Entrevista / Rosario Pardo Tiempos de hoy

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 Nº 1243. 20  de abril de 2018

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Rosario Pardo, actriz

“Ahora no hay rebeldía y tenemos que currárnosla otra vez”

El personaje de Josefina Manresa, el gran amor de Miguel Hernández, excelentemente interpretado por Rosario Pardo en ‘Los días de la nieve’, de Alberto Conejero, dice: “Nosotros tenemos derecho a los recuerdos, pero más derecho tenemos a los olvidos”. Sin embargo, Alberto Conejero considera que siempre debe haber una silla vacía para los ausentes. Y Rosario Pardo (Jaén, 1959) encarna a Josefina Manresa en un monólogo conmovedor, en un deslumbrante poema largo que esta veterana actriz llena de vida y de emoción. Es decir, de teatro. La obra se representa en el Teatro del Barrio de Madrid hasta el 13 de mayo.

“Los días de la nieve’ es un poema largo y la mejor obra de Alberto Conejero”

“En el teatro tenemos la obligación de que la gente se emocione”

“Los artistas tenemos que mover la sociedad, para eso estamos, somos bufones”

Ha dicho Alberto Conejero: “Yo soy de Jaén. Mi madre es de Jaén. Reconozco en Josefina Manresa a mi madre, a mis abuelas, reconozco en ella a esas mujeres que con tanta luz, tanta voluntad, han soportado en tiempos oscuros”. ¿Se identifica con esas palabras?
Sí, porque yo también soy de Jaén y en la obra de Alberto Conejero identifico a muchas mujeres que conozco. Quizás, a mi madre, no, pero sí a muchas mujeres que conozco de pueblo, de formas de ser, de formas de vestir, de pensamiento. Están muy bien descritas en la obra. Conejero las conoce bien. Y describe muy bien al personaje de Josefina Manresa. Porque yo también leí las ‘Memorias’ de Josefina, en las que Conejero se basó para escribir este texto, y él conoce perfectamente la forma de vida de aquellas mujeres de la postguerra. Y está muy bien descrito todo ello en ‘Los días de la nieve’, que es un poema largo.

‘Los días de la nieve’ es también poesía y emoción, dos características de la obra de Alberto Conejero, pero al principio tiene trazos de humor que no se dan en otras piezas de este autor.
Sí, a mi me parece que la obra está muy inteligentemente hecha, porque entra de una forma muy suave, también un poco como es el carácter de Jaén, que es muy irónico, no es una risa como puede ser la sevillana o la de Cádiz. Jaén tiene una ironía muy particular a la hora de plantear la vida. Y esta obra me gusta también porque entra muy suave, hasta que te agarra y te mete en el drama. Y eso me parece interesante. Porque la obra te agarra y te suelta, y quieras o no esa es también la gran catarsis del teatro. El poder reír, el poder llorar, y que finalmente te vayas a casa con la sensación de que el pensamiento te funciona, de que se ha movido algo dentro de ti. Eso me parece muy inteligente. A mí me encantan las obras de Alberto Conejero. Siempre lo he dicho. Y también he dicho que ésta es la mejor obra que ha escrito. He visto bastantes obras suyas, y me parece que este texto le salió redondo. Creo que Conejero es un poeta que escribe teatro. Y eso me parece maravilloso. Porque esa poesía no la pierde en el escenario. Y se trata de un autor que trata muy bien a los personajes. Sabe lo que quiere de los personajes. Y eso resulta fundamental.

Dice el personaje de Josefina Manresa: “Yo tenía al principio miedo a Miguel, por poeta”.
Hombre sí, ahí también puede reflejarse el pensamiento de un pueblo perdido, y la cultura, de alguna manera, te mueve, te remueve, y te conmueve, y estar dentro de la cultura supone un compromiso ideológico y eso da mucho miedo. Y a alguien como Josefina Manresa le daba miedo que le gustara un hombre que era poeta. También lo dice en otro momento de la función: “Yo le tenía miedo por poeta, me está embrujando con todas las palabras que me dice”. Era complicado enamorarse de un artista en aquella época para determinadas mujeres. Resultaba difícil dentro de lo que era Josefina. Luego había mucha gente en Madrid y en Barcelona que eran modernos y que pertenecían a grupos intelectuales. Pero Josefina era una mujer de pueblo, una mujer normal y corriente, costurera, pobre, católica, y lo peor que le podía pasar era que se enamorara de un escritor.

