Los Dossieres 1229 Tiempos de hoy

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 Nº 1229. 12  de enero de 2018

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Los Dossieres / Pedro Antonio Navarro

Los Juegos de Invierno abren una oportunidad para la distensión

Deshielo olímpico en Corea

Pese a las extremas sanciones internacionales, todo indica que Corea del Norte ya se ha convertido en una nueva potencia nuclear. Las pruebas balísticas realizadas por Pyongyang a lo largo de los dos últimos años han exacerbado las reacciones de Washington y, desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, la tensión ha alcanzado picos insostenibles. La apertura de una línea de diálogo, con la excusa de los Juegos Olímpicos invernales, es contemplada como una ocasión de oro para devolver las aguas a su cauce.


La famosa ‘tregua olímpica’ puede haber influido en un gesto de distensión de Kim Jong-un hacia sus vecinos del Sur.

Pyongyang aseguraba a comienzos de esta semana que enviará una delegación de representantes de su Gobierno a los Juegos Olímpicos de Invierno que se celebran en febrero en el condado surcoreano de PyeongChang. El anuncio se efectuaba durante las conversaciones al más alto nivel que han estado manteniendo negociadores de las dos Coreas en la localidad de Panmunjom, en la zona desmilitarizada ubicada en la frontera común. Es el primer encuentro de estas características en los últimos dos años.

Con la ‘excusa’ de una posible participación del Norte en los próximos Juegos Olímpicos de Invierno, las conversaciones, en realidad, constituyen una oportunidad única para abordar una necesaria distensión en un área geopolítica altamente sobrecalentada en los últimos tiempos. De este modo, otros importantes asuntos –además de los meramente deportivos– se han puesto sobre la mesa.

Seúl ha proponía realizar a mediados de febrero, coincidiendo con las festividades del año nuevo lunar, una reunión de familias coreanas separadas desde la guerra que enfrentó a ambos países entre 1950 y 1953. Algo que, en principio, no ha sido rechazado por la otra parte, y que podría suponer un gran avance para frenar la tensión existente.

En el ámbito más ‘oficial’, Pyongyang informaba de su intención de enviar a las Olimpiadas de Invierno a grupos de animadores y espectadores, y un equipo de taekwondo que realizaría exhibiciones durante el evento. Los patinadores artísticos Ryom Tae-ok y Kim Ju-ik son los dos únicos deportistas norcoreanos clasificados para los Juegos de PyeongChang, aunque el Comité Olímpico Internacional (COI) se muestra favorable a que otros deportistas norcoreanos puedan acudir con una invitación.

Seúl, que también ha propuesto que las delegaciones de ambos países desfilen juntas durante la ceremonia inaugural, ofrecía, en coordinación con Naciones Unidas, suspender de forma temporal las sanciones a su vecino.


El presidente surcoreano, Moon Jae-in, aseguraba que la oferta constituía una “oportunidad sin precedentes” para mejorar las relaciones entre los dos países.


El giro en los acontecimientos arrancaba con un sorpresivo mensaje de Año Nuevo del presidente norcoreano, Kim Jong-un, en el que se mostraba abierto a la posibilidad de que una delegación de su país participase en los Juegos Olímpicos de Invierno de Pyeongchang. Este anuncio encontraba la receptividad del presidente surcoreano, Moon Jae-in, quien aseguraba que la oferta constituía una “oportunidad sin precedentes” para mejorar las relaciones entre los dos países.

Desde ese momento, los dos estados reactivaban la línea directa telefónica mediante la que se han comunicado en las últimas décadas y que es gestionada por la Cruz Roja.

Corea del Sur proponía entonces un encuentro bilateral que era automáticamente aceptado por su vecino del norte.
Igualmente importante era el anuncio efectuado por Seúl y Washington de la suspensión de las maniobras militares que tenían previstas para las próximas semanas hasta después de los Juegos.

