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                             Nº 1209. 14 de julio de 2017

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Politica / Virginia Miranda

Los monárquicos alertan: la corrección política pone en riesgo
la magia de la Corona

Un rey demasiado ‘british’

Dos monarcas diferentes, dos estilos parecidos. Isabel II y Felipe VI acaban de encontrarse en el primer viaje oficial de los reyes de España al Reino Unido en 31 años. La primera lleva toda una vida portando la Corona. El segundo es un recién llegado. Ella goza de popularidad. Él trata de encontrar la suya. Para ello ha cambiado el método y el estilo de su padre, Juan Carlos I. Pero la operación está resultando arriesgada. Sectores monárquicos alertan de que un rey demasiado correcto políticamente puede poner el riesgo la magia que mantiene en pie la institución y su conexión popular.


Isabel II ha recibido en Londres a Felipe VI, cuyo estilo lo ha distanciado de Juan Carlos I hasta asemejarse a los usos y costumbres británicos /
CASA DE S. M. EL REY

A pesar de los escándalos que durante años han salpicado a los Windsor, la longeva monarquía británica goza de buena salud   La sutileza con la que el Rey se conduce ante los desafíos políticos españoles y su perfil bajo han desatado las primeras alarmas

Helen Mirren ganó el Oscar a la Mejor Actriz en 2006 por su interpretación de Isabel II en The Queen, la película de Stephen Frears sobre la muerte de la admirada Diana de Gales y la fría reacción de los Windsor, tan criticada por la opinión pública que obligó al entonces primer ministro, Tony Blair, a sacar a la soberana de su residencia de verano en Balmoral para organizar el funeral y homenaje a quien, sin tratamiento de Alteza Real desde su divorcio de Carlos de Inglaterra, conservaba el título de princesa que también le seguía reconociendo el pueblo británico.

Porque a pesar de que aquél fue el momento álgido del annus horribilis de la monarquía británica, lastrada ya por escándalos de índole personal y financiera, la Corona es uno de los símbolos más apreciados en el Reino Unido, donde ha bastado el ascenso de las nuevas generaciones tras la boda de los duques de Cambridge para que sus ciudadanos vuelvan a amar a su Familia Real, descendiente de una de las instituciones más longevas del mundo.

Salvo en un caso tan excepcional como la muerte de la recordada Lady Di, Isabel II ha podido hacer gala de su flema británica en 65 años de reinado sin que eso le haya supuesto problema alguno y, a sus 91 años, sigue reinando gracias a su buena salud física y pública.

Esta semana ejerce de anfitriona de Felipe VI y doña Letizia, en tierras británicas en el consabido primer viaje oficial de unos reyes españoles en 31 años. El hijo de Juan Carlos I lleva tres años en el trono poniendo en práctica un modelo de reinado que, si bien corrige los errores del pasado y en el fondo está siendo bienvenido, en las formas, unas formas que recuerdan a las británicas, no acaba de provocar entusiasmo.

El pasado día 5, en un artículo publicado en El País titulado Felipe VI y la indolencia marianista, el periodista Rubén Amón señala que “el ansia de la normalización monárquica no sólo ha subordinado el antiguo boato borbónico al prosaismo funcionarial, también le ha despojado de su misterio o de sus poderes litúrgicos. Lo han convertido en vulnerable”.

Lo decía a propósito de unas recientes declaraciones del líder de Podemos, Pablo Iglesias, que durante su intervención en los cursos de verano de El Escorial se preguntó: “¿Y el Rey para que está?”. El líder de la tercera fuerza parlamentaria en el Congreso le reprochó que no hablara de los “tres grandes desafíos que hay en España”, que identificó como la corrupción, los recortes sociales y la cuestión catalana –lo que llamó el avance hacia una “fraternidad plurinacional”–, en su intervención ante las Cortes con motivo del 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas.

No era aquél el sitio y el lugar para abordar ese tipo de cuestiones porque, como es sabido, antes de ser pronunciados los discursos de Su Majestad pasan por el filtro de Moncloa y, de haber sido su voluntad, el monarca no habría tenido el plácet del Ejecutivo para abordar esos asuntos y menos en los términos que Iglesias habría querido. Sin embargo, y aun conociendo el escaso margen de maniobra de un rey sometido a una Constitución que apenas le concede atribuciones como la muy difusa de arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones, empiezan a oírse voces que le instan a aprovecharlas por el bien de la propia institución.

