Libros / Manuel Espín Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1257. 27  de julio de 2018

- - --

Libros / Manuel Espín

Su impacto en la izquierda antifranquista, en “Los años rebeldes
(España 1966-1969)”

50 años después de la Primavera de Praga

Dentro de unos días se cumple medio siglo del abortado final de la Primavera de Praga con la invasión de las tropas del Pacto de Varsovia, cuyo impacto en la política mundial fue enorme y con consecuencias peculiares dentro de la izquierda española antifranquista que no podía debatir a la luz pública un asunto trascendental como el rechazo al modelo soviético. Este texto es resumen de uno de los capítulos de Los años rebeldes (España 1966-1969) (Editorial Kailas) publicado hace pocas semanas, donde desde una perspectiva crítica y actual se analizan hechos relevantes en el último periodo de esa década decisiva.


El impacto de la invasión soviética y el fin de la Primavera de Praga tuvo un enorme alcance en un espacio tan imprevisto como los partidos comunistas de Occidente.

La invasión soviética acabó con el “socialismo con rostro humano” de los reformistas checos, precedente de la perestroika de Gorbachov   Generó un difícil debate dentro de la oposición al franquismo al no poder expresarse en libertad


Aunque el modelo de la Guerra Fría de finales de los 40 y 50 seguía vivo, con dos bloques enfrentados, las condiciones sociales ya no eran las mismas y el mundo había empezado a cambiar a partir del concepto de “coexistencia pacífica”. La sublevación húngara de 1956 constituyó una revuelta contra el bloque soviético cortada de raíz y sin casi posibilidad de respuesta dado el rígido modelo de mundos separados. Sin embargo, en los 60, cuando los intercambios se habían empezado a normalizar entre ambos bloques y el comercio daba pasaos importantes, la Primavera de Praga ofrecía otro cariz diferenciado al de su predecesor.  Se trataba de un plan de liberalización política, económica y social, con una propuesta de futuro que fue denominada “socialismo con rostro humano”. En primavera, Dubcek presentaba un diseño de actuación de contenidos liberalizadores. Entre ellos se incluía un paso adelante hacia la libertad de expresión, la de prensa y circulación. Esto también lo demandaban muchos de los escritores, artistas e intelectuales del país. El plan también incluía una transformación del modelo económico, hasta entonces centralizado y burocrático. El nuevo equipo dirigente quiso dar prioridad a una mejora en el consumo de los ciudadanos. A medio plazo aparecían otras demandas sociales dentro del programa. Una de ellas era el mayor control sobre la omnipresente policía secreta, a la que se quería limitar su poder. Se diseñaba una transformación a una economía mixta, con un sector estatal y otro privado, la mejora de las relaciones con Occidente sin perder sus lazos con los estados del Pacto de Varsovia. La medida más importante era señalar el camino para que en un plazo no muy largo se pudiera establecer un sistema pluripartidista en el que el Partido Comunista tendría que convivir con otras fuerzas, sin exclusividad alguna. El plan había sido emprendido por el sector reformista del propio Partido Comunista. La víctima de esa revolución silenciosa fue el centralismo democrático, que tenía todo de lo primero pero nada de lo segundo.

 Además, la Primavera de Praga avanzó lo que se iba a llamar sólo un lustro más tarde el ‘eurocomunismo’ como modelo independiente de la URSS. En los años 80 los conceptos de la ‘perestroika’ o el ‘glasnot” llegaron a la URSS de la mano de Gorbachov. Dentro de un proceso de liquidación de los viejos modelos y de las clases dirigentes eternizadas en un monolitismo burocrático y dictatorial, en 1989 la Asamblea Federal Checoslovaca convertía a Dubcek en nuevo presidente de la institución, con Václav Havel como jefe de gobierno. Veintiún años después de de la destrucción por la fuerza del llamado ‘socialismo con rostro humano’, Dubcek comprobaba cómo el tiempo le daba en parte la razón.  

