Entrevista Miguel Rellán Tiempos de hoy

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                Nº 1212. 8  de septiembre de 2017

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Miguel Rellán, actor

“Hay que vivir como si fueras a ser inmortal”

Habla con un afecto infinito del teatro y con cierto desapego del cine. Miguel Rellán asegura incluso que no ha visto alguna de sus películas. Y recuerda que hace años se encontró casualmente con Fernando Fernán Gómez en el VIPS de Velázquez y le preguntó: “Fernando, ¿has visto la película que hicimos juntos?”. Y Fernán Gómez, con su vozarrón, respondió: “Claro que no, Rellán, encima que trabajamos en las películas sólo faltaba que ahora nos hagan verlas”. Protagoniza junto a Julia Gutiérrez Caba Cartas de amor, que se representa en el teatro Maravillas de Madrid del 15 de septiembre al 5 de noviembre.


Jerónimo Álvarez

“El teatro es el arte del futuro porque es el arte de la imaginación”
  “Mi abuelo era tres cosas que soy yo: republicano, ateneísta y masón”

El primer profesional que dirigió ‘Cartas de amor’, John Tillinger, dijo de la obra: “Es teatro en su estado más simple: la palabra hablada”. ¿Qué piensa usted?
Sí, el teatro fundamentalmente es palabra. Cartas de amor es palabra: es teatro puro. Es la esencia del teatro. Yo tuve la suerte de conocer en el Festival de San Sebastián a Vittorio Gassman, con aquella pinta maravillosa, y con cuatro copas, estaba conmigo Antonio Gamero, y Vittorio se levantó para liquidar la conversación y dijo: “Un actore, un espectatore: teatro”. En cuanto haya alguien ahí que cuente una historia y en el otro lado haya alguien dispuesto a oír esa historia, tenemos teatro. Y respecto a ‘Cartas de amor’ es teatro puro en el sentido de que en este caso no es un personaje, son dos personajes que lo que hacen es contar una historia, nada más y nada menos que la historia de sus vidas. Es la función más sencilla del mundo aparentemente. Porque son dos personajes maduros que leen las cartas que se han escrito a lo largo de toda la vida. Se conocen desde que tenían siete años y se han amado siempre. Empiezan a tontear desde niños. Pero por una serie de razones, de tipo social, personal, por condicionamientos familiares y económicos, nunca la vida los ha unido. La vida los ha llevado a cada uno por su lado. Hasta el final de la función, donde hay una sorpresa.

‘Cartas de amor’ trata sobre la pérdida de oportunidades, el primer amor o la enfermedad. ¿Qué considera que evoca la obra en el espectador?
Le tengo que confesar que no sabía que existía esta función. La habían estrenado en España, dirigida por Josefina Molina, Alberto Closas y Analía Gadé en el Teatro Bellas Artes. Y resulta que, tirando del hilo, descubrí que la habían hecho todos los actores importantes del mundo. Ahora la está representando Gerard Depardieu en Francia. Y la han hecho desde Anjelica Huston a Elizabeth Taylor. Todos. Cartas de amor es un clásico. Decía Italo Calvino que un clásico lo es porque nunca termina de decir lo que tiene dentro. Por eso volvemos a oír la Quinta Sinfonía de Beethoven, para ver si esta vez ya nos lo dice todo. Y volvemos a leer El Quijote. Y vamos a ver de nuevo Ricardo III de Shakespeare. Porque tienen más cosas, siempre encuentras algo nuevo, no se acaba nunca. Cartas de amor es un clásico entre otras razones porque habla de cualquier espectador que se siente en el patio de butacas. Hubo un momento en el que el director de la función, David Serrano, que también es el adaptador, mínimo adaptador porque había pocas cosas que quitar en la obra, se planteó: ¿Seguimos haciendo que los personajes sean norteamericanos o no? Y daba igual. Al margen del personaje que hago yo, que es un político y no tiene igual sentido un senador aquí que allí, a los dos minutos cualquier espectador se siente identificado con la obra. Porque que levante la mano quien no haya pasado en la vida algo que llamamos amor. Y todas sus secuelas: el desamor, la nostalgia, el deseo, la estupidez de esos rayos maravillosos del comienzo, la rutina, los celos… A todos nos afecta. Y yo creo que está ya todo dicho. Homero lo contó todo. En la Odisea está todo. Y Shakespeare lo remató. Ahora puedes introducir otros elementos: el Whatsapp, el móvil. Pero al final es lo mismo. Por eso continúa vigente Ricardo III. El poder, el dinero, la codicia, el amor, el sexo, la traición, la corrupción. Lo que pasa es que ahora tenemos Whatsapp. El resto no ha cambiado.

