Mauro Armiño Tiempos de hoy
 
   

                             Nº 1203. 2 de junio de 2017

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Tribuna cultural /
Mauro Armiño

Pistolerismo, mito y dolorido sentir


Ya que, visto lo visto, los españolitos tienen perdida la esperanza en este infierno en que se ha convertido la vida española para muchos, y dado que hay Feria del Libro, tal vez sirvan de lenitivo para reponer fuerzas a los indignados estas tres recomendaciones

Ahora que, después de primarias, secundarias y terciarias, ya sabemos quién es pizca más allá de izquierdas, pizca más acá de derechas; ahora que la paz se ha instalado en las buhardillas, desde donde no parece verse que el hundimiento de la socialdemocracia europea –las profecías de los Casandra hablan de marginalización, si es que no entonan su réquiem al compás del caso francés–, tiene bastante que ver con la inepcia de sus dirigentes, incapaces de crear una síntesis movilizadora para la acelerada realidad, pues eso, ahora… esa presunta izquierda, tanto la oficial como la insumisa, sigue con sus juegos de manos (juegos de villanos) y haciendo trucos de escena; después de treinta años como crítico de teatro, he visto todas (o casi) las prestidigitaciones, y la pamema que interpretan nuestros próceres progresistas es, como teatro, mala, y sus tretas políticas apestan a moho y roña: léase, por ejemplo, la moción de censura enarbolada por Podemos, que tal vez no sepa que la verdad no tiene ese aire impetuoso (y publicitario, le añadiría yo a Boileau). Y mientras juegan a mandar, a proponerse para salir en la foto, a cobrar sueldos, sobresueldos y demás mamandurrias de los impuestos, continúa vigente la ley Mordaza del infausto y opusdeísta ministro Fernández Díaz que dejó esa herencia, no a otro que tal baila, Zoilo, sino a un Congreso de mayoría presuntamente izquierdosa o, al menos, no popular: una media de 1.257 multas al mes por “faltas de respeto y consideración” a las tituladas Fuerzas de Seguridad del Estado, que son juez y parte en este asunto convertido en administrativo y no judicial, pronto dará para pagar los sueldos, dietas, viajes y otras regalías de nuestros señores diputados. Y año y medio después, sigue la Reforma Laboral cuyas secuelas una hija de delincuente sentenciado, la diputada Fabra, definió: “Que se jodan”. La izquierda sigue prometiendo que todavía “hay músicas en el corazón misterioso de este país” (de poeta francés), y mientras la inanidad de Rajoy II el  Inane convierte todo en ruido y justifica el saqueo de “este viejo país ineficiente”, que decía otro poeta que también se preguntaba: “¿Llegará a pasar algo algún día?”

Anarquismo y pistolerismo en Barcelona
Ya que, visto lo visto, los españolitos que han leído a Dante –más si se calientan a los soles del invierno– tienen perdida la esperanza que han dejado a las puertas de este infierno en que se ha convertido la vida española para muchos (casi un 25% por debajo del nivel de pobreza), recomiendo, dado que hay Feria del Libro, entregarse a la lectura; tal vez sirva de lenitivo para reponer fuerzas a los indignados. Como al parecer Patria, de Fernando Aramburu, ya se ha convertido en best seller, y tiene premios y laureles suficientes, no necesita recomendación, pese a cierto maniqueísmo ideológico algo ingenuo que ha encantado a muchos; además, el lector podrá sorprenderse ante el curioso uso que Aramburu hace del participio de presente: “amigos cenantes”, “merendantes”, “renegante”, “abrazantes”, etc. En fin, quizá rarezas de esas que se achaca a los escritores vascos desde Pío Baroja. Pero con menos ruido ha pasado otra novela que historia un momento político clave del siglo pasado:  Apóstoles y asesinos, de Antonio Soler (Galaxia Gutenberg), recupera las siniestras dos primeras décadas del  siglo XX que vivió Barcelona,  a través  de un personaje que centra los hilos de un retrato de aquella sociedad, como explicita el nerudiano subtítulo: Vida, fulgor y muerte del Noi del Sucre, apodo del anarcosindicalista Salvador Seguí. Aunque se la califique de novela, Apóstoles y asesinos es también y sobre todo un reportaje bien trabado con una ficción respetuosa hacia la trama histórica sobre la que se teje. Seguí, impulsor de la CNT, pero con una vista puesta en el pacto social exigido por el proletariado de la época, vivió un momento de máxima violencia entre sindicatos y patronal, con bombas en las calles, tiroteos y pistolerismo, cuando parecía que la revolución estaba en el horizonte; pese a su anarquismo, pisó el freno y adoptó una posición conciliadora convencido de  que el entramado social es demasiado complejo para que avanzar sin pactos; su postura final fue tachada de traición por sus propios compañeros cenetistas; Seguí terminaría muriendo en atentado de los pistoleros de la patronal en 1923.

