Presidente Sánchez Tiempos de hoy

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 Nº 1249. 1  de junio de 2018

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Politica / M. Capilla y V. Miranda

Cataluña y los Presupuestos de 2019 decidirán la fecha de las elecciones

Presidente Sánchez

Una semana después de haber aprobado sus Presupuestos y garantizarse poder agotar la legislatura, Mariano Rajoy se ha convertido en el primer presidente derrotado en una moción de censura. Un éxito político para un Pedro Sánchez al que el establishment de su partido llegó a defenestrar para investir a Rajoy y que regresó a la Secretaría General con un amplio apoyo de la militancia socialista. Sánchez tiene ahora el desafío de desbloquear la agenda social vetada por el PP, consensuar una fecha para las elecciones y entenderse con los independentistas sin alimentar la feroz oposición que ya preparan Rajoy y Albert Rivera.


Pedro Sánchez se ha convertido en el primer presidente que llega a La Moncloa tras vencer una moción de censura. / PSOE. / PSOE

El nuevo presidente del Gobierno asume que "es evidente que tenemos que ir a unas elecciones". Pero no hay prisa  
A Sánchez e Iglesias les queda mucho camino para recomponer una relación en la que ha primado la desconfianza

Pedro Sánchez fue haciéndose presidente del Gobierno a ojos vista en la tribuna del Congreso a lo largo de la jornada del jueves. Empezó comedido y plano en el cara a cara con Rajoy por la mañana, para, por la tarde, armarse de desparpajo replicando a Albert Rivera y de aplomo conciliador para tender puentes con su principal apoyo, Pablo Iglesias. Entre una y otras, Aitor Esteban confirmaba el sí de los cinco diputados del PNV a la moción de censura que devuelve al PSOE al gobierno siete años después.

Sánchez dejó satisfechas en su primera intervención las tres peticiones de los nacionalistas vascos: el mantenimiento de los Presupuestos diseñados por Cristóbal Montoro -que garantiza las inversiones de 540 millones de euros en el País Vasco-; la distensión de la crisis política catalana -”siempre dentro de la Constitución”, insistió varias veces el líder socialista-; una fecha de las elecciones generales los más retrasada posible -con la esperanza de que Albert Rivera, que tiene entre ceja y ceja el concierto fiscal vasco, se desinfle en las encuestas. Y este es precisamente el quid de la cuestión. Sánchez no va a articular un mero gobierno provisional, va a diseñar un gabinete para que “cuando los españoles sean llamados a las urnas, la izquierda gane las elecciones”, le explicó a Iglesias.

El nuevo presidente del Gobierno asume que “es evidente que tenemos que ir a unas elecciones”. Pero no hay prisa. Su intención es consensuar la fecha con las otras fuerzas políticas, pero antes dejó claro que su intención es aprobar unos Presupuestos Generales del Estado para 2019. Lo cual permite entrever que Sánchez no tiene intención de convocarlas en los próximos 12 meses, como mínimo. Una hipotésis razonable para frenar el ascenso de Albert Rivera en las encuestas, prioridad que reúne a PSOE, Podemos y PP. Los argumentos que se explicaban en los pasillos del Congreso durante la moción de censura señalaban que a ninguno de los tres les interesa que las generales se celebren antes que las municipales y autonómicas de mayo del año próximo. Ciudadanos es un partido poco implantado a nivel municipal y regional. Le faltan cuadros y candidatos potentes. Así que socialistas y populares pretenden hacer valer su músculo organizativo, mientras Unidos Podemos busca blindar los ayuntamientos que gobierna amenazados por los naranjas, como Madrid y Barcelona. Esto explicaría también por qué Rajoy no ha dimitido, como le pedían muchos en su partido. Eso hubiera garantizado seguir controlando el BOE y los ministerios, quedando todo el Ejecutivo en funciones, pero no aseguraba que no hubiera elecciones a corto plazo si fracasase la nueva investidura a la que obligaría esa dimisión. 

Hasta que decida disolver el Parlamento, Sánchez va a liderar un gobierno con cuatro prioridades:  “La estabilidad institucional y regeneración democrática, la estabilidad macroeconómica y presupuestaria, la estabilidad social, laboral y medioambiental y la estabilidad territorial”.  “Un Gobierno que hará del diálogo su forma de hacer política” y que “asumirá” en su programa medidas que “han generado amplios consensos parlamentarios”, como “garantizar la independencia de la Corporación de RTVE” o la derogación de “los aspectos más virulentos de la Ley Mordaza”.

