Referencia Tiempos de hoy

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 Nº 1242. 13  de abril de 2018

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Carlos Hipólito, actor

“No soy nada divo, detesto esa actitud”

Ha hecho comedia, drama, personajes desgarradores como el que interpretó, siendo muy joven, en ‘Seis personajes en busca de autor’, y ahora canta y baila en ‘Billy Elliot’, un musical que está rompiendo las fronteras del éxito en el Nuevo Teatro Alcalá de Madrid. Carlos Hipólito sostiene: “Siempre intenté ser lo más multidisciplinar posible”. Lo ha conseguido.

“Billy Elliot habla de la tolerancia, de la solidaridad y de los mejores valores que puede tener el ser humano”

“Nunca seré comprensivo con la mentira, con la desfachatez, o con el engaño de los políticos”


¿A qué achaca usted el éxito del musical ‘Billy Elliot’?
Hay muchos factores. Fundamentalmente porque se trata de una historia muy conmovedora envuelta en un espectáculo muy atractivo. Técnicamente es un espectáculo muy complicado, que tiene una gran vistosidad para el público. Hay 37 cambios de escena a lo largo de la obra, mucha maquinaria que sube y baja, la iluminación resulta espectacular, hay grandes números de baile, y las canciones son sensacionales. Pero todo eso no resultaría suficiente para conseguir lo que yo creo que está logrando ‘Billy Elliot’, que es una entrega absoluta por parte del público que viene a verlo. Y eso se debe a que el musical está enmarcado en una historia verdaderamente conmovedora. Porque ‘Billy Elliot’ es la aventura de conseguir un sueño imposible en las circunstancias más adversas imaginables. Un niño que quiere ser bailarín en un pueblo minero del norte de Inglaterra en 1984, cuando Margaret Thatcher está cerrando las minas, y los mineros y toda la minería británica está envuelta en una huelga salvaje, que les está dejando prácticamente sin posibilidades de vivir. Y en esas complicadísimas circunstancias, un pueblo entero se solidariza. Primero tiene una reacción adversa, muy negativa, respecto al deseo de ese niño que quiere ser bailarín, y les parece una cosa absurda y fuera de lugar. Pero, posteriormente, esa gente, que se encuentra en esas circunstancias tan tremendas de vida, realizan un ejercicio de solidaridad para conseguir reunir un dinero que no tienen, porque no tienen ni para comer, con el objetivo de que ese niño pueda pagarse un billete de autobús  para ir a Londres a hacer una audición de ballet. Y todo ello configura una historia que está llena de ternura, de humanidad, de amor, y que finalmente está hablando de tolerancia, de solidaridad, y de los mejores valores que probablemente pueda tener el ser humano. Entonces, se da la circunstancia de que se trata de un musical muy espectacular desde un punto de vista escénico, pero es un musical un poco ‘rara avis’, en el sentido de que tiene un soporte dramático, un material dramático realmente extraordinario.

