Suplemento Especial / Posverdad Tiempos de hoy

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Suplemento especial
1  de diciembre de 2017

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Suplemento Especial / C. M.

Posverdad y ‘fake news’ enturbian los mercados y enredan la política internacional

El río revuelto de la información

Las noticias falsas no son ninguna novedad. De hecho, son quizás tan antiguas como la propia comunicación humana. Sin embargo, las nuevas tecnologías, con su manto de anonimato y su alcance universal, han dado alas al engaño. Un engaño que ya tiene nombres –posverdad, fake news–, estrategias y ejércitos, los famosos bots, cyborgs y trolls. El resultado: más información, pero de menor calidad y de alcance masivo, un puente de plata para la manipulación –la de toda la vida– pero también para una mayor transparencia en la actividad de los poderes públicos y privados. Todo un caos que, sin duda, nos obligará, tarde o temprano, a elegir entre mayor libertad de expresión o mayor control de la información.


Julian Assange, fundador de WikiLeaks, recibió en su exilio en la embajada de Ecuador en Londres la visita de dos relevantes promotores del procés catalán.

¿Qué tienen en común la elección de Donald Trump como presidente norteamericano, el Brexit de Gran Bretaña y el frustrado proceso independentista catalán? Cualquiera que esté mínimamente informado y al tanto de las nuevas tecnologías responde sin duda: el manejo de las fake news y der la posverdad. Y Rusia, como real o pretendido origen de este perverso tsunami de desinformación política.

Un tsunami que, a pesar de su gravedad y seriedad, nos regala momentos insuperables de comicidad. Como el que protagonizó, muy a su pesar, la ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal hace unas semanas, cuando atendió la llamada de pretendidos y falsos miembros del Ministerio de Defensa letón. Según los expertos, la broma – porque de eso se trataba– tuvo éxito porque sus promotores le dieron a la ministra lo que más ansiaba: datos que corroboraban la supuesta injerencia de Rusia en el proceso independentista catalán. Carles Puigdemont se convertía así en un espía ruso –el apodo, Cipollino, no tiene desperdicio–; se cuantificaba la denunciada injerencia: el 50% de los turistas rusos que viajan a Cataluña son “del servicio especial de Rusia” –dijeron los bromistas–, y se ofrecía plena colaboración para desenmascarar a los manipuladores.

Aunque desde el Gobierno se ha intentado quitarle hierro al asunto, dejándolo como una simple anécdota intrascendente, el incidente ha tenido sus consecuencias y, apuntan los expertos, ofrece lecturas más que interesantes en torno a lo que ocurre en nuestro entorno digitalizado, compartido y anónimo.

Sobre las consecuencias, una primera, inmediata. La destitución, según adelantan algunos medios, de un asesor del Gabinete de la ministra, el que cometió el fallo de dar paso a la llamada trampa. La segunda derivada es más difusa, pero no menos contundente: la ridiculización en los medios internacionales de la denuncia realizada por el Gobierno español en torno a la posible intervención de Rusia y Venezuela a favor de los independentistas catalanes a través de las redes sociales.

Una denuncia que el Ejecutivo ha llevado hasta la propia Unión Europa, de la mano del ministro de Exteriores, Alfonso Dastis y para la que el presidente Mariano Rajoy, en una entrevista concedida al diario holandés Handelsblatt , aportaba cifras concretas. Según Rajoy, entre los perfiles falsos detectados en las cuentas de Twitter que discutían sobre Cataluña "más del 50% estaban registradas en Rusia y el 30% en Venezuela. Sólo el 3% eran reales", explicó. Unos datos, señalan los expertos, difíciles de demostrar, sobre todo en lo que se refiere a las supuestas conexiones con los gobiernos de Rusia y Venezuela.

Sin embargo, bastó la visita de dos relevantes promotores del procés catalán a Julian Assange, fundador de WikiLeaks y exiliado desde hace años en la embajada de Ecuador en Londres, en plena crisis catalana para que varios medios de comunicación –los más beligerantes– consideraran más que probada la conspiración, añadiendo de su propia cosecha aportaciones como la participación en ella de Yoko Ono –viuda de John Lennon–, pagos de cantidades astronómicas de dinero y facturas fantasma.

Una conspiración que, pese a su falta de confirmación, se ha convertido en tema central nada menos que de la próxima visita de urgencia de Rajoy a la primera ministra británica, Theresa May, protagonista, a su vez, de otro episodio de supuesta injerencia usa en las redes con el referéndum sobre el Brexit.

De hecho, la presencia de claros precedentes internacionales –nunca confirmados, pero siempre mencionados– fue lo que dio alas a las especulaciones en torno a posibles implicaciones internacionales en el éxito del independentismo en las redes.  El más claro, el del referéndum sobre el Brexit, otro proceso de ruptura en el seno de la Unión Europea con muchos puntos en común con la crisis catalana. Como, por ejemplo, el manejo de fuertes sentimientos patrióticos y emocionales, por encima de las razones lógicas u objetivas. Unos sentimientos que invadieron las redes, y permitieron la difusión de verdades a medias, cuando no de falsedades dadas como buenas por sus autores.


La ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, fue víctima de una broma cuando atendió la llamada de unos pretendidos y falsos miembros del Ministerio
de Defensa letón. / EUROPA PRESS


Pero, quizás, el auténtico origen de esta invasión de fake news –elegida, por cierto, como palabra del otoño por el Diccionario Oxford– se encuentre en la campaña presidencial norteamericana de 2016. Una campaña que, en opinión de muchos expertos, ganó el candidato con menos posibilidades de partida, Donald Trump, gracias a un manejo excepcional de las redes sociales. Un manejo que siguió tras la victoria, toda vez que, según datos de The Washington Post, la nueva administración Trump emitió casi 500 mentiras en sus 100 primeros días de gobierno. El resultado está claro: un año después de su elección, lo que entonces parecía inaudito y que caería por su propio peso –se habló de impeachment inmediato ante la sucesión de salidas de tono del presidente– se ha coinvertido en un hecho asumido y casi anecdótico.

