Tribuna Cultural / Mauro Armiño Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1258. 31  de agosto de 2018

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

Elogio de la lectura

El escritor mexicano Jorge Comensal firma ‘Yonquis de las letras’.

¿No hay una mano tonta que a éstos y a otros muchos les regale El príncipe, del señor Maquiavelo, para que aprendan?

En fin, que desahuciado por incompetente el registrador de la propiedad, seguimos sin mañanar (verbo que utiliza algún poeta pero no admite la Real Academia); en tres meses, el vaivén de dimes y diretes,  gestos y muecas no nos sacan de la hoya.  Entre los aspavientos, los de Adriana Lastra, Pedro Sánchez y Grande-Marlaska –segundo ministro chisgarabís por sus énfasis migratorios– han amenizado el verano con peregrinas ideas: los dos primeros, por ejemplo, piden “generosidad” y algo parecido al resto de fuerzas políticas para llegar a consensos; el tercero, en declaraciones a la SER,  cree en la profesionalidad de los políticos a la hora de hacer declaraciones. Por favor, ¿no hay una mano tonta que a estos y a otros muchos les regale El príncipe, del señor Maquiavelo, para que aprendan qué es lo que se juega en esa liza entre tanta pomposidad presidencial, ministerial, etc.? Recomiendo la edición de Miguel Ángel Granada (Alianza Editorial), con pocas notas, para que así la lectura no les induzca “estados alterados de conciencia que pueden trastornar la mente”, según  analiza Jorge Comensal en Yonquis de las letras (Editorial La Huerta Grande).

Este joven escritor mexicano hace en ese ensayo un elogio de la lectura pero sin dejar de lado sus peligros, porque puede llevar a que al lector se le seque el cerebro (Don Quijote), a la simpleza enamorada (Emma Bovary), al genocidio (Adolf Hitler), al éxtasis divino o trance psicodélico (Teresa de Ávila), etc. Comensal repasa los grandes lectores para llegar a una conclusión que la publicidad con que nos mecen la cuna no proclama: “Los libros no nos hacen mejores en ningún sentido (…) Ni más nobles, sabios, empáticos o inteligentes. Los libros han marcado la historia de nuestra civilización alfabética, pero no nos vuelven moralmente superiores”. De ahí que la clase política española, para curarse en salud, no lea demasiado. Y ya puestos en esto del leer y del vivir, también recomiendo Pourquoi lire?, de un raro francés, Charles Dantzig, inédito que yo sepa en español, autor también de un iconoclasta Diccionario egoísta de la literatura francesa que pone en solfa a los grandes clásicos y modernos, pero después de haberlos leído y releído. Irrespetuoso pero concienzudo, con reflexiones y opiniones “egoístas”, es decir, liberadas de lo políticamente correcto y de la obligada reverencia. Algo así necesitaríamos por estos pagos.

Para qué sirven los poetas

Es comúnmente admitido que no sirven para nada, dado que apenas los leen sus propios colegas. Mire usted por dónde, sin embargo, este verano les han sacado brillo: los propietarios de la finca donde Juan Ramón Jiménez escribió, entre otras obras,  Platero y yo, han decidido que la sombra del burrillo peludo y suave merecía multiplicar su precio de mercado  (150.000) por diez (1.500.000) por si la Junta de Andalucía o alguna institución picaba; han picado más de una vez, pero esta vez parece que no. También sirven como calderilla emocional en homenajes; en el celebrado en agosto a las víctimas del atentado yihadista de Barcelona se leyó la cita que Hemingway pone al frente de Por quién doblan las campanas, pues no creo que hayan recurrido a la fuente, un tedioso sermón abarrocado de un pastor, santo de la iglesia anglicana, John Donne (1572-1631); su obra poética, caso raro, está magníficamente servida en nuestras librerías: la editorial Navona acaba de recuperar su Poesía erótica,(traducida por Luis Benito Cardenal en 1978 para Barral)  y  dos textos religiosos, poco traducidos, que yo sepa: Devociones. Duelo por la muerte, en traducción de Jaime Collyer. Tenemos además, también reciente, la Antología bilingüe, en versión de Antonio Rivera Taravillo (Alianza Editorial) que, además de traducir veinte de sus poemas religiosos (poco atendidos por lo general), no ha resistido la tentación de añadir para cerrar su antología ese fragmento de la Meditación 17 al que Hemingway dio publicidad: “Ningún hombre es una isla. ni se basta a sí mismo; todo hombre es una parte del continente, parte del todo (…) Así, nunca pidas a alguien que pregunte por quién doblan las campanas; están doblando por ti» (cito por la traducción de Collyer). Sin olvidar otras versiones antiguas como Canciones y sonetos, (Editorial Cátedra), en traducción de Purificación Ribes, o la de Carlos Pujol de Cien poemas  (Pretextos).

