Entrevista Nacho Sánchez Tiempos de hoy

 
   

                             Nº 1206. 23 de junio de 2017

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Entrevista / Luis Eduardo Siles 

Nacho Sánchez, actor

“El arte me ayuda a empatizar con el mundo”

Nacho Sánchez (Ávila, 1992) es un extraordinario transmisor de la poesía. Lo hizo en La piedra oscura, o, sin pronunciar ni una sola palabra sobre el escenario en He nacido para verte sonreír, o ahora en la conmovedora Iván y los perros, que se ha representado en el Teatro Español de Madrid y ha emprendido una gira en medio de un gran éxito. “Casos como el de Iván, de olvidarse de los más débiles, es el día a día en la vida real”, afirma.


Fernando Moreno

“Casos como éste, de olvidarse de los más débiles, es el día a día en la vida real”   “Alberto Conejero dijo que yo tenía ojos de cine de terror antiguo”

La obra Iván y los perros, entre otras cosas, es un grito de las víctimas, ¿no?
Bueno, sobre todo es un alegato a buscar lo humano cuando parece que todo ha desaparecido, cuando parece que el interés personal es lo que prima, y cuando parece que se olvida que todos somos personas y necesitamos apoyos y ayudas entre nosotros para poder sobrevivir. Sin olvidar que la vida no es más que una y hay que vivirla de la mejor manera posible. Y esta obra habla de un chico que, paradójicamente, halla lo verdaderamente humano, lo esencialmente humano, en una manada de perros.

¿De qué manera ha enfocado como actor esta función, un monólogo, pero que discurre a través de una ciudad llena de nieve, con niños agresivos, perros amigos, hombres violentos, y policías, pero usted, realmente, está solo sobre el escenario?
Lo he encarado partiendo permanentemente del texto. Hicimos un trabajo previo el director, Víctor Sánchez Rodríguez, y yo, de investigación, de documentación, y de análisis del propio texto, y consistió en ir probando de manera muy intuitiva qué era lo que decían las palabras, en qué situación quedaba Iván, qué opinión debíamos dar nosotros, y fue algo muy intuitivo y muy colaborativo entre nosotros, porque trabajamos junto a la ayudante de dirección, que era la encargada del movimiento, y ella trabajó conmigo para encontrar una gestualidad concreta, sin llevarla decididamente al perro, pero sacando algo de la animalidad del personaje. Y a medida que hacíamos funciones es como el personaje se ha ido completando, y como han aparecido las distintas capas que tiene la obra. Porque la autora plantea que Iván revive lo que cuenta como si estuviera ocurriendo ahora, y opina sobre lo que sucedió entonces, incluso puede inventar parte de lo ocurrido, y todo ello se lo está contando al público. Hay numerosos factores a tener en cuenta en la obra.

“Todos los humanos son malos; sólo hacen cosas malas”, dice el protagonista. Y afirma también: “Mi alma es un perro”.
Sí, son frases que salen de la experiencia real que vivió Iván Isokov, la persona en la que se ha inspirado la autora para escribir el texto. Son palabras muy sencillas, pero que esconden una tremenda complejidad. Porque Iván, cuando sale de casa, porque su madre es alcohólica y su padrastro le pega, y le dice el padrastro a la madre que lo único que Iván hace es comer y beber y que tiene que deshacerse de él, Iván, decía, quiere irse a la calle porque allí hay niños, como él dice, porque es el mes de mayo y ya no hace tanto frío, y cuando se da cuenta de que los niños de la calle no son como él, no buscan lo mismo que él, y son muy agresivos, entonces intenta acercarse a los hombres, pero los hombres siempre lo ignoran. Y busca la comida como puede. Y esa frase de “todos los hombres son malos” se pronuncia casi al final de la obra, cuando ve todo lo que ha ocurrido, cómo han destrozado todos los atisbos de esperanza que podía tener Iván para reengancharse a la vida, cómo todo se va rompiendo, se va desestructurando, y al final Iván lo expresa muy claramente con esa frase: “Todos los hombres son malos porque sólo saben hacer cosas malas”. Y con palabras así de sencillas, la autora, Hatty Naylor, te introduce en el contexto y en un momento histórico muy concreto, el tiempo que siguió a la caída de la Unión Soviética, sin necesidad de hablar de historia propiamente. En esta obra, el contexto es muy concreto, pero casos como este, quizás no tan extremos, o no exactamente iguales, de olvidarse de los más débiles, de abandonarlos y que ellos se apañen como puedan, es el día a día, desgraciadamente, en realidad.