Especialmente significativo es el artículo de El País, un periódico que a largo de los últimos años, especialmente desde que comenzara a gestarse la proclamación de Felipe VI en 2014, ha sostenido informativamente al rey y a sus planes para modernizar la Corona. La mayor transparencia en las cuentas de Zarzuela, la prohibición de aceptar regalos que excedan los límites de la cortesía, la prohibición de que los miembros de la Familia Real trabajen en empresas o la auditoría de las cuentas han sido decisiones bienvenidas durante tres años por el periódico desde el que ahora se alerta de que “puedan compartirse las reflexiones del líder de Podemos respecto al silencio de Felipe VI”. “Ha tenido el mérito de sobrellevar una transición ejemplar de la monarquía a la monarquía, pero cuesta trabajo encontrarle otros méritos más allá de la prudencia o de la justificación”.

El permanente escrutinio al que se ve sometido el monarca “es la razón por la que Felipe VI parece tener miedo a exponerse”, continúa el artículo, donde se le reprocha que “se coloca de perfil hasta cuando la crisis soberanista de Cataluña debería obligarlo a reivindicar sistemáticamente la Constitución”. “Se diría que Felipe VI –lo prueba la asepsia de sus últimos discursos– se ha impregnado de la indolencia marianista. No tanto por lealtad al Gobierno como por definición de su propia inocuidad o apatía”.

En su duro reproche, el autor reconoce la indefinición constitucional de sus atribuciones, “pero el requisito de la neutralidad o las obligaciones de la posición super partes no equivalen a la pasividad ni al ensimismamiento en su buena imagen”. Que la tiene, añade. Pero “Felipe VI necesita hacerse necesario, imprescindible”.

Después de varios años protagonizando al menos una decena de actos en Cataluña antes de acceder al trono –en 2014, año de su proclamación, casi había completado esta cifra por estas fechas–, en lo que va de 2017 don Felipe tan sólo ha acudido a la autonomía en cuatro ocasiones. A Barcelona viajó en febrero y en mayo, a finales de junio presidió la entrega de premios de la fundación Princesa de Girona y este lunes visitó Lleida para presidir la entrega de despachos de suboficiales de la Academia General Básica de Suboficiales de Talarn.

Este último viaje se produjo después de que los partidos independentistas presentaran la ley del referéndum y en el acto se ha querido ver una señal del monarca en un acto que el pasado año estuvo presidido por el entonces ministro en funciones, Pedro Morenés. Tras su encuentro con el rey la pasada semana con motivo de su reelección como secretario general de los socialistas, Pedro Sánchez dijo que “he visto al rey preocupado por Cataluña”. Y en sus últimos discursos, el jefe de Estado ha tenido breves menciones al procés; en Girona y ante el president de la Generalitat, Carles Puigdemont, finalizó su intervención aludiendo a los premios del próximo año, cuando “tendremos, una vez más, la oportunidad de reafirmar nuestro compromiso con los valores que han agrandado Cataluña, que han sido la base de su progreso y, por tanto, del progreso de toda España”. En el Congreso de los Diputados y con motivo del 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas, el rey hizo varias referencias al respeto a la legalidad vigente porque, fuera de ella, “solo hay arbitrariedad, imposición, inseguridad y, en último extremo, la negación misma de la libertad”. Todas ellas se han interpretado como ‘una clara alusión’ a Cataluña, pero ninguna fue expresa.

La sutileza de estas manifestaciones se encuadra dentro de la estrategia que viene siguiendo Zarzuela desde la proclamación de Felipe VI. Después de la sobreexposición de la Corona por el caso Nóos, la cacería de Botsuana o la salud de don Juan Carlos, la Familia Real ha adoptado un perfil bajo e institucional que, a lo largo de tres años, ha obtenido el efecto deseado: un año después de coronarse, el monarca había logrado que el 57,4 por ciento de los españoles valorara “muy positivamente” su labor y, aunque la monarquía no alcanzaba aún el aprobado con un 4,34 por ciento, mejoraba su nota en el CIS más de medio punto (0,62). Las encuestas en medios de comunicación coinciden en remarcar esta tendencia y, en el reciente sondeo para El Español realizado por SocioMétrica, aparece como la segunda institución más valorada por los españoles tras las fuerzas de seguridad. La nota negativa la ponen los jóvenes, entre los que desciende la valoración, y los votantes de Podemos, que suspenden a la Corona.