  
Dos de las obras de John Donne reeditadas en España.

No está mal atendido este poeta isabelino al que se ha incluido de forma algo desconsiderada (T. S. Eliot, su principal descubridor en el siglo XX) entre los poetas metafísicos, subrayando de forma exagerada, a mi modesto entender, las intenciones filosóficas de su poesía. Famoso por ese “Ningún hombre es una isla”, que aparece a menudo en películas de lengua inglesa, y que Jon Bon Jovi se ha encargado de popularizar, Donne ha facilitado también otra reflexión, en la que “Todo hombre es una isla”; de ambas “versiones” pueden salir dos ríos de pensamiento.

Amores y desamores

Donne tuvo una vida de cierta malandanza: de religión católica por familia, terminó pasándose a la iglesia anglicana: no estaban los tiempos para menos en ese final de siglo XVI inglés. Anduvo por las playas de Cádiz en 1596, aunque no de turista, sino como un soldado más del raid del conde de Essex contra las costas españolas, que destruyó la flota hispana del mar circundante, entró en la ciudad y la saqueó durante dos semanas. Cuando regresó a Inglaterra, consiguió entrar como secretario del servicio de sir Richard Egerton, guardasellos real, pero cometió un error grave: el plebeyo se casó a escondidas en 1601 con Anne More, menor de edad, hija de un alto personaje de la corte, George More, y nieta de su “protector” Egerton. Fue encarcelado en Fleet Street, y expulsado de la esfera pública; cuando dejó la prisión, y mientras merodeaba en busca de mecenas (poemas de encargo con motivo de un duelo, de un matrimonio, etc.), frecuentó la bohemia, y compuso  un buen número de poemas, sonetos, canciones, epigramas, etc., en las que se apartaba de la herencia petrarquista que entonces dominaba la poesía inglesa. En esa época, un Donne cínico y sensual era capaz de canonizar el amor y elevarlo a la categoría de religión: la mujer como interlocutora, como espacio a conquistar, como compañera espiritual, como cuerpo, como alma…

Lo tendría duro en estos tiempos por esa perspectiva; pero en la época «merecería ser colgado», según el gran dramaturgo Ben Jonson, por haber roto con la estrofa y el tipo de soneto canonizados por Spencer. La ruptura formal de Donne respondía a otra más profunda; en sus Canciones y sonetos regresa a los cancioneros de la Edad Media, reniega de la mujer como diosas, pastoras o damiselas que viven bucólicamente sus amores; Donne canta la materialidad sexual de las mujeres, “libros místicos” (por ejemplo, en “A su amada, al acostarse”), poema en el que describe la contemplación del desnudo de la amada: ceñidor, corpiño, corsé, vestido, calzado, hasta llegar al paraíso de Mahoma, para cuyo acceso pide permiso para “mis explorantes manos”; es el primero cantar un amor sáfico (“Safo a Filene”), en el que la poetisa de Lesbos desprecia a los hombres “que roban cuando nieva”, mientras en su llamada a Filene pondera la semejanza entre ambas, que “engendra tal extraordinario mutuo halago / que al tocarme a mi misma todo ello parece hecho a ti”, otra mitad que se convierte en “mi todo, mi más”. El amor y sus diversas circunstancias, desde el gozo a la despedida, en “Cambio”, “Infinitud de los amantes”, “Canonización”, “Adiós al amor".

Frente a estos poemas, no dejan de tener interés sus  poemas y textos religiosos; en especial, entre estos últimos, esas Devociones para circunstancias inminentes y Duelo por la muerte. Desde 1593, Donne había ido distanciándose del catolicismo y en 1615, animado por el rey Jaime, se convierte en sacerdote anglicano; a partir de ese momento, ya deán de la catedral de San Pablo, golpeado él y su familia por enfermedades y fallecimientos –de los once hijos que tuvo, sólo sobrevivieron siete–, sus sermones se vuelven hacia el tema de la muerte; los textos bíblicos le sirven de guía con un lenguaje barroco encastrado en textos bíblicos que culmina en ese Duelo por la muerte, que predica ante el rey en la capilla de Whitehall un 25 de febrero; era su propio sermón fúnebre, según los asistentes; un mes más tarde moría este poeta de lo humano y, en su otoño, de lo divino.

 

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena. 

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