Las competiciones de Pyeongchang 2018 se desarrollarán del 9 al 25 del próximo mes de febrero. Históricamente, Corea del Norte ha enviado delegaciones a los Juegos Olímpicos y en todas sus participaciones en los juegos de verano ha obtenido medallas.

Pero las tensiones geopolíticas han impedido la participación de sus atletas en diversas ocasiones. Así, Pyongyang boicoteó los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, pese a que en un inicio se ofreció a ser sede de algunas pruebas de tiro con arco, tenis de mesa, voleibol, ciclismo y fútbol, lo que fue rechazado por el COI.

Un cambio sustancial se producía en Sídney 2000, donde desfilaron juntas las delegaciones de Corea del Sur y Corea del Norte, en un momento de distensión. Algo que se repitió en Atenas 2004 y en los Juegos de Invierno de Turín 2006.
Ahora, las posiciones se encontraban en uno de sus momentos más distantes. Las últimas conversaciones de alto nivel entre los dos países tuvieron lugar en diciembre de 2015 y se celebraron en la zona industrial conjunta de Kaesong, y finalizaron sin ningún acuerdo y sin que la agenda se hiciera pública.

En julio de 2017, Corea del Sur propuso otras dos reuniones bilaterales, una que se centraría en las conversaciones militares y otra en un proyecto para reunir a las familias separadas por la guerra entre las dos naciones. Pero nunca tuvo lugar.

En esta ocasión, ha sido el Norte el que ha propuesto el acercamiento, lo que, en cierto modo,  lo hace diferente, tras sostener de forma oficial estar “abierto al diálogo” con su vecino. Esta repentina disposición de Kim Jong-un a entablar conversaciones al más alto nivel puede significar un paso para evitar una guerra potencial, y paralelamente, un movimiento estratégico para abrir una grieta en la ya conflictiva relación entre Corea del Sur y Estados Unidos, máxime, tras el triunfo electoral en el sur del progresista Moon Jae-in, claramente incómodo con la estrategia belicosa impulsad por la Administración Trump.

Un eventual diálogo, a espaldas de Washington, remarcaría las diferencias entre la Casa Blanca y Seúl sobre la posible solución a la crisis con Pyongyang, dividida entre las políticas de mano dura de Trump y los constantes apelaciones al diálogo de Moon. Unas conversaciones directas entre los dos países no solo dejaría fuera a Estados Unidos, sino también a las otras potencias interesadas o afectadas por la crisis en la península coreana, como China, Japón y Rusia.


Los Juegos de Pyeongchang 2018 se han convertido en una inesperada ocasión para el acercamiento entre las dos Coreas.

 

La disuasión nuclear

A lo largo del recientemente terminado 2017, Corea del Norte efectuaba nada menos que  20 ensayos balísticos. Su programa nuclear no es ninguna novedad, pero los últimos avances han demostrado la inutilidad de las sanciones para frenar los avances de Pyongyang en esta materia y parecen haber empujado al país a potenciar aún más la política de la Destrucción Mutua Asegurada que durante la Guerra Fría generó un ‘equilibrio’ que evitó un conflicto nuclear.

Los orígenes del programa atómico norcoreano se remontan a mediados de los 50 del siglo pasado, cuando los soviéticos que apadrinaban a Kim Il-sung –abuelo del actual presidente– y sus científicos norcoreanos comenzaron a experimentar con física nuclear básica.

Las primeras prospecciones en minas de uranio, localizadas en Corea del Norte, les permitieron abastecerse del material clave, pero aún necesitaban el conocimiento y la técnica. Para suplir su primera carencia, comenzaron a enviar a la Unión Soviética y a China a científicos que se especializaban y que formaban a su regreso a otros. La tecnología llegaría más tarde, gracias a la inesperada colaboración de la ‘red’ de Abdul Qadir Khan, padre de la bomba atómica paquistaní, el científico que desarrolló un mercado negro nuclear internacional en el que vendía y compraba material de doble uso, planos, prototipos y todo lo necesario para dotar a Estados pequeños de un arsenal nuclear: así aprendieron a enriquecer uranio.


