Suplemento Especial / Brexit Tiempos de hoy

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Suplemento especial
1  de diciembre de 2017

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Suplemento Especial / C. M.

Caída de Reino Unido en el ranking mundial, incertidumbre, impacto para España…

La verdadera cara del Brexit

El Brexit ya tiene su Día D: el 29 de marzo de 2019 a las 23.00 GMT. Este dato, la fecha y hora de la desconexión, es casi lo único definitivo que se sabe por ahora en torno a uno de los mayores terremotos registrados en Europa. Desde aquella noche del 23 al 24 de junio de 2016 en que Reino Unido decidió dejar la UE, las negociaciones para encauzar el Brexit siguen adelante a trompicones, en medio de creciente incertidumbres y estimaciones cada vez más pesimistas: impacto negativo en el PIB, previsiones a la baja, cada vez más sectores afectados, tensiones con Irlanda… A medida que se acerca la fecha clave, el Brexit va mostrando a Gran Bretaña, a Europa y al mundo su verdadera cara.


La primera ministra británica, Theresa May, afronta las negociaciones para el Brexit en un momento de especial debilidad en su propio país.

La inesperada victoria del Brexit en el referéndum británico de junio de 2016, en el que se decidió sobre la permanencia o no de Gran Bretaña en la Unión Europea, ha dejado al viejo proyecto europeo mucho más que huérfano de uno de sus principales socios. Hoy, año y medio después de aquella traumática consulta, expertos e instituciones aún debaten en torno a cómo se va a gestionar y qué consecuencias, tanto políticas como económicas, tendrá una decisión cuyo impacto real aún está por cuantificar.

Desde una perspectiva geopolítica, “el Brexit sin duda fortalece los procesos de desintegración que ya hay en la UE, lo que le da un impulso a Rusia”, señalaba James Nixey, encargado del programa de Rusia y Eurasia del grupo de investigación Chatham House en el diario The New York Times. “La UE es más poderosa que un actor singular, incluso Alemania, por lo que, si algo debilita a ese rival en los términos de juegos de suma cero bajo los que se maneja Rusia, la voz rusa en Europa sale fortalecida”. De ahí también que, como señalaba este mismo medio, la primera ministra británica, Theresa May haya puestos sus ojos, y sus esperanzas, en el presidente norteamericano Donald Trump. Un giro que está por ver si tendrá éxito, tal y como apuntaba en NYT Mark Leonard, director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, cuando señalaba que “el Reino Unido está zarpando hacia el mar, pero no encontrará a muchos con los brazos extendidos”, listos para recibirlos.

En el terreno económico, por el contrario, ya hay indicios de lo que se avecina, y no son nada optimistas. El crecimiento del PIB para este año 2017 se ha fijado en el 1,5%, es decir, medio punto por debajo de las estimaciones iniciales. En los próximos tres años, todas las previsiones apuntan a que el PIB británico continuará desacelerándose, según datos de la Oficina británica del Presupuesto, facilitadas hace unas semanas por el ministro de Finanzas, Philip Hammond, ante la Cámara de los Comunes.

Y en el empleo, las perspectivas no son mejores. El Brexit podría suponer la pérdida de 75.000 empleos en el sector financiero. Pero, además, y quizás lo más grave, es que la factura real del proceso de desconexión es aún toda una incógnita. El Ministerio de Economía ha anunciado que tendrá que destinar 3.000 millones de libras (3.300 millones de euros) del presupuesto del próximo año para afrontar las consecuencias de la salida de la Unión Europea, y que se suman a los casi 790 millones de euros que el Gobierno británico ya ha gastado en el Brexit. Una cifra que podría aumentar, a la vista del planteamiento “duro” que ha adoptado la Comisión Europea.

