Tribuna / Idoia Villanueva Tiempos de hoy

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Nº 1225. de diciembre de 2017

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Tribuna / Idoia Villanueva

Hacia un realineamiento global en clave democrático y progresista


Sin igualdad y derechos humanos y sin un reparto justo de los recursos y las riquezas
difícilmente podremos alcanzar un objetivo estratégico para nuestra civilización. Sin revertir los efectos del cambio climático, tampoco


Tras el colapso de la Unión Soviética, el mundo transitó de dos bloques antagónicos que pugnaban por convertirse en hegemónicos a escala global hacia un mundo multipolar cuyo centro se hallaba en Washington. Fue Bush padre, en un famoso discurso en el año 1991 tras el comienzo de la primera guerra de Irak, quién declaró la voluntad de constituir un nuevo orden mundial tras el fin de la Guerra Fría.

Mucho ha llovido desde entonces. Si la década de los 90 se caracterizó por una hegemonía incontestable del bloque que salió victorioso de la etapa 1946-1991, que se expandió hacia el Este y hacia el Sur imponiendo una misma matriz neoliberal (tratados de libre comercio, desmantelar aranceles, extorsión para obligar a abrir la prestación de servicios básicos a la concurrencia exterior…), a partir de los años 2000 fuimos testigos del declive de la dominación estadounidense. Las derrotas militares en Oriente Próximo por parte de Estados Unidos, provocando además un polvorín que se tardará mucho en reconducir, y un despegue económico de China sumado a la emergencia de nuevos polos de actividad comercial en Asia y Sudamérica, está desplazando el centro de gravedad del Atlántico hacia el Pacífico. Mientras, una Europa desnortada, asentada en una política exterior seguidista, tiene que definir su nueva ruta.

Este siglo, que comenzó con otra vuelta de poder de las organizaciones internacionales (OMC, BM, FMI) fruto de la voluntad expresada por las administraciones norteamericanas de consolidar ese nuevo orden mundial, está empezando a virar a causa de multitud de factores que operan a distintos niveles.  Una apertura de proceso de cambio de un mundo unipolar a uno multipolar, en el que también se abren  oportunidades para nuevas regiones.

Tres son los grandes retos que tenemos por delante: la lucha contra las desigualdades sociales y regionales, el cambio climático y la paz. Estos tres retos responden a tres enormes amenazas surgidas en el comienzo de este siglo, aunque parte de ellas son heredadas del siglo XX.

La primera amenaza viene por el flanco económico-social: la crisis financiera de 2008, que tornó en estructural del capitalismo contemporáneo, puso fin a los consensos neoliberales provocando un seísmo de magnitudes desconocidas en la mayoría de países occidentales. Desde entonces, nada ha vuelto a ser igual pese a que sigue existiendo una fuerte disputa por el modelo que se debe instaurar para salir de la crisis y que, de momento, estamos perdiendo a escala global en favor de los grandes poderes empresariales y financieros. De esa crisis hemos salido con una concentración mayor de riquezas en unas pocas manos (los datos son abrumadores en este sentido, los multimillonarios se multiplican al tiempo que muchísimos sectores de la sociedad se empobrecen), un intento más intensificado de desposeernos de los bienes públicos para la apertura de nuevos mercados donde perpetuar la rueda de la acumulación –desde el agua y los bienes básicos hasta la sanidad o la educación públicas– y una ofensiva más agresiva contra toda organización del mundo del trabajo. El CETA, el TTIP y otro tipo de tratados trabajan en esta dirección.

La segunda amenaza es consecuencia de una ausencia de compromiso firme y fiable para luchar por reducir la contaminación. Los numerosos tratados y protocolos firmados por la mayoría de países no consiguen cumplirse y las presiones de las grandes multinacionales para obstaculizar y bloquear la emergencia de la producción de nuevo tipo de energías impiden que pueda desarrollarse una estrategia conjunta y coordinada para atajar de raíz el cambio climático.