 El impacto de la invasión soviética y el fin de la Primavera de Praga tuvo un enorme alcance en  un espacio tan imprevisto como los partidos comunistas de Occidente. Allí se registró una auténtica batalla interna entre ortodoxos fieles al modelo y la influencia de la URSS, y entre los independientes que rechazaban esa intromisión. La discusión alcanzó clamor, especialmente en el PC de Italia, que desde los años 50 venía mostrando su propio modelo alejado del soviético y era partidario de un sistema parlamentario liberal con elecciones libres. También fue muy sonado en el de Francia, ante la dura reacción de la izquierda intelectual contra la invasión soviética. No obstante, dio lugar a una lucha interna de posiciones en los PC de Estados en los que todavía era clandestino como España y Portugal. La pugna se tradujo en salidas, abandonos y expulsiones. Además, el fin de ese proceso de liberalización propició en Checoslovaquia un éxodo hacia Occidente que alcanzó a un nutrido sector de personajes bien conocidos del espacio intelectual. Entre ellos podemos encontrar a artistas tan emblemáticos como Milan Kundera en las letras o Milos Forman en el cine.

En España, la entrada de las tropas del Pacto de Varsovia se contempló en clave diferenciada a la de otros países de la Europa occidental. El discurso oficial anticomunista del Régimen se vio reforzado por la invasión, como un revival de la Guerra Fría muy cómodo para los intereses del franquismo. Frente a las críticas que suscitó en los medios de Europa occidental, y los países con sistemas liberal-parlamentarios de todo el mundo, Washington estaba enfrascada en la correosa Guerra de Vietnam, que había producido una creciente división en su sociedad y un enorme malestar entre los jóvenes. Más allá de las duras críticas a la URSS y al Pacto de Varsovia, lo que ocurrió en Checoslovaquia era un asunto de ese ‘otro lado’ del mundo.

Cubierta de ‘Los años rebledes’, de Manuel Espín.

 

A diferencia de otros Estados, en España las discusiones de la izquierda no eran públicas, ya que estaban prohibidas sus organizaciones. Esa turbación interna se incubó en los partidos clandestinos, con el miedo a que las críticas a la intervención soviética añadieran más leña al fuego de los referentes ideológicos anticomunistas del Régimen y pudieran corroborarlos. En la Universidad y en las organizaciones clandestinas, la desaprobación o la indignación frente a la intervención soviética se quedó dentro del espacio interno, sin trascender más allá de esa todavía minoría rebelde para no favorecer a los discursos franquistas. Aunque a medio plazo, sirvió para abrir los ojos respecto a las sociedades del Este y sus estructuras de poder, y marcar distancias.

El sociólogo José Luis Zárraga, que militaba en esa época dentro del Frente de Liberación Popular (FLP), valora hoy la percepción que los sucesos de Checoslovaquia tuvieron entre la oposición de la izquierda antifranquista: “La gente del FLP éramos antiestalinistas, sin duda alguna. La inmensa mayoría se había mostrado entusiasta de la democratización que había supuesto la Primavera de Praga, un gobierno comunista que aceptaba las libertades y tenía previsto ir hacia un sistema pluripartidista y con elecciones. Nosotros también éramos antiburocráticos y el movimiento estudiantil consideraba la democracia como base irrenunciable. Éramos muy críticos con la URSS, ése no era el modelo, ni el camino bajo una sociedad pasiva y controlada. La escolástica marxista nos causaba repulsión. En aquel momento ese rechazo era muy importante, especialmente para todos los movimientos a la izquierda del PCE, en fase de crecimiento dentro de la Universidad. Pero se carecía de una estrategia, pensábamos que habría una continuidad democrática en una sociedad socialista. La democracia se concebía como un proceso para cambiar las estructuras. En ese contexto, las posturas más realistas eran las del PCE. Pero al no saber dar un giro total en el inicio de la Transición, se vio superado por esa nueva realidad y estratégicamente perdió esa nueva izquierda que venía a representar”.

Por su parte, Nicolás Sartorius constata la turbación que el final ‘manu militari’ de la Primavera de Praga produjo en la clandestina izquierda española: “Hubo un debate crítico en los límites de todo debate en condiciones dictatoriales. En el seno del PCE, en la clandestinidad, se produjeron múltiples reuniones para debatir el tema y recoger la impresión de la militancia. La mayoría estábamos en contra de esa invasión y a favor de una evolución de esos sistemas en una dirección más democrática. El fin de la Primavera de Praga fue una tragedia y una ocasión perdida”.