Entrevista / Millán Salcedo Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1256. 21  de julio de 2018

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Millán Salcedo, actor y humorista

“El humor es terapéutico y sanador para mí”

Tiene 63 años, dos operaciones graves de tobillo y una capacidad para hacer humor –“Encanna”– que incluso le ha valido “para poder vivir de las rentas”, aunque no ha conseguido reprimir su vocación de siempre: estar sobre un escenario. Millán Salcedo (Brazatortas, Ciudad Real) viene de representar con enorme éxito en el Teatro Cofidís-Alcázar de Madrid ‘En mis Trece 2.0’, espectáculo con el que saldrá de gira después del verano. Un show en el que cuenta anécdotas de su vida profesional en el grupo Martes y Trece, zarandea a los políticos, y es irreverente con la Corona, especialmente en un gag dedicado al rey emérito, Juan Carlos I.

“Tenemos actualmente el colesterol alto de tanta carnaza televisiva”   “Para mí un escenario es como el diván de un psiquiatra”

Usted firma, dirige y protagoniza el espectáculo ‘En mis Trece 2.0’. Y lo ha definido como un show divertido, humorístico-musical y cantable”.
Yo pongo un puesto enorme encima del escenario. Y humor es lo que se vende ahí. Humor, una palabra mágica en estos tiempos tan convulsos, en los que quienes nos dedicamos al humor no tenemos que escribir prácticamente nada porque nos lo están dando todo hecho. Entre lo que hacen los políticos, la Corona y los deportistas, estamos todos con los ojos abiertos, sorprendidísimos. Es muy fuerte lo que está pasando.

Escribe usted en el programa: “En esta ocasión me enrollo con la actualidad más rabisalsera y lo cuento con la traca y matraca del Millán de ‘Martes y Trece’ más ganso y cachondo”.
Después de 40 años sobre los escenarios me parece entender que tengo mi propio estilo, mi propia línea de flotación. La gente que viene al teatro a verme quiere ver a ese humorista que es de ‘Martes y Trece’. Y en la función yo cuento anecdotillas. Y la gente pregunta a través de Internet. Y siempre me vienen a hacer las mismas preguntas. Este show es una ensalada llena de ingredientes.

Ramón Gómez de la Serna escribió: “El humor es el glóbulo rojo de la circulación”. ¿Qué piensa usted?”.
Me acaba usted de mencionar a uno de mis nortes a seguir, al señor de las greguerías. Ramón fue alguien muy fuerte como escritor. Yo tengo escrita una obra de teatro que se titula ‘El entretenido’, y uno de los personajes es Ramón. Lo amo. Y hay un escultor-fotógrafo vasco que ha hecho una extraordinaria exposición basándose en las greguerías de Ramón, una exposición itinerante por el mundo, que es muy surrealista, muy al estilo de Ramón. Yo intenté estrenar esa obra de teatro, pero no estaba entonces con la productora apropiada. Personalmente necesitaba estrenarla, ver sobre el escenario lo que había escrito, pero hubo muchas dificultades. De todos modos, ahí está la obra. Pero yo no paro de escribir, escribo continuamente. Y tengo dos obras de teatro más inéditas.  

Usted ha dicho respecto a las giras: “Me encanta ir de pueblo en pueblo, como los titiriteros”. ¿Es muy distinto el humor en unas zonas u otras de España?
Sí, y de eso me di cuenta hace años. De repente hacíamos el gag de una entrevista de Jesús Hermida a Gloria Fuertes y en un sitio duraba diez minutos entre risas, y al día siguiente, en otra ciudad, teníamos que reducirlo a cinco minutos. En Andalucía te lo ríen todo. Yo amo al público andaluz. Allí te aplauden, se dejan llevar. Es un público muy agradecido. En el norte de España no, se trata de un público distinto. Hay una frase que ahora dicen mucho en Telecinco y es que “el público es soberano”. Y yo creo que no, que es el pueblo el que es soberano. Y bendita sea la tecnología que nos ha traído los memes. El sentido del humor está ahí. Yo me he metido en la tecnología. Amo la tecnología. Y como digo en el espectáculo: “Yo con cada meme me meo”.

