Entrevista Kiti Mánver Tiempos de hoy

 
   

                Nº 1211.  1   de septiembre de 2017

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

-Kiti Mánver, actriz

“Si no tuviera
el teatro no sería actriz”

Vive en la Dehesa de la Villa, una zona de Madrid rodeada de pinos, porque asegura que necesita tener la naturaleza cerca. Ha cumplido los 60 años, pero por su apariencia esa edad le quedaría aún lejos. Del 27 de septiembre al 22 de octubre protagoniza en los Teatros del Canal, de Madrid Sensible, una obra en la que encarna a una mujer devorada por el amor y los celos. Aunque asegura que ella nunca ha sido celosa. Kiti Mánver es una gran actriz y una mujer comprometida con su profesión y con todo lo que la rodea.

Javier Naval

Sensible trata sobre el amor obsesivo, cuando uno carga sobre el amor toda la existencia”
  “Se viene diciendo desde hace mucho tiempo que en España hay muchas mejores actrices que actores. Pero yo creo que esa tendencia ha cambiado”

Sensible es un espectáculo multidisciplinar: música, danza e interpretación se funden y se superponen para sumergir al espectador en el abanico de obsesiones trazados por Constanze de Salm en su novela epistolar del siglo XIX. ¿Cómo han trabajado esa complejidad del espectáculo?
Aún estamos en el proceso. Lo primero es la dramaturgia que ha elaborado Juan Carlos Rubio. Que ha conseguido convertir en teatral un texto que leído es maravilloso, pero luego, a la hora de ponerlo sobre un escenario, resulta más complicado. Juan Carlos es un director que toca muchos palos bien, de los directores españoles que se tiran a la piscina más valientemente, probando cosas nuevas, y él sale de la zona de confort y hace que los actores salgan de la zona de confort. Siempre es un profesional arriesgado. Y hemos trabajado con Chievi Muraday, experto en danza, otro gran creador que, por cierto, si yo tengo energía, él me agota. Las cosas en teatro se consiguen a base de probar mucho y de ser humildes al tiempo que muy arriesgados, muy osados.

La obra se pregunta sobre qué es el amor.
Sí, trata sobre el amor obsesivo, cuando uno carga sobre el amor toda su existencia. Y también reflexiona sobre los celos, los celos desmedidos. Porque cuando alguien entra en un proceso de amor y de celos a la vez padece una enfermedad, reconocida en Psicología, y es un mundo que conocemos todos de alguna manera. Yo no tengo mucha tendencia a ser celosa, o no la tenía, porque ya he llegado a una edad más avanzada, no estoy para celos, pero sí es verdad que cuando hay algo externo que pone en peligro ese amor desmedido que uno siente por alguna persona se desatan una serie de resortes y haces cosas que luego piensas: “Pero ¿cómo he podido yo hacer esto?”.

La autora, Constanze de Salm, fue una mujer brillante, poeta y dramaturga, la primera mujer admitida en el Lycée des Arts, y que fundó una tertulia a la que asistían, entre otros, Alejandro Dumas.
Se interesó por esta escritora Juan Carlos Rubio, que es un autor-director bastante inquieto, que considera que se pueden contar muchas cosas del ser humano a través de ciertas maneras de ser. Como cuanto tiene que ver con el amor, con distintas maneras de amor que quizás no sean las establecidas, y quizás las menos hipócritas, porque son las de máxima entrega aunque estén en un ámbito equivocado. Juan Carlos Rubio es un autor que busca inspiración en escritores lejanos que cuenten cosas que puedan transformarnos. Constanze de Salm es una mujer interesantísima, sí. Hizo una gran novela, pero evidentemente no se puede trasladar eso al escenario tal cual. Porque son cartas que escritas resultan hermosísimas pero hay que darles el toque teatral. También se ha cambiado la época. Lo ha ubicado en una Nueva York de los años 50, una sociedad un poco más avanzada pero… tú lees a los clásicos, a Góngora, a Quevedo, o incluso a Lope, y piensas: “Dios mío, pero qué poco hemos cambiado, seguimos cometiendo los mismos errores”. Y Juan Carlos Rubio ha cogido esta novela maravillosa, y hacía tiempo que él quería fusionar danza con teatro, porque le interesaba mucho el universo de Chevi Muraday, gran creador, no en vano está tan premiado y tan considerado. Pensaba que esos dos mundos podían fusionarse desde la emoción. Porque a Juan Carlos una de las primeras cosas que le preocupan de cara al espectador es que brote emoción desde el escenario.

