Sin Maldad / José García Abad Tiempos de hoy

 
   

                             Nº 1207. 30 de junio de 2017

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Sin Maldad / José García Abad

Hay que ver cómo las gastan estos borbones


El Rey, no es que no haya invitado a su padre, sino que le ha enviado una no invitación, como acostumbraba  la reina de corazones de Alicia en el País de las Maravillas: “La Reina le comunica que no está usted invitado a su fiesta de cumpleaños”. En justo castigo la no asistencia de Don Juan Carlos se ha convertido en la nota más destacada de la ceremonia

La Casa Real no es que no haya invitado a Don Juan Carlos al acto de recuerdo y homenaje a los protagonistas de la Transición al cumplirse los cuarenta años de las primeras elecciones democráticas.

La Casa Real, o sea, el rey Felipe VI, no es que no haya invitado a su padre y antecesor, sino que le ha enviado una no invitación, como acostumbraba  la reina de corazones de Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, que venía a decir: “La Reina tiene el gusto de informarle que no está usted invitado a su fiesta de cumpleaños”. Claro, que esta no invitación de la caprichosa reina de corazones no afectaba al padre que le dio el ser y la corona. En justo castigo, la no asistencia de Don Juan Carlos se ha convertido en la nota más destacada de la ceremonia.

No hay que ir tan lejos invocando un precedente tan discutible como el que ofrece la maravillosa novela de Lewis Carroll pero algo tendrá esta obra imperecedera cuando ha servido de inspiración a políticos y empresarios, entre estos últimos a quien fuera presidente del Banco Bilbao Vizcaya, José Ángel Sánchez Asiaín.

No es necesario apelar a la literatura contando en la vida real con ejemplos históricos tan expresivos como el trato que recibió Don Juan de Borbón de su hijo Juan Carlos. Don Juan tuvo que ver por televisión la designación de éste como sucesor de Franco a título de Rey. Don Juan Carlos, que se había desplazado desde Galicia a Madrid para asistir al evento que comentamos, tuvo que resignarse también a ver la ceremonia por televisión.

Muerto Franco y coronado su hijo, Don Juan, que exhibía el título de Juan III, tuvo que efectuar la renuncia a sus derechos dinásticos de tapadillo. “Hubieran querido –comentaba a su intendente, el conde de los Gaitanes, que renunciara por carta o por teléfono–”.

La explicación proporcionada por la Casa Real no puede ser más peregrina. Apela al antecedente de la proclamación de Felipe VI, a la que no asistió Don Juan Carlos para no restar protagonismo al nuevo monarca, pues, como este término indica, la Monarquía, que viene de mono y de poder es el reinado de una sola persona.

Pero las diferencias son evidentes: en aquella memorable sesión del Congreso celebrada el 19 de junio de 2014 hubo consenso entre padre e hijo. Probablemente fuera aquél quien lo sugiriera tras los episodios poco edificantes que empobrecieron su figura contaminando a la institución monárquica que lo obligaron a abdicar.

En lo que se refiere a la ceremonia del pasado miércoles, el rey padre,  emérito, refundador de la monarquía parlamentaria, o como queramos llamarlo, se quedó estupefacto. Y con razón, porque dicho acto representaba en el fondo un homenaje a la Transición que no se entiende sin el valor de Adolfo Suárez y la inteligente actuación de Don Juan Carlos. No sé si como camión que transportó la democracia, como él indicó, pero al menos como seguro de vida.

Si el método de la Transición fue pasar de la ley a la ley; de la norma franquista a la que establecía la demolición de aquel régimen; desde la Ley de Reforma Política a la legalización del Partido Comunista y la restauración de la Generalitat en la persona de Tarradellas, la decisiva actuación de Don Juan Carlos permite que reine Felipe VI.

Creo que puedo permitirme esta consideración con Don Juan Carlos, que no es más que un justo reconocimiento de su trabajo. Me parece que fui el primero que en un libro, La Soledad del Rey, rompió la autocensura vigente que ocultaba los pecados del monarca, y no me refiero a los de bragueta, publicando sus feos negocios financieros y denunciando la abusiva opacidad de su Casa.

Y en esta revista hemos seguido con el rigor preciso la década ominosa del monarca emérito, su participación en los desaguisados de su yerno, entre otros guisos indigestos.

¿Quién tiene la culpa de que se frustrara la apoteosis programada? Una iniciativa semejante no ha podido decidirla el monarca, que no toma decisiones relevantes sin el aval del Gobierno o del Parlamento. Como sostenía Walter Bageot, el gran teó­rico sobre la monarquía del Reino Unido de la Gran Bretaña, la madre de todas las monarquías, si se ponían de acuerdo ambas cámaras parlamentarias, la reina Victoria tendría que firmar, sin poder oponerse a ello, su propia sentencia de muerte. Parece evidente  que lo decidieron al unísono el rey Felipe y el presidente Rajoy.

Es una pena que la gozosa celebración de 40 años de democracia tras 40 años de infame dictadura se haya ensombrecido por lo que en política es peor que un crimen, un error. Tal como nos ilustró Talleyrand, el político incombustible por antonomasia, al referirse al asesinato por mandato de Napoleón del duque de Enghien.

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Lleva ejerciendo la profesión de periodista desde hace más de medio siglo. Ha trabajado en prensa, radio y televisión y ha sido presidente de la Asociación de Periodistas Económicos por tres periodos. Es fundador y presidente del Grupo Nuevo Lunes, que edita los semanarios El Nuevo Lunes, de economía y negocios y El Siglo, de información general. 

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