Suplemento Especial / Tribuna PP Tiempos de hoy

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Suplemento especial
1  de diciembre de 2017

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Suplemento Especial / Tribuna

En el fondo del mar
de los Parlamentos

José Ramón García Hernández, secretario de Relaciones Internacionales del Partido Popular y portavoz en la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso de los Diputados


"Nos encontramos en un protofeudalismo de los recursos, la insolidaridad y la nueva seguridad, problema que clama por una globalización política"

"Aparecen centenares de obras teledirigidas hablando de la crisis de la democracia representativa y proponiéndonos todo tipo de saltos al vacío"

 

Pocos avisados hablan ya de la globalización económica. Ahora casi todos nos estamos centrando en proponer una respuesta a la globalización política. No es un debate nuevo porque casi arranca con el debate de la mundialización. Y es casi como las matemáticas. Si le hubieran dado un céntimo de euro a Francis Fukuyama por cada vez que han citado El fin de la historia y le hubieran restado cien euros por cada vez que alguien lo ha leído, seguiría siendo uno de los autores más ricos del planeta. Todo el mundo te conoce y nadie te lee, un drama para un verdadero intelectual. Sin embargo, en esa obra aventuraba algo que se está demostrando fundamental cuando abordamos el tema de la globalización política. ¿Estamos por primera vez en el umbral de un gobierno mundial? ¿Se dan las condiciones metodológicas o políticas para que esto aparezca? ¿Es tan siquiera deseable?

Y son millares de libros e informes los que se han escrito relacionados con este tema y con el papel de los parlamentos en este nuevo mundo. Este mundo de la globalización política presenta para mí un cambio fundamental en el concepto político clave de la teoría política, todo lo tocante a la legitimidad. Hemos transitado de una legitimidad de elección, al menos en las democracias occidentales, a una democracia de ejercicio, en la que el ciudadano reclama que sus problemas se respondan de forma rápida y cierta y no tanto quiénes son sus representantes, ni la calidad de los mismos. Se nos reclama a los modernos Alejandros que cortemos bien el nudo gordiano y además sepamos comunicar, auténtica estética del no tan revolucionario siglo XXI.

Y los compañeros de viaje son al menos para tentarse las alforjas. Los modernos populismos y su control de las redes sociales, aunque ya estén abordando su fracaso porque no están cumpliendo el objetivo para el que fueron diseñados, excepto en los casos de los países que no han conseguido sacudirse el fantasma del “socialismo del siglo XXI”. O la temible antipolítica centrada en ciberataques a las fragilidades de las democracias, sobre todo a los sistemas de opinión pública con las fake news o a las mejoras técnicas que se introdujeron en los sistemas de voto, que permiten manipularlas o al menos crear sombras de manipulación en las elecciones o referenda, junto con una sospecha generalizada de financiación de partidos populistas o antipolíticos que servirían para alterar la normal vida de la democracia. Podrían desde sostener resultados manipulados a la alteración de la formación de principios o visiones conjuntas de la sociedad o la intoxicación de la opinión pública con nuevas palabras o por la búsqueda del hegemonismo.

Y esto es particularmente cierto con un término que no consigue imponerse, como no lo consiguió antaño, de la era de la posverdad, o simplemente la propaganda o la mentira. Según esa posverdad, ya no importa la realidad objetiva, ahora cualquier medio de comunicación debe ofrecerse como el árbitro neutral en el que partes enfrentadas dialécticamente puedan “contar su versión de la historia”. Un fracaso social más, en que como en las peores películas norteamericanas sobre la Justicia, un delincuente puede encontrarse libre en función de unos buenos abogados o de unos abogados ricos para clientes ricos. Una regresión que sí da la razón a muchas denuncias de los populistas de que nos encontramos en un protofeudalismo de los recursos, la insolidaridad y la nueva seguridad. Otro de los problemas que clama por una globalización política.

Pues para esta idea de gestión de la globalización política aparecen dos propuestas que no son antagónicas, pero que a día de hoy congelan la imagen de nuestras democracias y de nuestros Parlamentos. Una propuesta hacia una gobernanza global, en la que instituciones multilaterales pudieran gestionar problemas globales de forma global. A favor de este enfoque están los macroproblemas como el cambio climático, la inmigración, el terrorismo y otros hiperproblemas del mundo actual. Como ejemplo del mayor éxito en este campo aparece la siempre maltratada Unión Europea, pero es verdad que con aciertos y errores nos propone un camino. Un camino que encuentra un techo de cristal cuando queremos saltar a la ONU, OMC, OIT u OMS, que todavía no consiguen ser tan eficientes.

La otra idea tiene que ver con propuestas etnocéntricas. Es decir, si la globalización necesita de seguridad jurídica, de estabilidad, de control de los ciudadanos, el debate seguridad-libertad, hagamos que las instituciones que ya están en funcionamiento sirvan para este fin, y sobre todo los Parlamentos. Por eso en estas pequeñas asambleas herederas de las griegas y de las democracias liberales representativas del siglo XVIII sí están subiendo los grados políticos de todos los debates relativos al libre cambio, a la cesión o no de soberanía a organismos supranacionales, a la defensa de los derechos humanos, o lo que consideramos o no democracias o presos políticos. Para que vean que ningún debate de actualidad es menor.

Y, junto a esto, aparecen centenares de obras teledirigidas desde un determinado espectro ideológico que atacan este último postulado hablando de la crisis de la democracia representativa y proponiéndonos todo tipo de saltos al vacío, desde la democracia directa, la asociativa, la participativa, la democracia audiencia (por el poder de los debates televisivos y sus figuras de nuevos políticos) o incluso el neologismo de la stealth democracy, o democracia de los expertos, que contradice lo anterior, pero que en el fondo busca lo mismo, que los ciudadanos, en el fondo, sean los convidados de piedra a un reparto del poder que ignora la máxima de que la ley es lo único que nos hace a todos libres.
Y por eso en esa reordenación de valores que se están dando en los Parlamentos nacionales aparecen viejos conocidos como la verdad, la libertad o la justicia. Parece que cada generación esté condenada, cual modernos Sísifos, a luchar siempre por ellos, pero me parece que los dioses se inclinarán por la segunda opción, como ya lo hicieran en la primera protoglobalización del siglo XVIII en Inglaterra con su Compañía de Indias Orientales, como recordaba Edmund Burke. La democracia le corresponde sobre todo a los ciudadanos y lo que estén dispuestos a defender en cada pequeño pelotón humano en el que les toque servir, combinándolo con aquello que funciona de la gestión de los grandes intereses en buenas organizaciones internacionales que buscan la subsidiariedad de los Parlamentos nacionales para implementar sus políticas.