En su discurso de Año Nuevo, Kim Jong-un lanzaba una amenaza a Washington: “Todo Estados Unidos está al alcance de nuestras armas nucleares y tengo un botón nuclear en mi escritorio. Es una realidad, no una amenaza”

En ese periodo, China permitía la exportación de material de doble uso, pero Pyongyang también usaba otros países para importar material, desde Malasia a Emiratos Árabes pasando por Chipre, Taiwán, Filipinas o Tailandia, hasta que la red Khan fue desmantelada y las sanciones restringieron drásticamente su círculo.

Pero lo cierto es que Corea del Norte ha logrado gracias a sus científicos una posición de fuerza sin parangón en los 70 años de historia del país. En su discurso de Año Nuevo, Kim Jong-un lanzaba una amenaza a Washington: “Todo Estados Unidos está al alcance de nuestras armas nucleares y tengo un botón nuclear en mi escritorio. Es una realidad, no una amenaza”. Eso sí, aseguraba que, ahora que ha desarrollado la capacidad de atacar todo Estados Unidos, Corea del Norte no iniciará una guerra, aunque advertía de que su país se concentrará en producir cabezas nucleares y misiles en masa este nuevo año, dejando siempre claro que las armas “sólo serán usadas si la seguridad de Corea del Norte está en riesgo”.

En sus esfuerzos por convertirse en una potencia armamentística, en 2017, Pyongyang hizo once pruebas de misiles balísticos y una prueba nuclear. A cada una de estas pruebas, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha respondido con declaraciones amenazadoras.

La comunidad internacional está sorprendida del ritmo al que avanza el programa nuclear norcoreano, pese a las duras sanciones internacionales. Un programa que justifica argumentando que su objetivo es evitar una supuesta intervención militar estadounidense y generar una situación de ‘equilibrio’ bélico’ que le permita negociar con Washington en igualdad de condiciones.

En su rápido avance tecnológico en materia atómica, han mejorado su capacidad de reacción a través del desarrollo de misiles de combustible sólido. En 2017, realizó varias pruebas de este tipo de armamento que resultaron exitosas. La tecnología del combustible sólido implica que Corea del Norte puede lanzar misiles más rápido. A diferencia del líquido, los misiles de combustible sólido no tienen que ser cargados justo antes de ser lanzados. Pueden ser escondidos ya listos para el ataque y, por tanto, son más difíciles de detectar por el enemigo.

Pyongyang ya puso a prueba estos sistemas en 2016, y lo volvió a hacer hace casi un año, el pasado mes de febrero y, de nuevo, en mayo, con un nuevo cohete de estas características: el ‘Pukguksong-2’ o ‘KN-15’, de medio alcance. El presidente norcoreano ha ordenado la producción en masa de estos sistemas.


La respuesta del presidente Trump ha supuesto una escalda en la tensión en la zona.

La bomba de hidrógeno
El pasado 3 de septiembre tenía lugar un nuevo hito en esta carrera armamentista: Pyongyang llevaba a cabo su sexto ensayo nuclear, en esta ocasión, con una bomba de hidrógeno capaz de ser montada en un misil intercontinental. “Corea del Norte ha entrado en la fase final para completar su fuerza nuclear”, aseguraba días después de ese ensayo el ministro de Exteriores norcoreano, Ri Yong Ho, ante la Asamblea General de Naciones Unidas.

Los analistas internacionales consideran que la prueba ha sido la más poderosa llevada a cabo por Corea del Norte desde que inició estos ejercicios nucleares en 2006. Desde Corea del Sur situaron la potencia del ensayo en 50 kilotones, Japón lo elevó hasta los 160 kilotones y los investigadores de la página especializada ‘38 North’vinculada a la Universidad Johns Hopkins estadounidense, llegaron a asegurar que podría ser de hasta 250 kilotones. Esto implicaría que el artefacto podría ser hasta 16 veces más potente que la bomba que Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima en 1945.

