Tribuna / Bruno Estrada Tiempos de hoy

 
   

                                 Nº 1208. 7 de julio de 2017

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Tribuna / Bruno Estrada

¿Revolución digital y desigualdad?


La velocidad del cambio tecnológico aplicado debe decidirla el conjunto de la sociedad,
no debe venir impuesta por quienes tan sólo tienen como objetivo incrementar la rentabilidad
de sus inversiones

Venimos oyendo desde hace un tiempo un nuevo mantra: la digitalización de la economía va a generar un fuerte desempleo tecnológico que va a determinar, por tanto, las relaciones laborales del futuro, mucho más precarias, generando un alto grado de desigualdad social.

Una especie de nuevo determinismo tecnológico que resta espacio a las relaciones laborales, y a la negociación colectiva en particular, en la introducción de nuevas tecnologías en los procesos productivos y que ha dado lugar a un sin número de exageraciones, inexactitudes e incluso de evidentes falacias. No es la primera vez: recordemos a mediados de los años noventa las profecías fracasadas de “la nueva economía” y del “fin del trabajo” de Jeremy Rifkin.

Este análisis simplista se convierte en una especie de ley natural contra la que no cabe oponerse: el crecimiento del desempleo y la creciente desigualdad laboral y social vienen determinada por la incorporación de nuevas tecnologías. Yo creo que que en las sociedades complejas, desarrolladas y democráticas del siglo XXI la conclusión no puede ser que el cambio tecnológico, y consecuentemente social, deba de ser dirigido tan sólo desde un punto de vista microempresarial, como sucedió en el siglo XIX, con los enormes costes y conflictos sociales que ello originó.

El ritmo de incorporación de nuevas tecnologías debe ser definido por toda la sociedad a través de adecuadas regulaciones y con la participación activa de los agentes sociales, incluidos los sindicatos. La velocidad del cambio tecnológico aplicado debe decidirla el conjunto de la sociedad, no debe venir impuesta por quienes tan sólo tienen como objetivo incrementar la rentabilidad de sus inversiones. Gran parte del dolor social que sufrimos en la actualidad es debido a los mezquinos intereses de unos pocos por acelerar el retorno de sus inversiones, sin importarles nada más.

En el pasado se han vivido procesos similares a la digitalización, como la automatización o robotización de muchos procesos de fabricación, aunque ésta tiene una característica diferencial: a diferencia de la robotización de las fábricas la digitalización se produce sobre todo en actividades de servicios con trabajadores de alta cualificación, ingenieros, abogados, médicos. La aplicación productiva de muchas nuevas tecnologías relacionadas con la Inteligencia Artificial (como la minería de datos, las estadísticas computacionales o las maquinas de sensores avanzados, como la visión) ha permitido diferenciar, en puestos de trabajo que supuestamente eran trabajos de alta cualificación, entre aquellas tareas que realmente incorporaban conocimiento y creatividad y otras que eran meras operaciones repetitivas sustituibles por programas informáticos.

Es indudable que esa realidad incorpora un factor de incertidumbre sobre determinados grupos sociales que hasta ahora se consideraban a salvo de los procesos de automatización. Pero en ningún caso la Revolución Digital es el inicio de una crisis estructural que va a condenar a las futuras generaciones al desempleo o a la precariedad laboral. Cada año se crean cerca de cuarenta millones de empleos en el conjunto del planeta, desde la crisis de 2008 hasta 2014 se han creado 212 millones de puestos de trabajo netos en el mundo, según datos de la OIT, aunque en el conjunto de los países desarrollados tan solo 100.000, y en la Europa de los 28 se han perdido 3.700.000.

Las causas de la creciente precariedad de millones de jóvenes, y no tan jóvenes, y del desempleo al que aún están condenados en nuestro país más de cuatro millones de trabajadores hay que buscarlas en las erróneas políticas económicas aplicadas de austeridad fiscal y devaluación salarial. En términos de empleo hemos pasado una década perdida.

La profunda investigación sobre la relación entre la desaceleración del crecimiento económico e incremento de las desigualdades en Canadá y EE UU realizada por Jordan Brennan, economista de Unifor, el principal sindicato canadiense del sector privado, llega a una meridiana conclusión:

“En aquellos lugares y épocas donde el poder de negociación de los trabajadores ha sido mayor la riqueza se ha distribuido de forma más equitativa y los salarios han tenido un mayor peso en la economía. Como consecuencia de ello se ha registrado un mayor crecimiento económico, se ha incrementado en mayor medida la inversión productiva y se ha creado más empleo y de más calidad”.

Firma

Economista, adjunto a la Secretaria General de CC OO. Es director adjunto del Programa Modular de Relaciones Laborales de la UNED y miembro de la Junta Directiva de Economistas Frente a la Crisis y del Consejo Internacional de Economía de Podemos. Es autor de la obra de teatro Escuela Rota, representada en Madrid, y productor de varios cortometrajes y películas con los que la productora Dexiderius ganó dos Goyas. Ha publicado diversos libros e informes económicos como La economía que viene (Ed. Iniciativa Ecosocialista) o ¿Qué hacemos con la competitividad? (Ed. Akal).

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