la protagonista, parece que es una cárcel, una cárcel, por otro lado, muy femenina, porque ‘Hablando’ es una obra a la que hemos tratado de imprimir esa línea abiertamente femenina, incluso con un equipo artístico integrado por muchísimas mujeres. La escenografía, decía, conforma un espacio cerrado, una cárcel de celosías, sin ventanas, sin puertas, donde nuestra protagonista no puede respirar. No puede respirar en absoluto. Se trata de un sótano que transmite la sensación de una amenaza constante: por arriba, por abajo. El hombre, ese personaje ausente, lo está rodeando, lo está persiguiendo constantemente. Y sí, hemos querido entrar en el cerebro de la protagonista.

Ella, la mujer maltratada, afirma en un momento determinado: “Yo, antes, decía cosas interesantes, pensaba cosas interesantes”. La obra refleja el progresivo deterioro psicológico que ha sufrido esa mujer.
Sí, esa es una de las frases más duras del texto. Porque planteamos quién fue, y cómo se ha estado privando a esta mujer de su posibilidad de ser. Una mujer que intelectualmente era muy válida, que tenía construida su vida, que tenía su familia, y cómo este hombre la ha cercenado, la ha destrozado.

La función es teatro psicológico, pero al mismo tiempo está lleno de símbolos. No es teatro realista. Está en una tendencia muy actual y actualizada del teatro, ¿no?
Sí, es una recuperación de las vanguardias. El espectáculo  tiene mucho de todo. Así es nuestra contemporaneidad también: significa la recuperación de nuestra tradición. En el texto que plantea Irma Correa veo algo de recuperación del teatro del absurdo, y veo a Pinter. Veo un teatro muy pinteriano, sobre todo en el arranque de la pieza. También tiene mucho de teatro social, dentro de ese compromiso de que queremos entregar el testigo al espectador. No buscamos completar la obra. Queremos que el espectador sea el que la complete, el que se lleve ese testigo a su casa y tome el relevo. Y que el espectador se convenza de que él mismo debe hacer algo para solucionar este problema tan doloroso para nuestra sociedad como es la violencia de género. Pero la obra tiene mucho de simbólica, yo provengo del mundo de la danza, me he formado en la danza, y tengo encima el peso de la danza, que tiene mucho de símbolo. Y respecto a la indumentaria, el vestuario, diseñado por Elisa Sanz, que también ha hecho la escenografía, hemos jugado con el símbolo de la mujer que se va quitando capas, las capas de su propia vida, hasta quedar finalmente casi desnuda ante su propia realidad.

Usted ha imprimido a la obra un perfil de thriller teatral, con mucho movimiento en escena, entre otras cosas.
Tiene grandes retos la pieza, porque efectivamente empieza como thriller, pero poco a poco nos va introduciendo en otros géneros. En un principio, el espectador puede pensar que se trata de un secuestro, un thriller al uso, una mujer que tiene secuestrada a la otra y no sabemos el motivo, aunque percibimos ciertas rarezas. Entonces, poco a poco se van hilando estas rarezas y vamos comprendiendo cosas de esta mujer, porque, por ejemplo, Irma no ha deseado en su texto proporcionarnos excesivos datos sobre quién es la protagonista. Dejamos que el propio espectador construya este personaje que, por otra parte, tiene mucho de universal. Todos nos podemos identificar con Ella, y es bueno que así sea, para que todos adquiramos el compromiso. Pero resulta muy interesante como directora ir consiguiendo llegar a ese punto final, en el que vamos a tener a los dos personajes, las dos mujeres, que son la misma persona. Una más entera, la mujer no agredida, y la otra, destrozada, la que ha tenido que soportar toda esa violencia sobre su persona. Entonces tenemos sobre el escenario a la mujer derrotada, que piensa que la única salida es la muerte, y el resquicio de esperanza que guarda la otra, que trata de buscar una salida desesperada, porque el hombre va a salir de la cárcel y va a ir por ella. Dice: “17 denuncias, tres juicios, nueve meses de cárcel; pero hoy va a salir de allí y va a venir por ti. Vendrá”. La mujer va a buscar una salida desesperada dentro de ese conflicto emocional, de ese secuestro emocional.

No hace mucho se estrenó y ha estado de gira Solo son mujeres, sensacional montaje de Carme Portacelli. Ustedes representan en el María Guerrero Hablando-Último aliento; en el Español está Una habitación propia, de Virginia Woolf, y sigue vivo Juicio a una zorra, con Carmen Machi, junto a otras obras sobre mujeres, como las que programa el Teatro del Barrio. ¿A qué achaca esta reivindicación de la mujer a través del teatro?
El tema debería haberse convertido en un tema más. Pero no. Como todavía tenemos problemas, como aún no hay una igualdad por mucho que hayamos conseguido dar pasos, aunque creo que todos nos estamos concienciando de que hay que empujar, hay que ayudar, hay que reivindicar, y en que no debe quedarse exclusivamente en algo que se dice, sino que hay que llevarlo directamente al ámbito de los actos. Y por esa razón es importante que desde teatros nacionales se programen mujeres, se programen espectáculos en los que tanto los equipos artísticos como los temas que se abordan sean femeninos. Porque es una necesidad social todavía.

Usted decidió homenajear a Cervantes con el espectáculo Quijote. Femenino. Plural.
Sí. Era sobre Cervantes y los personajes femeninos del Quijote. He trabajado también sobre Homero: hice un texto en torno a La Odisea. También sobre Samaniego. Es decir, los grandes autores siempre me han acompañado y espero que siempre me acompañen.

Comprender al autor

Usted es dramaturga, actriz y directora teatral. ¿Qué valor concede al texto?
Es la base. El texto son los cimientos, pero lo maravilloso del teatro es que todos construimos. Equipo total. Tenemos el cimiento del texto, pero luego todos vamos aportando cosas a ese magnífico edificio que es el texto. Y precisamente en esta obra, ‘Hablando-Último aliento’, estoy muy satisfecha porque creo que hemos conseguido un sentimiento de equipo real, todos hemos navegado en ese mismo barco. Todos a una hemos sabido qué queríamos contar. Y en ese granito de arena que aportamos todos, en esa escenografía, la música, las múltiples ayudantías, gracias a todo ello, hemos podido construir el edificio. Pero, para mí, insisto, el texto es la base de todo. Y dentro de la dirección, aunque yo pueda tener estos componentes gestuales por la educación que he recibido, porque estudié con Víctor Ullate, Carmen Roche, y con otros maestros de la danza, pero el trabajo textual resulta fundamental para mí. Consiste en comprender qué quiere decir el autor. O decidir entre todas esas vías a las que puede conducir el texto. Que tiene múltiples sugerencias. El director y el actor tienen que elegir, tienen que decidir, el trabajo de interpretación es la decisión constante.      
 
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