Tribuna Cultural / Mauro Armiño Tiempos de hoy

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 Nº 1223. 24  de noviembre de 2017

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

Miguel Hernández total


Hernández fue el poeta que más se comprometió con la idea republicana, de la que se convirtió en defensor y propagandista sin por ello dejar de exaltar
el amor en medio del combate.

Hablando del centenario de Zorrilla en mi último artículo, utilicé un título de José Ángel  Valente: “Poeta en tiempo de miseria”; por motivos políticos se van sumando desprecios, insultos y ataques contra poetas perpetrados por fauces que salen de las cavernas; al buen Machado, y en su compañía Goya, Larra, Góngora, Lope y Quevedo, lo ha tildado de “poseer un perfil franquista” un informe de un tal Jorge Abad para el Ayuntamiento de Sabadell que en un primer momento quiso eliminar esos nombres de su callejero; el alcalde Maties Serracant, de la CUP-Entesa, imputado por un presunto delito de trafico de influencias, ha decidido que se trata sólo de un informe y que no quitará sus nombres de las calles, aunque sin mandar a paseo al tal Jorge Abad, cuya estupidez podría curarse leyendo. Esta caverna sedicentemente progre ha querido quitar, y no sé si se lo ha quitado, en Marcilla (Navarra) el nombre de Marqués de Villena a su Instituto; Juan Manuel Fernández Pacheco (1650-1725), marqués, duque y todas esas cosas, cometió algún que otro pecado, como fundar la Real Academia de la Lengua, pecado que se le puede perdonar porque elaboró el plan de trabajo del Diccionario de Autoridades, el primer diccionario de la Academia.

La Obra completa de Miguel Hernández ve ahora la luz en esta edición de EDAF.

 

Hay cavernícolas en todos los barrios. La escultura que al periodista y poeta valenciano-catalán Vicent Andrés Estellés (1923-1993) le dedicó su pueblo, Burjasot, fue arrancada y tirada abajo el pasado octubre. El monolito que Folgueroles levantó a su hijo, el poeta catalán Jacinto Verdaguer (1845-1902), apareció una mañana del pasado septiembre con esvásticas y el número 155, supongo que con la idea de que se le aplique ese artículo de la Constitución y lo encarcelen con su teja de mosén y su siglo XIX. ¿Motivo? Ni se sabe, porque del pobre Verdaguer no hay volúmenes en las librerías y sólo la Fundación que lleva su nombre empieza a editar sus libros –a lo sumo, 1.000 ejemplares, después de que Grup 62 abandonase por falta de rentabilidad económica–. O sea que, por leerlo, no ha sido.

Poeta en tiempo de asesinos
Es conocido el asesinato de García Lorca; lo son menos los cometidos en las cárceles nada más terminar la Guerra Civil con los republicanos; entre los muchos que fallecieron enfermos y desatendidos figura el poeta Miguel Hernández (1910-1942), de quien se han cumplido en marzo los 75 años de su muerte, con los ojos abiertos que nadie pudo cerrarle, por tuberculosis, neumosis y tifus, en la cárcel de Alicante. Me contó, no sé si Vicente Aleixandre o Buero Vallejo, que tenía abierto un boquete en un costado que él mismo taponaba con los trapos que encontraba. Pero de sus desdichas y a su muerte ya escribí en el numero 903 de El Siglo, a lo que habría que añadir, como dato, que hace cinco años, la Sala de lo Militar del Tribunal Supremo se negó a revisar, a pesar de reconocer su injusticia, la condena a muerte con que lo ajustició un juez, Manuel Martínez Gargallo, que antes de la sublevación había sido humorista, colaborador con el pseudónimo de Manuel Lázaro de revistas literarias y hombre de la “otra generación del 27”, como Mihura o Jardiel Poncela. Fue él quien se encargó de enjuiciar a sus antiguos compañeros de generación, “sin nada de humor y con una especial inquina en algunos casos”, según el profesor Ríos Carratalá, que descubrió a este gracioso que debía de divertirse mucho condenando a sus  compañeros al paredón.