Josefina Manresa, y se refleja en la obra, sufrió toda la crueldad de la guerra. Su padre, que era guardia civil, fue asesinado por unos incontrolados que se decían de la República. Y a Miguel Hernández lo dejaron morir en la cárcel. El dolor le llegó por todos lados.
Esa es otra cosa que me pareció muy interesante de este personaje, que fue víctima de los dos bandos. Y sin embargo ella fue una mujer bastante positiva. Dentro de que era una mujer recta, y de que tenía un carácter, yo creo, bastante más serio de lo que nosotros reflejamos en esta obra, pero ella sufrió por parte de los dos bandos y, sin embargo, fue capaz de tirar para adelante con optimismo, de criar a sus hijos y, de alguna manera, de perdonar. O de sobrevivir, más que de perdonar. Porque a Miguel Hernández lo dejaron morir en la cárcel de la manera más inhumana. Porque el Régimen ya no se podía cargar a más personas. Ya se habían cargado a García Lorca, que era el mito que no le venía bien a aquel Régimen. Y a Miguel Hernández no lo podían matar porque hubiera sido otro mártir. Y, entonces, lo dejaron morir. Las cárceles fueron terribles. Si tenías tuberculosis, no te daban antibióticos, o no te cuidaban, o te dejaban morir de frío, o te dejaban morir de hambre. A Miguel lo cuidó durante su enfermedad un compañero de cárcel. Porque Josefina entraba allí relativamente poco. Supongo que cuando la dejaban. Pero sí hubo un compañero de cárcel que cuidó a Miguel hasta sus últimos días. Y aquel hombre, con todo el dolor de su corazón, llorando, contaba que muchas veces vomitaba cuando iba a cuidar a Miguel. Porque Miguel Hernández olía a cadáver y se estaba pudriendo por dentro. Y esto lo contamos en la obra.

José Hierro escribió un poema, titulado ‘Los andaluces’, que decía: “El hombre es fuego y es lluvia./Lo hace el odio y el perdón”. Sin embargo, en ‘Los días de la nieve’, Josefina Manresa parece ajena a cualquier tipo de odio.
Yo creo que en la obra hemos dado un punto dulce a la hora de enfocar a este personaje. Considero que Josefina era más seria de lo que yo doy en escena. Pero me parecía que tenía que dulcificar un poco el personaje. Precisamente por lo que antes comentábamos. Para que el espectador, desde el principio, esté con el personaje. Porque, de lo contrario, un monólogo de una hora y pico puede ser terrible con una persona dura o echando en cara algo. Sin embargo, me consta que Josefina Manresa le echó muchas cosas en cara a Miguel Hernández. Sobre todo porque Miguel se negó a firmar el ‘sí’ a Franco. Miguel defendió sus ideas republicanas hasta el final. Y por eso lo dejaron morir. Si no, se habría salvado. Y yo sé que Josefina se lo echó en cara. Porque hay muchas cartas en las que ella le dice: “Firma, por favor, firma que nos estamos muriendo de hambre”. Y Miguel no cedió. No quiso hacerlo. No quiso renunciar a sus ideas. Muchas veces lo he pensado. Me he preguntado: ¿Yo, en esa situación, qué habría hecho? ¿Hubiera renunciado por salvar a mi familia o hubiera seguido adelante con mis ideas? Es muy difícil. Es una postura muy difícil.

