Felipe VI Tiempos de hoy
 
   

                           Nº 1201. 19 de mayo de 2017

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Pollítica / Virginia Miranda

Tres años después de la abdicación de su padre

Felipe VI ‘absuelve’ a la Infanta

A punto de cumplirse los tres años de la abdicación de Juan Carlos I, la Corona empieza a reabrir sus puertas a la infanta Cristina, desterrada desde su primera imputación en el caso Nóos y bienvenida ahora que han pasado tres meses de su exoneración de cualquier responsabilidad penal a pesar del tiempo que necesitarán ella y su hermano el Rey para curar las heridas, abiertas aún en la celebración de la Primera Comunión de la infanta Sofía, donde la exduquesa de Palma ha sido la gran ausente. El coste personal que el asunto representa para el monarca es consecuencia de la serie de medidas que asumió tras aterrizar en un trono al que llegó dispuesto a salvar. A tenor de las encuestas, una mayoría de españoles le dan su aprobado. Tiene suerte de que, tras la experiencia vivida en Zarzuela, al monarca ya no se le juzga tanto por su empatía como por su gestión.


El Rey ha coincidido por primera vez con su hermana en un acto en palacio después de cuatro años de su primera imputación. / EUROPA PRESS

La relación entre los dos hermanos acabó por deteriorarse a cuenta del Ducado de Palma   El monarca ha mejorado la imagen de la institución pero, en tres años, no ha logrado instaurar un ‘felipismo’

La Primera Comunión de la infanta Sofía, celebrada este miércoles, 17 de mayo, en la parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, en Aravaca (Madrid), ha acabado siendo noticia por un asunto ajeno a la hija pequeña de Felipe VI y doña Letizia. Hacía tan sólo unos días que la infanta Cristina, absuelta a mediados de febrero por el tribunal de Palma que enjuició el caso Nóos como cooperadora necesaria de dos delitos fiscales cometidos por su marido, Iñaki Urdangarin, regresaba al Palacio Real. Era la primera vez en cuatro años, después de su primera imputación en abril de 2013, que participaba en un acto oficial en palacio.

En la misa funeral por su tía abuela Alicia de Borbón-Parma celebrada el pasado día 11, la hermana ‘pródiga’ del monarca se situó en la primera fila de la capilla destinada a la familia del rey, entre la infanta Elena y la infanta Pilar. Desde allí recibió el saludo cariñoso de sus padres –don Juan Carlos se acercó a ella para darle dos besos– y cruzó la mirada y una muy leve sonrisa con don Felipe cuando él y la reina se dirigieron a sus asientos reservados junto al altar mayor.

Los hermanos ya coincidieron el 12 de noviembre de 2015 en el funeral del infante Carlos de Borbón-Dos Sicilias, hijo de doña Alicia, en el Monasterio de El Escorial, pero aunque éste vuelve a ser un acto de carácter familiar, se ha interpretado como un principio de deshielo entre Felipe VI y la infanta por el lugar en que discurrió y por el carácter que le confiere el haber aparecido en la agenda oficial que da cuenta de las actividades de la Familia Real a los medios de comunicación.

En vista de que la comunión de la infanta Sofía se celebraría en menos de una semana, la posibilidad de que su tía doña Cristina asistiera a la celebración posterior –al acto religioso sólo acudieron los padres, abuelos, bisabuela y padrino del bautismo de la niña– había causado expectación mediática. Sin embargo, y como ha adelantado LOC, a pesar de estar invitada la mujer de Iñaki Urdangarin no acudió a Zarzuela.

Sí lo hizo dos años atrás, cuando la protagonista de la ceremonia fue la princesa Leonor. Pero a ambos festejos les separa un gesto que acabó por enfrentar al rey y a su hermana; en el mes de junio de 2015, poco después de la comunión de la heredera al trono, la Casa Real anunciaba la revocación del título de duquesa de Palma a doña Cristina, que hizo pública una carta donde reivindicaba que fue ella quien comunicó su renuncia al monarca y quien a su vez contestó a través de un comunicado que llamó a la infanta para comunicarle una decisión que él mismo tomó.

El caso Nóos y, de manera particular, la imputación de la hija del entonces rey, precipitó la abdicación de don Juan Carlos, que el 2 de junio de 2014 hacía un histórico anuncio impensable tiempo atrás ni siquiera para él. En su discurso de proclamación, Felipe VI dijo aquello de “una monarquía renovada para un tiempo nuevo” y puso en marcha una serie de medidas encaminadas a hacer efectiva esa transformación: dotó de mayor transparencia a la Corona, de la que ya se conocen los sueldos de la Familia Real y los altos cargos de la Casa y las partidas principales en que se reparte el presupuesto con cargo al Estado –aún persisten vacíos informativos sobre, por ejemplo, el patrimonio de los reyes–; acabó con las dádivas susceptibles de interpretaciones críticas y ahora se publica la relación de regalos que no han de superar los usos sociales o de cortesía; y actuó con criterios institucionales frente a un asunto que le atañe de manera privada como es el caso Nóos.

