Entrevista Nathalie Poza Tiempos de hoy
 
   

                             Nº 1203. 2 de junio de 2017

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Nathalie Poza, actriz

“La única manera de morir es vivir amando”

Tiene una voz llena de matices, poderosa, seductora. Y ha desarrollado una larga carrera en teatro, cine y televisión, en la que pasa de la comedia a la tragedia. Con mucho trabajo, con mucho amor a su profesión. Y talento. Nathalie Poza vive un momento brillante. Ha ganado la Biznaga de Plata a la Mejor Actriz del Festival de Málaga por la película No sé decir adiós, y en el teatro de La Abadía de Madrid protagoniza Sueño. Ambos trabajos, en cine y en teatro, tratan sobre el dolor por la muerte del padre. “¿Por qué no podemos asumir que envejecer es una putada?”, dice.


“No sé decir adiós’ trata sobre la familia, la despedida, la muerte. Son temas cercanos, tremendos, que no nos deberían dar tanto miedo”   “¿Por qué no podemos asumir que envejecer es una putada, que es, sobre todo, doloroso?”

En el programa de la obra se dice que Andrés Lima “busca su propio camino a través del bosque del Sueño de una noche de verano, conectando el pálpito del eros y el thanatos de esta comedia con un recuerdo personal de otra naturaleza bien distinta: cuando falleció su padre. ¿Cómo lo ha conseguido?
Yo creo que todo partió del Teatro de la Ciudad, que hace dos años abordó la tragedia y ahora trata de abarcar la comedia. Andrés Lima eligió El sueño de una noche de verano como texto shakesperiano, y creo que desde que hizo Bonage en Francia, que es la obra que conecta con esa realidad a la que usted se refiere, él quería seguir desarrollando esta historia. Y lo que hizo fue conjugar esos dos universos. Hablar de esas últimas semanas de vida de su padre, hablar de la muerte, pero conectándolo con el deseo de vida y con la inevitable resistencia a morir de un hombre que apreciaba tremendamente la vida. Y ahí entra El sueño de una noche de verano, en la lógica de una persona en sus últimas semanas de delirio, tanto porque está yéndose de este mundo como porque ingiere alcohol para conseguir disparar su imaginación. Y ese hombre conecta con sus recuerdos, sus primeros amores, y su pálpito de juventud, que todavía late dentro de él.

La obra supone un extraordinario homenaje a la vejez.
Sí, a esa tercera edad que parece que tenemos despreciada siempre en nuestra sociedad. ¿Por qué no podemos asumir que envejecer es una putada, que es, sobre todo, doloroso? ¿Qué pasa con tu deseo de seguir vivo, con tu deseo de tener sexo, de seguir disfrutando, de seguir chupando, de hacer el amor? Porque la obra contiene verbos de ese tipo: chupar, amar, abrazar, besar. ¿Por qué todo eso solamente está reservado para la juventud? Yo creo que en esa especie de fantasía y de agarrarse a la vida es donde ese hombre que está al borde la muerte vive, sin embargo, sus últimos estertores de juventud, de deseo, e incluso de carnalidad. Y creo que El sueño de una noche de verano, que no deja de ser una especie de locura furtiva que acaba en pico terrorífico, como un día nos lo definió Andrés Lima durante un ensayo, es una obra perfecta para jugar con esos recuerdos de los primeros amores, que es donde él utiliza a los famosos enamorados de Shakespeare, aquí con nombres imaginarios, para hablar de esa locura que viven ellos, de esa borrachera en verso. Porque lo bonito y lo distinto, por lo menos lo que te puede sacar la sonrisa, es que cuando este hombre sueña y recuerda, los personajes hablan en verso. Y él mismo lo expresa al escucharlos: “Atónito estoy”, dice. Porque aparece de repente su primer amor, Pili, que no deja de ser Hernia, el personaje de Shakespeare, y le habla en verso. No le podría decir exactamente cómo ha conjugado todo eso Andrés Lima, porque siempre me pregunto yo misma, que llevo muchos años trabajando con él, cómo logra conjugar esos mundos. Pero él trabaja cada vez más como un Van Gogh. Va dando pinceladas, va utilizando elementos, ya no sólo el texto, sino la música, las imágenes, todo aquello que le inspira. Esta obra trata sobre el amor y la muerte. Y yo, personalmente, si algo voy teniendo claro en la vida, es que estamos aquí para morir, y la única manera de morir es vivir amando, y esta obra define muy bien ese axioma tan simple y a la vez tan complicado de vivir.

