Entrevista Arturo Querejeta Tiempos de hoy

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                          Nº 1217. 13  de octubre de 2017

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Arturo Querejeta, actor

 “Actualmente todo ha de ser pensamiento único”

Azorín paseaba tranquilamente por El Retiro con un paraguas amarillo mientras esculpía en su mente el artículo del día, pero en su juventud fue un viajero incansable, con su maleta y sus cuartillas, que escribió libros de viajes con una prosa luminosa. Como La ruta de Don Quijote, una colección de artículos sobre el libro de Cervantes, que ahora interpreta en el Teatro de La Abadía de Madrid en forma de monólogo teatral Arturo Querejeta, actor de registros interminables. Que observa con creciente preocupación el devenir del país: “La situación en Cataluña es penosa”, dice.

“Que los políticos agucen las ideas y alguno proponga algo para Cataluña”   “Azorín dejó escritas muchas páginas que reflejan perfectamente la realidad española”

Usted ha pasado de encarnar a Ricardo III, ese personaje cínico, sanguinario y despiadado que creó Shakespeare, a interpretar a Azorín y a todos los cálidos personajes de ‘La ruta de Don Quijote’. Para dar el salto de Ricardo III a Azorín y hacer creíbles ambos personajes se necesitan muchos registros como actor, ¿no?
Lo que ocurre es que ese tipo de personajes te proporcionan una amplitud enorme de posibilidades. Ricardo III es casi el epítome de la maldad. Y hay que hacer un esfuerzo en creer en la maldad humana para meterte ahí dentro, en esa especie de lazo oscuro de la fuerza del mal en el que todo vale con tal de ejercer el poder omnímodo y pisar cabezas y pasar por encima de quien sea para detentar el poder. Y Azorín es todo lo contrario. Y sobre todo metiéndote durante el monólogo en todos los personajes que va encontrando Azorín en esa estepa manchega y castellana, personajes que son decididamente entrañables. La calidez de las fondas, don José Antonio, que es el médico único, los académicos de Argamasilla, y don Cándido, el clérigo, que se escandaliza porque no suponía que Don Quijote escogió de verdad a su pueblo, Argamasilla, en su trayecto. Se trata, en definitiva, de personajes que te proporcionan una amplitud inmensa de registros en sí mismos.

¿Por qué han decidido recuperar y llevar al teatro este texto de Azorín, un escritor olvidado?
La obra está llena de frases preciosas. Azorín era un gran cervantista. Además de esta ‘Ruta…’ tiene numerosos escritos sobre El Quijote. Utiliza un castellano que desgraciadamente vamos perdiendo, un castellano muy concreto, muy prolijo, muy minucioso, pero muy sonoro, rotundo, con esas frases cortas. Y siempre con ese punto de hablar en primera persona: “Yo me visto, yo bajo a la calle, yo veo un coche”. Y así te va relatando poco a poco ese itinerario, ese periplo que va haciendo por La Mancha. Y lo que más nos atrajo a Eduardo Vasco, el director, y a mí, además de eso, es la visión que Azorín tiene del libro de Cervantes. Esa especie de dicotomía entre la gran ensoñación, la gran locura del Quijote, que no conduce a ninguna parte, porque es una ensoñación loca y baldía. Y esa especie de dicotomía, decía, entre la locura de Don Quijote y el quehacer del día a día de Alonso Quijano, cuando recobra la cordura, y que de alguna manera esa visión de la realidad es la que hace prosperar a los pueblos.

Y en la obra están las palabras de Azorín, en 1905, cuando sale de la pensión madrileña en la que vivía para escribir los artículos que le había encargado el periódico El Imparcial y que recopiló después en el libro: “Una vez más con mi maleta y mis cuartillas”. Y más avanzada la función: “Quiero seguir escribiendo mis cuartillas”. Reflejan la pasión por la escritura de Azorín, ¿no?
Totalmente. Azorín fue un escritor prolijo, tiene una obra incalculable, no paró de escribir, incluso en sus últimos años de vida, y murió longevo. También fue un gran apasionado del cine. Y yo creo que se trata de un hombre que vivió un cierto exilio interior. Es ese tipo de personas que viven para adentro, pero que precisamente por eso tienen una gran visión de lo que están palpando de la realidad, de lo que les está tocando vivir. Azorín dejó escritas muchas páginas que reflejan perfectamente la realidad española.

