Tribuna / Pere Navarro Tiempos de hoy

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 Nº 1249. 1  de junio de 2018

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Tribuna / Pere Navarro

El conflicto nuestro de cada día


La ocupación intensiva del espacio público con símbolos partidistas es una falta de respeto para con todos los demás y alimenta enfrentamientos que empiezan siendo verbales y acaban siendo físicos

Parece que allá por 1976 el ínclito Manuel Fraga Iribarne, a la sazón ministro de la Gobernación bajo la presidencia de Carlos Arias Navarro pronunció su famosa frase: “La calle es mía”. Es posible que el ministro quisiera dar, frente a las diferentes movilizaciones populares en ese momento tan intenso de la Transición española, un mensaje de autoridad que, más que autoridad, se convirtió en el genuino símbolo del autoritarismo.

Últimamente, en lo que empieza a ser ya como una especie de liturgia procesista, hemos escuchado y visto en múltiples pintadas la frase “Els carrers seran sempre nostres” (las calles serán siempre nuestras).  Esas frases demuestran un talante poco participativo y en absoluto cívico respecto a compartir aquello que es de todos y no sólo de aquellos que se autoproclaman propietarios.

La calle, el espacio público, es el escenario donde todo sucede. Son los lugares en los que, en una cultura mediterránea como la nuestra, nos relacionamos. Es el ágora de las antiguas ciudades griegas, cuna de nuestra civilización. El lugar donde se debate para construir el futuro.
Es legítimo usar las calles para movilizar a los partidarios de unas opciones u otras. Para mostrar músculo o simplemente para ver quién hace más ruido. En una democracia eso no sólo es posible, sino que también es deseable porque el derecho de manifestación es uno de los componentes fundamentales de la libertad de expresión.

El problema surge cuando se promueve la ocupación de un espacio por parte de sectores enfrentados en el mismo momento temporal. Porque ya no estamos hablando de libertad de manifestación o de expresión, sino del peligroso juego de la confrontación. Un juego que puede acabar con resultados de los que después todo el mundo se arrepienta pero que ya no tengan solución. La ocupación intensiva del espacio público con símbolos partidistas es una falta de respeto para con todos los demás y alimenta enfrentamientos que empiezan siendo verbales y acaban siendo físicos.

Por eso es tan preocupante ver que se ocupan playas y multitud de lugares y se pintan infinidad de paredes con las famosas cruces o lazos amarillos. Cada día paso cerca de una pared en el que alguien empezó pintando un lazo amarillo, otro lo convirtió en una bandera española y un tercero lo acabó convirtiendo en un borrón indescifrable y, evidentemente, sin ningún valor estético, sino justamente lo contrario.

En la película La Vaquilla, que Luis García Berlanga dirigió en 1987, la vaquilla, que representa a España, acaba muerta y desaprovechada (a estas alturas espero que nadie se moleste por el espoiler) en mitad del campo mientras los dos bandos continúan peleándose. En el caso de Catalunya es imprescindible volver a la calle para manifestarnos, convivir, debatir, ir de fiesta, construir espacios de convivencia y civilidad.

No sea que, como en la película de Berlanga, nuestro “burro català“, o sea, Catalunya, acabe muriendo inane y desaprovechado en mitad del campo mientras nosotros seguimos con el conflicto nuestro de cada día.

 

 

Firma:

Miembro del Comité Federal del PSOE, licenciado en Biología por la UAB. Fue alcalde de Terrassa entre 2002 y 2012, primer secretario del Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC)entre 2011 y 2014, diputado del Parlament de Catalunya y miembro de la Comisión Ejecutiva Federal del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). A lo largo de su carrera profesional ha desarrollado distintos cargos de dirección como presidente del consorcio Localret y presidente del Fons Català de Cooperació al Desenvolupament.En 2013 la Fundación City Mayors lo incluyó en la lista de los mejores alcaldes del mundo.

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