Tribuna Cultural / Mauro Armiño Tiempos de hoy

 
   

                             Nº 1205. 16 de junio de 2017

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

Tierra, corrupción y sensibilidad


Ha fallecido Juan Goytisolo, Premio Cervantes y autor de la obra más interesante y revulsiva de la segunda mitad del pasado siglo. / EUROPA PRESS

Es de esperar que muerto el perro no acabe la rabia, y que, una vez echado el cierre de la Feria del Libro 2017 bajo un calor sarraceno, siga haciendo lectores para el verano. Algunos dan la excusa de que los libros son para el verano, como las bicicletas. Datos sencillos de la Feria: 8,8 millones de euros de recaudación, que, a ojo de buen cubero, supone un incremento del 8% porcentual (8,2 en 2016); mayor presencia femenina: 66% de mujeres frente a 34% de hombres, que confirma el topos de que lee más el lado femenino del cerebro. Ni quito ni pongo rey, porque ayudo a mi señora misantropía. Las estadísticas aclaran poco, salvo para la industria del libro, porque en batiburrillo se mezclan libros y conjuntos de hojas cosidas o fresadas, también llamadas libros, con, a veces, recetas de cocina, autoayudas para impotentes y demás manualidades. El comunicado oficial de la Feria mezcla churas con merinas, y repite la murga con que los políticos pretenden justificar todo: la Feria es uno «de los eventos impulsores del turismo cultural a la capital». Quien dice turismo –esa plaga que pronto impedirá salir de la cueva a quien se precie de persona– pronuncia el hágase la luz de todas las bendiciones con la intención de salvar a un país de servicios y servidumbres.

Goytisolo tiene por fin tierra
Ni grandes novedades ni grandes hallazgos en lo que se ha publicitado o vendido; sólo, como noticia, la muerte de uno de los dos grandes escritores del siglo pasado que quedaban vivos: Juan Goytisolo. Curiosos obituarios para quien todos califican de «heterodoxo» cuando era algo distinto y bastante más, y cuyo discurso de aceptación del Cervantes no mereció entonces los aplausos de, por ejemplo, el ahora preso número x, Ignacio González, entonces presidente de la Comunidad; ni de la directora general de Industrias Culturales, Teresa Lizarazu, ahora en mejor pagados destinos, ni de Monserrat Gomendio, entonces número dos de del ministro de Educación de infausto recuerdo, y ahora residentes ambos en un buen palacio parisino a costa de españolitos. El diario ABC salió entonces en tromba con sus articulistas de pro, hasta el punto de que Juan Manuel de Prada llegó a calificar de «gesto diarreico y genuflexo el del Gobierno Español» por concederle el Cervantes». Ahora ese periódico ha mantenido una discreción levemente manchada por algún articulista a la defensiva. Se ha recalcado su carácter adusto, desabrido, gruñón, y demás adjetivos que, al descalificar al hombre, tratan de ningunear la obra, la más interesante y revulsiva de la segunda mitad del pasado siglo, y de la que quiero recomendar tres títulos al lector: Señas de identidad, Reivindicación del conde Don Julian y Juan sin tierra, además de Coto vedado, por si alguien quiere entrar en particularidades biográficas,. En esas cuatro obras está su intento de «destrucción de la destrucción» (título de un libro del cordobés andalusí Averroes), intento tachado por Prada de «vómito de odio a España (…) vomitorio del nihilismo… y de la inanidad occidental». Con calificativos así, yo ya me habría lanzado a una librería en busca de esas obras.

Vieja y querida corrupción
Ya se sabe, me pierden los clásicos, porque suelen ser más actuales que los modernos. Y, sobre todo, cuando contienen ideas políticas que, a pesar de los años, siguen vivas. Pocas novelas que describan la actualidad mejor que Democracia (Ediciones Cátedra), del pensador norteamericano Henry Adams (1838-1918), publicada hace casi 140 años. Título raro para una novela, como lo era también Democracy para la obra de teatro de Michael Frayn que pude ver hace casi quince años, en el invierno de 2003, sobre los políticos alemanes de los años 1970 mirados con lupa para analizar el asunto de espionaje que hizo caer a Willy Brandt.