Usted es actor de comedia, de drama, recita el verso, y además domina cantar y bailar sobre el escenario. Esas cualidades se suelen dar en intérpretes anglosajones, por ejemplo, en los protagonistas de la película ‘La, La, Land’, pero no son frecuentes entre los actores españoles.
Sí, es verdad que eso es más común en el mundo anglosajón que en el nuestro. Pero en este 2018 van a hacer 40 años que me dedico a esta profesión y yo siempre, desde muy joven, a pesar de pertenecer a una generación ya de hace tiempo, siempre intenté ser lo más multidisciplinar posible. A mí, ya en mis primeros tiempos, me interesaba mucho tomar clases de canto, clases de baile, por si la vida y el oficio me llevaban por ese lugar. Yo quería ser un actor lo más preparado posible. Luego, las circunstancias no me condujeron por ahí, y el musical no es un género que yo cultivara. Pero cuando he empezado a cultivar el musical ya de más mayor, cuando me ha tocado enfrentarme a estos grandes musicales, realmente he tenido que revisitar aquellas disciplinas que yo ya había estudiado, aquellas disciplinas que yo ya había visitado. Pero es cierto que no es muy frecuente, y sobre todo entre gente de mi generación, no son muy frecuentes esos registros. Pero no es un mérito mío, sino que en su día yo tuve la suerte de encontrarme con profesores que me enseñaron esas cosas. Y me enseñaron que la voz también había que cultivarla, no solo para hablar, sino también para cantar, más bien por si en alguna obra de texto te tocaba entonar una canción. Y luego el movimiento y el saberse mover en un escenario, que no es exactamente una disciplina de baile lo que yo hice, pero tener el cuerpo preparado, y hacer lo que cuando yo era jovencito se llamaba “expresión corporal”, pues la suma de todo ello ayuda siempre. Y ojalá en mi época hubieran existido más posibilidades de aprender todas estas cosas. Yo las tuve, pero lamentablemente no todo el mundo las tuvo. Y me alegra mucho observar que hoy en día, las nuevas generaciones, todos los chicos jóvenes que, por ejemplo, figuran en el elenco de ‘Billy Elliot’, son actores preparadísimos, que cantan maravillosamente, con una técnica vocal impresionante, y que bailan de manera extraordinaria. Y además son muy buenos actores. Es maravilloso ver cómo nos vamos pareciendo cada vez más en las cosas buenas a ese mundo anglosajón del que hablábamos al principio.

Sus personajes son distintos cada vez. A principios de los 80 fue usted aquel niño que deambulaba vestido de negro por el escenario del teatro Reina Victoria en ‘Seis personajes en busca de autor’. Pero también ha sido el nervioso bancario de ‘El crédito’, el marido infiel de ‘La mentira’, o el amigo indignado que discute ante un lienzo en blanco sobre ‘Arte’. El recordado Willyam Layton, su maestro, le decía que el mejor trabajo es el que no se nota, ¿no?
Sí, exactamente. Él siempre dijo que el trabajo no hay que enseñarlo nunca. Que nunca hay que enseñar el esfuerzo por mucho que te cueste algo. Nos decía a sus alumnos que mientras el público nos estuviera viendo sobre un escenario tenía que pensar que nosotros éramos así. El público no tenía que ver a los actores, tenía que ver a un ser humano. De hecho insistía en una cosa que a mí me llamaba la atención al principio, pero que luego, con el paso del tiempo, entendí. Nos decía: “Ojalá que nadie mientras te esté viendo sobre el escenario piense: Qué buen actor es”. Lo que tiene que pensar el público es: “Caray, pobre hombre, las cosas que le están pasando”. O: “Qué suerte tiene este tío, lo bien que le va todo”. Durante el espectáculo, el público se tiene que estar creyendo el personaje. Y después, cuando termine la obra, el público tiene que decir: “Caray, qué buen actor era, me lo he creído todo”. Y yo siempre he pensado, haciendo caso a mi maestro Layton, que había que ponerse muy al servicio del personaje. Tu personalidad como actor tienes que ponerla al servicio del personaje, porque el que importa es el personaje, no el actor. Y en ese sentido yo siempre he intentado ser lo más diferente de un personaje a otro. Porque es inevitable que los personajes tienen tu físico, tienen tu voz, y lógicamente a lo largo de una trayectoria tú vas creando una impronta, una manera de hacer. Pero yo he aspirado siempre a que no me reconocieran de un trabajo a otro. Porque ese es el tipo de actores que a mí, como espectador, más me han gustado. Los actores que me sorprenden, que me cautivan de tal manera que me olvido de que son ellos y de que son gente que he visto en otros papeles, hasta el punto de que me creo por completo que realmente son ese personaje que están interpretando. Y eso es lo que decía Layton. Que el trabajo sea lo más sencillo posible y que no se note. Tiene que ver con hacerlo con la mayor sinceridad posible y con la mayor sencillez posible.

