Entrevista a Juan Carlos de la Fuente Tiempos de hoy

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 Nº 1232. 2  de febrero de 2018

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Juan Carlos Pérez de la Fuente, director teatral

“Los políticos no creen en el teatro”

‘Óscar o la felicidad de existir’ es una obra dura y hermosa con la que Juan Carlos Pérez de la Fuente regresa a las tablas tras su traumático despido como director del Teatro Español de Madrid. Asegura que convivir intelectualmente con Óscar, ese niño de diez años con un cáncer terminal al que le quedan doce días de vida, le ha ayudado a superar los malos momentos, a entender que “no hay que ignorar el sufrimiento, sino integrarlo”, como recomienda el autor de la pieza, el dramaturgo francés Éric-Emmanuell Schmitt. La obra se representa en el Teatro Arapiles 16 de Madrid hasta el 4 de marzo.

“Para mí, el humor es el gran antídoto contra la tragedia”   “Tras mi despido, esta obra me ha enseñado: No te des por vencido ni aun vencido”

¿Por qué ha elegido la obra ‘Óscar o la felicidad de existir’ para su vuelta a los escenarios tras su etapa como director del teatro Español de Madrid?
No la he elegido yo. Se trata de una producción de la UNIR, la Universidad de La Rioja, y ellos sabían que yo había dirigido esta función hace 13 años y me plantearon: “¿Te apetece volver a dirigirla?”. Curiosamente a veces la vida se encuentra con el teatro. El conflicto que plantea Oscar, que mira la vida de frente cuando la vida te da un sopapo, es como lo que yo he debido de que afrontar desde mi salida del teatro Español. He tenido que recomponer muchas cosas. Emocionalmente. Económicamente. Y curiosamente me ha acompañado durante este tiempo esa mirada de un crío de diez años de edad y esa lección que da en la obra cuando afirma: “No te des por vencido ni aun vencido”. Hay que mirar la vida de frente. Y cuando te echan de un trabajo… Y cómo fue aquello, mi despido, con tantos medios detrás. Un día, cuando iba en un taxi, se dio la vuelta el taxista y me dijo: “Ah, usted es el de Podemos”. Le respondí: “No, yo no…”. Y él: “Sé lo que le ha pasado y lo lamento”. Es decir, que te conocen no porque eres director de teatro, sino porque algo ha sucedido a nivel ideológico. Es muy duro todo lo que me ocurrió. Y Óscar me ha enseñado que no hay que odiar. Que el odio no es bueno. Y que en la recomposición que vas a hacer de ti mismo has de expulsar la bilis y empezar de nuevo. Y conceder una oportunidad más a la gente y a ti mismo. Porque de lo contrario te conviertes en un vertedero que apesta a odio.

Decía Camilo José Cela: “El que resiste vence”.
Sí, es verdad, pero hay que enfrentarse a las horas duras de la resistencia. A las horas en las que los teléfonos dejan de sonar. A las horas en las que te planteas, ¿pero qué ha pasado para que me suceda esto? A las no respuestas: ¿Por qué me han echado? Eso hay que vivirlo. Y también a nivel económico. Has hecho un plan de vida y todo se derrumba. Bueno, pero hay que salir. Porque de lo contrario te devora la vida. Esa es la quimioterapia que yo he tenido que hacer.

