Sin Maldad / José García Abad Tiempos de hoy

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                Nº 1212. 8  de septiembre de 2017

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Sin Maldad / José García Abad

1-O: cuando el conflicto pase de las instituciones a la calle


¿Cabe imaginase lo que ocurriría si el 1-O se produce un muerto? Si la jornada transcurre pacíficamente, el día 2 podría ser el de la reconsideración y el pacto desde unas perspectivas realistas. En la intimidad de la mesa camilla, el alto mando del procés cavila en el rendimiento que pueden obtener de unas elecciones de las que podría salir un tripartito de izquierdas que se enfrente al Estado desde lo ideológico. Pergeñan una ruta en la que la independencia sería el programa máximo aplazado sine die, centrándose en la realización de reformas sociales en alternativa a la política de Mariano Rajoy.

La gran debilidad del procés, el escándalo de fondo de la intentona, se percibe en dos cuestiones básicas. La primera es que la opción independentista exprés, se pone en marcha a pesar de que falló el plebiscito y votaron más ciudadanos en contra que a favor. La segunda es el despropósito de que pretende nada menos que la separación de España se decida por mayoría simple del Parlament cuando para proceder a un retoque menor del Estatut se precisan mayorías cualificadas.

Ante la gran encrucijada histórica se burla no sólo de la legalidad española, sino también la catalana. Carme Forcadell, que ha pasado en mala hora del activismo propio de la Asamblea Nacional Catalana a la presidencia de un Parlamento de todos los catalanes, actúa con flagrante parcialidad y con notable torpeza.

Ante una cuestión tan trascendente, el bloque que la sostiene niega los trámites y procedimientos de cualquier ley, como, por ejemplo, la de cultivos, la del etiquetado o la de medio ambiente. La Ley del Referéndum de Autodeterminación se aprobó contra el Reglamento de la Cámara, en sesión atropellada y sumaria, limitando a dos horas el plazo para presentar enmiendas; prohibiendo las enmiendas a la totalidad, como si se tratara de una cuestión de la máxima urgencia ciudadana, como hacer frente a un devorador incendio o al derrumbamiento de un bloque de viviendas.

Carme Forcadell y los otros independentistas de la Mesa –Lluis Guinó, Anna Simó y Ramona Barrufet– limitaron la intervención de los diputados a la mínima expresión; hicieron caso omiso a la advertencia de ilegalidad de sus servicios jurídicos y se opusieron a que se consultara al Consejo de Garantías Estatutarias, trámite obligado para cualquier ley, conscientes de que dictaminaría la inconstitucionalidad de esta ley.. 

Todo ello produce la sensación de que el vehículo tripulado por Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y Carme Forcadell, lanzado a velocidad temeraria que no se para ante ningún semáforo ni ante la legalidad en la que basan sus cargos, como instituciones del Estado, no admitirá ninguna distracción en el camino. 

Desde la asunción de que el fin justifica los medios han situado su desafío por encima de lo que manda el sistema democrático. Puestos a elegir entre independentismo y democracia, han decidido prescindir de ésta.

¿Qué necesidad tienen de correr tanto, saltándose los trámites establecidos, unas prisas que les quita credibilidad al proceso en la propia Cataluña y que genera la perplejidad internacional, si cuentan con la mayoría parlamentaria? Mucho mejor para su causa sería tomarse el asunto con la serenidad que tanto aprecian los ciudadanos cuando no les ciega la pasión partidaria.

Lo que parece desprenderse de estas prisas es el talante atropellado del Trío que tira del carro. O bien la duda de que si lo conducen siguiendo las normas, si propician una reflexión cuidadosa, no llegarán al destino final.

El espectáculo del pasado miércoles ha provocado en la prensa y en los políticos escrupulosos con los usos democráticos las más duras calificaciones: bochorno, sedición, golpe de Estado, patada a la democracia, esperpento, farsa, grotesco, fantochada, ópera bufa, mascarada, etc. El espectáculo ha sido tan grosero que comprendo y comparto las indignadas expresiones de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría,  la encargada por Mariano Rajoy de gestionar la espinosa cuestión.

La política seguida por Rajoy, una vez que se ha llegado a la situación en que nos encontramos, me parece razonable. Su obligación es cumplir y hacer cumplir las leyes. La crítica que hemos formulado desde hace tiempo en estas páginas se refiere a que nuestro presidente debería haber hecho antes lo que ahora apunta tímidamente al insinuar que tras el 1 de Octubre apoyará la propuesta de su leal adversario, Pedro Sánchez, de abrir una comisión para revisar la Constitución procurando un mejor acomodo de  Cataluña y de otras comunidades con vocación de Reino. Hemos echado en falta la propuesta de alternativas que no tienen por qué coincidir con las sostenidas por el PSOE en su concepción de España como nación de naciones. Pero, en política, los tiempos son un factor insoslayable y ahora lo que toca es lo que toca: hacer respetar la Constitución. El Estado debe impedir el referéndum con todos los medios legales a su alcance si quiere justificarse como Estado.

No tengo dudas de que el Estado de Derecho cuenta con mecanismos suficientes para tratar los desafíos independentistas. Sí las tengo de lo que pueda ocurrir el 1 de Octubre, que puede cambiar el panorama para bien o para mal. En esta fecha el asunto pasa de las instituciones a la calle y es en la calle donde puede condicionarse la búsqueda de soluciones, si no para resolver la cuestión catalana, al menos para conllevarla durante algún tiempo, quizás una generación.

Es de suponer que la CUP, que está marcando el paso y tira del cuello al Trío aludido, movilizará a sus muchachos, como harán los de Esquerra y las tropas de la Asamblea Nacional Catalana, para enfrentarse, mucho nos tememos, con algo más que palabras a las fuerzas de orden público que traten de impedir la colocación de urnas. ¿Cabe imaginase lo que ocurriría si se produce un muerto?

Si la jornada transcurre pacíficamente, el día 2 podría ser el de la reconsideración y el pacto desde unas perspectivas realistas. Creo que hasta el alto mando del procés es consciente en la intimidad de que el referéndum no se va a celebrar aunque no lo reconozcan en público. En la intimidad de la mesa camilla cavilan en el rendimiento que pueden obtener a partir del 2-O. Probablemente estén ya conversando sobre la rentabilidad de unas elecciones de las que esperan que podría salir un frente de izquierdas que se enfrente al Estado desde lo ideológico, estableciendo una ruta en la que la independencia sería el programa máximo aplazado sine die, centrándose en la realización de reformas sociales en alternativa a la políticas de Mariano Rajoy. Para este supuesto Tripartito deberían contar con la implicación de Ada Colau.

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Lleva ejerciendo la profesión de periodista desde hace más de medio siglo. Ha trabajado en prensa, radio y televisión y ha sido presidente de la Asociación de Periodistas Económicos por tres periodos. Es fundador y presidente del Grupo Nuevo Lunes, que edita los semanarios El Nuevo Lunes, de economía y negocios y El Siglo, de información general. 

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