Tribuna / José Luis Centella Tiempos de hoy

-

 
   

 Nº 1229. 12  de enero de 2018

- - --





Tribuna / José Luis Centella

Diez años de crisis para cambiar el mundo


Algunos convirtieron la crisis en una magnífica oportunidad para imponer cambios con los que acabar de raíz con cualquier elemento de economía social, de forma que la política no sólo no regresó a la economía, sino que se implantó la dictadura de los bancos centrales fuera de cualquier control democrático

En este 2018 recién iniciado se cumple una década desde que decenas de millones de personas de todo el mundo vieron de un día para otro cómo se derrumbaba su vida, cómo perdían el empleo, la vivienda, las condiciones en las que pensaban que podrían vivir siempre. Estallaba con toda su crudeza una crisis económica que afectó a muchos Estados, al nuestro de lleno. Se produjo un pánico general.

Pasados estos diez años es bueno sacar de las hemerotecas algunas declaraciones. Por ejemplo, el entonces presidente francés, Nicolás Sarkozy, aseguró que se ponía al frente de los que pedían acabar con un “capitalismo salvaje”, ese que había llevado a la ruina a la economía mundial. Planteó que la crisis financiera internacional había puesto de relieve la necesidad del “regreso de la política” a la esfera económica ante lo que calificó como “la muerte de la dictadura del mercado y de la importancia de lo público”.

Mientras que Sarkozy hablaba de “refundar el capitalismo”, la canciller alemana Angela Merkel proclamaba que sólo el Estado sería capaz de restaurar la confianza precisa para recuperar la economía. Ambos pidieron al unísono a la Unión Europea que dejara de ser “ingenua” al aplicar la libre competencia con los otros bloques económicos y mostrara más “voluntarismo político” para que sus propuestas sirvieran de base al “nuevo orden mundial” que debía salir de la crisis.

Sin entrar a valorar si estas palabras fueron puro cinismo o una simple improvisación producto del pánico, la realidad es que el fruto de lo ocurrido esta década es justo todo lo contrario. Algunos convirtieron la crisis en una magnífica oportunidad para imponer cambios con los que acabar de raíz con cualquier elemento de economía social, de forma que la política no sólo no regresó a la economía, sino que se implantó la dictadura de los bancos centrales fuera de cualquier control democrático.

El papel del Estado se ha reducido casi a dar seguridad a la banca y a las grandes empresas para que cobren sus intereses y sean rescatadas si fracasan en sus negocios. Todo ello ha ido acompañado de unas leyes elaboradas supuestamente para combatir el terrorismo, pero que se usan contra quienes se rebelan ante cualquier injusticia. Los más de 500 sindicalistas aún pendientes de los juzgados son buena muestra de ello.

La crisis la han pagado la mayoría social trabajadora o los pequeños empresarios. Una década después disfrutamos de una economía súper concentrada en grandes empresas que imponen salarios más bajos, trabajos más precarios, menos prestaciones sociales, menos derechos laborales. La mujer soporta condiciones aún peores. Se han generalizado condiciones más difíciles de acceso a la vivienda, a la sanidad pública o a la educación. Y todo ello con la colaboración necesaria de los gobiernos de turno, en España los del PSOE y el PP.

Llegados a este punto, los mismos culpables de la crisis nos crean el espejismo de que todo ha terminado y de que la historia se cierra con un nuevo modelo de sociedad inapelable. En él, la democracia queda limitada y controlada por el poder económico, que transforma en negocio todo aquello que puede ser comprado o vendido, incluido el cuerpo humano.

Pues bien, algunos creemos que hay que romper el espejismo y proclamar que la crisis no terminó. Sólo lo hará cuando haya derecho real a un trabajo con un sueldo digno, a la vivienda, a una salud de calidad, cuando se tengan plenos derechos laborales y ciudadanos, cuando los Parlamentos controlen la economía y decidan a qué se dedica el 100% del dinero del Estado, cuando la mujer tenga plena equiparación al hombre.

Estamos a tiempo de plantar cara a quienes han perpetrado esta gran estafa. El primer paso es recuperar la ilusión de que las cosas pueden ser diferentes, que es posible evitar el hecho de que quienes causaron la crisis son los que más fortalecidos salen de ella. Este es el reto que tiene la izquierda en este año que comienza. De cómo seamos capaces de resolverlo dependerá que no condenemos a la mayoría social trabajadora al drama de elegir entre la derecha más autoritaria o la derecha más ultraliberal. No se puede repetir dos veces el mismo error, no es posible creer en un capitalismo de rostro humano, ni que la Banca o el gran capital son una ONG.

 

Firma

Actual coordinador de la Asamblea Político y Social de Izquierda Unida y secretario general del Partido Comunista de España (PCE) desde 2009. Maestro de profesión, fue concejal en el Ayuntamiento de la localidad malagueña de Benalmádena, provincia donde inició su actividad política y por la que fue elegido diputado al Congreso en 1993, 1996 y 2000. En la X Legislatura (2011-2015) volvió a la Cámara Baja como diputado por Sevilla, ocupando la portavocía del Grupo Parlamentario de IU, ICV-EUiA, CHA-La Izquierda Plural. 

-