Entrevista Verónica Forqué Tiempos de hoy

 
   

                             Nº 1204. 9 de junio de 2017

- - --

Entrevista / Luis Eduardo Siles

Verónica Forqué, actriz

“No hay mezcla mejor que el amor
y el humor”

Está sentada junto a una mesa de una sala del Teatro de la Abadía, de Madrid, y a simple vista pudiera parecer un personaje de Antonio Gala, pero no, es Verónica Forqué, aquella Cristal de ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, o la sensacional Doña Rosita de Miguel Narros, o, ahora, Maite, esa mujer rebosante de vitalidad de La Respiración, de Alfredo Sanzol, que se repone en La Abadía, con nuevo reparto, hasta el 25 de junio para después salir de gira. Dice: “Hay dolores mucho mayores que el abandono”. Y lo hace con la voz inconfundible de Verónica Forqué, esa voz suave por la que no han pasado los años, pero se ha hecho más sabia.


“El teatro siempre ha sido una profesión de riesgo, y el arte en general, pero creo que ahora hay mucho más riesgo”   “El éxito de La Respiración es que llega directamente al corazón de las personas”

Alfredo Sanzol ha escrito respecto a La Respiración: “Cuando el amor y el humor se juntan las sensaciones son muy placenteras”. ¿Está de acuerdo?
Totalmente. No hay mezcla mejor. No hay cosa mejor que el amor y el humor. Son la esencia de la vida. Eso es lo que debería ser siempre la vida. Y no lo es. Porque la vida es un rato de dolor, un rato de humor, un rato de amor, otro rato de pena… La felicidad permanente no existe para nosotros, los seres humanos. Sólo para los iluminados, y no es mi caso. Ojalá todos los días viviéramos siendo muy conscientes del amor. Que realmente es lo que importa y lo que mueve el mundo.

Su personaje, Maite, dice en la obra: “En las lágrimas del amor, todos nos hemos ahogado”.
El éxito de esta función es que llega directamente al corazón de las personas. Y eso es muy difícil de lograr en teatro. Y es muy especial el teatro de Alfredo Sanzol, que parece realista, pero no lo es, pero sin embargo sí lo es, porque ese realismo está mezclado con una cosa muy mágica, con mucha fantasía, pero al mismo tiempo con un dolor muy humano y muy real, un dolor que todos conocemos. Y esa alquimia que late con todos esos elementos logra que el público se ría muchísimo y, al mismo tiempo, salga lloroso de la obra, lo que es algo absolutamente maravilloso y teatralmente difícil de conseguir.

Alfredo Sanzol también escribe en el programa: “Quiero contar lo sagrado que habita en la anécdota”.
Claro, porque en todos nosotros hay algo sagrado. Este cuerpo no está aquí por casualidad, no nos lo han dado para que lo estropeemos, para que lo utilicemos mal. Para que hagamos el mal. En ese sentido, nuestro cuerpo es el templo. Y está habitado por el amor, por el alma, por el espíritu, por la emoción, por la humanidad, todas esas cosas que cada uno las vive a su manera o les pone un nombre diferente. Por la energía. Pero, ¿quién nos mueve? ¿Quién mueve ese cuerpo? No soy yo realmente. ¿Quién nos lo ha prestado durante un tiempo para estar aquí? Me gusta mucho lo que dice Alfredo Sanzol y lo comparto plenamente.

La Respiración trata sobre el abandono. Decía Eduardo Haro Tecglen en sus artículos que no hay mayor dolor que el abandono. ¿Está de acuerdo?
No, no lo estoy. Yo creo que puede haber dolores mucho más grandes que los del abandono, que el abandono de un amor, si es a eso a lo que se refiere. Hay cosas mucho más terribles que pueden ocurrir en la vida de una persona. Yo considero que las personas con las que vivimos y a las que amamos se pueden ir con otro o con otra porque consideran que la relación se ha terminado, y no es tan grave. Pienso que es algo que se puede superar. Pero hay en la vida cosas mucho más difíciles de superar.

