Tribuna Cultural / Mauro Armiño Tiempos de hoy

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 Nº 1245. 4  de mayo de 2018

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

Biografías: de aquellos barros estos lodos


La expresidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, tras anunciar su dimisión. / EUROPA PRESS

Tras el fraude académico vino la risión y el escarnio, mofa y befa de Cristina Cifuentes, ya difunta presidenta de Madrid. Ésta, en sus días de gloria inundaba con voz rasposa las radios, hasta el punto de convertirse en la presidenta-radio, como aquel generalazo Queipo de Llano, que en Sevilla, colgado de un micro de radio, ordenaba el “dale café, mucho café” que condenó a muerte a García Lorca, entre otros muchos. Hablaba de todo, de menudencias que si me apuran llegaban hasta el precio de los espárragos; bueno, de todo no, nada sobre el aumento de la pobreza infantil en su Comunidad, ni del descenso de los servicios sociales o el apoyo a los colectivos vulnerables, ni del mal estado de la sanidad madrileña (la mejor del mundo, según ella), etc. Se nos convirtió, cual otra Esperanza Aguirre, en destapadora de la corrupción del PP, sin parar en barras sobre su papel, juez y parte, en Fundescam, un lavadero de dinero para campañas electorales. Y el largo etcétera de mentiras sobre el que construyó una biografía limpia que ha terminado por colgar el cartel de vilipendio e infamia, con viacrucis personal, del que ahora se queja. Ha terminado, por mucho que se lamente, en el bochorno del título de la vieja película de Soderbergh: Sexo, mentira y cintas de súper”.

Pero dejémosla: se siente víctima de vejación y menosprecio, sin admitir que el máster fue un cuento chino; mejor atribuir la seguridad en la mentira a un engreimiento inagotable, porque, si no, habría que recurrir a la psiquiatría y concluir que Cifuentes ve sus propias ensoñaciones como realidad. Ahora sólo le queda, además de su sueldito en la Asamblea madrileña –refugio también ante la Audiencia Nacional–, pasar, según los entendidos, por un horizonte de perros: dilucidar su responsabilidad en el máster falseado, que podría dar lugar a acusaciones de presunta falsedad documental, prevaricación, etc.

Algunos libertinos útiles
Hay biografías bastante peores que la de Cifuentes, pero de cierta enseñanza, como las que se reúnen en Los últimos libertinos (traducción de Mercedes Corral, Editorial Siruela), último libro de Benedetta Craveri, nieta del importante filósofo “hegeliano” Benedetto Croce, y especialista en cultura francesa del siglo XVIII, con libros como Madame du Deffand y su mundo o La cultura de la conversación aparecidos en la misma editorial, claves para la comprensión de una sociedad en movimiento desde Luis XIV y la Ilustración a la Revolución. Personajes menores (?) de un entramado social aristocrático como los duques de Lauzun y de Brissac, el vizconde de Ségur, los condes de Narbonne, Ségur y Vaudreuil y el caballero de Boufflers. Hombres en los aledaños del poder, armados con apellidos gloriosos de antepasados, que ejercieron la libertad erótica porque en ese fin de siglo XVIII ya “era una característica de la usanza nobiliaria”. Libertinos no sólo de costumbres sexuales, sino también en el otro sentido –ya borrado– del término: incrédulos de todo porque todos han pasado por la Ilustración y admiran a Rousseau y a Voltaire, e incluso se apuntan a la convocatoria de unos Estados Generales que iban a ser el principio del fin del absolutismo. Íntimos de las mujeres que estaban en la cúspide del poder en ese momento, como María Antonieta, a la que el de Lauzun, por ejemplo, no deja de cortejar con intenciones más políticas que eróticas.

Biografías de cierta enseñanza
se reúnen en el libro de  Benedetta Craveri.


Todos ellos fueron espíritus influidos por el air du temps, la Ilustración, con grandes fortunas familiares –algunas del fruto de los esclavos de las plantaciones americanas– a su espalda; la mayoría mantuvo viva la sexualidad heredada de las élites de la Regencia, fue casada por decreto paterno con mujeres a las que apenas conocían y que en buena medida, aunque no a todos, no les interesaron demasiado; tienen esposa, amantes, una petit-maison decorada en ocasiones mejor que el domicilio conyugal. Esa libertad sexual tuvo dos direcciones, porque las mujeres se apropian igualmente de ese espacio donde la “necesidad de gustar” se impone como “una exigencia psicológica imperiosa, un reto que se renovaba cada día”, como es el caso del vizconde de Ségur, que fue, además de militar –obligada carrera para casi todos–, poeta y escritor de canciones; escribió, entre otros textos, la biografía de su padre biológico (alguno más tenía apellido de padres putativos), el barón de Besenval, una de las figuras claves de la hedonista corte, que escandalizó al mundillo aristocrático. Tenían la sensación, como escribe Ségur, de que “el amor se ha corrompido; llegamos demasiado tarde; /queramos o no, debemos recurrir al arte”, a un juego del amor y del deseo como representación que Choderlos de Laclos describió en Las relaciones peligrosas o, algo más tarde, Alfred de Musset en la piececilla Una puerta debe estar abierta o cerrada. Puro juego para alimentar el misterio del amor, Porque “el sexo es antes que nada una práctica simbólica”.