Escribe Alberto Conejero en el programa de la obra: “No he pretendido reconstruir la vida de Josefina Manresa ni convertirla en relato, sino –gracias a la capacidad que tiene el teatro y la ficción de suspender la muerte– atender al misterio de su existencia, convertirla en nuestra contemporánea y a nosotros en sus contemporáneos”.
Es así. Porque esta obra se basa mucho en los sentimientos. Y los sentimientos son universales y son atemporales. Yo creo que por ese motivo la gente entra tanto en la obra. Porque no es la historia de Josefina o de Miguel, o que se recuerde a Miguel, no, esto es una mujer con unos sentimientos, y además es una mujer la protagonista, Miguel Hernández no es el protagonista en este caso. Es ella. Es Josefina Manresa la que habla de amores, de desamores, de desencuentros, de esperas. Y eso es lo que yo considero que hace a la obra tan contemporánea. Y hay mucha emoción. En el teatro tenemos la obligación de que la gente se emocione. Esa es la obligación de los actores. Y considero que es más fácil una emoción verdadera, tanto si es risa como si es llanto, y creo que cuando hay un buen texto de base resulta mucho más fácil conseguirlo. Claro, luego tú también tienes que aportar tu pericia actoral. Pero cuando hay un buen texto de base, y tú te lo crees, la gente se engancha rápido.

¿Qué dificultad fundamental observa usted en un monólogo?
Un monólogo, para mí, tiene muchas complicaciones. Yo vengo del teatro andaluz, no vengo de escuela, porque en Granada, cuando yo estudié la carrera, no había escuela de teatro, y nosotros nos basábamos mucho en las improvisaciones. Es decir, los textos eran improvisaciones que se creaban sobre el mismo escenario. Luego pasé a formar parte de un experimento que hizo Manolo Yanes que consistía en una forma de teatro-danza muy particular. De modo que cuando yo me enfrento a un texto que ya está escrito, que no puedes cambiar, y que te lo tienes que aprender de memoria, me parece que es como empezar la casa al revés. Es decir, en lugar de comenzar por el movimiento y luego escribir el texto, como yo estaba acostumbrada, aquí ha sido todo lo contrario. Me ha costado mucho esfuerzo. Descifrar. Y que cada movimiento tuviera una naturalidad. Es verdad que luego las funciones te ayudan a relajarte. Pero me acuerdo del día del estreno y creo que no he estado tan mala en mi vida. “Que no se te olvide el texto, que no falles”, pensaba.  Me costó mucho trabajo.

Esta función es palabra y actor.
Sí, esta obra parte de la palabra escrita. Pero me parece my interesante en este montaje que hemos sabido imprimirle un movimiento continuo para que ese poema largo en el que consiste el texto tuviera sentido. Porque la obra, repito, es un poema largo. No hay movimiento. No pasa nada. Ni siquiera le hemos puesto música, porque a mí me estorbaba la música. La obra consiste en una mujer que está terminando de coser un vestido y mientras tanto cuenta una historia. Y punto. Entonces, a partir de pequeñísimos movimientos, creo que la función tiene un movimiento continuo de principio a fin. Y considero que eso es un importante logro por parte del director, Chema del Barco. Y yo también he aportado algo. Porque esta mujer es una costurera. Y yo sé coser. Y entonces yo sabía si en un momento determinado coger la aguja, si no, si tal… Y eso te proporciona un movimiento continuo que hace que la obra no consista en una lectura. Que realmente sea actuación.

A por la rebeldía

¿El teatro tiene la suficiente fuerza para cambiar algo en la sociedad?

Sí, y los artistas tenemos la obligación de hacerlo. Todos los artistas, en general, tenemos la obligación de mover la sociedad. Para eso estamos. Somos bufones. Tenemos la obligación de menear, para que la sociedad avance. Porque, de lo contrario, llega el punto de este algo acomodaticio que tenemos, que hace que dejemos de pensar, porque no interesa que pensemos. A los poderes fácticos les interesa que seamos como ovejas, que no pensemos. Y ahí estamos los artistas, que tenemos que mover, y decir, “esto no, esto mal, aquí crítica”. Así es como la gente se pone las pilas. Los artistas tenemos la obligación de remover conciencias. Es verdad que tenemos que vivir, todo el mundo necesita dinero para vivir, pero nuestra misión no consiste en ganar dinero. Nuestra misión es ser mosca cojonera. Yo invito a la gente a que siga siendo rebelde. A que siga yendo al teatro. A que siga yendo a exposiciones. Y a que siga yendo al cine. Y a que lea. Que lea muchísimo. Ahora mismo no hay rebeldía. Y eso es lo que tenemos que currarnos otra vez.