Entrevista Fernando Cayo Tiempos de hoy

 

 
   

                             Nº 1207. 30 de junio de 2017

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Fernando Cayo, actor

“La muerte de alguien próximo te hace más humano”

Es, como se decía antes, un actor con muchos registros. Fernando Cayo (Valladolid, 1968) recita el verso, domina la prosa, y canta. Ahora, dirigido por Ernesto Caballero, protagoniza Inconsolable , un estremecedor texto de Javier Gomá, que empieza así: “Todos conocéis lo que ha ocurrido: mi padre ha muerto. No estaba preparado para esto, pese a los 50 años que acumulo y a contar ya con cierta veteranía en el oficio de vivir”. Se representa en el Teatro María Guerrero de Madrid hasta el 23 de julio.

“Siempre he buscado en el teatro y en la interpretación un camino de crecimiento personal”

 

 

“Interpretar ‘Inconsolable’ me ha servido para reflexionar sobre la pérdida de mi padre, de mi madre y de mi hermano”

 

 

El autor ha definido Inconsolable como “una oración fúnebre”.
Ese es el arranque, pero la obra es mucho más. Inconsolable es un recorrido a través de los 40 días que siguen al fallecimiento del padre, pero realmente consiste en un recorrido por una experiencia humana que tiene que ver con la pérdida. Incluso alguien que vaya a ver la función encontrará la posibilidad de reflexionar sobre cualquiera de las pérdidas que han habido en su vida, porque a mí, interpretar Inconsolable, me ha servido para reflexionar sobre la pérdida de mi padre, de mi madre y de mi hermano. Y para hacerlo de
una manera luminosa, porque todas las experiencias de este tipo, los que hemos recordado la muerte de una persona próxima, siempre surge inconscientemente un momento para el sentido del humor rememorando aspectos de la vida del fallecido o situaciones chocantes que se producen durante los funerales o en el tanatorio. Profundiza en muchos aspectos del ser humano de una manera plástica y potente. Y se produce una reflexión que tiene que ver con la imagen que voy a dejar a los míos una vez que yo ya no esté aquí. Hay en la obra una reflexión sobre la vida, qué hacemos aquí, para qué existe la vida existiendo la muerte, qué sentido tiene la vida. Pero la obra también conecta con el gozo de vivir y con las ganas de perpetuar ese gozo y esa alegría de vivir.

Se ha dicho que Inconsolable combina claves de la tragedia y de la comedia. ¿Está de acuerdo?
Sí, totalmente. Inconsolable es una pieza insólita, muy especial, muy particular. Empieza casi como una charla del personaje de El Hijo con unos amigos, una conferencia, y va derivando en un cúmulo de derroteros en los que hay un personaje que cuenta algo que le ha ocurrido, pero otras veces formula una especie de inmersión en la situación, y parece que la está viviendo en ese momento. Establece, siendo un monólogo, diálogo con los espectadores, diálogo con el padre, con su hermano, con su mujer, y con sus hijos. Hay muchos personajes. Incluso personajes internos, esos personajes que todos llevamos dentro y que incluso estudia la Psicología. Se establece un diálogo con ellos. No es una obra de teatro al uso, en la que unos personajes están en su casa y entonces ocurre una situación. No. Inconsolable va mucho más allá, se trata de una experiencia teatral que trasciende lo habitual.

¿Ha resultado complicado construir una dramaturgia sobre la base de un texto de estas características?
Desde luego, yo diría que ha sido un viaje muy gozoso, muy particular, un viaje de entusiasmo en torno a una pieza compleja, porque no es un lenguaje cotidiano, una pieza que hemos tratado de desentrañar y de, digamos, darle un toque ligero para que llegue a los oídos del espectador de una manera diáfana. Hubo un trabajo previo de desentrañamiento y de profundización en el texto.