Paralelamente, a lo largo de 2017, Corea del Norte ha realizado varios ensayos y lanzamientos de misiles balísticos intercontinentales ICBM (por sus siglas en inglés), que permiten cada vez alcanzar mayores distancias. Pyongyang realizó ese año tres pruebas de un ICBM y, tras la última, el pasado 28 de noviembre, aseguró que su objetivo –Estados Unidos- ya está a su alcance.

El Hwasong-15 (o Marte-15, en el idioma local) es un misil balístico intercontinental que puede portar una ojiva muy grande y pesada que es capaz de alcanzar todo el territorio continental de Estados Unidos.

Los ICBM incorporan, además, otro avance del programa armamentístico norcoreano en los motores que están utilizando. Según un gran número de especialistas internacionales en la materia, incorporan elementos tecnología extranjera, probablemente un diseño soviético importado de Ucrania o Rusia, aunque estos mismos expertos consideran que Pyongang ha adquirido varios modelos del denominado ‘RD-250’ a través de canales ilícitos, posiblemente en los años 90, sin que las autoridades de Rusia o Ucrania estuvieran implicadas, ya que, en su momento, forzaron a Cora del Norte a suscribir el Tratado de No-Proliferación de Armas Nucleares, cuyo principal impulsor fue Moscú.

Además, en los últimos meses, Pyongyang ha dejado caer que podría realizar su primer ensayo nuclear no subterráneo en algún punto del Pacífico. Algo que tendría graves consecuencias en la ya extrema tensión actual en la zona.

Pero, aunque resulta una estrategia arriesgada, esa podría ser la prueba definitiva para que Corea del Norte se declarara oficialmente potencia nuclear y pudiera así garantizar un diálogo con Washington en igualdad de condiciones.

Así se hace una potencia atómica

9 de octubre de 2006
Después de años de negociaciones con potencias extranjeras y de cambios de postura, en octubre de 2006 Pyongyang anunció que había realizado su primera explosión nuclear. Como todas las otras pruebas que le seguirían, fue subterránea, en túneles excavados dentro de una remota región montañosa llamada Punggye-ri, en el noreste del país. Se cree que el dispositivo estuvo cargado con plutonio, extraído de la instalación nuclear del Norte, en Yongbyon. Los observadores internacionales estimaron que la detonación produjo una descarga de energía de más o menos un kilotón, una décima parte de la potencia de la bomba que fue lanzada contra Hiroshima en 1945.

25 de mayo de 2009
La segunda prueba fue más grande, con un desplazamiento de energía estimado de entre dos y ocho kilotones. Sucedió inmediatamente después de que el lanzamiento de un cohete para colocar un satélite en el espacio fuera condenado internacionalmente, tras las sospechas de que se trataba de una prueba de misil encubierta.

12 de febrero de 2013
En la madrugada del 12 de febrero de 2013, nuevamente se detectó una inusual actividad sísmica alrededor de Punggye-ri. Pyongyang declaró que había probado un “dispositivo nuclear miniaturizado y más ligero con más fuerza explosiva que antes”. Su tercera prueba en siete años. La referencia a la miniaturización aumentó la preocupación de que Corea del Norte estaba más cerca de producir un dispositivo lo suficientemente pequeño para caber dentro de un misil balístico de largo alcance.

6 de enero de 2016
La indicación de que Pyongyang había realizado su primera prueba termonuclear fue un informe de un temblor artificial en Corea del Norte, cerca de Punggye-ri, que registró una magnitud de 5,1. Poco después, el Gobierno anunciaba que había realizado una prueba exitosa con una bomba de hidrógeno.

Las bombas H, conocidas también como ojivas termonucleares, son masivas y mucho más potentes que las bombas atómicas. Utilizan la fusión -la fundición de átomos- en lugar de la fisión para despedir una enorme cantidad de energía. Una vez más, Corea del Norte insistió en que el dispositivo había sido miniaturizado.

