Tribuna / José Luis Centella Tiempos de hoy

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 Nº 1245. 4  de mayo de 2018

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Tribuna / José Luis Centella 

No es abuso, es violación


EUROPA PRESS

A las mujeres no se les puede exigir un plus de sufrimiento cuando son agredidas. Una orientación patriarcal sobre cómo entender la vida parece exigir que la mujer debe resistirse hasta la muerte para demostrar que no acepta la relación sexual

Las calles de nuestras ciudades se han llenado de nuevo de una ‘marea violeta’ para reivindicar el final de una sociedad patriarcal donde la mujer tiene que adaptarse a los patrones de conducta que fijan una moral que anula su derecho a ser dueña de sus sentimientos. Ha sido a consecuencia de la sentencia del tribunal de Navarra contra los repulsivos actos de los cinco hombres de la conocida como ‘La manada’ que, a pesar de considerar probadas las agresiones causadas a una joven, establece que no suponen una violación, sino meros abusos sexuales.

Fuimos testigos previamente de un proceso en el que desde diferentes ámbitos judiciales y mediáticos se llegó a culpabilizar a la mujer agredida, se presentó como una prueba de la defensa la ‘vida normal’ de la víctima tras la agresión, como si no tuviera derecho a rehacerla y como si debiera quedar marcada de por vida.

Toda la causa judicial culminó con una sentencia insuficiente, acompañada incluso del voto particular de uno de los magistrados que defendía la descabellada absolución también del delito de abuso sexual, a pesar de las múltiples pruebas y del testimonio de la víctima.

El Poder Judicial vuelve a demostrar una importante incapacidad de aplicar la ley atendiendo a la realidad de una sociedad democrática contraria a cualquier discriminación o injusticia, y deja una sensación de absoluta impunidad para los agresores.

La sentencia pone de manifiesto la vergonzosa doble moral plasmada en el Código Penal y que considera que pueden existir acometidas sexuales de hombres contra mujeres que, sin mediar consentimiento, no suponen violencia e intimidación. Hay que tener muy claro que si no hay consentimiento, existe violencia.

A las mujeres no se les puede exigir un plus de sufrimiento cuando son agredidas. Una orientación patriarcal sobre cómo entender la vida parece exigir que la mujer debe resistirse hasta la muerte para demostrar que no acepta la relación sexual; buscan imponer la idea de que mejor morir que vivir con la deshonra de haber sido violada.

El movimiento feminista está a día de hoy plenamente movilizado y decidido a cambiar las cosas. Centenares de miles de mujeres han salido a la calle, gritando que lo ocurrido en Pamplona no fue un abuso, sino una violación. Las manifestaciones se han solidarizado con la víctima y han vuelto a poner de manifiesto que queda mucho por hacer en la defensa de los derechos fundamentales de la mujer, en la protección de su integridad y en la batalla contra la violencia que padecen, empezando por la exigencia de modificar un Código Penal que no protege de forma efectiva a las mujeres, ni de las violaciones ni de las múltiples expresiones de violencia a las que se enfrentan.

No se trata de ‘legislar en  caliente’, excusa lanzada por algunos para descalificar estas propuestas, y sí de resolver una situación denunciada desde hace años y que sólo sale a la luz cuando se hacen públicos casos como éste que, desgraciadamente, se repiten a menudo en muchos tribunales de todo el Estado sin tanta proyección mediática.

Los hombres debemos plantearnos también de una vez el reto de empezar a denunciar y a combatir los silencios cómplices que se producen cuando muchas veces se trivializan comportamientos machistas. No hay que dejar que se sitúe a la mujer como ‘objeto a consumir’, denunciar chistes o comentarios que las ridiculizan por el simple hecho de no ajustarse a las normas de la moralidad patriarcal en el vestir, en el hablar o en su actuación pública o privada. Todos esos comportamientos están en la base de las agresiones como la ocurrida en Pamplona.

 

Firma:

Actual coordinador de la Asamblea Político y Social de Izquierda Unida y presidente del Partido Comunista de España (PCE) desde 2018, partido del que ha sido secretario general entre 2009 y 2018. Maestro de profesión, fue concejal en el Ayuntamiento de la localidad malagueña de Benalmádena, provincia donde inició su actividad política y por la que fue elegido diputado al Congreso en 1993, 1996 y 2000. En la X Legislatura (2011-2015) volvió a la Cámara Baja como diputado por Sevilla, ocupando la portavocía del Grupo Parlamentario de IU, ICV-EUiA, CHA-La Izquierda Plural. 

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