Por último, la desestabilización de Oriente Próximo provocada por la superpotencia americana en el amanecer de este siglo ha enardecido y puesto al descubierto una multitud de conflictos latentes en una zona geográfica de una enorme importancia geopolítica. Tanto la disputa por las vías de transporte de las energías clave –gas, petróleo– como de mercancías –Oriente Próximo es el puente entre Asia y Europa– como la propia extracción de riquezas de esos países, sumado al sentimiento de frustración y agravio de las poblaciones musulmanas tras un siglo de humillaciones, ha provocado el estallido de conflictos bélicos de gran intensidad. Hoy en día, asistimos a una guerra fría entre Irán y Arabia Saudí por el dominio de la zona con todo lo que ello comporta. A esta ya complicada situación, se le suma la nuclearización de muchísimos países. Nadie sabe cómo puede terminar el conflicto entre Corea del Norte y EE UU.

Estamos, de esta manera, navegando en un periodo de gran desorden global. Las posiciones de poder en el mundo se están reajustando. Estamos basculando de un dominio incontestable de EE UU hacia un reparto de poder que puede trastocar el conjunto de relaciones globales. El bloque liderado por China y del que podrían formar parte Rusia, Irán, India y algunos países de Sudamérica (Brasil antes de Temer, Venezuela, Ecuador) está descentralizando el poder occidental con sede en Bruselas y Washington.

En cierto sentido, los efectos que está provocando ese liderazgo emergente son positivos para el reto de la democratización de las relaciones internacionales. El multilateralismo democrático es un reto a defender y el reparto de poder entre varios países tributa favorablemente a ello. Sin embargo, seguimos huérfanos de un horizonte claro de superación y no acabamos de definir los nuevos andamiajes capaces de construir un nuevo edificio que plante cara a los tres retos descritos.

Vamos a tener que dotarnos de instrumentos fiscales a nivel internacional para poder combatir con eficacia a los paraísos fiscales y a la competencia salvaje que provoca deslocalizaciones y presiones a la baja de los salarios en todo el globo. De la misma manera, necesitaremos liderar una agenda global de instrumentos redistributivos que corrijan las desigualdades entre regiones y entre ciudadanos.

Pese a que China esté construyendo una nueva ruta de la seda y que haya creado un nuevo bando de inversión (AIIB) no podemos supeditar una agenda propia de cambio global a los intereses geopolíticos de otra potencia, que por mucho que tenga efectos positivos a escala global nos deje en una posición subordinada. En este sentido, trabajar por nuevos instrumentos globales de cooperación, fiscalidad y redistribución será clave. De la misma manera que será clave que eso no entre en conflicto con la capacidad de los países –de su soberanía– para plantar cara a unos poderes globales –financieros, empresariales– que sí están articulados a escala global.

Por otro lado, la lucha contra el cambio climático exige de respuestas contundentes y comprometidas a escala global. Es una lucha que tiene, además, su principal foco en los países del sur: son estos países los que más están sufriendo las sequías y la contaminación y destrucción de sus entornos naturales, imprescindibles para su supervivencia. El cambio climático ya está estrechamente ligado a las migraciones de nuestro siglo, del mismo modo que lo están las guerras. Sin embargo, puede acentuarse y agravarse todavía mucho más en los años por venir.

Por último, la paz. La paz exige como condición de posibilidad que los dos primeros retos sean resueltos. Sin igualdad y derechos humanos y sin un reparto justo de los recursos y las riquezas difícilmente podremos alcanzar un objetivo estratégico para nuestra civilización. Sin revertir los efectos del cambio climático, tampoco. Las guerras por el agua ya son una realidad y pueden convertirse en norma en poco tiempo. La responsabilidad de nuestro siglo es poder ser capaces de poner en orden en el actual alineamiento en descomposición. Orden, justicia y multilateralismo democrático.

 

Senadora de Podemos por Navarra. Portavoz de Exteriores en el Senado

 

 

 

 

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