Como consecuencia, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas adoptaba una nueva resolución, la 2.270, ampliando las restricciones al comercio, a las transacciones financieras y al transporte aéreo y marítimo. Unos meses después, el 9 de marzo, Kim Jong-un anunció que los científicos norcoreanos habían logrado producir un dispositivo nuclear lo suficientemente pequeño para caber en una ojiva.

9 de septiembre de 2016
Corea del Norte anunció su quinta prueba nuclear. El ejército de Corea del Sur calculó que fue de unos 10 kilotones pero otros expertos señalaron que las indicaciones preliminares sugerían 20 kilotones o más.

3 de septiembre de 2017
Corea del Norte afirmaba que había realizado pruebas con éxito de una bomba nuclear miniaturizada que puede ser instalada en un misil de largo alcance. Las lecturas sísmicas de 6,3 indicaron que la prueba fue más grande que cualquier otra realizada anteriormente. Estimaciones preliminares establecieron que las lecturas fueron de unos 100 a 150 kilotones, potencialmente 10 veces mayores a la última vez.

Como consecuencia, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, publicó en su cuenta de Twitter que estaría considerando romper todas las relaciones comerciales con los países que comercian con Corea del Norte, algo difícil de llevar a la práctica, ya que
La medida incluiría a China, que es el principal aliado de Pyongyang y proveedor del 90 por ciento de su comercio y, a la vez, el mayor socio comercial de Washington.

“Todo Estados Unidos está al alcance de nuestras armas atómicas y hay un botón nuclear siempre en mi escritorio”, afirmaba ufano el presidente norcoreano, Kim Jong-un. Donald Trump no tardaba en dar la respuesta igualmente ‘diplomática’: “Kim Jong-un ha dicho que el botón nuclear está en su escritorio todo el tiempo. ¿Podría alguien de su hambriento y mermado régimen decirle que yo también tengo un botón, pero que el mío es mucho más grande y más poderoso que el suyo y que funciona?”.

Después de este ‘intercambio de saludos’, altos funcionarios estadounidenses se apresuraban en tratar de bajar la presión de la olla exprés. La embajadora de Estados Unidos en la ONU y el director de la CIA se veían obligados a pronunciarse, argumentando que el objetivo ulterior del presidente estadounidense es evitar la guerra.
“Creo que Trump siempre tiene que mantener a Kim con los pies en la tierra. Es muy importante que nunca dejemos que se vuelva tan arrogante que no se dé cuenta de la realidad de lo que sucedería si comenzara una guerra nuclear”, aseveraba la diplomática Nikki Haley.  “Queremos recordarles siempre que también podemos destruirlos”, agregó.

Por su parte, el director de la CIA, Mike Pompeo, enfatizó que Washington aboga por una solución diplomática al problema.

7 ene 2018
Poco después era el propio inquilino de la Casa Blanca quien trataba de bajar el listón. A comienzos de esta semana expresaba su esperanza de que la próxima reunión de alto nivel entre Corea del Norte y del Sur arroje resultados positivos, y afirmó estar dispuesto a mantener una conversación telefónica con el presidente norcoreano a la conclusión delas conversaciones entre el Norte y el Sur. Eso sí, afirmó que efectuaría
la llamada si se cumplen previamente una serie de condiciones, sobre las cuales no entró en detalle. No obstante, Trump sugirió que el acercamiento entre Seúl y Pionyang podría conducir a una disminución de las tensiones.

 

Durísimas sanciones internacionales

En los últimos tiempos, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha impuesto severas sanciones a Corea del Norte, que incluyen medidas para reducir drásticamente las importaciones de gasolina y otros derivados del petróleo al país asiático en un 90 por ciento.Washington, por su parte también mantiene sanciones a Pyongyang desde el año 2008, al congelar los bienes de personas y compañías vinculadas con el programa nuclear norcoreano y al prohibir las exportaciones de bienes y servicios al país.

Muchos expertos han considerado que las medidas podrían provocar una hambruna o una crisis humanitaria en Corea del Norte.