Ha dicho en alguna ocasión que para usted el humor es una terapia.
El humor es terapéutico y sanador para mí. Yo necesito salir a un escenario. He intentado muchas veces a lo largo de mi vida dejar esta profesión, pero no puedo. Siempre ocurre que termino necesitando un escenario. Porque para mí un escenario es como el diván de un psiquiatra. Yo tendría problemas graves en caso de dejar este oficio. He estado ahora en el Teatro Cofidís Alcázar de Madrid, que todos los días ha estado muy bien de público. Y me llevo la constatación de que el público me quiere. Después del verano haré bolos por España con este espectáculo. Yo he querido ser selectivo. Hago un bolo de vez en cuando. Como explico en el show: “¿Por qué vivo yo tan estupendamente? Pues gracias a las empanadillas de Móstoles”. He contratado unos 30 bolos de esta obra para hacerlos durante un año y de ese modo matar el gusanillo.

Antonio Ferrandis confesó en cierta ocasión que él casi detestó durante una época de su vida al personaje de Chanquete. ¿Qué recuerdos conserva usted de aquel gag inolvidable de Encanna?
Yo soy la Encanna de España. Es más, en este show canto un tema en el que digo que yo soy la Encanna de España y que siempre lo seré. Aquel número salió por sí solo, fue una cosa improvisada, no estaba ni siquiera previsto. Se nos ocurrió aquello de “Encanna estoy en Móstoles”. Y así lo cuento en este show en medio de las anecdotillas de mi carrera profesional. La gente del público siempre me hace las mismas preguntas. Y hay mucha leyenda urbana en relación a Encanna. Me preguntan si se enfadó Encarna Sánchez por todo aquello. Y Encarna Sánchez no se enfadó. Le encantó. Le hizo mucha gracia lo de las empanadillas de Móstoles. Y durante una época incluso nos hicimos amiguetes. Yo muestro una fotografía en el espectáculo en la que aparecemos los tres juntos después de recoger un premio. Y en Móstoles me quieren muchísimo por lo de las empanadillas. Hace unos días estuve en Móstoles porque tengo unos amigos allí y voy de vez en cuando a jugar con ellos una partida de mus. Nos sentamos en la terraza de un bar y no se puede usted imaginar la que se lió. “¡¡¡Adiós Encanna!!!”, me decía la gente. Y alguna señora incluso me lanzó besos desde la acera. Móstoles es maravilloso. Pero en todos sitios la gente se me acerca con una sonrisa. Y eso es muy fuerte en estos tiempos en los que gente poco preparada se hacen estrellas mediáticas de la televisión y no puedes con ellas. Tenemos actualmente el colesterol alto de tanta carnaza televisiva.

Usted estudió en un internado. ¿Qué parcela había para el humor en un internado?
Pues fíjese, mucha. Allí lo descubrí todo. Mi padre murió cuando yo tenía siete años. Vivíamos en Puertollano. Y mi madre se quedó viuda con tres hijos. Y no tuvo más remedio que meterme en un hospicio. Y allí pensé yo que no me iba a querer nadie, que me aguardaba una vida espantosa. Un error. Porque en el internado había una costumbre que consistía en hacer veladas, que es donde los niños cantaban. Y el mismo día que llegué me probaron la voz. Dijeron: “A ver, que cante el nuevo”. Y yo canté una canción de Marisol, ‘Chiquitita’. Les gustó mucho y me pusieron de solista del coro. Y ahí estaba yo, subido a un escenario con sólo siete años y cantando ‘Chiquitita’ y mil cosas más. Celebración tras celebración. Mi padre murió y eso me produjo una pena infinita. Pero el sentido del humor me viene de mi madre, que es una cachonda mental.

