Entrevista / José Luis Gil Tiempos de hoy

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 Nº 1240. 29  de marzo de 2018

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

José Luis Gil, actor

“En verso, la palabra se multiplica”

Tiene una voz ronca, profunda, llena de matices, a la que saca mucho juego, y es un rostro muy conocido, sobre todo por su trabajo en la serie televisiva ‘La que se avecina’, pero José Luis Gil ha labrado su carrera como actor paso a paso, desde niño. Pico y pala, como él dice. Ahora interpreta en el Teatro Reina Victoria, de Madrid, la obra ‘Cyrano de Bergerac’, el personaje que soñó encarnar desde la adolescencia. “Con Cyrano se cierra el ciclo de algo que yo soñé con 13 años, pero que nunca pretendí”, dice.

EUROPA PRESS

“Si algo aprendes en este oficio es que del público sabemos menos de lo que creemos”   “Cyrano habla de cosas como la integridad, la manipulación del poder, el amor, la frustración, la valentía y la amistad”

‘Cyrano’ llega a Madrid tras una larga gira por España. ¿Qué opinión le merecen las giras que, en definitiva, son la esencia del cómico?
Tienen mucho de eso, sí. Cada día la obra se representa en un espacio distinto. Con un público con maneras de expresarse muy distintas. Y los actores somos un poco psicólogos del público. Pero no tanto a veces. Y cuando ya has hecho una función en diferentes teatros, piensas que hay cosas que no van a fallar, que funcionan muy bien. Y de pronto vas a un sitio y “pum”, algo que había ido bien en todas partes, allí no va. Las respuestas son distintas. Y eso, a veces, te conduce a la confusión. Si algo aprendes en este oficio es que del público sabemos menos de lo que creemos. Porque yo me he encontrado con muchas funciones en las que las respuestas han sido muy dispares. Y mi conclusión ha sido que no hay que bajar nunca la guardia. Nunca hay que dar una función por perdida. Nunca. Porque esa función en la que parece que no ha ido todo bien con respecto a otra plaza, termina la obra y el público de repente te sorprende poniéndose en pie y aplaudiéndote a rabiar. Y entonces piensas: “Amigo, no sabemos nada, si hubiéramos bajado la guardia habríamos tirado la función, y eso se habría notado”. Y eso el público no lo perdona y hace muy bien en no perdonarlo. Hay que ir siempre hasta el final.

Es decir, que usted va función a función
Sí, sí, función a función en el teatro, y secuencia a secuencia en la serie televisiva. Pico y pala. Porque el talento es muy importante, naturalmente. Pero funciona mejor el que tiene talento y lo trabaja, que el que no lo trabaja. Porque hay veces que el talento, por sí solo, se desvanece. Hay que potenciarlo con un trabajo de base. Y luego, el talento de cada uno es lo que distingue a un actor de otro en su manera de hacer.

De Cyrano ha escrito usted que cuando estudiaba Arte Dramático les montaron algunas escenas de ‘Cyrano de Bergerac’ como ejercicio y que descubrió “un personaje con un mundo interior tan lleno de ternura, valentía, frustración y melancolía –es decir, de vida– que me imaginaba dentro de su vestimenta” ¿Por qué Cyrano ha sido su personaje preferido durante toda su vida?
En su día fue como un descubrimiento maravilloso. En primer lugar, el interés surgió porque se montaban escenas muy concretas. Era muy buen ejercicio el hecho de estar batiéndote y hablando, hilando un verso con otro, o montando una pequeña coreografía, o la parte del balcón con Rosana. Y eso me condujo a leerme la función entera y a descubrir un personaje que con 13 años me pareció decididamente fascinante. Luego me enteré de que Cyrano realmente existió, aunque no era exactamente el que nos presenta la función. Y en esa adolescencia, en la que tú, con 13 años, ya estás enamorado de una chica de 17 que no te va a hacer ni caso, y donde ya te ha crecido la nariz un poco más de lo normal, como me sucedió a mí, entonces yo entendía muy bien a Cyrano. Sobre todo en el núcleo de la parte amorosa, con 13 años, yo entendía perfectamente ese no llegar, ese imposible que nunca vas a alcanzar, y que lo desarrollas como puedes porque ocupa mucha parte de tu vida. Luego, la parte del aventurero, el personaje brillante, el dramaturgo, eso ya lo añadía yo con mi imaginación. Pero Cyrano me parecía un personaje maravilloso de interpretar. Tuvo una vida intensa, aparentemente frustrante y de perdedor. Pero Cyrano, lo que se percibe al final de la obra, es que se trata de alguien que ha vivido mucho y que se ha enfrentado contra todo: Por su propia dignidad, por no dejarse someter. Y por un amor que no se ha consumado en la parte física, pero con unas alas inmensas. Y eso es vivir el amor también.