Siempre se ha dicho que una obra de teatro, para pervivir, tiene que estar conectada con el amor, con Dios y con la muerte.
La muerte, claro. Está todo contado. En todo caso se puede contar de una manera diferente el punto de vista. Cartas de amor es una función muy sencilla, lo que no quiere decir que sea simple. Es sencilla y hecha también de una manera muy sencilla. De modo que salimos los personajes a escena, nos sentamos, y leemos unas cartas durante una hora y veinte minutos. Yo tenía al principio mis reticencias. Porque el espectador medio está acostumbrado a que se levante el telón, se vea un tresillo, y entre un actor al escenario. Yo me temía que con Cartas de amor alguien fuera a decir: “Esto nos es teatro”. Y efectivamente tenemos experiencia de que en algunos sitios, cuando la gente no va avisada, alguien de la compañía escucha como la mujer le dice al marido a los dos minutos de empezar la representación: “Oye Pepe, ¿esto va a ser todo el tiempo así? Porque yo no estoy dispuesta a que estén leyendo todo el rato dos señores”. Y esa mujer, en muchos casos, al final acaba llorando como una Magdalena. Porque ‘Cartas de amor juega con una cosa importante que tiene también la radio: con la imaginación del espectador. El teatro es el arte del futuro porque es el arte de la imaginación, porque te deja mucho espacio libre. El cine te lo cuenta todo. Acabo de ver una película en la que explotaba la Vía Láctea. Es increíble, asombroso, lo que hace el cine. Pero yo creo que no hay quien pueda con la paradójica mentira del teatro. Digo que es paradójica porque sabemos que es mentira. Vamos a las 19.30 a una sala absurda con las butacas colocadas todas para allá, y finalmente alguien dice: “Señoras, señores, la representación va a comenzar”. Sabes que te van a contar una cosa que es mentira. Y sale un señor al escenario y te empieza a contar cosas. Y de pronto ese señor se pone de rodillas y rompe a llorar. Y llora de verdad. ¿No habíamos quedado con que eso era mentira? Mire, con eso no hay quien pueda. Con esa emoción que transmite un actor a cinco metros de distancia haciendo algo de verdad, no hay quien pueda.

¿Qué significa para usted trabajar junto a Julia Gutiérrez Caba?
Me lo voy creyendo a fuerza de hacer representaciones con ella. Estrenamos esta función en Avilés y el teatro estaba lleno. El Palacio Valdés tiene capacidad para algo más de 700 espectadores. Y cuando terminó la representación y yo tomé conciencia de que estoy en mitad del escenario con casi todo el público puesto en pie en la sala gritando “bravo” y yo cogido de la mano de Julia Gutiérrez Caba, pensé: “Miguelito, no puedes pedir más, a partir de ahora, para abajo”. Significa estar con un mito. Que después, a la hora de la verdad, como pasa siempre con los mitos, es la persona más natural, sencilla, y humilde del mundo. Y yo lo entiendo. Porque, en cierta manera y salvando las distancias, me ocurre a mí con la gente joven. He estado rodando un corto y a los dos días me comenta el director: “Estaba el equipo temblando”. Digo: “¿Por qué?”. “Porque viene Rellán, tú eres un referente para ellos. Son veinteañeros. No habían nacido cuando hiciste El crack, y te miraban con devoción”. Y yo no me lo creo. Entiendo cuando Julia me dice: “Miguel, vete por ahí, no me digas que soy un referente, por Dios”.

Siempre ha hablado usted con afecto de su abuelo.
Me influyó mucho. Mi afición por la literatura, por el arte, por pensar, viene de mi abuelo. Era tres cosas que soy yo también desde hace tiempo: republicano, ateneísta y masón.