Pero en lo que la mayoría de los expertos coinciden es que la mayoría de los procesos en los que intervienen fake news no proceden de conspiraciones internacionales, sino que son simples estrategias llevadas a cabo por empresas internacionales, contratadas ad hoc. Empresas que manejan con soltura los nuevos mantras de la comunicación de masas, como son los bots –robots usados en las redes para difundir mensajes de forma automática o incluso para mantener conversaciones simples (chats) con internautas–, los perfiles falsos y los cyborg, falsos perfiles semiautomatizados. Todo ello, al calor de las tropas de trolls. Éstos, definidos en un principio como “persona que publica mensajes provocadores, irrelevantes o fuera de tema en una comunidad en línea”, se han convertido en los últimos años en fiscalizadores, censores, intimidadores de las redes, pero, sobre todo, en los agentes que hacen posible la proliferación de fake news y manipulaciones de todo pelaje. Algunas tan exóticas como las que propugnan que la Tierra es plana –a estas alturas– y que ha cobrado un inesperado auge gracias a Internet, o las que niegan de plano el Holocausto judío en la Segunda Guerra Mundial. 

En este sentido, los expertos debaten en torno a si las fake news tienen un origen político –manipulación para ganar votos– o más bien económica.


Las redes sociales se han convertido en instrumentos para librar a través de Internet la guerra de la desinformación.


Así, para Alexios Mantzarlis, responsable de la Red Internacional de Verificación de Datos del Instituto Poynter, señalaba en el reciente encuentro internacional de periodismo de Perugia que las noticias falsas, “son creadas con un objetivo económico, no con intención política”. En muchas ocasiones, se trata de anuncios escondidos bajo titulares de clic fácil y, para añadir mayor confusión para el lector, noticias falsas se mezclan con noticias reales. De ahí el floreciente negocio de las granjas de trolls, donde el personal, a modo de call centers, son contratados para mantener calientes las redes en los temas que el cliente escoja.

Pero también hay una amplia vertiente política. De hecho, la victoria de Donald Trump en las presidenciales del año pasado, se debió, cuentan los expertos, en buena medida – y al margen de si es cierta o no la intervención de Rusia– a su excelente utilización de las redes sociales, tanto a la hora de identificar targets (objetivos) como a la hora de lanzar mensajes.

El mismo Trump que ahora, casualidad o no, preside el país que está en puertas de acabar con la neutralidad en la Red, a través del plan curiosamente denominado “Restauración del orden de la libertad en Internet”. Con esta iniciativa, se entrega el control de la Red a grandes proveedores como Comcast, AT&T y Verizon. Con la entrada en vigor de la medida, que ya se considera inevitable, estos proveedores

tendrán la libertad de dividir Internet en carriles lentos y rápidos, y cobrar a los clientes por la velocidad en función de los usos. Es decir, los norteamericanos –y las empresas también– deberán pagar para poder acceder a determinados contenidos, al margen de que ya dispongan de ADSL o fibra. Y como varios de estos proveedores también son propietarios de medios propios, podrán sin problemas priorizar sus propios contenidos, acabando de esta forma con la neutralidad en la Red.



El vicepresidente de la Comisión Europea pide herramientas para que los ciudadanos puedan identificar la información fiable y contrastada en la era digital.

Bruselas pone coto a las fake news

Digital y fácil de compartir. Estas son las dos premisas básicas de los contenidos fake que invaden las redes. Contenidos que, en muchas ocasiones, no son extensos –en muchos casos ni siquiera se cliquean para ver el contenido completo–, a veces ni siquiera leídos por los que comparten y nunca comprobados.

Dada la proliferación imparable de esta epidemia, la Comisión Europea ha decidido empezar a moverse, con dos iniciativas por ahora pequeñas pero significativas. Así, por un lado, ha puesto en marcha una consulta pública sobre las noticias falsas. Por el otro, ha creado un grupo de expertos ad hoc de alto nivel. Desde ambas iniciativas, se espera, llegarán propuestas para intentar poner coto al problema.

Un problema de tal envergadura que el vicepresidente primero de la Comisión Europea, Frans Timmermans, llegó a señalar que “vivimos en una época en la que el flujo de información y de desinformación ha adquirido una dimensión casi abrumadora. Por esta razón, debemos proporcionar a nuestros ciudadanos los instrumentos necesarios para detectar las noticias falsas, poder tener mayor confianza en los medios en línea y gestionar la información recibida”.

Por lo pronto, la consulta dirigida a ciudadanos, medios y expertos de la Unión estará orientada a recabar información acerca de las medidas que pueden atajar el problema. El plazo para esta iniciativa se extiende hasta el 23 de febrero de 2018, momento en el que se recibirán los distintos puntos de vista. Según ha informado Bruselas, se recogerán opiniones sobre “qué medidas podrían adoptarse a nivel de la UE para proporcionar a los ciudadanos instrumentos eficaces que les permitan identificar la información fiable y contrastada y adaptarse a los retos de la era digital”.

A partir de estas propuestas, el consejo de expertos –integrado por plataformas, medios y miembros expertos de la Universidad– elaborará una relación de actuaciones. Éstas podrían ir desde la contratación de editores que comprueben la veracidad de estas informaciones a la clasificación de noticias en Facebook en función de la veracidad.