Y es que precisamente concretar el coste real de esta salida de Gran Bretaña de la UE es, junto con la situación de Irlanda del Norte, dos de los mayores escollos en las negociaciones del Brexit. En este sentido, hace apenas unos días, en la Cumbre Social de la UE, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, se mostraba muy duro con la primera ministra británica, Theresa May, dándole de plazo hasta principios de diciembre para que su país presente medidas concretas y una cifra para la factura del Brexit. Esta es la condición impuesta por Tusk para pasar a la segunda fase de las negociaciones, en las que se hablará del acuerdo de transición y del futuro acuerdo comercial entre Reino Unido y la Unión Europea en el transcurso de la cumbre de la UE, prevista para los días 14 y 15 de diciembre.


El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, exige a Gran Bretaña medidas concretas y una cifra para la factura del Brexit para primeros de este mes.


El caso es que, según las cifras que ya se están intercambiando en estas negociaciones, Gran Bretaña ya ha adelantado que estaría dispuesta a pagar a la UE por su salida 20.000 millones de euros, muy por debajo de la cifra que pide Europa, 60.000 millones.

“Queda mucho trabajo por hacer”, llegó a decir Tusk con respecto a las negociaciones. “Ha habido pasos en la buena dirección en los derechos de la ciudadanía, pero hay que hacer progresos tanto con Irlanda del Norte como con la factura del Brexit”.

Según el francés Michel Barnier, líder de los negociadores europeos, aunque en realidad “no hay un precio a pagar por irse”, “tenemos que hacer cuentas”. Se trata, señalan los negociadores, de hacer pagar a Gran Bretaña solamente por conceptos a los que ya se había comprometido antes de decidir su salida de la Unión Europea, como es el pago de pensiones de funcionarios europeos o la financiación de proyectos científicos, de infraestructuras y otros acuerdos de inversiones ya comprometidos. Pero al margen de esta factura puntual, lo cierto es que el gran problema pendiente como consecuencia del Brexit es saber qué harán los Estados miembros para cubrir el hueco de miles de millones que Reino Unido deja en los presupuestos comunitarios.

El problema de Irlanda es uno de los tres asuntos, junto a la factura del divorcio y los derechos de los europeos en Reino Unido, en los que las dos partes acordaron que debe existir un “progreso suficiente” antes de empezar a negociar la futura relación entre Gran Bretaña y la UE. Y, probablemente sea uno de los más difíciles de solucionar, toda vez que los socios comunitarios se han volcado para defender los intereses de Dublín. Además, históricamente, Irlanda es, para Gran Bretaña, un delicado avispero que puede traer consecuencias inesperadamente graves ante cualquier sacudida, por pequeña que sea.

Y el tema se ha complicado. Londres tenía como objetivo, de cara a la cumbre de diciembre, y dado que estimaban posible llegar a un acuerdo en los temas de la factura y de los derechos sociales, dejar el tema de Irlanda para más adelante y empezar ya a abordar la cuestión del comercio. Sin embargo, Irlanda ha entrado en escena. Primero, fue la confirmación, en marzo pasado, de que Dublín pediría, en el marco de las negociaciones, que, ante una eventual reunificación del país, Irlanda del Norte tenga ya previstos los mecanismos para su incorporación automática a la Unión Europa. Un mecanismo parecido al que se puso en marcha con la reunificación alemana. Esto, que a primera vista puede parecer un tecnicismo, en realidad supone una mala noticia para Gran Bretaña, ya que es un primer indicio de que el viejo conflicto irlandés puede volver a surgir.

Y es que, además, el Gobierno del joven Leo Varadkar, primer ministro irlandés desde el pasado mes de junio, ha amenazado con vetar el avance de las negociaciones para el Brexit si su país no obtiene garantías de que habrá una solución a medida para los problemas específicos de la isla.

Esta posición ha enrarecido las relaciones con Londres, sobre todo, con los sectores más duros del Brexit. Un enfado del que da fe el hecho de que el tabloide The Sun, desde un editorial, pidiera a Varadkar hace unos días que “cierre la boca y madure”.

