Entrevista / Josema Yuste Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1260. 14  de septiembre de 2018

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Josema Yuste, actor

“Si no hay conflicto no hay comedia”

Se le recuerda con unas pestañazas y mucho colorete en las mejillas parodiando a Isabel Pantoja con Martes y Trece, pero antes de todo aquello Josema Yuste ya había estudiado teatro y trabajado sobre las tablas. Y al teatro volvió tras la disolución del dúo humorístico. Ahora representa en el Teatro Maravillas de Madrid ‘Taxi’, una comedia de Ray Cooney, en la que él, además de ser el protagonista, ha hecho la versión y ha dirigido la puesta en escena. Josema Yuste es un hombre serio y reflexivo que explota una habilidad: hacer reír. “Renovarte, reinventarte, es síntoma, y hay que decirlo abiertamente, de inteligencia”, afirma.

“Políticamente me considero una persona de centro, liberal, y puedo decir claramente que me cae muy bien Albert Rivera”


“Renovarte, reinventarte, es síntoma, y hay que decirlo abiertamente, de inteligencia”


“Yo quería mandar: por eso he hecho la versión y he sido el director de ‘Taxi’”

 

Esta comedia, ‘Taxi’, se ha traducido a 35 idiomas, y después de su estreno se representó durante 12 años consecutivos en Londres. ¿Cuál es la clave del éxito?
Se trata de una comedia muy mundana, muy urbanita, y es una historia que le puede ocurrir a cualquiera. Es más, estoy convencido de que esta historia sucede muchas veces y no lo sabemos: a un vecino, a un primo, a un cuñado, a alguien muy próximo a nosotros. Y ahí está la clave de que la función guste a la gente. La obra, por la propia historia, resulta trepidante. Ray Cooney la escribió como vodevil en los años 80, con sus puertas por las que entran y salen los personajes, a un ritmo inmenso, en una historia, como decía, que puede tocar la fibra de mucha gente. Porque la doble vida sabemos que está en la vida. La gente lo oculta. Pero existe. El protagonista es un taxista que está casado con dos mujeres, pero claro, mantiene esta situación oculta. Pero no es un señor que está casado y tiene una amante, no, es un hombre que está casado con dos mujeres y está profundamente enamorado de las dos. Hay matices ahí, ¿eh? Él las mima, las cuida, y las quiere de corazón, de verdad. A las dos. Y todo es muy bonito hasta que de repente ocurre un atraco. Este hombre vive en dos barrios, en Chamartín y en Chamberí, en Madrid, y en la linde de esos dos barrios se produce un atraco y el taxista se ve involucrado en el suceso porque la Policía cree en principio que él es el atracador. Él no ha sido, pero los policías investigan su vida y a partir de ahí esta comedia empieza a ser trepidante y surrealista.

Escribe usted en el programa: “Alberto Papa-Fragonén y yo hemos transformado, actualizado e incluso destrozado por momentos este fantástico vodevil de Ray Cooney”. ¿En qué han consistido esas modificaciones?
Hemos descosido la comedia. Esto era una casa. La hemos tirado por dentro entera, la hemos hecho nueva entera por dentro, y hemos mantenido la fachada aunque la hemos pintado de otro color. Hemos reconvertido el vodevil en una comedia de enredo, con el ritmo del vodevil y con las puertas del vodevil. Y con dos escenarios. Hay dos casas en el escenario. A la izquierda, una casa. Y a la derecha, otra. Hay un único sofá, largo, y ese sofá pertenece al mundo de las dos casas. Ocurren acciones en las dos casas a la vez. Y el público ve claramente todo esto. Nosotros hemos rehecho la comedia. Hemos escrito chistes nuevos, gags nuevos, porque la obra venía de los años 80 y estaba llena de giros cómicos anglosajones. El mundo anglosajón tiene un humor diferente al nuestro y había cosas que aquí no se habrían entendido. Hemos tenido que traer la obra al año 2018 y a nuestro contexto, y eso ha significado un duro trabajo de seis meses, un trabajo largo.

¿Qué opinión le merece Ray Cooney como dramaturgo?
Magnífica. Considero que hay autores especialistas en comedia de enredo y Ray Cooney es uno de ellos. Se trata de un dramaturgo inglés con un bolígrafo magnífico, con un sentido de la historia estupendo, y con una enorme capacidad para la construcción de diálogos. Hace unas comedias fantásticas.

Ray Cooney escribió una comedia titulada ‘Políticamente incorrecto’. ¿Políticamente cómo se considera usted?
Yo soy una persona demócrata. A mí, a demócrata no me gana nadie. Pero nadie. Eso de entrada. Y me considero una persona de centro, liberal, y puedo decir claramente que me cae muy bien Albert Rivera. Me parece un tipo joven, fresco, un político moderno. Me cae muy bien, insisto. Y ahí lo dejo.

Usted, en Martes y Trece, comenzó imitando a las trillizas, aquellas chicas que bailaban junto a un jovencísimo Julio Iglesias. ¿Hasta qué punto sobrevivir al paso del tiempo indica o es el verdadero medidor del talento de un artista?
Es una gran pregunta y la respuesta está intrínseca: así es. Es cierto. Renovarte, reinventarte, es síntoma, y hay que decirlo abiertamente, de inteligencia, de saber pisar bien el terreno donde estás, y de saber ir por la vida. En esta profesión, como en cualquier otra, pero más en ésta, hay que saber reinventarse. Y creo que la clave del éxito radica también ahí: en saber dejar atrás lo que has hecho, porque por muy exitoso que haya sido, ya está hecho, y hay que seguir adelante reinventándote tú otra vez. Yo creo que lo estoy consiguiendo. Porque, además, yo no espero superar el éxito que tuve con ‘Martes y Trece’, es más, estoy convencido de que es imposible que eso se repita. Y a partir de ahí soy feliz conformándome con lo que tengo. Que además considero que es bastante. He vuelto a ser actor, la gente viene a verme, los teatros en los que actúo se llenan generalmente. No puedo pedir más. Honestamente creo que no lo estoy haciendo mal.