El colapso del hedonismo
No vieron venir la derivada de aquellos Estados Generales que Luis XVI convocó más que obligado: la Revolución, y a ella los enfrenta Craveri en los dos últimos apartados. Les pilló con el paso cambiado: sabían que el ciclo absolutista de los Borbones había colapsado y pensaban en una sociedad de monarquía constitucional que los mantendría en el mismo universo conocido. Algunos eran liberales y abrazaron las nuevas ideas con tiento, aunque siempre monárquicos (vizconde de Ségur, Narbonne), otros son intrigantes cercanos al poder (Vaudreuil), otros pasan el periodo revolucionario retirados y escribiendo obras históricas (conde de Ségur), y alguno lo pagó con la guillotina (Lauzun) o la emigración (casi todos). A su lado, en el entramado histórico que Craveri forja, mujeres de la talla de Germaine de Staël, Mme. de Genlis, de Sabran, de Laval, du Barry, que compartió final en la guillotina con su amiga y rival en la cama del rey, María Antonieta. Libro magnífico de trama, porque Craveri amplía ese universo a las relaciones históricas que todos ellos tuvieron.

Un azote español
Cifuentes, en comparación con Fernando VII, una santa de altar. La reciente biografía Fernando VII. Un rey deseado y detestado (Editorial Tusquets), del historiador Emilio La Parra, catedrático de Historia contemporánea (Alicante) y especialista en los siglos XVIII y XIX, incide, con aportación de datos desconocidos hasta ahora y concienzuda rebusca y análisis de correspondencias y documentos, en la imagen que de ese Borbón tenían ya parte de sus contemporáneos y ha dejado para la historia. Los adjetivos que se le adjudicaban: felón, taimado, intrigante, turbio, oportunista, tirano, mentiroso no cubren todo el mal que supuso; se encargó de guillotinar el incipiente progreso liberal en España, que no dejó cuajar pese a jurar la Constitución de Cádiz, por la que dijo que iba a ser el primero en transitar. Se saltó las leyes, burló sus juramentos, empezó por arrebatar la corona a su padre, el débil Carlos IV; si ya su madre María Luisa, le calificaba. cuando aún no tenía veinte años. de ”marrajo y cobarde” en carta a Godoy, la intrigante reina aún no sabía lo que aguardaba a la pareja real: desde organizar campañas de agitación con estampas denigrantes y pequeñas conspiraciones palaciegas contra los reyes, hasta desposeer a su padre de la corona aprovechando el motín de Aranjuez. Carlos IV tuvo que suplicar a Napoleón para que se la devolviera, y el francés, viendo los desastres de palacio y la situación aprovechó para invadir España, llevárselos a los dos, Carlos IV y Fernando a Bayona, hacerles abdicar y encerrar al hijo en una jaula de oro, en el palacio de Talleyrand en Valençay.

Esta biografía aporta datos
desconocidos hasta ahora.

 

El deseado por error popular
Mientras los españolitos bregaban a cuchilladas con los franceses y entre 300.000 y 500.000 hombres dejaban la vida en la llamada guerra de la independencia, Fernando se dedicaba a encomiar de forma infame a Napoleón en Valençay, e incluso se ofrecía para ser su hijo adoptivo, “que verdaderamente haría la felicidad de mi vida”. Y cuando los franceses tuvieron que abandonar la península, regresó en loor de multitud; el pueblo (ese honrado pueblo que nunca se equivoca) se volcó en la recuperación del “deseado”, de su rey “cautivo”, aunque algunos constitucionalistas ya se olían lo que iba a dar de sí; Fernando no tardó en derogar la Constitución, en dos ocasiones, en 1814 y tras el trienio liberal, al que para desalojar del poder no dudó en llamar a un ejército extranjero, el de los Borbones franceses; desde el primer momento la emprendió contra los liberales sin clemencia, bien jaleado por una Iglesia que vio restablecida en su favor la Inquisición para perseguir, a herejes esta vez no, a opositores de la política fernandina.

El excelente y apasionante trabajo de Emilio La Parra desnuda los hechos personales de una biografía que no deja de insertarse en el paso de la historia, y descubre todo el entramado de camarillas, luchas palaciegas, absurdos y vilezas regias, etc., hasta la promulgación de la Pragmática Sanción, que daría paso a Isabel II y las guerras carlistas. Desgracias de país, porque, según Emilio La Parra, de aquellos lodos vinieron luego las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco. Y quizá los herederos que dejaron.