Sánchez también se ha comprometido a aprobar una Ley de Transición Energética y Cambio Climático. En materia laboral, recuperará “las hoy abandonadas políticas activas de empleo”, elevará “la cobertura de los desempleados, en especial de aquellos mayores de 50 años” y desarrollará un Pacto de Rentas como el que reivindican los sindicatos para abordar “la dignificación salarial de los trabajadores y trabajadoras”. Subrayando que el pasado 8 de marzo “este país cambió”, Sánchez también se ha comprometido a elaborar un gobierno “paritario”, una Ley de Igualdad Salarial, subrayando la “necesidad de aplicar y cumplir todas las medidas incluidas en el Pacto de Estado contra la Violencia de Género”. 

Además, se propone reconstruir “los consensos rotos en el marco del Pacto de Toledo” para atender las reivindicaciones de los pensionistas, recuperar “el carácter universal” de la sanidad pública y asegurar la financiación de la dependencia. Y en materia territorial, se ha comprometido a tender puentes con “todas las comunidades” y “normalizar” las relaciones con el Govern catalán, pero siempre observando que “cumplirá y hará cumplir la Constitución”.

Para todo ello, va a contar con un aliado fundamental, Pablo Iglesias. Un Iglesias que subió a la tribuna para regañarlo por “no parecer presidenciable” y animándole a no “conformarse” con ser “el menos malo” y a que tuviera “más dignidad”, y terminó, tras el tono conciliador empleado por Sánchez en su respuesta, pidiéndole “disculpas por no haber sido eficaz a la hora de trabajar con usted”. A ambos les queda mucho camino por delante para recomponer una relación en la que siempre ha primado la desconfianza y el recelo.  Los socialistas entienden que Iglesias nunca tuvo verdadera intención de llegar a un acuerdo y que estaba más pendiente de alcanzar el sorpasso que muchas encuestas predecían para las elecciones de junio de 2016. Mientras, Iglesias considera que Sánchez le engañó primero con su propuesta de ‘pacto a la portuguesa’ de las izquierdas, a principios de 2016, y luego cuando ganó las primarias subrayando que Unidos Podemos sería su principal aliado para luego, a raíz del 1-O, sostener las políticas del Gobierno y forjar una relación muy sólida y cercana con el presidente Rajoy a lo largo de los últimos meses. El aprecio personal que Rajoy y Sánchez se tienen se vio al final de su cara a cara, con los dos deseándose “lo mejor” a nivel personal. Con el líder de Podemos, sin embargo, la falta de sintonía se percibió hasta cuando Iglesias se acercó al escaño de Sánchez para estrecharle la mano. Un saludo frío y rígido.

“Empecemos a trabajar con humildad y con una fuerte dosis de realismo”, le instó Sánchez a Iglesias, porque “tenemos que ser recordados como la izquierda que supo gobernar este país”. El nuevo presidente del Gobierno no recogió el guante del líder de Podemos acerca de la formación de un Ejecutivo de coalición, pero tampoco cerró las puertas. Pero ambos coincidieron en que deben trabajar para que “cuando los españoles sean llamados a las urnas”, dijo Sánchez, “la izquierda esté en condiciones de ganar las elecciones”.

 

Rajoy aboca al PP al abismo


Rajoy se ha despedido del cargo deseando “suerte a todos ustedes por el bien de España”. / EUROPA PRESS

Este martes, el PP reúne a su Comité Ejecutivo Nacional en medio de una gran expectación   El nombre de Feijóo, eterno favorito en la carrera sucesoria, surge con naturalidad entre los populares

Rajoy no ha querido irse del Gobierno sin oponer resistencia. El ya expresidente protagonizó la mañana del jueves, primera jornada del debate sobre la moción de censura planteada por el PSOE, una intervención cargada de golpes de efecto y comentarios irónicos sobre las debilidades y contradicciones ajenas, parte de las señas de identidad de una oratoria que le han convertido en uno de los diputados más hábiles que han pisado la tribuna del Congreso.

Sus dotes parlamentarias no pudieron sin embargo evitar que una mayoría absoluta de 180 diputados apoyaran a Pedro Sánchez. Más concretamente, no lograron convencer al minoritario grupo de cinco diputados del PNV, los únicos y definitivos que quedaban aún por concretar.

El tono de la intervención del líder conservador, seguro y batallador al principio, se tornó más grave al final de la mañana, cuando quien aspiraba a sacarle de La Moncloa había invalidado la única baza con la que contaba Rajoy: el pacto de Presupuestos. Comprometidas por el socialista las cuentas acordadas entre vascos y populares, el presidente del PP se vio de salida. Y en la intervención final, él y Sánchez parecieron despedirse, deseándose lo mejor en lo personal mientras un cisma separaba abruptamente a dos líderes políticos que han ido de la mano desde que el pasado mes de octubre pactaron los términos de la aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña.