Si bien es pronto para alarmarse por esta última tendencia, la suma de otros factores se encuentra tras las primeras alarmas en sectores monárquicos. A diferencia de los Windsor, una dinastía consolidada que puede permitirse un carácter apático y algún que otro escándalo en un país donde los republicanos son pocos y con escasa capacidad para ganar adeptos a su causa, los Borbón son una familia con altibajos en la historia de España que ha de demostrar su utilidad todos los días. Los actos institucionales no tienen la repercusión suficiente para alcanzar esta categoría mientras que las grandes cuestiones de Estado reciben por respuesta gestos tan sutiles que apenas se aprecian.

Después vinieron otros gestos encuadrados en distintos momentos de especial complejidad política y las circunstancias de hace cuatro décadas no son las de ahora, pero don Juan Carlos se ganó el puesto con menos sutileza el 23-F; su papel tras el golpe de Estado escribe su nombre con letras mayúsculas en la historia de España y por eso y también por su participación en el proceso que alumbró la democracia tal y como hoy la conocemos se le echó en falta en la celebración del 40 aniversario de las primeras elecciones. Lo hicieron desde los populares hasta el líder de Podemos. Y, según contó el periodista Raúl del Pozo, el rey emérito le manifestó su disgusto con una decisión protocolaria que le pilló de sorpresa después de haber despejado su agenda para acudir a un acto al que, él no lo dudaba, sería convocado.

Existe práctica unanimidad al calificar de error la decisión de Felipe VI. Un error del que habrá que esperar si tiene o no recorrido y si el hijo acaba resarciendo al padre por el daño moral causado. Tal vez Mariano Rajoy tenga algo que decirle. Como hiciera Tony Blair con Isabel II hace ya casi 20 años. Al fin y al cabo, a ella no le fue mal con el consejo.


Al margen de la polémica, lo que ha trascendido es que la infanta Leonor está recibiendo una completa preparación intelectual. / EUROPA PRESS

La 'perfecta' heredera

La noticia sobre los memes en Twitter a propósito de la princesa Leonor y su afición al cine de Kurosawa acabó ensombreciendo la propia noticia sobre los gustos y aficiones de una niña de 11 años educada para representar la primera institución del Estado. Hace unas semanas, la revista Tiempo llevaba en portada el reportaje titulado Así es la futura reina de España. Según la publicación, a la primogénita de don Felipe y doña Letizia, que habla un perfecto inglés, le gustan las películas del cineasta japonés, Akira Kurosawa, y de Mizayaki, director de de la película de animación El viaje de Chihiro. Además, disfruta con clásicos de la literatura de autores como  de James M. Barrie (autor de Peter Pan), Lewis Carroll (Alicia en el país de las maravillas), J. R. R. Tolkien (El señor de los anillos), Charles Dickens (Cuento de navidad) o Robert Louis Stevenson (La isla del tesoro). Unas aficiones poco comunes entre los niños y niñas de su edad que, al margen de interpretaciones cortas de miras, demuestran la preparación intelectual que se está procurando a la heredera del rey.

“Entender como “antinatural” que un niño se interese por la alta literatura, muestra hasta qué punto se ha extraviado la comprensión acerca no solo de lo que es literatura sino, sobre todo, de lo que es un niño”, dice Carlos Rodríguez Estacio, profesor de filosofía y coordinador general del sindicato de profesores PIENSA, en el artículo La niña que sabía demasiado publicado por el diario El Mundo. “Qué admirable sería” que “nuestras críticas izquierdistas y anti-monárquicas fueran para reivindicar el mismo derecho de todos los niños a la infancia luminosa, a las palabras bellas, a las buenas historias, a ser visitados por los sueños...”, concluye su autor.

La educación de la princesa es asunto recurrente en  varias publicaciones. Ya habían sido noticia sus clases de chino o de ballet o su práctica del vóleibol. Ahora se sabe que también está tomando contacto con el resto de lenguas del Estado. Muchas extraescolares, piensan muchos. Pero Leonor de Borbón está siendo educada para ser reina. Y de ello se están encargando unos padres dispuestos a una mayor profesionalización del cargo.