Ha dicho Andrés Lima: “La comedia habla de amor a la vida; la tragedia de amor a la muerte”
Bueno, no me atrevería yo a dogmatizar sobre estos temas. Pero me parece una hermosa manera de acercarse tanto a la tragedia como a la comedia.     

Afirmó usted en cierta ocasión que después de Lou Reed, Andrés Lima es su artista favorido. ¿Lo sigue siendo?
Sí, sí. Posiblemente todavía más, porque lo conozco y porque lo quiero. Siempre me desestructura porque me parece un ser humano extraordinario y me gusta su pulsión de vida, su honestidad, su franqueza, la falta de pudor incluso al mostrar su fragilidad, y ese poco respeto a la idea de si gusta o no gusta. Creo que muchas veces nos preocupamos mucho del resultado de lo que vamos a ofrecer y es claro que queremos gustar al espectador. Qué más que eso. Que nos quieran. Que podamos compartir algo. Porque al fin y al cabo uno va al teatro para sentirse menos solo. Por lo menos, yo creo que muchos de nosotros vamos al cine y al teatro para sentirnos acompañados. Y en ese sentido creo que es importante que nosotros pensemos en lo que estamos contando al espectador. Pero sí es verdad que Andrés no es complaciente. Y cuando vuelvo a ponerme en sus manos, siempre resulta una experiencia diferente. Y siempre me siento amada, pero siento también que me mueve el piso. Al final, un actor es un instrumento para el que cuenta la historia. Y a mí me gusta sentirme utilizada. Que me pasen cosas en el proceso creativo. La vida hay que vivirla momento a momento.

A partir del estreno de la película La, La, Land se ha elogiado mucho a los actores que, además de interpretar, cantan. Usted canta. ¿Debe reunir esa totalidad un intérprete?
Yo considero que un intérprete es el que es. Como sea cada uno, vale. No creo que haya que obligar a un intérprete a nada. Es como cuando hablan de un actor de cine que no hace teatro. Pues da igual. Victoria Abril y Javier Bardem nunca han hecho teatro y ahí están. Son intérpretes enormes. No hay dogmas. No tienes que saber cantar o bailar. Eres el que eres. Lo importante es seguir tu propio camino y no intentar imitar a nadie. Yo canto, pero, sobre todo, soy intérprete. Nunca hubiera hecho Desde Berlín, que fue un tributo a Lou Reed, si no hubiese interpretado las canciones desde un personaje. Porque yo no soy cantante profesional. Y en Sueño también canto. Porque la obra nos inspiró un determinado tema musical para hacer el personaje de Helena. Pero lo hago desde la locura y la festividad que reúne esta función. No intento que el público perciba en mí dotes de cantante. Aunque sí es verdad que la voz resulta un instrumento muy poderoso para un actor. Y el sentido del ritmo. Eso sí es realmente fundamental. El tempo resulta esencial, y sobre todo en un montaje como Sueño, que como casi todos los montajes de Andrés Lima tiene algo muy musical. Peter Brook decía que al final toda obra artística tiene que ver con el ritmo. Entonces, salvo que se produzca de una manera orgánica, resulta peligroso no tener cierto sentido del ritmo. Porque en el fondo estamos todos en una melodía que ha de tener cierta armonía incluso dentro del caos que es esta función, Sueño.