La obra cuenta los últimos doce días de vida de Óscar, un niño de diez años enfermo de leucemia. Pero de esta pieza se ha escrito que es “un canto a la vida y a la imaginación”. ¿Está de acuerdo?
Totalmente. Óscar escribe 14 cartas. Cartas a Dios. “Querido Dios, me llamo Óscar, tengo diez años y sufro cáncer”. Es el triunfo de la imaginación porque una cuidadora, una voluntaria, una señora mayor que Óscar tiene a su lado, aparentemente muy excéntrica, aunque luego descubriremos que no es tan excéntrica, propone al niño un juego: “Mira Óscar, cada día que vivas es como si vivieras diez años. Dentro de doce días tendrás 120 años”. Entonces vamos a vivir un proceso único. Óscar, por ese juego, sin dejar de ser niño va a pasar por todas las edades de cualquier ser humano. Bueno, de los seres humanos que lleguen a los 120 años. Porque es una metáfora de la vida. También del paso del tiempo. Transmite conceptos muy interesantes donde lo importante no es la cantidad, sino la calidad. Y luego aparece Dios. Aquí no hablamos de la existencia o no de Dios. Hablamos de todo aquello que sirva para aminorar la angustia, para tener tranquilidad en un proceso de la vida, sea por una enfermedad o por una gran crisis. La obra pertenece a la ‘Trilogía de lo invisible’, escrita por Eric-Emmanuel Schmitt, un viaje a través de las grandes fuentes de la espiritualidad humana. El autor ha explicado que sufrió una gran crisis hace años, se fue al desierto, y ahí tuvo una revelación. Y a partir de ahí escribió esas tres obras, entre las que figura ‘Óscar…’. Pero el autor no asevera nada. Es verdad que Óscar va a tener un encuentro muy particular, el que puede tener todo ser humano cuando busca y necesita de verdad dar un sentido a su vida y que alguien te explique de qué va todo esto. Y no te amilanas, no te quedas en un rincón esperando que alguien venga a solucionártelo. Actualmente presentamos los héroes a los niños como personajes que vuelan. Los alejamos de la humanidad. Batman, Superman… Pero Óscar dice: “Yo vuelo a través de la imaginación. No tengo alas pero puedo conquistar mi mundo”. Ahí es donde esta obra se hace grande. Y no se hace nada americana en el sentido de Batman y cosas de esas. Aquí no hay milagro posible. El milagro es el de la propia vida. Es un canto y una vuelta al origen del ser humano. Plantea: ¿eres capaz de recuperar al niño perdido? Eric-Emmanuell Schmitt dice: “El niño es el héroe filosófico por excelencia”. En esta sociedad jugamos a la Bolsa. La economía lo ocupa todo. La política lo ocupa todo. Pero hace unos días veía por televisión que en Alicante se va a abrir un centro de los más importantes, sino el más importante de España, para investigar el cáncer infantil y juvenil. Y habló un niño, un crío calvo y sin cejas, y dijo: “Cada día que voy a la quimioterapia el dolor lo aminoro soñando y pensando”. Y, al verlo, yo me dije: “Esto es grande, que un crío de once años nos dé esas lecciones”. Pues de todo esto nos habla Óscar en la función. Y con mucho humor. Para mí, el humor es el gran antídoto contra la tragedia.

Dice el autor: “La felicidad no consiste en ignorar el sufrimiento, sino en integrarlo”.
Quien ignora el sufrimiento lo que suele hacer es simplemente aparcarlo. No, hay que integrarlo, buscarle un sentido a todo esto. Porque hay sentido. No quieras disfrazarlo de castigo. ¿Por qué me ha tocado a mí? Nos va a tocar a todos. Hay una frase trascendental en ‘Oscar…’, que le dice a sus padres: “Me he dado cuenta de que vosotros también os moriréis, porque todo el mundo nos morimos, un día nos morimos unos y otro día otros”. Es decir, dejemos de hacer tragedia. Porque es la vida cotidiana. Un día, tarde o temprano, alguien nos dice: “Siéntate, te voy a dar un diagnóstico”. Y entonces nos tiemblan las piernas. Y creemos que no vamos a poder. Y ahí es donde aparece la grandeza de esta obra, que nos dice: puedes, puedes…  

¿Qué perfil es el que más le gusta de Eric-Emmanuell Schmitt como dramaturgo?
Es el hombre capaz de recuperar al niño perdido y que no se pone ninguna cortapisa a la hora de enfrentarse a personajes históricos, e incluso divinos, como Dios. Se trata de un hombre sin pudor. Que siempre trata de dar una vuelta de tuerca más. No es casual que sea el autor francés más representado dentro y fuera de España, porque está moviendo los pilares de la dramaturgia europea. En estos momentos nos están haciendo falta muchos así. Y que crean en Europa. Este autor siente por el teatro español una enorme simpatía. Se parece a Francisco Nieva en esta locura tan particular. Vino al estreno de ‘Oscar…’. Es de los grandes dramaturgos de Europa y te exige a ti, como director: “Oye, dirige, esta obra si eres capaz de recuperar al niño que fuiste, de lo contrario no la hagas porque te va a salir una payasada”. Él es un tipo muy grande, muy alto, pero tiene algo del niño grande que está dispuesto a ir a contracorriente en un mundo donde parece que dices: hablar de estos temas, cuidado, porque políticamente, ideológicamente, parece que no es bueno. Y él dice: ¿Y por qué no va ser bueno? Por eso a los españoles este tipo de teatro nos viene muy bien.  

