Tribuna Cultural / Mauro Armiño Tiempos de hoy

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      Nº 1221. 10  de noviembre de 2017

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Tribuna Cultural /
Mauro Armiño

Toulouse-Lautrec y Picasso,
y Zorrilla en otro lado


A la izquierda, En un reservado (En el Rat Mort), deHenri de Toulouse-Lautrec, c. 1899. A la derecha, La espera (Margot), de Pablo Picasso (1901). / MUSEO THYSSEN BORNEMISZA

Estamos otra vez en otra. La sombra de Caín no dejará crecer nada en campos y ciudades, condenando el futuro de un país cuya historia acaba mal (Gil de Biedma). Casandra parece haberlo condenado a no tener futuro, aunque las voces jóvenes crean que no es “esa meseta negra e irreformable que se pinta a veces. Es un país moderno y pionero”, dice Errejón (¡lo que faltaba!) que sigue con sus mieles de diputado a costa del erario público. ¿Moderno y pionero? ¿De qué? Un reino de taifas que no hace país, en el que su partido, que levantó esperanzas, juega a la ambigüedad de la acción política. En este pionero país los niños ya no quieren ser futbolistas desde que su padre les leyera las andanzas de un tal Villarejo, simple (y confuso) comisario que apalea millones tranquilamente sentado en dos despachos; los del fútbol tienen que entrenar, correr, etc.; muy cansado, demasiado, arguyen los muchachos, mejor ser comisario, que mete las narices en asuntos sucios, lleva pistola al cinto, puede poner firme al primer paseante que se encuentre y, lo nunca visto, gana dinero a espuertas. Hace tiempo escribí que Villarejo tenía una gran  novela negra para quien supiera enhebrar ficción y realidad sobre el hilo de sus abundantes peripecias; no pedía un Dashiell Hammett –releí Cosecha roja  hace medio año; sigue igual de viva–, un Chandler o un Simenon, pero sí un Juan Madrid, por ejemplo, el que mejor entre los nuestros domina el género. Ahora, una vez encarcelado por un juez, el novelista podría meter las narices en  la serie de connivencias que ha tenido para, sabiendo por la prensa sus andanzas, seguir sin pasar por caja; el que lo condecoró hace dos años (el malhadado ministro del Interior Fernández Díaz, que luego adujo haberlo hecho “sin darse cuenta”), los ministros y jefes policiales que los respaldaron durante años, los fiscales que archivaron denuncias,  así como “mis periodistas infiltrados”. Todavía hay camino narrativo para describir los bajos fondos de policía paralela, que han subido a la gran pantalla en un documental muy recomendable: Las cloacas de Interior, que abarca desde la persecución al juez Garzón hasta las aventuras del compi-yogui de los jefes (jefe y jefa) del Estado, López Madrid, que, según denuncia de la doctora Pinto, propinó a ésta un navajazo por mano interpuesta, la del propio Villarejo, según se sustancia en el juicio pendiente.

Bajos fondos para el arte
Saltimbanquis, vagabundos, bebedores de ajenjo, putas de burdel y sin burdel… el otro mundo de la Belle Époque parisina en la encrucijada de los siglos XIX y XX, con el post impresionismo interpretado de distintas formas. Una de ellas, la de Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901), influiría de manera drástica en Picasso, y ésa es la idea originaria –y original– de la muestra que, comisariada por Francisco Calvo Serraller y Paloma Alarcó, ha abierto sus puertas hasta el 21 de enero del año que viene en el Museo Thyssen. Idea original de los comisarios: la consanguinidad pictórica entre los cuadros del bohemio Toulouse-Lautrec que arrasa en burdeles y circos y deambula con su pincel entre gentes de mal vivir (o bien vivir, según se mire), y el joven pintor malagueño que llega a París con 19 años al hilo del siglo cuando Toulouse, invadido por el alcohol y la sífilis, estaba a punto de morir.


Pelirroja (La toilette), de Henri de Toulouse-Lautrec (1889). / MUSEO THYSSEN BORNEMISZA

 

 


Ambos están ya en la “nueva vanguardia” que surge tras el impresionismo tanto en materia de color como en la disposición del cuadro, en la mirada que Toulouse-Lautrec, y Picasso tras él en ese periodo, lanza sobre ese “mundo” poco tenido en cuenta por la pintura de entonces: un submundo que quiere contrastar brutalmente con el aristocrático de salones y orquídeas, protagonizado por los mejore escritores de finales y principios de siglo; este otro mundo puede verse en la también reciente, y más que excelente, exposición de Mapfre sobre la obra de Zuloaga y sus amigos parisinos.
A través de 112 obras que proceden de coleccionistas privados y museos de todo el mundo, puede apreciarse esa “copia”, esa apropiación que Picasso hace de Toulouse-Lautrec: la misma “sociedad”, la misma brutalidad en la mirada, la misma caricatura de grupos mucho más vivos y enérgicos que los amigos parisinos de Zuloaga, sin que esto quiera predicar nada sobre su calidad. Es una órbita distinta de la pintura, y ambas magníficas.