El autor decidió escribir esta obra tras la ruptura con su pareja.
Sí, y por lo que me han contado, Alfredo iba a hacer otra historia, tenía otro proyecto, pero sucedió que rompió con su pareja y la madre de su hijo, y en ese momento su corazón, su instinto y su intuición lo condujo a crear la historia de La Respiración. Le pareció que él necesitaba contar esta historia más que la otra. Y eso es un creador. El creador nunca tiene nada fijo. No sabe muy bien lo que va  a pasar. Pero La Respiración es una comedia. Hay una risa universal. En La Respiración todo el mundo se ríe. Y, sin embargo, la protagonista sufre mucho. Pero el público se muere de la risa. ¿Cómo se consigue eso? Por cómo está contado, que también emociona mucho, pero está contado desde un lugar en el que te hace gracia esa pobre mujer, te produce ternura, y la ternura está cerca del humor. Y, de algún modo, pese a que trata un asunto doloroso, tal y como está escrita la obra sabes que no es una tragedia. Porque no está escrita en ese tono. Está escrita desde una perspectiva en la que Alfredo Sanzol es el primero que se ríe de sí mismo y de su propio sufrimiento. Y eso es muy liberador. 

Usted interpretó en 1987 a la primera Carmina de Ay Carmela, la obra de José Sanchís Sinisterra. Y ahora, en 2017 hace a Maite en La Respiración. ¿Qué ha cambiado fundamentalmente en usted como actriz y qué ha cambiado en el teatro español entre un momento y otro?
Uff, es una pregunta muy complicada… ¿Qué ha cambiado? Es más fácil decirle que tengo muchos más años, y que como actriz he aprendido muchas cosas y seguramente he perdido otras. Los años te enseñan, pero evidentemente la juventud tiene cosas maravillosas que pierdes con la edad. La vida es así, es un camino siempre diferente. No eres la misma persona a los 30 años que a los 60. Eres parecida, pero no la misma. Por lo menos, yo no me siento la misma, yo me siento bastante diferente, y ha sido a través de un cambio consciente. Pienso que las personas, si quieren, pueden cambiar. Tienen el derecho a cambiar. Y tienen el derecho de ser mejor persona y mejor actriz. De hacer mejor su trabajo. Y respecto al teatro, ahora los productores sufren más. Hay mayores problemas. La crisis, que nos hizo mucho daño. El IVA, que ahora parece que va a desaparecer… Pero, por otra parte, hay actualmente una gran vitalidad entre la gente joven, hay muchas salas teatrales pequeñas que se han abierto, y que no ganan mucho dinero, a veces nada, pero esa vitalidad me gusta mucho. Existe. Se ve. Tanto en autores, en actores, como en directores. Pero antes había más calma. Había más posibilidades para los productores teatrales. No existía tanto riesgo como ahora. Actualmente siento que los productores, al menos por lo que me cuentan, porque yo nunca he sido productora, siempre he trabajado contratada, corren muchísimo riesgo. Y antes se quejaban menos. Siempre ha sido una profesión de riesgo el teatro, el cine, el arte en general, pero considero que ahora hay mucho más riesgo. Y también  muchas menos posibilidades de exhibición para los productores, porque enseguida llegan las pérdidas.

Usted se ha sumergido como directora teatral en un texto de Woody Allen, Adulterios, que dirigió en 2009. ¿Cuál es la dimensión creativa de Woody Allen?
Yo soy muy fan de Woody Allen. Adoro su cine. Me encanta esa mezcla de humanidad, de humor, de absurdo, de dolor. Es un genio. Con la edad que tiene y sigue rodando  una película cada año. Es admirable. Un genio. Y me propusieron hacer Adulterios, que en el original son tres piezas cortas y ésta es una de esas piezas. Era una función muy ácida. Muy divertida. Y muy difícil, porque empezaba muy arriba, y yo me decía, “¿qué hago para que empiece tan arriba y de pronto no haga así, boom, y se venga todo para abajo?”. Pero quedé contenta del resultado. Tuve en el reparto a María Barranco y a Miriam Díaz Aroca, que eran como el tipo y el arquetipo, la una y la otra. Una quería ser como la otra, y la otra quería ser como la una. Era muy inteligente aquella función, como todas las de Woody Allen. La obra permaneció dos años en cartel. Y antes, en 2001, yo había dirigido La tentación vive arriba. Son los dos únicos trabajos que he hecho como directora. Pero tengo vocación. Me gusta mucho ejercer como directora.