Dan soporte al eje Seguí todos los políticos de la época, anarquistas como Ángel Pestaña o Joaquín Maurin, o políticos “de orden”, desde Lluís Companys y Francesc Layret hasta Prieto o Besteiro, o intelectuales como Unamuno o Baroja; y, por supuesto, la otra parte, encarnada de manera especial por el gobernador civil nombrado por el gobierno de Eduardo Dato para cortar de raíz la oleada de huelgas y atentados: el general Martínez Anido, cruel represor, así como la banda de pistoleros que, pagados por la patronal, tuvieron sus jefes en un falso barón de Koenig y en un comisario, Bravo Portillo, a las órdenes del entonces jefe de Policía de Barcelona, José Millán Astray, padre del otro siniestro posterior; el barón, reconocido estafador, chantajista, doble y triple espía, actuó de jefe de pistoleros de la patronal, a la que también terminó chantajeando. Y es personaje que tiene su novela, porque hasta 1946 siguió por Europa al servicio de unos y de otros. En resumen, momentos de convulsión de una historia que conviene conocer, bien llevada (tal vez exceso de documentación) por un novelista con criterio histórico y político.

Un mito y una biografía
Es original la idea que propone la editorial Penguin Clásicos, que ofrece en un solo volumen, bajo el título de Don Juan, las tres representaciones mayores del mito: la inicial, atribuida a Tirso de Molina, la definitiva configuración del personaje de mano de Molière (en traducción segura de Carlos Manzano), y una de las expresiones musicales más importantes de la historia de la ópera: el Don Giovanni de Mozart, con libreto de Da Ponte. La introducción y el epílogo firmados por Jordi Balló y Xavier Pérez sitúan bien, sin pesada erudición, aunque a mi entender dejan de subrayar algo que afirman en la primera línea: el origen blasfemo y temerario del personaje; el romance original “Pa misa diba un galán, / caminito  de la iglesia”, denuncia el pecado donjuanesco, que no es seducir doncellas, sino convertir la iglesia y la misa en su lugar de ligue amoroso. Y es Molière quien, con un pensamiento ya materialista, lo convierte en encarnación de la blasfemia y la negación del poder de los dioses frente a la pulsión del individuo. De ahí, que a los siete días su amigo Luis XIV le recomendara, al parecer, dejar de representar una obra que ya en su segunda función había necesitado de tachaduras y recortes para contentar al partido devoto.

Novedad también relevante:  la biografía Rosalía de Castro. Cantos de independencia e liberdade (1837-1863) (Editorial Galaxia), escrita por María Xesús Lamas. Se trata sólo de una primera parte, hasta la aparición de Cantares gallegos. La autora ha recogido todos los datos, realmente pocos, que se conocen, de escasa difusión por su carácter filológico y por su reducción al ámbito gallego. Lamas los somete a análisis, deslindando la parte con que la leyenda ha venido pintando la figura de la poeta gallega y española, autora de  ese título definitivo para la difusión del gallego y del galleguismo, y de dos libros capitales para la lírica romántica en España: En las orillas del Sar y Follas novas, en castellano y gallego, respectivamente. Lamas defiende la figura de Rosalía, aduce  algunos testimonios sobre su carácter alegre en lo personal; pero su lírica, por el hecho de pertenecer al movimiento romántico, lleva aparejada un carácter melancólico que los datos de su vida, hija natural de padre cura,  precariedad económica de su marido Martínez Murguía, hijos muertos en baja edad, y en última instancia la realidad gallega no hicieron sino ahondar, ni le quitaron “el dolorido sentir” que atravesó la difícil existencia de la poeta de Padrón.

 

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena.  

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