Ha dicho usted: “Ahora estamos más pendientes del qué dirán que hace 30 años”. Eso parece decididamente negativo, ¿no?
Claro, y las redes sociales tienen mucha culpa de todo eso. Por esa razón yo no estoy en ninguna red social ni lo estaré nunca. Porque no quiero que la gente sepa nada de mi vida. Quiero que sepan de mi trabajo y nada más. Al igual que a mí no me interesa la vida de nadie. Pero creo que ahora la gente está muy pendiente del qué dirán. Y eso no es nada bueno. Antes, la gente era más libre. Porque te decían: “Te veo pasado mañana, adiós”. Y no volvían a saber de ti hasta pasado mañana. Pero actualmente es que saben del que está en las redes sociales cada cinco minutos. A mí no me gusta. Me agobia muchísimo.

Ha afirmado: “Mi vida profesional es una caja de sorpresas y estoy encantado de que así sea”.
Sí, me gusta que me sorprenda la vida. Yo trato de tenerlo todo controlado, pero tampoco me obsesiono con ello. Hay que dejar que fluya la vida. Es decir, que si de repente mañana me llama alguien para proponerme domar elefantes en un circo de Tailandia lo mismo me digo: “Pues igual en Tailandia estoy bien”. Y me voy allí durante un año. Este es un ejemplo absurdo. Pero me gusta que la vida me sorprenda. Que la vida sea una caja de sorpresas. Que aparezca lo imprevisto. No hay que aspirar constantemente a tenerlo todo controlado y premeditado.

Volviendo al teatro. En las comedias, el protagonista lo pasa fatal, pero los espectadores se ríen con lo que le ocurre. Depende del punto de vista desde el que está contado por el autor, ¿no?
Se dice que si no hay conflicto no hay comedia. Comedia equivale a conflicto. Y cuando tú ves a un personaje sufrir, no hasta el extremo de la muerte, claro, pero sufrir en un contexto de humor, pues te ríes, automáticamente te ríes. El protagonista de ‘Taxi’ está sufriendo permanentemente desde el minuto cinco de la comedia. Intentando tapar averías, agujeros. Porque él trata de convencer a la Policía de que es un hombre con una vida normal. Pero está casado con dos mujeres a la vez. Y esta vida de estrés que él lleva produce mucha gracia a los espectadores.

A usted le gusta el humor surrealista y próximo al absurdo como el que a veces hacían Martes y Trece y el que practicaban Tip y Coll. Pero ha afirmado que se trata de un tipo de humor que no siempre entiende el público, ¿no?
Es cierto. Lo que yo hago es que no planteo en teatro una comedia absurda de principio a fin. Yo hago una comedia con una historia realista, muy realista, y la aderezo de vez en cuando con un golpe de humor absurdo y surrealista. Porque la propia vida también tiene muchas cosas absurdas y surrealistas. Y yo incorporo a la comedia ese perfil absurdo, pero estoy ofreciendo al público una historia que ellos pueden seguir perfectamente, y con un final. Con un final feliz o no. Pero con un final. Y todo eso lo aderezo, insisto, con toques surrealistas.

¿Hasta qué punto resulta complicado hacer reír al público?
Yo recibo en el escenario permanentemente el pulso de lo que está pasando en la platea. ¿Es más difícil hacer reír? Pues no lo sé. Desde luego es difícil. No es fácil. ¿Más complicado que hacer llorar? Es posible. Porque el público parece más predispuesto a soltar una lagrimita, porque al final la vida se compone, creo, de más momentos tristes que felices, desgraciadamente hay más momentos duros que bonitos, y entonces arrancar una risa a una persona que tiene un 80% de su vida neutra y el 20% feliz cuesta más. Extraigo ahora esta conclusión: cuesta más hacer reír que hacer llorar en el teatro. Acabo de darme cuenta (risas).

El placer de mandar

Usted ha dirigido ‘Taxi’ y además ha hecho la versión. Y ha afirmado: “Es una sensación muy agradable poder hacer algo para equivocarte o para acertar, y no tener a nadie encima o al lado”. ¿Cómo ha sido su experiencia como director, por primera vez, y adaptador teatral?
He contado con la estupenda ayuda de un gran colaborador mío, Alberto Papa-Fragomén, tanto para hacer la versión como para la dirección del montaje. Pero se lo dije bien claro desde el primer momento: “La última palabra la tengo yo”. Yo quería mandar. Hasta ahora yo no había mandado en mi vida nunca en nadie. Y ahora me apetecía mandar. Quería decidir por mí mismo. Acertar o equivocarme. Pero no quería tener a nadie diciendo: “Haz esto, haz lo otro”. No. Consideré que había llegado el momento por mi edad y por mi experiencia en el que podía hacerlo perfectamente. Sin ningún tipo de problema o de complejo. Me veía capaz de hacerlo. Y lo he hecho.