Ha dicho usted que ambos escritores, Azorín y Cervantes, comparten cierto punto de locura y de comportamiento quijotesco.
Yo creo que lo que hacen es diferenciar el comportamiento enloquecido y la cordura necesaria. Hay en la obra una frase maravillosa de Azorín: “Decidme, ¿no es esto el lugar donde florecen las voluntades solitarias, libres, llenas de ideal, pero ensimismadas, soñadoras, incapaces en definitiva de concertarse en los prosaicos vulgares. Pacientes pactos que la mezcla de los pueblos exige”. Están ambos constantemente en esa dicotomía, yo creo que es donde se unen Cervantes y Azorín, o donde Azorín intuye que Cervantes tiene esa visión. Porque en un sitio como La Mancha, donde hay esas llanuras inmensas, en el que el paisaje que ves en este momento es el mismo que vas a contemplar dentro de dos horas, esas extensiones grises, negruzcas, desoladas, donde parece que nunca pasa nada, que todo está suspendido en el tiempo, de repente, ahí, salta la locura. Parece que las puertas están cerradas, las ventanas están cerradas, que no hay ningún movimiento por las calles, que todo sigue igual. Que el mismo hombre viejo aparece por la misma esquina a la misma hora. Y cuando crees que no pasa nada, surge la locura. Y también el desastre. Cosa que en estos momentos, mientras hago la función, me recuerda lo que está ocurriendo en nuestro país con Cataluña. Parecía que todo estaba encajado, que todo tenía su curso, un determinado fin al que llegar, unos caminos concretos que recorrer. Y de repente todo se quiebra. También tiene una frase Azorín que me viene a la cabeza ante los acontecimientos de Cataluña. Dice Azorín durante una serie de incendios que se dan en el pueblo, mientras suenan campanas, todo toca a rebato, y dice Azorín: “¿No oís en esto la fantasía loca, irracionada e impetuosa que condenó Cervantes en ‘El Quijote’? ¿No está compendiada en este pueblo? La historia eterna de la tierra española”. Y bien, como diría Azorín, ¿no son los acontecimientos de Cataluña la fantasía loca, irracionada e impetuosa que rompe de pronto la inacción para caer en el marasmo? Porque yo creo que estamos otra vez en el marasmo. Y considero que es muy necesario leer ‘El Quijote’ con esos ojos de Azorín.

¿Qué sensación personal le produce el conflicto catalán?
Lo veo con tristeza y con preocupación. Este choque de trenes –según la expresión de algunas crónicas periodísticas– no conduce a ninguna parte. Los políticos deberían reflexionar sobre cómo, desde unas ideas u otras, han podido llevar a la sociedad a esta situación. Lo veo muy complicado. No veo salida. No veo solución. Contemplo la situación volcada a más quiebra social todavía. Y esperemos que no se llegue a determinados límites de violencia que lamentaríamos todos durante muchísimos años. Y deseo que esto tenga, de alguna manera, una solución política. Que los políticos agucen las ideas y alguien proponga algo. No consiste en “doy un portazo”. Y no consiste en “de aquí no sales”. Que alguien proponga algo de verdad. Yo no encuentro más solución que ir a unas nuevas elecciones generales en las que todo el mundo se posicione. Porque, tal y como están las cosas, ni por un lado ni por otro veo que puedan dar algún tipo de horizonte a tantas personas que actualmente se encuentran tan preocupadas en Cataluña y en el resto de España. La situación en Cataluña es penosa. O dicho todo de otra manera: Que a alguien se le encienda la luz, proponga sentarse en una mesa, sacar un fuet, un buen vino y ponerse a hablar.   