Y es que hay dos factores que complican aún más la resolución del problema. Por un lado, el hecho de que el Gobierno de May, tras perder la mayoría absoluta en junio, depende de los unionistas del DUP, contrarios a cualquier medida que aleje a Irlanda del Norte de Londres: por el otro, la propia crisis política en la que se encuentra sumida la región irlandesa, que lleva sin Gobierno regional desde enero.


La inesperada victoria de los partidarios de abandonar la Unión Europea ha sumido a todo el continente en la incertidumbre.


A nivel comercial, en esta isla el Brexit “equivale a separar dos hermanos siameses”, explica Anne Lanegan, de la agencia de exportaciones irlandesa. Pero la frontera, se cansan de repetir sus habitantes, es mucho más que comercio. Y es que la cuestión de la frontera entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte es particularmente delicada, debido a las décadas de violencia causadas por el debate de si Irlanda del Norte debería ser parte de Reino Unido o de Irlanda. En la actualidad, aproximadamente 30.000 personas cruzan todos los días la frontera de 500 kilómetros de largo que separa ambas zonas, sin pasar por controles de inmigración o aduanas, algo que pone difícil a los negociadores del Brexit encontrar la forma de endurecer los controles sin reavivar las tensiones de una región donde alrededor de 3.600 personas fueron asesinadas antes del acuerdo de paz de 1998.

Pero el problema es que, mientras que la primera ministra británica, Theresa May, ha asegurado que Reino Unido abandonará el mercado único y la unión aduanera tras el Brexit, quiere mantener la "relación especial y única" con Irlanda, y eso incluye que no haya ningún tipo de frontera física ni puesto fronterizo entre Irlanda del Norte e Irlanda. Para Londres, se trata de mantener en lo que al conjunto territorial irlandés se refiere al Área de Circulación Común, un pacto de libre circulación entre Reino Unido e Irlanda para los ciudadanos británicos e irlandeses y evitar tener puestos fronterizos a lo largo de la que será la única frontera terrestre entre Reino Unido y la UE, además de la existente entre la colonia británica de Gibraltar y España. Tampoco habría controles fronterizos marítimos en las aguas que separan Inglaterra, Gales y Escocia de Irlanda e Irlanda del Norte, por considerar que "no son viables, ni desde un punto constitucional ni económico".

"Esto significa que no hay controles de pasaportes para ciudadanos del Reino Unido e Irlanda dentro de la CTA (Common Travel Area) ni controles de inmigración entre Irlanda del Norte e Irlanda", ha señalado al respecto el gobierno británico, que quiere evitar volver a los "duros controles fronterizos del pasado" e insta a la UE a colaborar con "flexibilidad" e "imaginación" en este asunto para asegurar que tanto las personas como los bienes comerciales sigan viajando libremente entre ambas "Irlandas" tras el "divorcio". Para fuentes de Bruselas, sin embargo, esta idea de "fronteras invisibles" es una "fantasía".

Al margen de estas discrepancias sobre la factura del Brexit y en torno a las fronteras de Irlanda, la discusión en torno a los derechos de los tres millones de europeos en suelo británico (y el largo millón de británicos en Europa), ha encallado, a cuenta de la negativa de Londres en acepta el papel del Tribunal Europeo de Justicia.

En el caso de que no se logre un acuerdo sobre el Brexit en estos casi dos años que quedan para lograr una salida pactada, el país abandonará la Unión Europea (UE) sin ningún tipo de acuerdo. En ese caso, los expertos auguran importantes problemas, como pueden ser perturbaciones en los vuelos que salgan y aterricen en suelo británico, colas de camiones en el puerto de Dover tratando de cruzar la frontera al continente o una falta de combustible nuclear para las plantas atómicas de Reino Unido.


El crecimiento estimado para este año 2017 en Gran Bretaña se ha recortado al 1,5%, cuando en marzo pasado se había cifrado un 2%.

