Tribuna Cultural / Mauro Armiño Tiempos de hoy

 
   

                             Nº 1207. 30 de junio de 2017

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

Orgullo, prejuicios y esplendor


Dos ninfas en un paisaje, de Palma el viejo (1513-1514) / MUSEO THYSSEN BORNEMISZA

Madrid celebra el Orgullo también con exposición: ‘La mirada del otro’, en el Museo del Prado

Para orgullo, lo que se dice orgullo, más que el World Pride de Madrid, el de nuestros protagonistas de la semana: la chulería del presunto comisionista Luis Bárcenas, o las ínfulas del comisario Villarejo, del que hace quizá ya dos años escribí que sólo le faltaba un novelista. Este sujeto da materia para que por sus andanzas campen los narradores de hoy; no es desde luego Vidocq, aquel francés que empezó condenado a ocho años de galeras y terminó como primer jefe de la Policía francesa. Contó sus aventuras a Balzac, que construyó sobre él un personaje impagable, Vautrin, especie de columna vertebral de La Comedia humana, sobre todo bajo el disfraz del cura español Carlos Herrera (Ilusiones perdidas, Esplendores y miserias de las cortesanas). Y tampoco Villarejo le llega a la altura del zapato a otro intrigante y feroz represor durante toda su vida, desde 1793 a 1815; pasó por todos los regímenes de esos años como jefe de Seguridad y de Policía, desde la Revolución del Consulado, el Imperio… El mayor urdidor de intrigas desde el poder y contra el poder de los últimos siglos junto con su socio y enemigo Talleyrand, como se veía en La cena, pieza de teatro de Jean-Claude Brisville que dirigió e interpretó Josep Maria Flotats hace algo así como una década. O en la biografía de Zweig, o en Los duelistas (Albert Finney), de Ridley Scott, entre otras muchas adaptaciones novelescas, teatrales o cinematográficas.

Mujeres barbudas y trans
No llegará Villarejo a esas alturas, pero tiene su novela galdosiana como continuación de los episodios nacionales de la Quinta Serie: La España Trágica (Ediciones Cátedra). En medio de las declaraciones de estos chulos de barrio urdidores de mentiras, Madrid celebraba el Orgullo –definitorio con mayúscula, a secas, sin anglicismos– en calles, plazas, chiringuitos y dos museos. El del Prado, bajo el título de La mirada del otro: escenarios para la diferencia ha propuesto un recorrido por sus salas marcando aquellos cuadros cuyo tema se aparta de la “norma” o alude a situaciones no bien vistas, sobre todo por alguna reina; como se sabe, buena parte de los fondos del Prado se deben a las colecciones reales; España tuvo algunos monarcas expertos en pintura y buenos coleccionistas: dos Austrias, el sombrío Felipe II y el velazqueño Felipe IV, y el Borbón sobrevenido Felipe IV, educado en la cultural corte de Luis XIV; el resto, un erial en este campo, cuando no inquisidores del arte, como la segunda esposa de este último, Isabel de Farnesio, que mandó ocultar el San Sebastián de Guido Renien del oratorio del palacio de Aranjuez (¡vaya sitio!) y repintar el torso del mártir «para disimular la palpitante e incómoda sensualidad que transmitía», según refiere el pequeño catálogo que de la muestra publica el Prado. Hay piezas curiosas: además de las esculturas y mármoles romanos, dos mujeres barbudas, sobre todo la de José Ribera, un Caravaggio, un Rubens, etc., donde se potencia el cuerpo masculino en su sexualidad de formas. Un folleto indica al visitante el lugar en que están los cuadros de la exposición; a un septuagenario lo desloma un poco el recorrido, pero también facilita la visita a viejos amigos si se aparta uno de la guía: esta vez los músicos de Jordaens, los jardines de Villa Médicis de Velázquez, al lado de Las Meninas, algunos zapatos y vestidos femeninos o casacas masculinas de Goya, etc., a cada cual sus amigos en cada visita.