A finales de diciembre pasado, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas votó imponer sanciones más severas a Corea del Norte en respuesta a sus recientes pruebas con misiles balísticos. China, el aliado comercial más importante de Pyongyang, votó a favor de las medidas. Rusia, otro aliado, también apoyó las sanciones.

El país ya está sujeto a una serie de sanciones de Estados Unidos, la Unión Europea y la ONU, pero las últimas agravan mucho la situación interior, e implica directamente que:

—El suministro de productos derivados del petróleo tendrá un tope de 500.000 barriles al año y el petróleo crudo de 4 millones de barriles anuales.

—Todos los ciudadanos norcoreanos que trabajan en el extranjero serán repatriados a su país de origen, lo que restringe una fuente fundamental de divisas extranjeras.

—También habrá una prohibición sobre exportaciones de bienes norcoreanos, como maquinaria y equipos eléctricos.

El gobierno de Corea del Norte describía las últimas sanciones de Naciones Unidas contra el país como “un acto de guerra”. Un comunicado del ministerio de Asuntos Exteriores norcoreano aseguraba que las medidas equivalían a un bloqueo económico total, y describe las sanciones de la ONU como “una violenta violación de la soberanía de nuestra república y un acto de guerra que destruye la paz y la estabilidad de la península coreana y de toda la región. Estados Unidos, completamente aterrado de nuestros logros en la gran causa histórica de completar la fuerza nuclear del Estado, se está volviendo cada vez más frenético en sus intentos por imponer las sanciones más duras de la historia y presionar a nuestro país. Vamos a seguir consolidando nuestro disuasivo nuclear de autodefensa que tiene como objetivo fundamental erradicar la amenaza nuclear estadounidense, el chantaje y las medidas hostiles al permitir alcanzar un balance efectivo de fuerzas con Estados Unidos”

Ya en noviembre pasado, Washington ya había anunciado nuevas sanciones unilaterales contra Corea del Norte, supuestamente diseñadas para afectar el financiamiento de sus misiles balísticos y programa nuclear. Esas medidas tuvieron como blanco a la marina mercante de Corea del Norte y a las compañías chinas que comercian con Pyongyang.

Mientras que la ONU también había impuesto nuevas sanciones en respuesta a las pruebas nucleares norcoreanas del pasado 3 de septiembre, restringiendo también las importaciones petroleras y prohibiendo las exportaciones de textiles.
Tanto Estados Unidos como la ONU llevan más de una década imponiendo sanciones a Corea del Norte sin con ello haber logrado afectar sus aspiraciones nucleares. De hecho, Corea del Norte ha dicho que las nuevas sanciones únicamente logran acelerar su programa nuclear.

Hace más de un año,el 30 de noviembre de 2016, Naciones Unidas restringió el comercio de carbón con China, cortando las exportaciones en casi un 60 por ciento, además de prohibir las exportaciones de cobre, níquel, plata y zinc, así como la venta de estatuas. Se estima que esas medidas le costaron a Pyongyang aproximadamente el equivalente a una tercera parte de su economía.


El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas votó imponer sanciones más severas a Corea del Norte en respuesta a sus recientes pruebas con misiles balísticos.

 

Un líder no tan loco

Los años en el poder de Kim Jong-un han consolidado a su país como una potencia nuclear, pese al aislamiento y las sanciones, con la intención de evitar una intervención directa de Washington y crear las condiciones para establecer un diálogo ‘en pie de igualdad’ que permita paulatinamente el levantamiento de las durísimas sanciones económicas y la supervivencia del sistema norcoreano.

Con la gestión del actual gobierno se ha conseguido paralelamente un incipiente crecimiento de la economía que ha redundado en la vida de los ciudadanos, al tiempo que se han recompuesto las estructuras de poder, alejándose de los giros introducidos por su padre y predecesor, Kim Jong-il, y volviendo la vista hacia la gestión desarrollada por su abuelo y fundador de la actual Corea del Norte, Kim Il-sung –un personaje todavía respetado y recordado por la población–.