Ha dicho usted una frase llamativa. Es: “Yo soy un actor de los pringaos, nada que ver con esas estrellas que piden orquídeas en el camerino o champán en orinal de plata”.
(Risas). Es que yo no soy nada divo. Y además detesto ese tipo de actitudes. Cuando las veo en algunos compañeros me produce un poco de vergüenza ajena. Eso no tiene nada que ver conmigo. Este es un oficio en el que hay muchos egos. Y yo supongo que todos lo tenemos de alguna manera, pero una de las obligaciones de alguien que se dedica a profesiones de este tipo consiste en educar ese ego y en mantenerlo a raya. Hay que estar permanentemente haciéndose curas de humildad. Porque claro, enseguida encuentras gente alrededor, si tienes la suerte de destacar mínimamente en algo, inmediatamente encuentras gente a tu alrededor que te dice “eres maravilloso”, “eres único”, “no hay nadie como tú”, y hay profesionales que se lo creen. Y si alguien se cree eso, primero, tiene ya muchas papeletas para ser idiota de por vida. Y, segundo, empieza a hacer idioteces y tonterías como esa que comentaba usted referida a esa frase.

“El actor nunca debe enseñar el esfuerzo, por mucho que le cueste algo”

 

Usted ha tenido siempre una ideología política progresista. ¿El paso del tiempo ha matizado o ha fijado esas ideas?
Yo creo que esas dos cosas no son incompatibles. Porque yo sigo muy fiel a mis creencias de siempre. Y, evidentemente, sí, algunas cosas se han matizado, algunos juicios de valor que yo hacía de joven cuando era más vehemente y seguramente menos comprensivo con muchas cosas, pues se han matizado en el sentido de poder entender un poco más las circunstancias en las que a veces en la política se producen. Y que no siempre permiten a la gente que se dedica a la política comportarse como ellos querían. Hay una serie de intereses creados, una serie de cosas, contra las que hay que seguir luchando. Pero puedes entender más por qué determinadas actitudes de determinados políticos son como son a veces. Lo que pasa es que eso no te quita para que no te haga comprensivo, y en mi caso no se ha producido en absoluto, con la mentira, con la desfachatez, con el engaño, o con la subestimación sistemática del ciudadano que numerosos políticos practican.

¿Observa actualmente cierto temor a opinar?
Bueno, puede ser. Pero eso ha debido de existir siempre. En la medida en la que se radicalizan las posturas, resulta más arriesgado decir lo que piensas. Pero yo nunca he tenido miedo a decir lo que pienso. Pero tampoco soy un obseso de estar permanentemente diciendo lo que pienso a través de las redes sociales. En primer lugar, porque no creo que mi opinión tenga tanta importancia para nadie. Y en segundo lugar, porque me molesta la gente que se cree tan importante como para tener que estar dando permanentemente su opinión sobre todo lo que piensa. No tengo yo especial interés en contar lo que yo pienso ni en escribir la frase ingeniosa de turno para que la retuitee mucha gente.   

¿Saldrá de gira ‘Billy Elliot?
Se trata de un espectáculo que está teniendo un éxito enorme en Madrid y que no se podrá mover de la ciudad de Madrid. Porque es muy complicado desde un punto de vista técnico. Todo el público que quiera asistir a la función, tiene que venir a Madrid. Y estamos todos muy orgullosos de pertenecer a esta familia de los Elliot.

El secreto de la voz

Es usted un personaje invisible de la serie televisiva ‘Cuéntame’: sólo aparece su voz.

Es que con la voz se puede conseguir comunicar mucho. Y ´Cuéntame’ es uno de los trabajos más curiosos que yo he hecho. Porque cuando no dispones de más arma que tu voz para comunicarte con el espectador, hay que hacer muchos matices, y hay que intentar ser muy sutil. Yo no sabía al principio si lo iba a conseguir, pero el tiempo me ha demostrado que efectivamente esa voz en off se ha convertido en un personaje más de la serie, y de alguna manera he logrado emocionar a quien lo escucha. Porque así me lo ha hecho llegar gente que ve habitualmente ‘Cuéntame’. Y eso es algo que me llena de orgullo, que me hace mucha ilusión. La voz es una de las armas que tenemos los intérpretes para comunicarnos.