Adams era biznieto y nieto de dos presidentes norteamericanos, colaborador y secretario de su padre, embajador en Londres y, por raza y familia, metido de hoz y coz en la casta más selecta de la política estadounidense y de la vida oficial de Washington, con sus salones concurridos por la mejor aristocracia del pensamiento en la época. Democracia teje sobre la realidad y, a través de dos hermanas, desbroza el meollo que entonces se cocía; y se cuece, porque de hecho el eje es la corrupción de un político que recibe dinero para pagar la campaña electoral del partido con el eterno objetivo de ganar el poder, la presidencia. ¿Suena? Mientras escribo esto, algunos de “nuestros” representantes se rasgan las vestidura, aunque el Tiempo juegue en contra: una estela del pueblo caldeo, de tres mil ochocientos años antes de nuestra era, ya entonaba la denuncia: “Hemos llegado en tiempos malos y el mundo se ha vuelto muy viejo y malhechor. Los políticos son muy corruptos. Los hijos no respetan ya a sus padres”. Por los siglos de los siglos, amén, si amén pudiera traducirse por “así ha sido” o “así será”.  Pero no resignarse.

Una joven viuda, Lee, harta de filosofías y cultura –los personajes que intervienen son la crême de la crême, viajados, cosmopolitas, entendidos– se acerca a la vida política de Washington: Adams describe, bajo otros nombres, y por eso publicó Democracia de forma anónima, a políticos reales que el seguro traductor del texto, Javier Alcoriza, documenta en una breve nota introductoria: un nuevo presidente, (el presidente Hayes, con algún rasgo de otros), un cazurro de pueblo –la “no política” tan actual– se enfrenta a la casta de Washington y se las apaña para desactivar a su peor enemigo dentro del partido ofreciéndole la Secretaría del Tesoro. Los amores de la viuda, en cuyos salones se cocinan los retratos que Adams hace, terminarán mal, en un desenlace alimentado por el idealismo, pues la mujer, decidida por fin al matrimonio, se niega a casarse cuando descubre que él ha estado envuelto en un asunto de corrupción y falseamiento de elecciones (como la vida misma del PP en Madrid, con Esperanza Aguirre sin enterarse de nada). Son acerbos y actuales tanto la crítica como los retratos de los personajes, con algunas notas de humor, como la de un exembajador en Madrid que se permite recordar refranes hispanos, por ejemplo el de lavar la cabeza del burro, que sólo sirve para perder la lejía o el trabajo, o el jabón y el tiempo. Por otros te enterarás de lo que deberías saber. Y ese matrimonio que se va al traste es sólo la culminación de una intriga política de celos y rencillas personales e ideológicas sobre el fondo de una regeneración que debió de quedarse, como aquí, a las puertas del siglo XX; váyanle a Donald Trump o a Rajoy el Inane con el cuento de la regeneración y demás gaitas.

Sorpresa para estos pagos
No sólo de clásicos se vive; a veces cae en las manos un libro de hoy, sorprendente de hiperestesia, delicadeza y afectividad: Sin permiso (Editorial Elba), de Marina Saura (1957), que reúne tres “relatos;” si los dos primeros pertenecen al género –“Hoy no”, de escritura demasiado adjetiva; “Sin hueso”, en el que el lector puede pensar en una escena cómico-dramática de Georges Feydeau–, el largo texto que da título al libro es un artefacto explosivo en el que la autora parece arrogarse el “Yo es otro” de Rimbaud, para verse y sentirse en muchos otros pellejos, propios o cercanos pegados al suyo, asumiendo una constante muda de piel mediante la sensibilidad. En ese texto de “Sin permiso”, Saura revive una temporada en el infierno propia, se canibaliza sin compasión por ella ni por nadie, con rasgos autobiográficos que va desparramando a través de un puzle de breves párrafos; quizá haya procedido también a una “destrucción de la destrucción” de la que es difícil saber si se sale indemne. Ha ido levantando los tegumentos de su experiencia vital, abriendo el juego de las muchas muñecas rusas que siente tener, despellejándose a base de reproches y quizá odios –ella misma la más odiada a veces–, fluyendo contra los personajes clave de su familia, sumiéndose y asumiéndose en ellos. Libro raro para estos pagos, donde, al desnudo, la autora se alza consigo misma y contra sí misma en un trabajo de una sutileza y una elegancia literaria desnudas y dolientes.

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena.  

 

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