El joven mandatario (35 años) ha recuperado al Partido de los Trabajadores, convocando en 2016 su VII Congreso –no se celebraba ninguno desde 1980–, volviendo a introducirlo como una estructura de poder más plural y diversificada, con la habilidad de haber colocado en los puestos clave a los más próximos y leales, comprometidos con el nuevo diseño.

Con esta y otras maniobras ha vuelto a colocar al partido en el primer plano, dejando en segunda línea al Ejército y a muchos de los dirigentes de la ‘vieja guardia’. En los últimos tres años, Kim Jong-un ha consolidado una nueva organización, y ha reactivado a un órgano político que había perdido todo el peso durante el mandato de su padre.

Pese a las duras sanciones y embargos, sus expertos en economía han perfeccionado un sistema de producción autárquico a la fuerza, y el abastecimiento de los bienes básicos ha quedado garantizado para una población que, tras haber conocido los años dorados del crecimiento económico –tras la desastrosa y destructiva guerra civil- nacidos de la colaboración con la entonces poderosa URSS-, había pasado también por una situación crítica, en la que se llegó a a hablar en la mayoría de los medios internacionales de una ‘devastadora hambruna’.

Con Kim Il-sung, el crecimiento económico del país, entre 1953 y 1956, llegó al 41 por ciento anual, manteniéndose en impactante 25 por ciento durante una década más, mientras que el vecino del sur se sumía en una grave crisis económica. Cuando Pyongyang se alejó de la esfera soviética, su economía se ralentizó a crecimientos del 5 por ciento anuales.

En la década de los 80 llegaba el despegue industrial de Seúl –con el apoyo incondicional de Washington–, y el ‘rico’ pasaba a ser el Sur. Ya, a partir de los años 90, las duras sanciones internacionales prácticamente destruían la economía del país. Hasta la llegada de Kim Jong-un, que en su primer discurso prometió a la población que no volverían a pasar situaciones de extrema necesidad. Algo que parece estar cumpliendo.


Con la gestión del actual gobierno se ha conseguido paralelamente un incipiente crecimiento de la economía que ha redundado en la vida de los ciudadanos.

                              

Divididos por la Guerra Fría

Tras el fin de la II Guerra Mundial, Corea pasó a ser administrada por los aliados. Decidían una división del país alrededor del paralelo 38 norte: de un lado, en la frontera con China, quedaría una mitad controlada por los rusos; en el sur, del otro lado, quedaría otra mitad controlada por los americanos. La ‘entente’ duraba poco.  El Ejército soviético llegó a Pyongyang y los militares americanos desembarcaron en Incheon. En 1948, Rusia salió de Corea del Norte tras el establecimiento de un Gobierno comunista liderado por un excombatiente contra los japoneses en Manchuria, Kim il Sung, que en septiembre proclamaba la República Popular de Corea. En un principio se llevó a cabo una reforma agraria que repartió las tierras entre los campesinos pobres y se nacionalizaron industrias en sectores estratégicos.

Paralelamente, en el Sur gobernaba Syngman Rhee, aliado de Estados Unidos, un presidente ‘interpuesto’, nacionalista, ultraconservador y anticomunista.

Aunque los dos lados llevan décadas culpándose mutuamente del estallido de la guerra, oficialmente fueron las tropas del Norte las que cruzaban el Paralelo 38, en 1950, dando lugar a una cruenta lucha.

Las fuerzas del Norte tomaban en menos de cuatro meses Seúl, la capital, y habían arrinconado a lo que quedaba del ejército surcoreano en el sur de la península, y que solo contaba ya con 20.000 efectivos.

Estados Unidos acudió a la ONU. Su Secretario de Estado, Dean Acheson –bajo la presidencia de Truman–, solicitó al Consejo de Seguridad una intervención inmediata, aprovechando la coyuntural ausencia del embajador soviético y la tensión existente entonces entre Moscú y Beijing. El Consejo de Seguridad aprobaba la intervención militar, aunque la inmensa mayoría de las tropas que acudieron en auxilio de Seúl eran estadounidenses.