Ha trabajado usted con los más importantes directores de cine y de teatro de España. Ha sido una actriz muy solicitada.
Lo que he tenido es mucha suerte. Porque he trabajado con una gente impresionante, que me ha ofrecido cosas y he aprendido muchísimo de ellos. Como Enrique Urbizu, que era un crío, era su segunda película cuando coincidí con él, Todo por la pasta, yo también era más joven, lógicamente, y me dio una lección que a partir de ahí cambió mi relación con los directores. Me dijo que yo siempre era muy celosa de llevar mi trabajo al plató bien hecho, y tal vez llevaba una cosa demasiado hermética, demasiado cerrada, y si eso es así, al final, fallas. Y él se dio cuenta inmediatamente, en el segundo día de rodaje, de que yo iba por un camino que él no quería para ese personaje. Y me lo contó de tal manera que me hizo confiar. Llevaba toda la razón. Enrique Urbizu me enseñó a aprender que hay que saber que el director cuente lo que quiera contar, pero a través de ti. Desde entonces cambié mi relación con los directores. O Miguel Hermoso, que me enseñó a ser consciente de no saberme el texto. Fíjese qué cosa más curiosa. Porque tú llevas trabajado el texto, y siempre está el oficio, que te lleva a decir el texto bien colocado, con sentido, pero así es un texto aprendido. Y hay que romper, hay que dejar una especie de vacío para que el pensamiento siempre esté lo primero. Para que el texto siempre suene a nuevo. Y esa es una disciplina difícil de conseguir. Aunque yo ya la practicaba mucho. Porque mi socio, hermano y amigo Carlos Hipólito siempre me hablaba de la importancia de no anticipar el texto. Cuando haces teatro es muy peligroso hacer eso. Porque el físico inevitablemente memoriza también las posiciones y es muy fácil empezar a contestar una frase sin haberla terminado de oír. Esa disciplina es muy férrea, muy difícil, pero maravillosa. Lo ideal es salir todos los días al escenario sin saberse el texto. Usted va a pensar que estoy majara. Pero es verdad. Es como no sabérselo, para que suene a nuevo.

El actor necesita una formación permanente, como algunos dicen “estar en actor”, formarse.
Eso que acaba usted de mencionar es bastante peligroso. “Estar en actor”. No sólo los actores, sino todo el mundo, debemos tener un pequeño personaje para vivir. Donde tú te sientes bien, donde tú te proteges. Y eso resulta muy peligroso para los actores concretamente. Porque entras en un sitio cómodo y terminas siendo cliché de ti mismo. Y ese personaje, a veces, puede con la propia persona. Aunque dé vértigo. Porque hace cuatro años, cuando hice La herida del viento, también con Juan Carlos Rubio, en la que interpretaba a un hombre, suponía como ahora con Sensible tirarse a una piscina, o cuando hice Ocho personajes en busca de autor, con Miguel Narros, pero actualmente es todavía peor, porque soy sexalescente, que es una palabra que me encanta, y ya da más miedo. Pero estar en actor me suena fatal. Lo que hay que estar es en persona, ser persona.

