Tribuna Manuel Espín Tiempos de hoy

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                Nº 1212. 8  de septiembre de 2017

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Tribuna / Manuel Espín

Cataluña y crisis: un fracaso de todos


A base de alimentar ese monstruo, o ese esperpento, el Estado español o España se encuentra
ante el problema más grave de todo el periodo constitucional, tanto o más que el 23-F o que el horror de ETA

En Psicología se considera una acción recomendable ponerse en el lugar del otro, no sólo para detectar los fallos y los errores ajenos, sino también para descubrir los propios y poder corregirlos o limitarlos, ganar en identidad y autoestima personal y corroborar que las decisiones adoptadas sean las más rectas y eficaces posibles. Nada de esto está sucediendo en las relaciones Cataluña-Estado, paisaje que día a día se asemeja a un desnortado convoy sin frenos, como el de la película El tren de la muerte, donde la única salida es el abismo. ¿Cómo se explica que un independentismo que en ninguna de las oleadas demoscópicas hasta la actual década superara el 20%, ascienda hasta una mitad cercana al 50% partidaria de crear su Estado? Inmenso error político de rechazo del Estatuto aprobado en el Parlament y votado en referéndum, en este caso legal, por los ciudadanos catalanes, esgrimiendo el PP la bandera nacionalista españolista con las famosas mesas donde se pedían firmas contra Cataluña bajo la presión mediática de unos altavoces dispuestos a echar a ZP a cualquier precio –y no sólo por sus equivocaciones, que fueron muchas–. Todo ello con la sentencia del Constitucional de 2010 como banderín utilizado por soberanistas irredentos como motivo básico para armar su propio Frankestein o caballo de madera a través del más insólito pacto interclasista conocido en la historia política reciente entre la derecha conservadora nacionalista, el republicanismo reformista y los antisistema. ¿Cuánto estaría dispuesto a dar ahora el PP porque JxS renunciara al 1-0  a cambio de reponer el abortado Estatut contra el que en su momento se empleo de forma radical a la contra?

 A base de alimentar ese monstruo, o ese esperpento, el Estado español o España se encuentra ante el problema más grave de todo el periodo constitucional, tanto o más que el 23-F o que el horror de ETA. La reacción ciudadana frente al tremendo impacto del terrorismo yihadista en Barcelona se ha disipado con la rapidez de un suspiro. Nadie parece acordarse de honrar lo suficiente a las víctimas, en una refriega donde medios y políticos se enfrentan a una estéril discusión sobre cuerpos policiales, que en sus bases están más abiertos a la colaboración que entre sus altos responsables políticos. Que a estas alturas del partido, la única respuesta a la crisis suscitada por el difícil encaje de Cataluña en el Estado sea esgrimir en el horizonte la supuesta aplicación del artículo 155 de la Constitución con la suspensión de su autonomía, una decisión casi suicida, da la medida de los enormes fallos (y las irresponsabilidades) en las que participan la mayor parte de las fuerzas políticas. La crisis pone en jaque por primera vez desde 1978 las verdaderas entretelas del poder. Rajoy ha sido incapaz de ofrecer una salida política al desafío soberanista; la actitud de "ver, y esperar" a que las hogueras se extingan por sí mismas no sirve en casos como éste. El soberanismo se ha empeñado en sacar adelante un referéndum de independencia sin garantía alguna, sin campaña, sin verdadero debate, donde se pretende aprobar la escisión por simple mayoría, sin porcentaje cualificado, algo insólito en cualquier texto fundamental, que requiere una mayoría suficiente; sobre todo la social, más allá de la mitad más uno. La imposición de una mitad contra la otra es un precedente gravísimo. El PP ha nutrido el discurso nacionalista-centralista-españolista de una parte conservadora de la sociedad española, a quien le sigue causando repelús palabras como "Estado" o "federal" (¿Acaso no lo son Estados Unidos, Alemania o Suiza?). Pero el fracaso de la izquierda española también es notorio. El PSOE como primer partido –¿todavia?– de la oposición ha sido incapaz de articular un proyecto federalista capaz de convencer a una parte muy amplia de la sociedad de Cataluña por el miedo a perder apoyos en un electorado del resto de España muy sensible a los discursos de un rancio y rígido españolismo, habiéndose utilizado tantas veces el término "la España plural" sin ser capaz de darle otro contenido que el retórico, como un bombón sorpresa sin nada dentro. Otro tanto le ocurre a Podemos y a sus marcas blancas: permanece atrapado de un discurso inconcreto, con bandazos constantes. El tema de Cataluña les puede costar caro a ambas fuerzas que se reparten la izquierda: han fracaso en la articulación de una alternativa diferente a la del nacionalismo españolista y al irredento soberanismo catalán. Ni siquiera han sido capaces de transmitir alguna idea sugestiva a esa parte de la sociedad de Cataluña que pese a desenvolverse dentro de una actitud celosa de su identidad mantiene enormes dudas sobre subirse al tren sin frenos de un independentismo donde el maquinista puede ser el más inesperado iluminado; esa porción de la sociedad catalana estaría dispuesta a agarrarse como a un clavo ardiendo a una salida digna que evite la catástrofe.