Que la influencia del “viejo” (murió con 35 años)  sobre el joven es indudable lo revela la anécdota que Paloma Alarcó refiere, cuando los amigos decían al malagueño: Encore trop Lautrec (“Todavía demasiado Lautrec”). Y en Picasso esa influencia perduraría a través de las mil ventanas pictóricas que abrió a lo largo del siglo, como puede intuirse en algunos cuadros de los años sesenta. La exposición Toulouse-Lautrec–Picasso exhibe la violencia de aquella pintura que cierra y abre esos siglos, hasta el punto de que por lo menos Picasso sigue siendo réprobo y objeto de censura (de Lautrec no tengo referencias en este orden). A estas alturas del siglo XXI, por ejemplo, la cadena americana Fox News velaba en pantalla los pechos del cuadro Las mujeres de Argel cuando hace dos años  se vendió en subasta por 179 millones de dólares. Y cinco años atrás, la reproducción de Mujer desnuda en el salón rojo que anunciaba la exposición Picasso y el arte moderno británico (que ya había pasado por la Tate londinense) en el aeropuerto de Edimburgo hizo a las autoridades aeroportuarias ocultarla tras una tapa blanca y sugerir a las Galerías Nacionales de Escocia que les enviara otro poster menos “impúdico”.  Tras dimes y diretes, la Mujer desnuda terminó quedándose, pero la intención censoria estaba ahí.


Mujer desnuda recostada (desnudo con las piernas cruzadas), de Pablo Picasso (1965) / MUSEO THYSSEN BORNEMISZA

 

Poeta en tiempo de miseria
Se cumple este año el centenario del nacimiento de José Zorrilla (1817-1893), vallisoletano que hizo su presentación sobre la lápida bajo la que se estaba enterrando a Larra, con un poema que lo hizo célebre de un día para otro (“Ese vago clamor que rasga el viento”…) Una edición de sus  Poesías,  al cuidado de Bienvenido Morros (Editorial Cátedra) y una exposición en la Biblioteca Nacional quieren acompañar esa fecha.  Desde 1837, fecha en que muere Larra, hasta mediados de siglo, Zorrilla fue ascendido a las cimas más altas de la fama por sus poesías y sus obras de teatro, todo ello dentro del más puro romanticismo, sobre todo por su  Don Juan Tenorio (1844). Un matrimonio infeliz le hizo trasterrarse a Francia y México, y cuando regresó (1865), del romanticismo ya no quedaba nada, la España de la Restauración había impuesto un realismo enemigo de todo lo que Zorrilla suponía. Como había vendido por un plato de lentejas los derechos de su Tenorio, se vio en más de un apuro; cuando Isabel II le concedió una pensión, Valladolid –que ahora presume de estatua, calle y nombre de Teatro Zorrilla– le quitó una que la ciudad le había concedido, no fuera a ser que el poeta engordase. Hasta el final de su vida, rodeado por el respeto de los de “su” tiempo, ya no haría nada, salvo leer versos en público, “con su melena larga, su tez pálida y su orgulloso desaliño”, ingresar en la Academia, ser coronado poeta y pasar estrecheces económicas, todo en uno durante casi cuarenta años. 

El título de la muestra de la Biblioteca Nacional, José Zorrilla. Poeta popular, lo califica y descalifica al mismo tiempo: popularpoeta son antónimos para la historia de la literatura, mal que les pese a los seguidores de Gloria Fuertes;  se han recogido docena y media o dos docenas de primeras ediciones, media docena o algo más de grabados, la corona de oro o dorada del galardón que recibió, su retrato hecho por Esquivel, y para de contar; una exposición para cubrir el expediente, que, aunque mediocre y olvidado, no merece el popular Zorrilla. Recuerdo haber oído en un Festival de Almagro, mientras en el escenario de calle se desarrollaba un Don Juan Tenorio,dirigido por Miguel Narros (oh terror, compruebo la fecha: 1983), a mi lado dos hombres de edad iban bisbiseando de memoria el texto de la obra, que desde hace 150 años solía representarse por pueblos y ciudades el día de Difuntos.

La antología de Bienvenido Morros recoge su poesía lírica, con buena introducción que anota y deja explícitas las influencias de la poesía francesa entonces en auge sobre el vallisoletano: Victor Hugo, Lamartine, etc., que pesaron, y mucho, sobre los románticos españoles; esa poesía lírica es la que más se salva hoy del polvo que tienen sus romances, sus leyendas en verso, etc., donde el tono monocorde y los ripios llenan de polvo esa lírica llena de sentimentalismo; el tiempo sólo ha dejado del movimiento romántico dos nombres con energía y valor poético: Rosalía de Castro y Gustavo Adolfo Bécquer. Pero no está mal ver la diferencia en este tomo de Poesías, bien anotado y perfectamente situado en el tiempo por su antólogo.

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena. 

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