No sé decir adiós es una película estremecedora, alguien ha dicho que un ejercicio interpretativo superlativo, y con esta película, que usted protagoniza junto a Juan Diego y Lola Dueñas, ha ganado usted la Biznaga de Plata a la mejor actriz del Festival de Málaga.
Ese premio ha supuesto para mí un motivo de felicidad enorme. Soy muy pragmática. Nunca me espero que vaya a venir lo siguiente. No tengo mucha ambición en ese sentido. Me voy dejando llevar por lo que me pasa. Pero una vez que estoy en el ajo y una vez que me ofrecen algo, mi entrega es total y absoluta. Pero es verdad que no me lo espero. Resulta peligroso tener un ansia tremenda por conseguir cosas. Te puede volver muy loca pensar “me tiene que llegar un papel”. Entonces, cuando me llegó el personaje de No sé decir adiós, primero me produjo un rechazo tremendo, porque es un personaje muy pegado a mi piel, porque tiene una zona muy oscura, y porque, paralelamente a esta obra, Sueño, es un director hablando de la muerte de un padre y de despedidas. Pero abracé finalmente a ese personaje. Me dije: se lo debo a mi vida, a mi oficio, y a mi deseo de interpretar. Porque estos personajes, con estas aristas y con estos guiones tan bien escritos, con 30 años de edad no lo hubiera hecho igual. Pero con 45 años, que son los que tengo, es perfecto que te llegue un personaje así. Un regalo. Y hay que disfrutarlo. Y ha sido un honor y un placer impresionante para mí el recibimiento que ha tenido la película. No sé decir adiós trata sobre la familia, la despedida, la muerte… Son temas cercanos, tremendos, que no nos deberían dar tanto miedo. Y esa película ha supuesto para mí una inyección de entusiasmo. Porque a veces sí es verdad que pasan los años y cuando no llegan personajes así resulta desalentador. Porque una lo que quiere es abarcar proyectos hondos y de calidad. Pues ya está, me lo merezco, está bien, hay que querer que te pase una cosa así. Muy bien.

¿Qué recuerdos conserva de A cielo abierto, la colosal obra que usted estrenó en 2013 con José María Pou y que recibió constantes elogios?
Aquello sí que era palabra y actor. Pou me dio la oportunidad de pegarnos los dos un partido de tenis inolvidable. Y yo creo que es de las veces que más tiempo he estado sobre un escenario con una función. Pou quería que todos los días aquello tuviera la vida que le dábamos. Fue una función que nunca dejó de estar viva.

Actor y compromiso

Ha dicho usted: “Tú tienes derecho a decir lo que quieras y siempre habrá un señor persiguiéndote para que no digas lo que él no quiere, pero esa es la función del arte, del teatro”. ¿En qué medida se están dando pasos atrás con esa excusa de herir la sensibilidad?
Es un tema peligroso y que, a veces, desde estamentos del poder se malinterpreta. Albert Boadella vino recientemente a un taller del Teatro de la Ciudad, y desde aquí todo mi respeto y admiración hacia él porque nos dio una lección de sabiduría. Todos conocemos a Albert Boadella, los de mi generación. Por todo lo que nos ha contado en sus libros de cuando se subió a una cornisa para escapar de un hospital para evitar la cárcel, con la Guardia Civil abajo, vigilándolo. Te lo cuenta desde un lugar que ahora te hace reír. Pero lo piensas y dices: “El miedo que debió de pasar aquel hombre”. Eso sí que era arriesgado. Y en el taller nos dijo: “Ahora os toca a vosotros”. Incluso nos llegó a decir sobre aquello de los titiriteros que todo el mundo protestaba en las redes, pero ¿cuánta gente salió a la calle a manifestarse? Yo no, desde luego, lo tengo que reconocer. Creo que Boadella nos estaba invitando a decir basta. Nos explicaba que mientras la sociedad esté desestructurada, ahí es donde ha de estar el bufón, ahí es donde tiene que estar el actor. Y nunca ha sido de otra manera. Nosotros los actores tenemos que reflejar aquello que molesta. ¿Para qué sirve el bufón? Para molestar al Rey. Pero ellos también pueden utilizar al bufón como quieren y decir: “Esto no es libertad de expresión”. O bien: “Esto está hiriendo la sensibilidad de la gente”. Pero lo que hay que hacer es dejar que cada individuo decida si le está hiriendo la sensibilidad o no. Nadie tiene derecho a censurar lo que se dice. No podemos volver atrás en ese sentido. Sería muy peligroso. Dejemos que la gente se exprese con rotundidad y con radicalidad, o con suavidad, como quiera, y siempre con libertad.