Y ha escrito usted: “Reconozco una parte de Cyrano en mí, la siento, la he vivido, en mi tiempo y en mis frustraciones”.
Sí, sí, en esa autocensura a veces relacionada con muchas cosas, en mi relación con los demás, porque yo pertenecía a una pandilla en la que era el más pequeño, era la pandilla de mi hermano, cuatro años mayor que yo. Y yo estaba enganchado a esa pandilla porque no tenía la mía propia. Y tenía ya una edad en la que había adquirido mi propio criterio, criterio infantil, juvenil, pero en la que expresarlo resultaba muy duro, porque por el simple hecho de ser el más pequeño, los demás no te van a hacer caso. Pero normalmente tienes esa necesidad de expresarlo. Y cuando se produce y te dices “yo estaba más cerca de la verdad que tú”, eso te lleva a un conflicto. Y entonces te buscas mecanismos de defensa. Y te dices, esto no lo voy a decir ahora, porque no me conduce a nada, y esto sencillamente lo voy a vivir yo sólo. Y he tenido esa parcela independiente, que no era buscada al cien por cien, pero que una vez asumida, la he llevado con mucha dignidad, y llegó un momento en el que se me hizo absolutamente necesaria en mi vida.

El autor de ‘Cyrano’, Edmond Rostand, tenía tanto miedo al fracaso que antes del estreno de la obra, el 28 de diciembre de 1897, en París, se reunió en el camerino con el actor protagonista, Coquelin, para pedirle perdón por haberlo involucrado en una aventura tan arriesgada, ¿no?
Sí, y yo, cuando me enteré de esa anécdota, sabiendo lo que ha significado ‘Cyrano’ en la literatura universal, en la dramaturgia, me pareció increíble. Pero las lecturas que he hecho sobre Edmond Rostand lo pintan como un personaje bastante inseguro. Y escribió, antes y después de ‘Cyrano’, cosas brillantes, pero claro, había puesto el listón muy alto. Y sí, irrumpió en el camerino del primer actor de la Comedie Francaise para pedirle perdón por haberlo embarcado en aquella aventura en la que él no confiaba mucho. Pero a partir de la mitad de la función, la noche del estreno, la gente ya estaba ovacionando. ‘Cyrano’ se convirtió en un clásico el mismo día de su estreno. Desde el primer momento, el público otorgó su aprobación a un clásico escrito casi en el siglo XX, un clásico muy cercano. Y ahí está. Porque hay que volver a los clásicos, a las raíces. Los autores modernos siempre han bebido de los clásicos, los conocen perfectamente, y cada uno ha cogido de ellos, consciente o inconscientemente, lo que más le ha gustado para hacer sus comedias. Volver a los clásicos es retornar a la esencia de donde salieron todas las cosas.