La incertidumbre toma el poder en Gran Bretaña

Según los datos del Banco Mundial, clasificados por producto interior bruto, en 2016 el Reino Unido todavía superaba fácilmente a Francia, gracias a su PIB de 2.618 billones de dólares. Pero según las previsiones del FMI, ya para este año Francia ya se sitúa por delante, debido a las consecuencias del Brexit.

No en vano, el crecimiento estimado para este año 2017 en Gran Bretaña se ha recortado al 1,5%, cuando en marzo pasado se había estimado un 2%. A partir de aquí, todo son bajadas para los próximos ejercicios: Un 1,4% en 2018 y un 1,3% en 2019 y 2020. La productividad ha sido siempre el talón de Aquiles de la economía del Reino Unido desde la crisis financiera y ahora se suma a ella el problema de la inflación, en máximos de los últimos años con un 3%.

Las empresas, por su parte, han extremado la cautela antes de invertir, pendientes de si podrán seguir comerciando con la UE, y las familias han perdido poder adquisitivo desde el referéndum de junio de 2016, debido a que la depreciación de la libra, acentuada tras el anuncio del ministro de Finanzas, ha encarecido las importaciones.

Todo ello ha creado un escenario en el que, según la fundación The Resolution Foundation, se prevé que Reino Unido esté entrando en “las primeras fases del período más prolongado de caídas continuas en sus ingresos desde hace 60 años, incluso más que en el periodo posterior a la crisis financiera”.

De ahí que el inicio de las fases más tensas de las negociaciones sobre el Brexit, unido a los recientes acontecimientos vividos con Cataluña, haya disparado todos los índices de incertidumbre a nivel global. Según los datos que recoge el Centro de Predicción Económica (Ceprede) en su indicador mensual, la incertidumbre global experimentó en octubre el mayor incremento registrado desde que se anunció el Brexit, y en un solo un mes, este índice ha pasado de los 17,1 puntos que se registró en septiembre, a los 55,1 puntos de octubre. Estos datos rompen con la tendencia estable que se había estado viviendo en los últimos meses, con un nivel de incertidumbre entre los 20 y 35 puntos.


España, espectadora interesada en las negociaciones

Nuestro país sigue con mucha atención este tramo final de las negociaciones del Brexit, dado el impacto directo que esta salida va a tener en nuestra economía. De ahí la importancia de la visita de urgencia del presidente Mariano Rajoy a la primera ministra británica Theresa May prevista para el 5 de diciembre próximo.

No en vano, según el Ministerio de Economía, el impacto, tanto directo como indirecto, de la salida de Reino Unido de la UE supondrá una pérdida de entre dos y tres décimas menos de crecimiento del PIB para España. Es decir, entre 2.000 y 3.000 millones de euros menos.

Y es que este país es el cuarto comprador de productos españoles, el primer destino de las inversiones españolas en el exterior y el tercer inversor extranjero en España.

El turismo es otro de los sectores clave en este proceso. No en vano, Gran Bretaña es el primer emisor de turistas a España –con 15 millones de viajeros–, hasta el punto de que suponen casi una cuarta parte del total de turistas que visitan España. Su gasto total superó los 14.000 millones de euros en 2015. El impacto del Brexit en este floreciente mercado deriva sobre todo del proceso de depreciación que está sufriendo, y seguirá sufriendo, la libra frente al euro. Esto reducirá el poder adquisitivo de los turistas británicos, por lo que es previsible tanto una reducción del número de visitantes como del gasto medio que efectúan en nuestro país.

Por otra parte, unos 300.000 ciudadanos británicos tienen su residencia permanente en España. Se trata de la tercera nacionalidad más numerosa, detrás de rumanos y marroquíes. Con la salida de su país de la UE es posible que tengan que renegociar sus permisos de residencia y acceso a servicios sociales.