“La obligación de ser brillante las 24 horas del día me llevó hace años a ingresar 40 días en una clínica”

Baudelaire dijo: “Hay que ser sublime sin interrupción”. ¿Hasta qué punto a usted le ha podido resultar insoportable en algún momento de su vida la obligación de ser sublime sin interrupción?
Eso es muy difícil de explicar sin que se lleve a una mala interpretación. Pero la obligación de ser brillante durante las 24 horas del día me llevó hace años a tener que estar ingresado durante 40 días en una clínica, y allí fue donde me di cuenta de que se me había ido la olla. Porque yo no quería desengañar nunca a nadie, me exigía estar siempre perfecto sobre el escenario, y todo eso me perdió. Porque no se puede estar gracioso las 24 horas del día. Si Dios hiciera humor, no estaría en todas partes. Se escondería. Yo no sé si soy creyente o no. No está bien aclarado el tema de Dios. Pero yo sí creo en ese Dios que tenemos cada uno dentro. En ser buena persona. En ser un buen profesional. Como recientemente hemos visto con tremenda admiración a esos profesionales de Tailandia que han sacado a aquellos niños de la cueva. Que los han salvado. Qué bien esa gente. Yo creo en ese tipo de Dios. Y otra cosa que me pasó a mí fue mi afición a los casinos. Me enganché a la ruleta. Y luego me desenganché. Me ayudó gente. Di mi nombre para que no me dejaran pasar a ningún casino. Esto es bueno que lo conozca la gente que sufre ese problema. Proporcionas tu nombre y no te permiten entrar en ningún casino.

Usted empezó en 1972 en el mundo del espectáculo. Y actuó en el estreno de ‘Las cítaras colgadas de los árboles’, de su paisano Antonio Gala. ¿Qué recuerdos conserva?
Yo salí del internado en 1971 y al año siguiente comencé a estudiar Arte Dramático. Y tengo el honor y el orgullo de poder decir que yo comencé en esta profesión de figurante que entra en el escenario portando una lanza, lo que es un tópico sensacional. Porque en esos años se decía que las chicas empezaban sacando un papelito al escenario y diciendo: “Ha llegado este telegrama”. Y los chicos se iniciaban irrumpiendo en escena vestidos de soldado con una lanza. Aquella obra supuso un éxito absoluto y permaneció ocho meses en cartel. Trabajaban ahí Concha Velasco y Berta Riaza entre otros grandes actores. Y entre función y función, cada día, porque entonces había una función a las siete de la tarde y otra a las once de la noche, íbamos a un bar próximo al teatro, y ahí nos conocimos Fernando Conde, Josema Yuste y yo. Ahí nació Martes y 13. Y empezamos a hacer chistes en el bar, nuestros compañeros se reían, y nos animaron a formar un grupo. Todo en la vida son casualidades.

¿Quiénes fueron sus maestros?
Varios. Tony Leblanc, y los humoristas que veía en la televisión en blanco y negro. Yo obligaría a la juventud a que viera el blanco y negro. Porque de aquello viene lo actual. Y seguimos contando los chistes de toda la vida. Y los gags de siempre. Y mis maestros fueron también aquellos humoristas que veía en ‘Galas del Sábado’, aquel programa que presentaban Laura Valenzuela y Joaquín Prat. Y Mary Carmen y sus muñecos. Yo no me puedo creer que Doña Rogelia fuera un muñeco. Para mí, Doña Rogelia es una yaya de carne y hueso. Y claro, Tip y Coll, grandísimos, con su jarro de agua en las 625 líneas.

Esos políticos

¿Qué resquicio ve para el humor en la política actual?
La política actual no tiene ninguna gracia. Para mí, los políticos son como las vedettes de ahora, que lo tienen copado todo. Yo les pediría más sentido del humor. Estoy decepcionado con el Gobierno actual de Pedro Sánchez. Porque no vale todo para alcanzar el poder. Que se líen con Bildu, con el que se dan de bofetadas, no me ha gustado nada. ¿Qué habrán pensado las víctimas del terrorismo? Y no me gustan los que dicen una cosa y hacen otra. Como el de la coleta, Pablo Iglesias. Que despotricaba contra los que tienen un chalet y luego se compra un chalet por más de 600.000 euros. Y la Justicia, que dice que es ciega, pero no es que sea ciega, sino que se hace la ciega. Y lo digo, entre otras cosas, por la Infanta y por alguna otra señora de político. Se necesita un poco de igualdad. Y repartir mejor las cosas. No puedo soportar la injusticia. Que nuestros mayores tengan ahora dificultades para cobrar sus pensiones. La injusticia me pone de los nervios. En mi espectáculo hablo de los políticos. Por ejemplo, de una política que dimitió recientemente digo: “Un bote, dos botes, por poco roba el bote”.