¿Qué destaca de la obra?
‘Cyrano’ es un clásico que habla de cosas tan de actualidad y tan reconocibles como la integridad, la manipulación del poder, el amor, la frustración, la valentía, la amistad. Es un personaje que consideramos íntegro. Y Rosana es una mujer joven, anhelante de amor, pero con exigencias intelectuales, porque sabe que el amor sólo por el físico puede no ser. Y la obra habla de otro personaje, que es el contrapunto de Cyrano, el malo, enamorado también de la misma persona. ‘Cyrano’ trata también sobre la importancia del físico. Un personaje como Cyrano, con una nariz desproporcionada, le impide expresar todo lo que siente. Porque como dice Cyrano en un momento muy íntimo de la representación, está “el miedo a que se burlen de besarla”. Se refiere al amor. En otro momento, no, ya lo ha superado, ha decidido ser una persona brillante, el mejor con la espada. Entonces ya es un personaje que se ha ganado su puesto, que ha decidido no venderse, y que ha decidido ser él hasta el final. Por tanto, resulta tan fácil seguir la aventura de esos personajes tan bonitos y tan ricos, que nosotros lo que hacemos con Cyrano es una propuesta de decir al público, ven, confía, ya sabes que la historia es bonita, nosotros ponemos lo demás y te la vamos a contar bien. Además, en verso. Yo pedí que fuera en verso. Porque de ‘Cyrano’ hay una versión en prosa que se llevó al cine. Pero yo quería que fuera en verso. Porque la palabra se multiplica. Esa palabra concreta, que rima con la otra, que no hay que provocarla, que fluye, pero la dirección de las cosas adquiere una importancia que ha de ser acorde con el personaje, con la historia y con todo.

En alguna ocasión ha dicho usted: “En el sótano de la vida siempre hay un piso más abajo”.
Sí, pero la frase no es mía. Es de los guionistas de la serie ‘La que se avecina’. Y es verdad. Cuando una persona está condenada al fracaso, cada vez que intenta subir se encuentra que no, que la escalera es de bajada. Cuidado con eso. El éxito siempre tiene un tope. Y es mejor valorarlo todo. No hay que poner al éxito una línea muy alta. Porque todos los pasos que vas dando hacia él son pequeñas satisfacciones, que te pueden llevar a la frustración si vas retrocediendo o no llegas al punto establecido. Yo creo que lo mejor del éxito es que cada día salgan las cosas lo mejor que tienen que salir. Que si estás haciendo una función de teatro, el público salga contento y le haya gustado. Y que si el público tenía que emocionarse, se haya emocionado. Hay que disfrutar de ese pequeño éxito cada día. Luego, cada noche se pincha el globo y a ganártelo otra vez al día siguiente. En ‘La que se avecina’ intentamos que cada capítulo esté bien. Ese es el mérito de los guionistas, a los que yo adoro, porque entre un capítulo y otro llevan haciendo muchísimos. A unos la serie les gustará más y a otros les gustará menos. Pero los guionistas siempre nos sorprenden a los actores. Y ahora, con ‘Cyrano’, se cierra el ciclo de algo que yo soñé con 13 años, pero que nunca pretendí.     

Muy Woody Allen

Usted obtuvo también un éxito importante con su anterior montaje teatral, ‘Si la cosa funciona’, basado en una película que en 2010 estrenó Woody Allen.

Sí, era una obra muy Woody Allen. Además no había versión teatral. Pero la película era muy teatral, hablando a cámara el personaje, y luego se reescribió para el teatro. En la obra hablábamos lo justo, no esas disertaciones a lo Woody Allen, que se las hemos oído en muchas películas, de las vueltas que da sobre la religión, sobre esto y sobre lo otro. Pero nosotros presentamos una versión muy teatral de ‘Si la cosa funciona’, y tiraba de tópicos como el provincianismo, de la chica ingenua que quiere salir del pueblo y se enfrenta a la dureza de la gran ciudad, y cree que allí va a poder triunfar, pero lo que ocurre es que se encuentra en la calle, sin nada que comer, y lo único que encuentra es a un jubilado inválido, obsesivo, con ataques de ansiedad, un hombre al que ya todo le da igual, pero que la lleva a vivir a su casa, y que, cuando se quiere dar cuenta, ya se ha enamorado de ella. Es muy Woody Allen, pero es muy teatral. Y muy realista. La obra tiene momentos de cierto optimismo, pero también momentos muy crudos. ‘Se trata de una obra que yo hubiera hecho durante más tiempo sin ningún problema. Me fluía muy fácil. Llevábamos ya dos años con esa función. Pero me gustaba mucho.


 

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