Suplemento Especial / Tribuna Podemos Tiempos de hoy

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Suplemento especial
1  de diciembre de 2017

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Suplemento Especial / Tribuna

Ganar la democracia, impedir la involución

Raimundo Viejo Viñas,
vicepresidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso y diputado de Unidos Podemos

 

 

 

“La democracia nunca está acabada, es siempre el resultado contingente de una tensión entre la democratización y su opuesto reactivo, la desdemocratización”

 

“Tras un periodo durante el cual el protagonismo popular irrumpió con sus demandas democratizadoras, parece que cada vez nos adentramos más en una fase involutiva”

La democracia, recordaba Charles Tilly en uno de sus últimos libros, nunca llega a existir bajo una forma acabada. Es siempre el resultado contingente de una tensión entre dos fuerzas antagónicas: la democratización y su opuesto reactivo, la desdemocratización. Esto ha sido así desde los vacilantes inicios de la democracia moderna, entre los siglos XVII y XIX, hasta su difusión global tras la II Guerra Mundial.

La democratización, además, no sólo se ha extendido en el ámbito de la política global, como incremento del número de regímenes democráticos, sino también en el ámbito de la política doméstica, como ampliación de su propio cuerpo político y de los derechos de los que éste se hace merecedor. El avance en la igualdad de la mujer, la ampliación de derechos civiles a colectivos excluidos y tantas otras cuestiones que afectan a la propia configuración de un régimen, son también democratización.
           
Bajo esta perspectiva, en cualquier momento histórico, un régimen democrático refleja de un modo u otro el progreso o retroceso de la democracia de acuerdo al despliegue del contencioso político. Por eso mismo, las olas de democratización correlacionan −no por casualidad y en los márgenes de autonomía de lo político− con las olas de movilización antagonista. A su manera, cada régimen político traduce el impacto de las movilizaciones en su propia estructura, adaptándose a los nuevos desafíos. De ahí que comprender el propio despliegue de las olas de acción colectiva contenciosa sea fundamental para explicar los desarrollos, reajustes y mutaciones en el sistema-mundo.
           
Si retrotraemos nuestro foco de análisis a la última década, es fácil observar como en apenas unos años han cambiado claramente las condiciones contextuales. Por aquel entonces el orden internacional se veía sacudido por una gran ola de movilizaciones que arrancaba en Grecia contra la austeridad y proseguía in crescendo con la llamada Primavera Árabe, el 15-M español, la Generação à rasca portuguesa, el Parque Gezi turco, el Occupy de Estados Unidos, el “Yo soy 132” mexicano, el movimiento estudiantil chileno, la Revolución islandesa, las huelgas en China de 2011, la Revolución de los Paraguas de Hong Kong, etc. Los ecos de las movilizaciones latinoamericanas de los años precedentes se dejaban sentir ahora en otras partes del mundo con epicentro a ambos lados del Mediterráneo.
La concreción de esta ola de movilizaciones global sobre los distintos regímenes políticos fue tan dispar como se alcance a imaginar. Sus efectos, como es evidente, han sido muy diferentes sobre las democracias liberales que sobre los regímenes autoritarios. En estos últimos se llegó a producir en tiempo récord el derrumbamiento de regímenes enteros. Las dictaduras de Ben Ali, Gadafi, Mubarak, etc., llegaron a su fin en una oleada revolucionaria a la que solo escaparon regímenes que adelantaron reformas previsoras o que lograron imponer el inmovilismo represivo.

En los regímenes democráticos, mientras tanto, los viejos sistemas de partidos se vieron fuertemente alterados por la irrupción de fuerzas. En Grecia, Syriza arrebató al PASOK su lugar y reconfiguró el campo partidista helénico logrando ganar las elecciones y hacer a Tsipras presidente de Gobierno. En Portugal una coalición de izquierda algo menos sorprendente consiguió de todos modos desbancar a la derecha del Gobierno. En España, Podemos y sus confluencias municipalistas fueron capaces de ganar las llamadas ciudades del cambio y en las dos elecciones generales consecutivas verificar el fin del bipartidismo. Para el caso de un pequeño país como Islandia, llegó a producirse incluso un cambio constitucional en 2012.
           
Pero tan pronto tuvo lugar la ofensiva democratizadora impulsada desde calles y plazas, se pudo observar cómo en respuesta comenzaba a articularse un cierre por arriba declinado en cada país de acuerdo a sus especificidades. Aquí la disparidad de la casuística es, una vez más, tan amplia como se quiera. Sólo este año, en la Europa occidental, los Países Bajos, Francia, Alemania o Austria vieron cómo la extrema derecha lograba unos resultados nada desdeñables; bien que, todo sea dicho, por debajo de las expectativas generadas, muy especial, bajo la conmoción producida en el establishment neoliberal por el inesperado triunfo de Donald Trump. En América como en Europa, la política del miedo se abrió paso gracias a un cambio en la agenda marcado por el mayor peso de las cuestiones migratorias, la crisis de refugiados o el incremento de ataques terroristas operado bajo la égida del ISIS.

En el mundo árabe, el abanico de respuestas se moduló desde las políticas de reforma introducidas en Marruecos, Jordania, Kuwait, Omán o Bahrein, hasta los conflictos bélicos de Siria o Libia, pasando por la quiebra de los regímenes y sucesivas crisis y caídas gubernamentales en Túnez, Egipto o Yemen. En otros países de la región las movilizaciones sociales, desplegadas en distinto grado, no impidieron el cierre por arriba de las estructuras de oportunidad abiertas por la ola de movilizaciones (casos de Mauritania, Argelia, Arabia Saudí, Sudán, etc.). Y por su papel clave entre Europa y el mundo árabe merece también ser recordada aquí la Turquía de Erdogan, instalada desde verano del año pasado en una preocupante deriva autoritaria posible bajo recurso al gobierno de la excepción.

En definitiva, tras un periodo durante el cual el protagonismo popular irrumpió con sus demandas democratizadoras, parece que cada vez más nos adentramos más en una fase involutiva en la que se generan las condiciones de posibilidad para la desdemocratización. Y aquí, por su función ordenadora del campo político, es importante atender a la evolución reciente del discurso público y al papel que en esta está teniendo la resolución de la pugna por el significante “populismo”. Tras haber sorprendido a propios y extraños, el populismo parece estar dando prueba de su afamada ambivalencia y ductilidad discursiva.

En los últimos tiempos el término −importado con éxito de las tesis teóricas de Laclau y la experiencia política latinoamericana− está siendo objeto de una resignificación intensiva por parte del establishment. Siguiendo el viejo consejo de Roland Barthes, por el que mejor que destruir los signos es adaptarlos a conveniencia, se aspira a reconvertir el significante populismo en un recurso discursivo útil para habilitar el cierre del bloque hegemónico. En la disputa por su significado, cuanto suceda a escala global que no sea conveniente a dicho cierre será calificado de inmediato como populista. Con todo, el ordenamiento discursivo del orden mundial por medio de la resignificación del campo populista, más parece apuntar a las necesidades de un proyecto neoliberal a la defensiva, que no a la capacidad para relegitimar de forma exitosa su propio bloque. Hora es de recuperar la iniciativa en el horizonte de un desafío democratizador global.