El director Andrés Lima afirmó recientemente que a partir de determinada edad hay mejores actrices que actores en España. ¿Está de acuerdo?
Andrés Lima, al que quiero mucho y admiro, no es el único que dice esto ni que lo dirá. Porque eso es algo que viene de lejos. Se viene diciendo desde hace mucho tiempo que en España hay muchas mejores actrices que actores. Pero yo creo que esa tendencia ha cambiado. Porque cuando yo era jovencilla, en las clases de expresión corporal o de danza, en las clases de todo lo relacionado con el físico, era muy difícil ver a un chico. Porque inmediatamente lo tachaban de homosexual. Lo cual ahora, afortunadamente, tanto si lo son como si no lo son, si eres gay como si no eres gay, da igual y el actor tiene más conciencia de que debe estar preparado físicamente. Y actores de cierta edad… yo encuentro que Pepe Sacristán es un actor gigantesco. O Manuel de Blas diciendo el verso. Y está la gente del teatro clásico. Yo he visto a Carmelo Gómez en El perro del hortelano, que me cruzó por la enormidad, por la grandeza, por cómo decía el verso, no sólo con ese vozarrón privilegiado que tiene, sino por la verdad enorme con la que lo pronunciaba.  Y creo que en eso se ha ganado. Ahora se han añadido además las nuevas técnicas que hay para indagar en la emoción, para incrementar el sentimiento, para que todo resulte más cálido. Y recuerdo a Carlos Hipólito en La verdad sospechosa, donde tenía un monólogo en verso en el que contaba una fiesta, y era puro goce escucharlo. Pero si vamos al teatro clásico, sí parece que hay personajes estupendos para los hombres y no tantos para las mujeres.

Ha afirmado usted: “Hay que buscar siempre ese equilibrio entre el ego y la humildad”. ¿Cómo se consigue?
Vigilándose siempre. Eso tiene que ver también con intentar ser buena persona. Y con compartir. Yo vengo de una familia numerosa: aprendí desde pequeña a compartir. Y en la profesión de actor es muy necesario ponerse en el lugar del otro. Porque, aunque luego en un primer plano estás tú sola, o en un monólogo estás tú sola, este es un oficio en el que tanto si haces cine, como televisión o teatro, dependemos unos de otros. Y junto a los demás, y contigo de verdad, todo crece enormemente. Porque puede haber dos grandes actores sobre el escenario, que sea buenísimo cada uno en sí mismo, pero si no tienen esa química, ese unirse, resultan trabajos que finalmente son bonitos, pero no hay la grandeza de cuando se da esa comunión/unión. Entonces, ¿cómo no vas a tener ego? Hay que ser un poco creído para subir a un escenario. Y la humildad consiste en ser consciente de que esta es una profesión muy frágil, en la que de pronto puedes, a pesar del oficio y de que te prepares y te recicles, esta es una profesión en la que resulta muy fácil equivocarse. Porque la creatividad no es una ciencia exacta. Hay que ser humilde y hay que vigilarse.

De alguna de sus manifestaciones se deduce que es necesario salir en televisión para que luego la gente reconozca al intérprete y compre las entradas para ir al teatro.
Eso es una realidad. Yo parto de la idea de que creo que si no tuviera el teatro no sería actriz. Otros tienen carreras estupendas hechas solo en televisión o solo en cine, pero, para mí, eso sería impensable. Yo necesito el teatro. Pero soy consciente de que debo sacar tiempo para otras cosas. Hay quien me pregunta, ¿pero por qué haces personajes tan pequeñitos en el cine? Es que a mí un personaje nunca me resulta pequeño. Ni me importa en absoluto que sea pequeño. Lo que sí me importa es esa otra forma de seguir practicando la profesión, la interpretación. Porque es otra técnica muy diferente a la del teatro. ¿Y por qué no puedes contar algo con un personaje pequeño? Claro que lo puedes contar. Yo, en el cine, he hecho un porrón de cosas de esas. Y a mí me recuerda mucha gente por cosas pequeñitas.

No votar a cierta gente

Un personaje de Refugio, la obra de Miguel del Arco, dice. ”He sido absolutamente consciente de que el mundo que he contribuido a construir es mucho peor que el que me dejaron mis padres”. ¿Qué piensa usted?
Yo creo que va a haber sorpresas al respecto. Aunque a lo mejor sea simplemente que lo deseo. Pero yo creo mucho en el ser humano, aunque reconozco que somos dañinos también. Hay gente que hace cosas maravillosas. Hay que esperar, insisto. Y hay que tratar de no votar a determinado tipo de gente. Porque eso ayudaría mucho: No votar a cierto tipo de gente. Yo tengo esperanza. Yo voto a la gente que no ha robado de momento.