La entrada de los norteamericanos dio un giro radical a la situación. Estados Unidos lanzó 635.000 toneladas de explosivos sobre Corea, sin contar 32.557 toneladas de napalm, una cantidad superior a todas las bombas que cayeron sobre el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial.

Los frentes en la guerra de Corea cambiaron constantemente: primero los norcoreanos conquistaron toda la península; luego fueron empujados hasta la frontera con China por los americanos y sus aliados; finalmente, intervino el ejército chino para reestablecer la frontera en el paralelo 38.

Las consecuencias humanitarias del conflicto –que duró tres años y acabó en el 27 de julio de 1953– fueron terribles, con más de tres millones de víctimas, la mayoría en el Norte, lo que pudo suponer entre el 12 y el 15 por ciento de la población de ese territorio, además de una devastación total de la agricultura y la industria –el Departamento de Defensa estadounidense confesaba su intención de devastar el país para que no se pudiera reconstruir “ni en cien años”–.
Finalmente se firmaba un armisticio que volvió a fijar la frontera en torno al paralelo 38.

Cuando se firmó el armisticio se acordó crear una zona desmilitarizada entre las dos Coreas, pero, paradójicamente, más de un millón de minas se encuentran diseminadas actualmente en esa estrecha franja.

En la posguerra, Corea del Norte contó con la ayuda económica de la URSS y durante años fue más poderosa que su vecino del sur. Más tarde, China tomaba el relevo en el respaldo, pero esas ayudas irían disminuyendo con el tiempo.
Por su parte, Corea del Sur ha contado desde entonces con todo el sustento de Washington, tanto económico, como militar –el país acoge un importante número de bases estadounidenses y cerca de 30.000 soldados permanentemente instalados en la península- y se ha convertido en una potencia económica emergente, aunque con constantes escándalos por corrupción en las altas instancias gubernamentales.

En los años que han pasado desde el fin de la Guerra de Corea, la enemistad de Corea del Norte con Estados Unidos no ha decrecido. Durante la Guerra de Vietnam, Estados Unidos ya había colocado cerca de 950 cabezas nucleares para amenazar Pyongyang, aunque en 1991, Washington retiraba ‘formalmente’ este arsenal del territorio coreano.

Durante años, Corea del Norte pidió apoyo a Rusia y a China para comenzar un programa de armas nucleares. Tanto soviéticos como chinos se negaron rotundamente. Sin embargo, la URSS decidió ayudar a su aliado a desarrollar un programa lateral de energía nuclear y a entrenar a físicos nucleares.

En 1985, Corea del Norte había firmado un tratado en el que se comprometía a renunciar a la fuerza nuclear y en 1992 ambas Coreas firmaron un documento similar.

Se vivió una época de relativa tranquilidad entre 1994 y el 2002 con una dinámica diplomática mediante la que Pyongyang prometía congelar toda investigación de plutonio enriquecido y Estados Unidos relajaba los embargos económicos. Sin embargo, en la era Bush volvieron a subir las tensiones. En 2002, el presidente americano consideró a Corea del Norte dentro de lo que llamó “El Eje del Mal”.

Estas complejas relaciones diplomáticas continuaron hasta la muerte de Kim Jong-Il -hijo y sucesor de Kim Il-Sung-, en diciembre de 2011. Su hijo, Kim Jong-Un -nieto del primer líder-, con apenas, 27 años tomó el poder. Inmediatamente, todo pareció regresar a una cierta calma: permitió la entrada de inspectores internacionales, prometió acabar con las investigaciones de misiles balísticos y armas nucleares y el gobierno de Barack Obama envió a la República Popular de Corea toneladas de alimento.

Pero eso ha cambiado con la llegada de Trump. Ahora, Corea del Norte ha llevado a cabo  el doble de pruebas militares que en los últimos diez años.


Con el armisticio de 1953 se volvió a fijar la frontera en torno al paralelo 38, creando allí una zona desmilitarizada entre las dos Coreas.