Tribuna Joaquín Roy Tiempos de hoy

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                Nº 1212. 8  de septiembre de 2017

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Tribuna / Joaquín Roy

Catalunya: Houston, tenemos un problema


El diferendo Cataluña-España no se reduce a una evolución histórica compleja desde la Edad Media, sino a la lamentable decisión del Tribunal Constitucional que en 2015 rechazó el nuevo Estatut de Autonomía, aprobado por el Gobierno y Congreso de España, por el Parlament catalán, y los ciudadanos en un referéndum

De regreso a Miami, bajo la amenaza del huracán, debo enfrentarme a la labor de analizar la coyuntura europea, española, y ahora la catalana, para los alumnos y lectores americanos (Norte y Sur). No es fácil. En primer lugar, el norteamericano medio no entiende por qué no se les deja a los catalanes votar en un referéndum de autodeterminación. Es un simple derecho democrático, piensan.

Olvidan que ese privilegio se intentó una sola vez en Estados Unidos y recordemos lo que Lincoln hizo con “celeridad, proporcionalidad y contundencia”, prediciendo lo que Mariano Rajoy, el presidente del gobierno español, promete. Ese derecho tampoco existe en ninguno de los entes estatales del hemisferio occidental, con la excepción muy precisa en cuanto a procedimiento de Canadá.

Deberé también explicar para los inspirados en el centralismo muy del estilo de Trump y decenas de autoritarios en América Latina, que la peculiaridad de Catalunya no se debe a un capricho de los seguidores del evangelio del president  Carles Puigdemont. Los catalanes no hablamos catalán para irritar al resto de los españoles: es una de las señas de identidad innatas, a la que los independentistas se agarran para justificar todas las reivindicaciones.

Me costará bastante interpretar el remedio que el PSOE pretende aplicar, el federalismo, sin decir cómo sería el invento para modificar el café para todos. Deberé explicar que en el resto de España hay muy pocos ciudadanos capaces de aprender catalán y de admitir que ese federalismo, forzosamente de geometría variable, representaría una ventaja fiscal, social… y política para Cataluña. “Esos catalanes…”, será la apertura de protestas.

Deberé aclarar que el diferendo Cataluña-España (o sus gobiernos actuales) no se reduce a una evolución histórica compleja desde la Edad Media, sino precisamente a la lamentable decisión del Tribunal Constitucional que en 2015 rechazó el nuevo Estatut de Autonomía, que había sido aprobado por el Gobierno y Congreso de España, por el Parlament catalán, y los ciudadanos en un referéndum. Todo porque el preámbulo mencionaba a Catalunya como “nación”. Horror. Me será imposible aclarar a mis alumnos y prensa el vergonzoso tratamiento de esa palabra por políticos, comentaristas, e incluso por académicos en España. La confusión, interesada o simple fruto de la ignorancia, con el concepto de “estado”, es omnipresente.

Nada es fácil en un continente, y en el resto del mundo, cuando “estado” y “nación” (en compañía con “país”) son etiquetas que alegremente se intercambian en los nombres de numerosas organizaciones internacionales y entes de integración regional: Organización de Estados Americanos y Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe, pero Naciones Unidas. Resuenan repetidamente expresiones en Madrid: el Estado de la Nación española. Dirigentes dan discursos bautizados como “estado de la nación”.

No es fácil lidiar con el complejo concepto de “nación”, mientras se reduce su nacimiento y evolución a una sola acepción que se centra en la identidad cultural, lingüística, inmanente. Esta interpretación soslaya (¿partidariamente?) la original “nación” surgida de las revoluciones francesa y norteamericana. Centrada en la opción personal de adherirse a un proyecto esencialmente político (rechazar la soberanía imperial) o económico (no pagar impuestos por la importación de té), se contrapone la pretendida existencia eterna de una nación de tintes culturales.

Esta acepción no tendría mayores problemas de aceptación y respeto (aunque fuera tan “inventada” como la cívica), pero el problema es cuando la “nación cultural” se recubre de caparazón compuesto por hechos diferenciales étnicos, religiosos, raciales, ideológicos. Y en un escalón superior, reclamando una superioridad ante sus vecinos (la Alemania de Hitler). Aunque no sea así en realidad, la percepción exterior produce su rechazo. Un denso análisis del caso catalán revelaría que se traspasó un límite, por lo menos de detección en las instituciones del Estado y los partidos que disfrutan de la mayoría en el Congreso.

Para usar expresiones digeribles para los norteamericanos: “Houston, tenemos un problema”. Se dice que en realidad el astronauta del Apolo 13, Jack Swigert, dijo we ‘had’ (teníamos), pero la situación actual es un diagnóstico de un problema serio, grave y actual. Tenemos, ahora, un problema.


Catedrático Jean Monnet y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. Licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona y doctor por la Universidad de Georgetown. Es autor o editor de 38 libros y entre sus distinciones destaca la Encomienda de la Orden del Mérito Civil, otorgada por el rey Juan Carlos I.

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