Usted ha dirigido obras como ‘El abanico de Lady Windermer’, de Oscar Wilde, con una excelente Amparo Rivelles; ‘Las de Caín’, de los hermanos Álvarez Quintero;  ‘Pelo de tormenta’, de Francisco Nieva; o ‘Angelina o el honor de un brigadier’, de Jardiel Poncela. Y obras de Arniches, de Alfonso Sastre o de Fernando Arrabal. En definitiva, de autores muy distintos unos de otros.
Yo he sido un todoterreno. Usted ha nombrado ‘Pelo de tormenta’ y ‘Angelina o el honor de un brigadier’. He ido cumpliendo años, pero yo creo que hay que estar vivo aunque cumplas años, hay que seguir siendo curioso, asombrándote de todo, y yo digo, y lo digo sin pudor, en las épocas en las que he dirigido teatros públicos me ha acompañado el autor español, pero también cuando he hecho teatro privado. Yo creo en el autor español. Muchos directores españoles de teatro no creen en los dramaturgos de aquí. Para ellos es mejor hacer a Shakespeare o hacer a Moliére. Ahora estoy haciendo a un autor francés, Eric-Emmanuell Schmitt. Pero el autor español me interesa, porque es donde yo he vivido, con mis contradicciones, es la geografía que yo he recorrido, son los personajes que a mi alrededor se han creado. Yo siempre recuerdo que cuando estudiaba en la Escuela de Arte Dramático mi profesor era Francisco Nieva. Tiempos en los que la Escuela de Arte Dramático estaba en el antiguo Teatro Real, en la Plaza de Isabel II de Madrid. Y cuando terminamos el curso, el último día, bajando por las escaleras, yo le dije: “Bueno Paco, nos volvemos a ver cuando yo dirija un teatro público y te llame para montar ‘Pelo de tormenta’. Y así sucedió. Es decir, voy haciendo realidad los sueños que un día tuve. Aunque a veces a uno le da miedo y recuerda aquello que decía Oscar Wilde: “Ten cuidado, porque lo más terrible es hacer realidad los sueños”. Pero voy a seguir en esa línea. Lo próximo que voy a hacer es llevar una novela al teatro. Un viejo proyecto: ‘La vida perra de Juanita Narboni’, de Ángel Vázquez, otro de los olvidados españoles. Hay que hacer esas cosas. En esta Europa que estamos construyendo, los españoles tenemos muchas cosas que decir a nivel teatral. Pero tenemos complejo. Y los políticos no creen en nuestro teatro, en el teatro español. No cree ninguno, ninguno, ni de un lado ni de otro.

 


Una escena de la obra ‘Óscar o la felicidad de existir’.

Un feliz reencuenro

En este monólogo, Yolanda Ulloa se desdobla en diez personajes. Se ha dicho que “la excepcionalidad de este trabajo reside precisamente en ser un monólogo a varias voces”. ¿Cómo ha sido su trabajo con esta actriz?
Pues mire, tengo casi 60 años, 59 voy a cumplir, y he visto a muchísimas grandes actrices: Amparo Rivelles, María Jesús Valdés, Nati Mistral… Y le puedo decir, y sin temor a equivocarme, que a Yolanda Ulloa le dije hace tiempo que no estaba en el lugar que le correspondía. Porque es una primerísima actriz que creo que ahora se le va a reconocer. Para hacer este trabajo le expliqué que aquí no cabían medias tintas, hay que arriesgarse y meterse y actuar de una manera tan particular que raya en la locura, porque el autor es muy inteligente, y el niño no tiene que estar, la concreción del niño quiero decir, porque no estamos contando una historia concreta: es el triunfo de la imaginación. Esta actriz tiene una preparación exquisita. Le dije: juguemos hasta la extenuación. Y puedo asegurar que ha sido mi gran descubrimiento de estos últimos años reencontrarme con una actriz de esas que dices: nos hacen falta muchas actrices como Yolanda Ulloa en el teatro español.