En este panorama, Rajoy tiene mucho que ganar... políticamente hablando. Sin apenas mover un dedo, sin aparente ideología, manejando los tiempos a ritmo de tortuga, tendría buenas papeletas en caso de una disolución anticipada del Parlamento, bajo la bandera de la unidad frente al fracaso de Sánchez e Iglesias, y de sus formaciones, incapaces de poner sobre la mesa ese proyecto federal; ni obtener el mínimo consenso para una reforma de la Constitución, a la que se abonaría una parte de la sociedad catalana que todavía mantiene muchas dudas sobre la aventura soberanista. El escenario echa además un tupido telón sobre asuntos que se diluyen o pasan a segundo plano, como la corrupción –no sólo en adelaños del PP, sino en los del hasta ahora hegemónico nacionalismo catalán–. O la crisis, de la que no se ha salido, que pese al discurso oficial, y más allá de lo que pueda decir el Gobierno, deja una sociedad en precario, con sectores para quienes sobrevivir ha sido y sigue siendo dramático. Sería terrible una nueva campaña donde el único argumento fuera el posicionamiento hacia Cataluña, o el choque entre modelos de Estado, contenido en el que el PP se mueve de manera muy cómoda ante un electorado incapaz de entender parte de las demandas perfectamente explicables de un sector de la sociedad de Cataluña. Frente a la embestida de los dos nacionalismos, español y catalán, que presagia el choque de trenes, hay una sociedad que ha convivido perfectamente y sin problemas en Cataluña, desde distintas identidades culturales y lenguas sin producirse esas fricciones que ahora desgarran el terreno de la política. Ese sociedad de varias identidades compartidas se ve empujada a la quiebra, hacia una montaña rusa sin más destino que la incertidumbre, la catástrofe o la nada. El 1-0 es un fracaso para todos, para los partidos políticos y para la sociedad española y catalana. Se ha sido incapaz de alcanzar la más mínima transacción que evite la caída en el abismo. Pese a la actual mirada revisionista , y por comparación, la generación que redactó la Constitución a trancas y barrancas, y con una amenaza de vuelta a una inmunda y rancia dictadura, bajo  las más variadas amenazas, presiones y cortapisas, fue mucho más hábil y actuó con más sagacidad que la actual. Flirteando con la catástrofe, la luz no se enciende por parte alguna, ni se llevan a cabo las cesiones mutuas para evitar la caída en el abismo.

Escritor, periodista y autor audiovisual. Licenciado en Políticas, Derecho, Ciencias de la  Información y Sociología. Ha impartido clases en distintas universidades. En los últimos años ha venido publicando libros tanto en ficción como en no ficción, y participa en series y largometrajes.

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