Tribuna Cultural / Mauro Armiño Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1260. 14  de septiembre de 2018

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

El Lliure, bajo presiones

Las acusaciones de una actriz, muda cuatro años; las presiones de un ‘colectivo’ de mujeres de la cultura, y la incorporación a las denuncias de trabajadores del Lliure, se saldan con la dimisión de su director, Lluís Pasqual. / EUROPA PRESS

Cuando la historia se repite, con las mismas palabras e idénticas disculpas, ya sabemos que deja de ser trágica para volverse cómica; la farsa española tiene estos días ejemplos varios: parece como si a Pablo Casado le hubieran pasado las respuestas de Cristina Cifuentes y de Carmen Montón en el chollo para politicastros montado por la Rey Juan Carlos; durante 48 horas Sánchez remedó aunque de forma más tibia las exculpaciones de Rajoy para sus protegidas, pero soltó lastre pronto, sin que haya habido necesidad de algún vídeo con la ahora ministra arrastrándose por debajo de las mesas de una restaurante para no pagar la paella que se ha zampado, como la otra robando cremas. Nos queda pendiente el viacrucis judicializado de Casado; éste, que aspira a presidir gobiernos, debería recordar aquella frase de Julio César con la que reprobó a su esposa Pompeya que, al parecer, no tenía culpa alguna; pero aquí se trata del poder, y de la astucia para conseguirlo: la lectura de Maquiavelo crea una variante a la frase del emperador romano: la mujer del César puede ser puta, pero no parecerlo. Y el máster de Casado hace que parezca eso.

La gravedad de una dimisión

La dimisión de Lluís Pasqual de la dirección del Teatre Lliure es, por lo menos para la cultura, noticia de la mayor gravedad. Por si el lector no recuerda hechos con apariencias de menudos (si son de cultura, inexorablemente menudos) resumo: en mayo, una actriz joven y activa influencer en las redes, Andrea Ros, señaló con el dedo a Pasqual, que, según ella «me ha gritado, me ha ridiculizado, me ha puesto en evidencia y le he visto hacer impunemente porque “es un genio” y los genios gritan y tratan mal a la gente”; es la conclusión que Ros sacó, en su papel de Cordelia del Rey Lear, pieza en la cual la dirigió hace cuatro años Pasqual. Cuatro años ha, muda hasta ahora. Las casualidades no existen, sino un cúmulo de circunstancias que se conjuran. Rápidamente Dones i Cultura, colectivo que aseguraba estar formado por ochocientas mujeres de la cultura, incendió las redes exigiendo la destitución de Pasqual. Ante las protestas por su renovación para cuatro años, tras los ocho que acababa de cumplir, el patronato del Lliure había dejado la cosa en dos años para que Pasqual preparase la transición. La denuncia de Ros se convirtió en julio en rompehielos: trabajadores del Lliure se sumaron a la denuncia; tras un verano de silencio, Pasqual abandona el teatro que él mismo ayudara a fundar en 1976 bajo la férula de Fabià Puigserver. El Lliure ha sido punta de lanza de modernización del teatro en Cataluña, con traspaso de ideas y de formas de hacer teatro a Madrid, donde Pasqual dirigió el Centro Dramático Nacional; desde ese escenario barrió las formas antañonas, buerovallejianas, del teatro de texto, y potenció el papel del director de escena. Dirigió el teatro de Europa, sus lazos con Giorgio Strehler nos permitieron conocer algunas de las figuras del mejor teatro europeo; en resumen, probablemente el que más hizo progresar la escena española, sacándola de aquella niebla.

Intervencionismo político

Los ataques de Ros, de Dones i Cultura –a la postre ha resultado ser un escaso grupo anónimo de mujeres autotituladas de cultura muy activo en las redes sociales–, y de una parte de trabajadores del teatro han servido de banderín de enganche, al que hay que sumar, según el propio Pasqual, la vara de medir que hoy rige todo en Cataluña: su no adscripción al independentismo. Pasqual ha permanecido frío ante las presiones, no ha puesto el teatro a las órdenes independentistas, se ha negado a colgar en el teatro lazos amarillos, etc. El éxito y la calidad atrajeron a los políticos como la miel a las abejas, y pronto hubo consecuencias: subvenciones, fundaciones, patronatos, etc., porque la sociedad es incapaz de garantizar la viabilidad de un teatro de calidad. Pero, en cultura, quien con políticos se acuesta ya sabemos cómo se levanta. La programación preparada por Pasqual continuará, salvo un montaje del propio ya exdirector, la inconclusa pieza Comedia sin título, de García Lorca, rematada por Alberto Conejero. De entrada, estos acabamientos de textos inacabados puede producir cierta grima, pero Conejero no es un oportunista: ha trabajado concienzudamente a Lorca sobre escena con una buena obra, La piedra oscura, en torno a las relaciones del poeta granadino con Rodríguez Rapún –que fue mucho más que su último (quizás) amor– por tema: el libro de Lorca y su continuación por Conejero aparece justo en el momento de este trance del Lliure, en edición de Emilio Peral Vega (Ediciones Cátedra); Peral aporta y recopila datos sobre el periodo de escritura, desde 1935, con relevantes noticias sobre la situación política de Lorca y La Barraca en ese periodo. Porque la mítica e idealizada asociación de La Barraca y García Lorca debe ser matizada: el poeta granadino tuvo que enfrentarse desde el principio a presiones políticas de la Unión Federal de Estudiantes Hispánicos que pretendía controlar la programación, poco «progresista» políticamente según ellos: eso les parecía llevar por los pueblos La vida es sueño o los Entremeses de Cervantes.