¿España ha perdido la memoria?
Sí, y ocurre que independientemente de que estemos en momentos convulsos, también es cierto que atravesamos una época de profundos cambios históricos. Estamos en un tiempo en el que probablemente todos nos tengamos que acostumbrar a determinadas formas de convivir.  La tecnología ha superado todas nuestras expectativas. Con un tuit se incendian las redes, que dicen, aunque uno no sabe muy bien lo que es eso de las redes. Yo considero que las redes son como un patio de vecindad enorme en el que hay una algarabía estrepitosa y en el que nadie se entiende. Pero ahí están. Y eso ha hecho que la cultura, el conocimiento, la formación, haya cambiado respecto a cómo la conocíamos hasta ahora. Y se haya sustituido por un tuit. O por una búsqueda. O por un clic en Wikipedia. Y yo creo que no toda la vida es Wikipedia. Eso, efectivamente, te puede ayudar. Como todas las herramientas. Pero, ¿y la capacidad de contrastar? ¿O de investigar? ¿Y la capacidad de comparar un discurso con otro? Comparar. Reflexionar. Eso que hacíamos antes pero ahora parece que todo es categórico. Te entra una noticia a través del móvil y parece que eso es lo que existe, lo que es. Buscamos una cosa en Internet y parece que el resultado es lo verdadero. No hay capacidad de análisis. Ni de reflexión. No hay capacidad de interacción entre unas propuestas y otras. Actualmente todo, por un lado y por otro, ha de ser pensamiento único. Y si no piensas así, eres un traidor a algo. A lo que sea. Entre tirios y troyanos te van a forrar a palos.

Volviendo al teatro, usted trabaja habitualmente con Eduardo Vasco, pero ¿qué importancia ha tenido Adolfo Marsillach en su carrera?
Eduardo Vasco y yo nos conocemos mucho, desde hace tiempo, y tenemos una relación profesional sensacional porque compartimos una cierta mirada común sobre el teatro, sobre esta profesión, y sobre lo que hay que hacer. Yo creo que por eso nos entendemos tan bien. Pero, para mí, Adolfo significó un antes y un después. Su personalidad era arrolladora. Fue uno de los grandes de esta profesión. Y poder trabajar con alguien así al lado, codo con codo durante años, y haber disfrutado de su amistad y de determinadas confidencias en algunos momentos difíciles para él y complicados también para la Compañía Nacional de Teatro Clásico, todo eso, decía, me abrió un mundo, el del teatro clásico, que yo ni sospechaba. Porque hasta entonces había hecho unos entremeses de Cervantes, algo de Lope de Rueda, y poco más. La tradición del teatro clásico se había perdido. Y él fue el factótum de la creación de esa compañía, que tantas alegrías está dando años después. Para que se vea que si realmente se siembra, después se recoge. Que si realmente las instituciones se preocupan, de ahí puede surgir un gran núcleo cultural. De producción, de distribución y del saber. Y de formación. Y ahí estábamos un grupo de gente que hacíamos determinadas funciones, y entraban y salían actores según los papeles. Aquello significó para mí un aprendizaje impagable. Yo me acuerdo mucho de Adolfo. Y cuando voy a Almagro me acuerdo todavía más.

De Azorín a Lope

Actualmente, con su compañía, Noviembre Teatro, prepara el estreno de El caballero de Olmedo, de Lope de Vega.

Sí, paso de Ricardo III, por medio de Azorín, y desembarco en Lope, en un criado, ese Tello magnífico y maravilloso, que permanentemente está refunfuñando, pero que hacia el final de la obra tiene una escena extraordinaria, en la que Lope derrama toda su gran poesía y toda su gran cultura dramática. Ese Tello con el que todos hemos estado disfrutando y que parece un tarambana, de repente se convierte en alguien que defiende ardientemente a su señor, malherido, que a la postre muere, y va a reivindicar delante del rey castigo para los traidores. Se trata de una escena maravillosa. Y ahí estamos inmersos. La obra se estrenará en Valladolid, y hacia Semana Santa vendremos al teatro de La Comedia de Madrid a la Compañía Nacional de Teatro Clásico.