En Inconsolable se dice: “El tiempo no cura, sólo distrae”. Y también: “Nacemos en un autobús que avanza a gran velocidad hacia el precipicio”.
Esa es una de las partes más oscuras del monólogo, la que se corresponde más con el auto sacramental o con la danza de la muerte medieval. Pero digamos que esa es sólo una de las partes del prisma. Lo que viene inmediatamente después de eso, del momento en el que el personaje se sumerge en lo más doloroso y lo más terrible de la experiencia de la muerte, es todo lo contrario, se trata de un canto a la vida y a intentar hacer de la muerte una experiencia que llene de calor, de luz y de ánimo a los seres que te rodean. Plantea la muerte como un acto de amor, que sea vivido con naturalidad. De manera desdramatizada.

En unas semanas se ha producido el estreno de Inconsolable. Pero hay otra obra teatral también sobre la muerte del padre, Sueño, de Andrés Lima, y una película, No sé decir adiós, protagonizada por Nathalie Poza, y un libro escrito por Cayetana Guillén Cuervo, Los abandonos.
Porque la muerte es el segundo tema más tratado en la historia de la literatura universal, después del amor romántico. Se trata de una experiencia fundamental y es preciso revisitarla en los libros, en las charlas cotidianas, es habitual tratarla con amigos, y claro, es necesario que esté sobre un escenario. La muerte del padre es algo de lo que todos hemos hablado. Y el que no la ha vivido, seguro que recuerda el momento en el que alguien, que ya ha sufrido esa experiencia, se la ha contado. Porque es una de las experiencias que producen un cambio profundo. Cambian la perspectiva de tu realidad y te hacen más humano.

¿Sigue siendo Segismundo el papel que más le ha llenado, como ha afirmado en alguna ocasión?
Cada proyecto que afronto marca la diferencia. Ahora, Inconsolable es lo que está llenando mi vida. Y El Príncipe, de Maquiavelo, con el que estaré de gira a partir del próximo otoño y hasta la primavera de 2018. En ese momento retomaré una gira con Inconsolable. Son piezas muy distintas. Monólogos las dos. Y son piezas que me han llenado de manera extraordinaria. No sólo a un límite psíquico, relacionado con el esfuerzo memorístico, sino con lo relacionado con la implicación, con hablar de temas esenciales de la vida. El Príncipe consiste en un análisis de toda la historia del poder y la política de la Humanidad. Inconsolable te ubica delante del espejo en el que está la muerte diciéndote: “¿Qué has hecho con tu vida?”. Dos piezas sensacionales. Pero imagino que en el futuro me encontraré también con otro texto que me plantee preguntas fundamentales y que me producirá una convulsión existencial. Siempre he buscado en el teatro y en la interpretación un camino de crecimiento personal. Yo no soy una persona que se plantee proyectos de antemano. Prefiero que me sorprenda la vida. Y la verdad es que la vida me sorprende de una manera extraordinaria.

Hay actores que aseguran sentir miedo ante un monólogo, que los evitan. Usted ha hecho, con Inconsolable, seis.
Yo entiendo el monólogo, no como un género en sí mismo, sino como un tipo de trabajo más. Y además los suelo combinar con otras obras en las que haya más actores. Lo último que he hecho ha sido la gira con Páncreas, una obra que estilísticamente nada tiene que ver con Inconsolable, porque Páncreas es un juego de clowns contemporáneos. Los monólogos, evidentemente, constituyen un terreno que requiere más esfuerzo, más estudio, mayor preparación, para llegar seguro al escenario. Pero una vez que ya dominas eso, simplemente hay que hacerlo. Y tienen una contraprestación: la sensación de conexión con el espectador es bestial. La energía que recibes del público es muy grande. Y la sensación de trance que se produce durante el espectáculo es inigualable. No hay ningún otro espectáculo en el que te puedas sumergir en la profundidad de la psique, en la tuya, en la del espectador, y en la del texto, como ocurre con un monólogo.