No he podido ver otra exposición inaugurada al hilo del Orgullo en el Museo de Casa de América, Trans. Diversidad de identidades y roles de género –hasta el 24 de septiembre–: piezas de pintura, etnografía, arqueología, fotografía, de antes y de ahora; con, por ejemplo, un retrato fuertemente psicologizado, de la primera mujer trans española de la que se tiene noticia, Catalina de Erauso (1585-1650), la valiente donostiarra autora de su propia biografía: Historia de la Monja Alférez Catalina de Erauso (Ediciones Cátedra), donde cuenta sus aventuras: su huida del convento, tras la que cambió el hábito por ropas masculinas, con las que vivió siempre, su lucha en la España americana, donde masacró mapuches allá en Chile con un arrojo que le mereció el título de alférez; tanto Felipe IV como el Papa Urbano VIII, sabedores ambos de su físico femenino y su condición masculina, la recibieron encantados. Del autor del retrato, Juan van der Hammen y León, en el Prado, desviándose de la guía de La mirada del otro, pueden verse algunos espléndidos bodegones barrocos, además del Retrato del enano, que se le atribuye.



Maddalena Ventura, de José de Ribera. /MUSEO DEL PRADO

Fulgores venecianos
En las salas del Museo Thyssen, comisariada por Fernando Checa, se abre hasta el 24 de septiembre una importante muestra: Pintura veneciana del siglo XVI. De la creación de la belleza a la destrucción de la pintura, casi noventa piezas, en su mayoría lienzos de grandes pintores que rompieron con caracteres determinantes durante la Edad Media para orientar la pintura hacia otro tipo de belleza, incluso en los cuadros de temática religiosa. Y es Venecia, que en los siglos XIV y XV se había desarrollado como emporio cultural dominado por el arte gótico: la basílica de San Marcos fue el punto culminante de un pasado con el que los artistas cortaron en busca de un ideal de belleza capaz de compararse, aunque en otros términos, con los que en Florencia y Roma proponían Rafael o Miguel Ángel.

Lo interesante de la muestra es su planteamiento, que explica cómo surgió en la capital del Véneto un grupo de artistas capaces de ofrecerse como alternativa con un ideal de belleza que ellos mismos destruyeron conscientemente a partir «de la práctica disciplinar de la misma», como explica Checa en la presentación del catálogo. En Venecia se desarrolla un análisis del claroscuro y del colorido que potencian la figura y el espacio, además de prestar una atención más dedicada a la naturaleza, y de no aceptar tanto como la pintura toscano-romana de Rafael y Miguel Ángel las normas traídas del Arte Antiguo. Características no tajantes, porque todos tenían conocimiento de lo que se hacía en otras ciudades italianas. Esas búsquedas venecianas no dejaron de provocar debates y reproches, de las que no se libró la última etapa del propio Tiziano, caracterizada por el non finito; tanto Felipe II como Pietro Aretino consideraban que sus retratos, El príncipeFelipe en armadura (figura en el Prado) y el del autor de Los sonetos lujuriosos, uno de los personajes más jocundos y disolutos que hubo de refugiarse en Venecia para evitar el poder vaticano, estaban sin acabar, sólo esbozados. Daba «golpes de pincel groseros, casi como borrones», según el embajador de Carlos V; pero, para Tiziano, eran su forma de conseguir celebridad por ese camino como Miguel Ángel y otros la habían logrado por otros caminos. Ese camino llevó a una destrucción de la idea de belleza inicial, idealización de la realidad, mediante un colorido, un cromatismo y una pincelada que evolucionaron en cincuenta años; la nueva técnica reforzaba la expresividad, animaba de vida la naturaleza, buscaba dramatismo, caminaba hacia el Barroco.

Es ese paso lo que la muestra del Thyssen recoge con grandes obras maestras procedentes de once países y repartidas en distintas secciones, desde la primera, que sitúa a Venecia entre Oriente y Occidente, hasta su ocaso renacentista: desde un Gentile Bellini que abre la serie de retratos, hasta las dramáticas piezas la Deposición de Cristo y Cristo con la corona de espinas, de Jacopo Bassano, de trágicos claroscuros y borrones. Nombres, como los de Giorgione, Palma el Viejo, Tintoretto (con el enorme Paraíso), Veronés, Tiziano, con obras iniciales y otras postreras no finitas (La Virgen y el Niño, Tarquinio y Lucrecia), Carpaccio, etc. Los grandes están bien representados, con numerosas piezas para lo que suele ser una muestra de este tipo. Y, junto a ellos, nombres que no suelen visitarnos, como los de Lorenzo Lotto, Moroni o Carpaccio.

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena. 

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