Alberto Conejero remata la inconclusa ‘Comedia sin título’, de Lorca.


Obligado por los órganos competentes del control artístico de la izquierda, Lorca tuvo que montar Fuenteovejuna, adecuándola ideológicamente «a los valores sociales de un republicanismo de izquierdas, en su sentido más genérico», según Peral; no satisfizo a la UFEH y a su sección más izquierdista, la FUE (Federación Universitaria Escolar). Las presiones de los grupos reaccionarios de la CEDA, en el poder en 1934, y, sobre todo, de una izquierda tensionada por la lucha entre juventudes socialistas y comunistas dieron un resultado putrefacto: en abril del 35, la UFEH destituye a todo el consejo de La Barraca, exigiendo de Rapún, secretario de la agrupación, que se fuese a casa. Unos meses después, García Lorca abandonaba, tras montar sólo el primer acto de El caballero de Olmedo, en fechas que coinciden con el inicio de Comedia sin título. Los enfrentamientos de la izquierda, el populismo de unas propuestas estéticas con las que Lorca no comulgaba, arruinaron el proyecto cuyas circunstancias sintetiza bien en su prólogo Emilio Peral, así como el camino de Lorca hacia su revolución estética, que derivaría hacia lo «social», adjetivo que el autor adjudica a Comedia sin título.
Ese único acto de Lorca se incluye en el grupo del «Teatro bajo la arena», las formas más vanguardistas del autor, que vuelve sobre la idea de El público, sacada de El sueño de una noche de verano de Shakespeare: la casualidad del amor, además del diálogo y la apelación al público. La propuesta de Lorca/Conejero/Pasqual que esperamos suba a los escenarios será del mayor interés.

Otras historias

María Elvira Roca Barea, historiadora a quien se debe un best-seller en materia tan poco propicia a ellos como la historia, Imperiofobia y leyenda negra (Siruela, 2016), publica en la misma editorial su primera incursión literaria: Seis relatos ejemplares. Sale más que bien parada porque su forma de plasmar la historia salva los atolladeros en que suele meterse ese sub-género llamado “novela histórica”. Roca Barea enjareta una ingeniosa ficción a sucesos o personajes cuyo contexto conoce bien por su dedicación profesional: anécdotas, episodios, ambientes en torno a Lutero, Ana de Sajonia, Calvino, Shakespeare, etc., justo en el periodo del Cisma que iba a dividir la Iglesia en dos en Europa. No está dispuesta la autora a perdonar al actual Papa Francisco las bulas que ha concedido (estrategia contra el avance del laicismo) al que en su tiempo se excomulgó y no llevaron a la hoguera por los pelos: Carlos V, ante la tumba de Lutero, impidió a los fanáticos que sacaran el cadáver y lo quemaran. En fin… Roca Barea parece sentir especial rencor contra el personaje, al que, en el breve prólogo, califica de «intolerante, racista, antisemita, apologeta de la violencia», etc.: pueden predicarse esos adjetivos igualmente de la otra parte, de todas las partes, en materia de religión, desde cristianos a budistas y musulmanes en cuanto toman el poder.

Elvira Roca firma esta ingeniosa
novela histórica.


Los seis relatos, de escritura bien empastada, muestran la habilidad de la narradora, que no aborda la trama por de frente, sino de forma oblicua en su mayor parte, con la ayuda de personajes menores encargados de dilucidar el momento o el personaje histórico. Sin ningún demérito, parece tener en mente el inteligente esquema narrativo que Marcel Schwob aplicó a sus Vidas imaginarias o a La cruzada de los niños. Buena lectura, sin que los datos históricos le priven en ningún instante de su carácter de ficción narrativa.

 

Firma

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena.  

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