Por fin, sus Obras completas
Bajo el título La obra completa de Miguel Hernández (Editorial EDAF) el catedrático Jesucristo Riquelme ha reunido en 1.900 páginas todo lo que hasta la fecha se conoce de la producción hernandiana, con aportaciones clave, no sólo de correcciones y precisiones de los textos (más de 3.000), sino también de inéditos, que en número de 30 (ocho de ellos poemas, así como alguna de las abundantes fotografías que acompañan al libro) ven por primera vez la luz dentro del corpus hernandiano, con todos los requisitos de una espléndida edición filológica. El catedrático Riquelme (años de dedicación al poeta de Orihuela) persigue en el prólogo, dato a dato, todo lo que se conoce de la vida de este poeta clave para la comprensión de los tiempos turbulentos que atravesó la poesía en la década de 1930 con la llegada de la República y el golpe militar que sumió a España en la dictadura. Epígono por su nacimiento de la generación del 27, Hernández fue, pese a sus orígenes gongorinos (Perito en lunas) y a la concepción quevedesca de las formas poéticas (El rayo que no cesa) el poeta que más se comprometió con la idea republicana, de la que se convirtió en defensor y propagandista (Viento del pueblo), sin por ello dejar de exaltar el amor en medio del combate, con la voz íntima y dolorida del Cancionero y romancero de ausencias, de delicadeza lírica prodigiosa.

El esfuerzo de la editorial EDAF y del profesor Riquelme apenas si ha tenido eco en las instituciones oficiales, como siempre en materia de cultura. Eso sí, citar a Miguel Hernández, hacer pompa y oropel para que todo termine en borraja, lo hacen todos: desde la reciente utilización de Juan Luis Cebrián en su “despedida” de las alturas de Prisa (“Me voy, me voy, me voy pero me quedo”) hasta la ínclita Cifuentes; ésta, inaugurando una estación de metro dedicada al poeta hace exactamente un mes, hizo como que se lo había leído para terminar llevando el agua a su molino y hablar de “reconciliación… cerrar heridas y no abrirlas”, con la mira puesta en la actualidad catalana. Carolina Bescansa, la del bebé en bancada de diputados, otra que tal: acató la Constitución porque “no soy de un pueblo de bueyes, (…) / Nunca medraron los bueyes / en los páramos de España“.                 

En un poeta se pueden perdonar las hipérboles, pero en un político son pura falsía, cuando no cinismo. Aunque la utilización más espuria hay que adjudicársela a Teresa Rodríguez, diputada andaluza de Podemos, capaz de  comparar a su compañero Andrés Bódalo, condenado por agresión física a un exteniente de alcalde socialista, con Miguel Hernández, condenado a una muerte conmutada por treinta años que murió en la cárcel por recitar versos a las tropas republicanas.

Carné de miliciano de Miguel Hernández.

La editorial EDAF quiso presentar el libro en la antigua cárcel de Torrijos, donde una placa recuerda que el poeta escribió allí sus “nanas de la cebolla”; pero a las monjas de la Caridad que hoy rigen el edificio dedicado a residencia de ancianos, caritativas ellas, no les pareció adecuada la presentación del libro de un rojo. No son las peores, porque la celebración oficial de los 75 años de su muerte ha tenido más aparato que efecto, más paja que grano. En abril se reinauguraba en Orihuela la casa natal del poeta, con Ximo Puig, alcalde y demás farsa como oficiantes… de la foto, porque desde ese día la casa está cerrada por problemas de seguridad; en octubre al menos, y en octubre todavía no se había reunido la comisión para programar actos de homenaje, como informa Manuel Alarcón en  Información de Alicante. El Instituto Cervantes, tres cuartos de lo mismo, aunque acogió el 31 de octubre la presentación del libro: su director, Juan Manuel Bonet, visitó Orihuela en marzo, en su primer acto oficial nada más ser nombrado; y se habló de un convenio para universalizar al poeta, facilitar su traducción para que “llegase a países donde no se conoce”. A Bonet parece que el cargo lo ha idiotizado y, hombre de cultura como es, ha convertido lo mucho que sabe en bocina de nada; en julio insistía en eso de traducir para el mundo mundial, sin hablar del costo y dejando al parecer esas menudencias para el Ayuntamiento de Orihuela; éste, regido por el PP, como también el Ayuntamiento de Elche –ambos han bailado una danza grotesca sobre la memoria de Hernández, otro día lo cuento–, dejó escapar –mejor dicho, rechazó, despreció, revocó un convenio firmado por el anterior alcalde PSPV-PSOE– el legado del poeta, que ha terminado en el municipio jienense de Quesada. Y paro de contar desaires y menosprecios contra el poeta. O sea, que lo mejor es leer en casa esta  Obra completa de Miguel Hernández, agradeciendo el esfuerzo, seguro que sin compensación económica equivalente a sus trabajos, del profesor Riquelme y la editorial EDAF.

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena.  

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