Ha dicho usted de su personaje de Iván y los perros que lo atrapó por cómo gestiona su soledad.
Sí, él sale a la calle y no quiere convertirse en uno de esos borrachos que viven en la calle. No quiere estar alrededor de una hoguera comiendo patatas y bebiendo vodka y oliendo mal, como él observa que viven los otros. Y tampoco quiere entrar en los agujeros de la tierra donde está el resto de los niños, viviendo en las tuberías, aunque allí haga calor, y se esté bien, y se esnife pegamento, mientras te olvidas de todo lo demás. Iván no quiere eso. Iván, al final, acaba saliendo y encontrando a los perros. Y esa es la manera en la que gestiona su soledad. Él intuyó, cuando vio por primera vez lo ojos de aquella perra que encuentra en la calle, Bielka, que ella está en la misma situación que él, y que los dos se pueden entender y se pueden ayudar. Y lo consigue. Iván, finalmente, fue un miembro más de esa manada de perros. 

Hatty Naylor es una escritora desconocida en España. ¿Hasta qué punto en esta obra, en su atmósfera sórdida, puede existir cierta influencia de algunas novelas de Georges Simenon?
Pues no tengo ni idea, la verdad. Porque yo no conocía a la autora, no conocía el texto, y es la primera vez que interpreto una función de esta escritora. Me parece un texto muy inteligente. Porque es muy complejo. No va a priori a lo que sería más fácil en teatro, que es apoyarte en una acción dramática concreta, sino que se trata de una narración, y como las narraciones no son a veces muy amigas del teatro, hemos tenido que intentar encontrar la forma de ponerla en pie. La autora es capaz de plantear y hacer ver al público la situación por la que pasa Iván, y la situación por la que atravesaba la nueva Rusia, la Rusia de Yeltsin, a través de palabras muy sencillas, de emociones simples, y sin ahondar concretamente o históricamente en los hechos que sucedían en aquel momento. Iván se encuentra con que están abriendo restaurantes, él no habla de la entrada del capitalismo, él habla de que hay restaurantes nuevos, con comida muy buena, y que toda la gente que hay dentro son mujeres rubias y hombres gordos que llevan traje y anillo de oro. Y tampoco se refiere a las mafias, porque Iván no sabe lo que son. Describe lo que hay. Y me parece que contar una historia así, simplemente a través de la opinión de ese niño, es algo muy interesante.

Iván y los perros tiene un final poético. ¿Hasta qué punto es usted, como actor, un extraordinario transmisor de la poesía?
Bueno, yo soy transmisor de lo que me toque. ¿Y qué es la poesía?, me puedo preguntar, porque para cada uno hay algo que es más poético o menos poético, o algo que, sin pretenderlo, atraviesa poéticamente, porque yo simplemente me pongo al servicio de una persona que me dirige, de un texto teatral en el que me apoyo, y entre las sensibilidades de todos intentamos construir algo poético, algo que provoque un ligero cambio en quien lo vea.

¿Qué valor concede a la expresividad de sus ojos?
Yo, como soy un instrumento, tengo que aprovechar lo que soy. Y yo tengo este cuerpo concreto y he de aprovecharlo en lo que me pueda ayudar. Me pongo al servicio, insisto, de la obra, de esas palabras, y del director con el que esté trabajando en cada momento, y ellos son, en realidad, porque tienen la visión desde fuera, los que deciden, porque ven lo que está funcionando, y lo que no, ven en lo que se pueden apoyar por tener a un actor de mi físico, y aprovechan lo que pueden. En La piedra oscura se jugaba en algunos momentos con los ojos. Y aquí, en Iván…, yo creo que no, lo que pasa es que el público está tan cerca en la sala que se aprecia bien lo que expreso con los ojos. Alberto Conejero, mientras hacíamos el taller de La piedra oscura, dijo que yo tenía “ojos de cine de terror antiguo”.