Su madre, que vive aún en perfecto estado intelectual, suele hacer referencia a los “cerdos satisfechos”, esos tipos que han alcanzado un estatus económico y social pero continúan en la brutalidad.
El otro día me dijo en relación a un político: “Con las fuerzas brutas se puede, porque agarras un palo y les das. Pero con la razón bruta no hay nada que hacer. Con la razón bruta estás perdida”. Tiene 97 años y casi no ve ya. No me dejará dinero pero siempre he aprendido de su inteligencia.

En Babilonia, la última novela de Yasmina Reza, la protagonista, que se enfrenta al paso de los años, viene a decir que la vejez es una cabronada. ¿Qué piensa usted?
Woody Allen también dice que la vejez es una cabronada. Aunque después añade: “Pero es que la alternativa…”. Depende de cómo lo interpretemos. Evidentemente la vejez es una cabronada por el simple hecho de que te queda menos para andar por este valle de lágrimas. Suponiendo que quieras estar aquí más tiempo. Y yo creo que a lo que tenemos más miedo todos no es tanto a la vejez como al deterioro físico, a la enfermedad. Pero yo, que soy optimista por decreto, o un pesimista que me peleo por ser optimista, creo que hay que vivir como si fueras a ser inmortal. La muerte te debe pillar viviendo. Decía un proverbio chino: Aunque sea el último día, planta un manzano. A mí me decía alguien: “¿Y por qué no te jubilas?”. “¿Y por qué quieres que me jubile?”. Nadie que se dedique a un oficio mínimamente creativo se retira. Te retira, en todo caso, la salud. Los directores de orquesta son nonagenarios. Y los pianistas. Y Picasso, con noventa y tantos años, ahí seguía, con los pinceles. ¿Y Mario Vargas Llosa por qué escribe otra novela si ya tiene el Premio Nobel? Una cosa que me irrita de la gente de mi generación es una frase: “No, yo ya no…”. –“¿Tú vas al gimnasio?” –“No, yo ya no…”. –“¿Y vas al teatro?” –“No yo ya no…” –“¿Pero tú sales?” –“No yo ya no…”. “Pues muérete hombre…”. Yo creo que esto ocurre cuando pierdes la curiosidad. Yo no tengo hijos, luego no puedo ver en ellos el paso del tiempo. Pero uno es siempre como cuando tenía 17 años. Cambias, te salen canas, y tienes barriga. Pero por dentro sigues siendo el mismo, con cuatro cosas que has ido aprendiendo. Yo estudié Medicina. Y para bien o para mal he visto a mucha gente morir. He visto a dos o tres mujeres, muy mayores, ancianitas, que la última palabra que pronunciaron fue: “Mamá”. Eran niñas. Querían que la mamá estuviera allí en ese momento. Además, yo tengo la impresión de que profesionalmente estoy empezando. Es que no sé nada. Cuando veo lo que me queda… Pero cuando me llaman maestro, no tengo más remedio que aceptarlo.


Miguel Rellán junto a Julia Gutiérrez Caba en ‘Cartas de amor’.

Drogados por el fútbol

Usted fue fundador en los 70, junto a Alfonso Guerra, entre otros, del grupo teatral Esperpento, de Sevilla. El teatro independiente de entonces no sólo luchó por implantar una nueva estética, sino por cambiar la vida. ¿Era ésta la España que esperaba?

Nooo, nooo… Decepcionado. Desencantado. Como dice José Luis Cuerda: “La culpa la tienes tú, por encantarte”. Ocurre que no sé bien la causa de lo que ha pasado. Es complejo. Mientras no se demuestre lo contrario, el ser humano tiende a la ley del mínimo esfuerzo. Si le puedes pegar una patada al tronco del árbol, no te subes a por la manzana. Se sube el curioso. Es más fácil Macarena que las variaciones de Juan Sebastian Bach. La mayoría no está por esforzarse. Creo que vivimos en una sociedad, en general, hedonista, facilona, drogada por el fútbol, espectáculo que detesto. A un familiar mío, más bien un agregado, que dice que el teatro es caro, le pillé hace unos meses que había comprado en la reventa una entrada para ver al Real Madrid por 1.800 euros. Le dije: “Alfonso, ¿y luego dices que el teatro es caro?”.  Y la respuesta fue desoladora: “No vas a comparar…”.