Finalizada la intervención de la mañana, los nervios de los diputados populares de primera hora dieron paso a la desolación. Una semana atrás celebraban que el apoyo de los nacionalistas vascos les garantizaba llevar a término la legislatura en 2020 y ya eran conscientes de que había cambiado su suerte y estaban con un pie en la oposición.
No estuvo Rajoy durante la tarde en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo. Su escaño lo ocupó “un bolso” -el de Soraya Sáenz de Santamaría-, como le afeó el líder de Unidos Podemos, Pablo Iglesias. Pero el partido y el grupo empezaron a desenvolverse en su nuevo papel opositor antes de que al día siguiente fuera oficial.

Así, adelantaron que no van a boicotear la tramitación de la ley de Presupuestos para 2018 en el Senado, donde tienen mayoría absoluta, asegurando que son un partido serio y rechazando la insinuación que el portavoz del PNV, Aitor Esteban, había hecho desde la tribuna. También se frotaron las manos con las contradicciones en que van a entrar los partidos del que llaman “Gobierno Frankenstein”, particularmente a propósito de las cuentas que deberían recibir su aprobación definitiva en unas semanas y de la crisis territorial.

A este último respecto, avanzaron la que será una de las exigencias más inmediatas al flamante presidente: que aclare qué va a hacer respecto a Cataluña, si va a respetar los términos del acuerdo comprometido entre Sánchez y Rajoy antes de que la sentencia del caso Gürtel provocara un tsunami político cuyas consecuencias han sido devastadoras para el que hasta ahora ha sido el partido en el Gobierno.

La peor de las crisis.
A media tarde del jueves, María Dolores de Cospedal comparecía en rueda de prensa para acabar con la rumorología asegurando que Rajoy no presentaría su dimisión para esquivar la moción de censura porque “la aritmética parlamentaria no garantiza que el PP” continúe al frente del Ejecutivo.

No quiso sin embargo entrar en el futuro del hoy expresidente ni en el del propio partido. “No es el momento”, repitió en varias ocasiones al ser preguntada por ambas incógnitas. Pero esa es ahora una cuestión vital para una formación donde la críticas internas, avivadas ahora por el traumático e inédito modo en que ha sido expulsada del Gobierno, exigen cambios catárticos.

Si la figura de Rajoy ha estado en cuestión de forma cíclica casi desde que asumiera el encargo de liderar el PP, en las actuales circunstancias va de suyo. Entre los populares se habla de fin de ciclo y la necesidad de encarar su renovación -varias veces abordada pero inacabada- genera pocas dudas entre sus filas. Y el nombre de Alberto Núñez Feijóo, el eterno favorito en la carrera sucesoria, surge con naturalidad en las conversaciones entre populares.

Hoy por hoy, hay pocas ganas de que estalle una guerra entre aspirantes al cetro conservador. Porque no están los ánimos para más sobresaltos ni para autolesiones, con un incierto plazo para recomponerse antes de las próximas elecciones generales y con Ciudadanos amenazando su hegemonía en el centro derecha.

El partido que, por cierto, ha generado mayor resentimiento entre los diputados populares, enfadados con Albert Rivera tras ofrecer al PP una “salida pactada” que “a medio plazo” derivase en unas elecciones generales si Rajoy presentaba su dimisión. Así lo manifestaban al finalizar la primera jornada del debate y de ello dejaron constancia al día siguiente aplaudiendo desde sus escaños cada ataque de su portavoz, Rafael Hernando, al líder naranja, durante más de dos años su aliado/opositor y a quien ya consideran enemigo a batir en la indefinida etapa de precampaña que da comienzo.

Las ganas de encontrar una salida lo más rápida e indolora posible no es garantía de que triunfe. El presidente de la Xunta de Galicia, a quien ahora invocan no pocas voces populares, tendría que querer tomar las riendas de la formación en el momento más grave de su historia. Y no sólo se especula ahora sobre las intenciones de quienes también se han barajado durante años como eventuales sucesoras; una situación excepcional como la de ahora abre la posibilidad de que surjan nombres nuevos.

Este martes, 5 de junio, el PP celebra Comité Ejecutivo Nacional. Nada extraordinario, pero sí definitorio. Al menos, del rumbo que va a tomar la formación conservadora en los primeros compases de esta inesperada y abrupta salida del Gobierno, de donde ha sido expulsada por el resto de formaciones representadas en el Congreso.

A pesar de la precipitación, Rajoy tuvo tiempo de despedirse de su escaño en la bancada azul. Y asumiendo el resultado de la votación de la moción de censura antes de que se produjese, fue elegante en sus últimas palabras. Tras ser el primero en felicitar a Sánchez y señalar que había “sido un honor ser presidente” de su país, terminó en lo que pareció una despedida: “suerte a todos ustedes por el bien de España”.