Ha sido usted el protagonista de dos textos sensacionales, La piedra oscura y, ahora, Iván y los perros. ¿Qué valor concede al texto?
Por ahora, en todo lo que he hecho, el texto ha jugado un papel muy importante. El texto ha sido clave. Pero me parece que el texto es un elemento más del teatro, cada vez hay más autores que apuestan por el texto como pretexto, otros por el texto como algo básico. Depende del proyecto, del género, y del estilo. Pero en esos proyectos en los que yo he estado, el texto es fundamental. Y, como parte fundamental, es donde el trabajo va más dirigido. En el director, los actores, los ensayos, todo se dirige a trabajar ese texto y esas palabras, porque al final casi todo está ahí. Obviamente luego se apoya en todo lo demás. Se apoya en la escenografía, más simbólica, menos simbólica, en un determinado tipo de luces, en un montaje con sonido o sin sonido. Depende. También encarné recientemente, y volveré a él, un personaje que no tenía absolutamente nada de texto en la obra He nacido para verte sonreír. El texto era lo fundamental de la obra, porque Isabel Ordaz llevaba toda la historia a través del texto. Pero yo contaba otra historia paralela, sin nada de texto. Pese a que es una obra en la que la palabra es lo fundamental. Porque se trata de un monólogo en la que ella cuenta todo y tiene que hacer que llegue al público por lo que está pasando. Y Pablo Messiez, el director, fue muy sensible y muy inteligente a la hora de tratar mi personaje, porque creaba otro mundo sin necesidad de decir nada, sin necesidad de añadir nada, simplemente jugando con la presencia, con el cuerpo, y con la acción-reacción respecto al personaje de la madre.

¿Qué le ha aportado el grupo teatral Criaturas, donde usted empezó, auténtica cantera de interpretación en Ávila, su ciudad?
Me ha aportado personas magníficas y maravillosas, que a día de hoy siguen siendo verdaderos amigos. Es el inicio de todo. Yo estuve allí diez años con la misma gente. Hicimos una familia. Ellos me han aportado los gustos teatrales que tengo ahora. El tipo de teatro que me interesa, ya lo empecé a aprender con ellos. Introdujeron en mi vida el gusanillo del teatro, de la interpretación. Y gracias a esto me presenté a la Escuela de Arte Dramático. Y gracias a la Escuela de Arte Dramático llegué a La piedra oscura. Y gracias a La piedra oscura estoy aquí ahora mismo. Todo empieza ahí. Y mi familia me apoyó siempre. Al principio, el teatro era un hobby, pero vieron que se me daba bien, que disfrutaba haciéndolo, y en el momento de elegir, mi familia fue clave. Desde los ocho años estoy haciendo teatro.

El arte como forma de sanar

¿El arte es fundamental para la sanación del ser humano?
Por lo menos ayuda, y da un punto de vista extrañado, o un poco más alejado, o con una vuelta de tuerca de la realidad. Teniendo un momento en el que alguien te presente una idea, más o menos depurada, con un estilo o con otro, acercándote a la idea de arte que tiene cada uno, que es muy compleja, pues yo creo que te hace cambiar tu punto de vista, o te ofrece la posibilidad de que veas ese mismo tema, que quizás lo estás viendo en tu día a día todo el tiempo, pero posibilita que lo veas de otra manera, y te permite reflexionar sobre todo eso. Yo no sé si el arte sana o no sana. Me encantaría que sanase. Y en mi caso personal me parece que lo hace, sana, me ayuda a crecer, a pensar, a madurar, a entender cosas que de primeras no entiendo o se me quedan muy alejadas. En definitiva, el arte me ayuda a empatizar con el mundo en el que estoy.