El coste personal que tuvo que asumir el monarca se tradujo en una pronta recuperación de la imagen de la monarquía, que en octubre de 2011 había registrado su primer suspenso en el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), en pleno estallido del escándalo de corrupción y poco antes de la imputación de Iñaki Urdangarin por lo que comenzó con las sospechas sobre el cobro de 2,3 millones de euros al Gobierno de Baleares para la organización dos foros deportivos turísticos; tras sucesivos descalabros, el organismo público dejó de preguntar por la institución en mayo de 2013.

Así, un año después de coronarse, el jefe del Estado había logrado que el 57,4 por ciento de los españoles valorara “muy positivamente” su labor y, aunque la Corona no alcanzaba aún el aprobado con un 4,34 por ciento, mejoraba su nota en el CIS más de medio punto (0,62). Las encuestas en medios de comunicación coinciden en remarcar esta tendencia. A principios de año, en un macrosondeo de SocioMétrica para El Español, la monarquía alcanzaba su mejor valoración en 20 años.

El momento histórico en que don Juan Carlos fue proclamado rey y el papel preeminente que desempeñó hasta la consolidación de la democracia le permitieron gozar de un reconocimiento que le venía dado y que acabó de consumir en sus últimos años al frente de la jefatura del Estado. Mientras, a don Felipe sólo le ha quedado la opción de ir de menos a más sin otra herencia que la de los errores cometidos, con la responsabilidad de enmendar el pasado sin las habilidades sociales que se presuponen, en ésta y en cualquier monarquía de nuestro entorno, a los miembros de la Familia Real.

Gran parte de los aciertos o los fallos de un monarca y su consorte se atribuyen a la imagen que de ellos se percibe. En el Reino Unido, tras años de episodios negativos o escandalosos en que la popularidad de Isabel II y su familia fue cayendo en picado, la boda del príncipe Guillermo con Kate Middleton fue un bálsamo para una Corona que hoy goza de buena salud también en las tiendas souvenirs.

Aquí, es más difícil ‘vender’ a la persona más allá de su cargo. El último discurso de Navidad del rey, el tercero de Felipe VI, fue el menos seguido en 18 años. Y eso que desde Zarzuela se han afanado los últimos años en dotarle de mayor atractivo cambiando de escenarios: ha pasado por una sala de estar en Zarzuela, por el Salón del Trono del Palacio Real y por su despacho. En esta última ocasión el lugar elegido tenía especial significado, después de haberse pasado dos previas de investidura –una fallida y otra ganadora– recibiendo a los representantes de todas las fuerzas parlamentarias. Pero, ni aún así, los españoles pusieron especial interés en invitar al monarca a la mesa por Nochebuena.

A punto de cumplir tres años al frente de la jefatura del Estado, don Felipe puede decir que la Corona le ‘ajusta’ a la cabeza. Pero también puede confirmar que el fin del juancarlismo no tiene ningún viso de mutar en un nuevo felipismo.


Santiago Espot, de Catalunya Acció, es el promotor de las pitadas previas. / EUROPA PRESS

La final de la Copa del Rey,
bajo amenaza de pitada

Desde la primera pitada al himno en la final de la Copa del Rey, el trago que primero Don Juan Carlos y ahora Felipe VI han tenido que pasar por estas fechas se ha convertido en una tradición. Santiago Espot, de Catalunya Acció, promovió las de 2009 (Mestalla) y 2012 (Calderón) entre el Barça y el Atletic de Bilbao repartiendo 10.000 silbatos. Desde entonces, el episodio se ha venido repitiendo en cada encuentro entre equipos vascos y catalanes. En la de 2015, Espot fue multado con 90.000 euros por organizar la pitada en el Camp Nou e imputado en la Audiencia Nacional. De entonces es la famosa fotografía en la que el todavía presidente de la Generalitat, Artur Mas, luce una sonrisa de satisfacción junto a un circunspecto monarca.

Este año, cuando el equipo blaugrana y el Alavés quedaron finalistas, el monarca debió hacer un mohín pensando en la que se le podía venir de nuevo encima. Será el sábado 27, a las 21:30 horas, en el estadio Vicente Calderón. Sentado en la tribuna de autoridades entre Carles Puigdemont e Iñigo Urkullu, en una competición de fútbol que lleva su nombre, se verá de nuevo protagonista de una situación, cuanto menos, incómoda, en medio de un proceso político en Cataluña que caldeará aún más los ánimos entre la afición. Al menos eso piensa el promotor de las anteriores pitadas que, según ha asegurado a monarquiaconfidencial.com, no va a hacer ninguna campaña porque ya “se ha institucionalizado” y surgirá de forma espontánea.