En 2004 hizo usted en teatro Doña Rosita la Soltera, dirigida por Miguel Narros. Fue una Doña Rosita más introspectiva, más en su tristeza, incluso en su juventud, que la Rosita de 1979 de Nuria Espert y Jorge Lavelli. ¿Está de acuerdo?
Sí, sí, coincido con esa opinión suya. Pero era la visión de Miguel Narros. Yo tenía 50 años cuando hice Doña Rosita, y él quería desarrollar su propia versión, como es natural, y quería contar la historia como una flashback dentro ya de la soledad de Doña Rosita a los 50 años. Porque es difícil a los 50 interpretar a una jovencita de 20. Pero Miguel Narros se arriesgó a hacer eso. Y a unos le gustaría más que a otros. Miguel tenía muchísima personalidad. Y cuando veía algo claro, lo hacía. No le importaba nada la opinión de los demás. Y eso es muy importante para un artista.

¿Cómo ha cuidado a lo largo de su carrera la expresividad de su voz, esa voz tan característica suya?
La he cuidado muchísimo. Porque de joven tuve problemas en las cuerdas vocales, y eso me sirvió como una llamada de atención, de decir: “Tienes que aprender a utilizar tu instrumento, tu voz”. Y tuve la suerte de tener una gran maestra, Lidia García, que murió el otoño pasado y a la que echo mucho de menos. Siempre he trabajado la voz. Es el instrumento fundamental del actor.

Usted dobló a la protagonista de El Resplandor, que durante toda aquella película de terror hablaba como Verónica Forqué.
Sí, sí, ¿y sabe lo que pasó?, que me pusieron verde. Porque yo no era una dobladora. Yo era una actriz, y además una actriz muy joven y con escasa experiencia. Hice aquel trabajo como una actriz, pero no como una dobladora. El director del doblaje era Carlos Saura. Kubric siempre llevaba a Saura para hacer el doblaje de sus películas. Y nos hicieron pruebas a muchas actrices. Y cuando yo fui a que me hicieran la prueba y me pusieron la voz de la protagonista, me dije: “Pero si parece mi voz”, y pensé que si me escogían era porque teníamos la voz muy parecida. Y por eso me eligió Kubric, sí. Pero al no ser yo una dobladora, los dobladores, que son unos actores maravillosos, tienen su propio estilo; hay un estilo, y yo no tenía ese estilo. Yo lo hacía como Carlos Saura quería que lo hiciera. Entonces, a algunas personas les gustó mucho, y a otras, nada. Fue mi única experiencia como dobladora.

Usted ha trabajado con todos, o casi todos los grandes directores de cine y de teatro que ha habido en España durante las últimas décadas, como Luis García Berlanga, Fernando Trueba, Almodóvar, Gómez Pereira, o Miguel Narros. ¿Hasta qué punto ha aprendido de ellos?
He aprendido mucho de todos ellos. He tenido mucha suerte. He trabajado con directores con mucha imaginación y con mucho talento. Y mucha pasión por lo que hacían. Para mí es muy importante que el director esté contento conmigo, con mi trabajo. Lo más importante es que el director esté contento conmigo.

Pablo Iglesias la entrevistó en La Tuerka. ¿Qué impresión sacó?
Nos escuchamos los dos muy bien. Yo me sentí muy a gusto en aquella entrevista.

La vida es el ahora

En La Respiración, su personaje, Maite, le dice a su hija, Nagore, que se ha separado de su marido: “Hay que vaciar el cuerpo y la mente como quien vacía un armario para que entren cosas nuevas”

Es así. No puedes vivir de los recuerdos. Es muy doloroso vivir de los recuerdos. La vida es el ahora. El momento que estamos viviendo. El pasado es el pasado. Quedó atrás. Y Nagore está sufriendo mucho porque está viviendo en el pasado. Quiere que todo vuelva a ser como era antes. Y eso es imposible. Y su madre, Maite, quiere convencer a su hija de que va a salir de ahí, que lo va a lograr, y que una manera de conseguirlo es ésta, crear su propio presente. Le dice: “No puedes borrar tus recuerdos, pero sí puedes colocarlos. Dejarlos en su sitio. Y abrirte a nuevos recuerdos. Porque lo que estás viviendo ahora, mañana serán recuerdos”.