Viajes Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1260. 14  de septiembre de 2018

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Viajes / César Pérez de Tudela

¿Es distinto vivir la aventura con 40 años que con el doble…?

El Fuji-Yama: el mayor reportaje del mundo

La importancia del Fuji-Yama no está en su altura, relativamente modesta, sino en su perfil, su historia y su significación religiosa.

El Fuji-Yama es el símbolo mismo de los volcanes de la Tierra… Una montaña imponente por su silueta perfecta. Su altura es relativamente modesta (3.776 m.) pero su importancia está en su perfil, en su historia y en su significación religiosa. Tiene un diámetro de 38 kilómetros de Norte a Sur y de 39 de Este a Oeste. El cono final es de gran perfección geométrica siendo sus lagos y sus bosques extraordinarios viveros de vida salvaje. El cráter de la cima tiene 800 metros de diámetro y 200 metros de profundidad.

Como explorador de montañas soy un buscador de volcanes y presumo de ser uno de los que más volcanes ha podido ascender en  muy distintas latitudes.

Conocí y escalé esta montaña hace unos años acompañando a mis compañeros del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid y me quedé impresionado por el espectáculo que comporta ver cómo cientos y cientos, alrededor de cinco o seis mil personas, coronan cada día la famosa montaña, siendo en los dos meses (julio y agosto) que permanece abierta más de 300.000. La ascensión del gran volcán es un singular reportaje digno de ser divulgado con numerosas fotografías.

El explorador que estas líneas escribe es un veterano de las expediciones de alpinismo y la aventura…, y se va dando cuenta de que cada vez las escaladas suponen más esfuerzo y se van espaciando más… En estos últimos sesenta años con difíciles escaladas, y repetidas ascensiones por la geografía del mundo.

Por ello deseo regresar al cráter, a la cima del  Fuji-Yama, el mayor símbolo volcánico, para tratar de decirme a mí mismo que todavía sigo en activo, que aún puedo sentir esas sensaciones ante el peligro, incluso superarlas… Y he pensado que querría vivir las emociones de verme colgado de mi parapente, dirigiéndolo entre las nubes en esos más 2.000 metros descendiendo, subiendo y bajando… ¡Qué miedo….! No es lo mismo bajar colgado de la frágil cometa con 30 o 40 años que cuando se tiene el  doble de edad…

Oficialmente la ascensión, fuera de julio y agosto, no está permitida. Y aquellos que quieran realizarla lo harán bajo su exclusiva responsabilidad, teniendo que enfrentarse a las grandes zonas nevadas, a los hielos y a las avalanchas con deslizamientos que han ocasionado muchas víctimas, incluso grandes tragedias colectivas (peregrinajes religiosos) en tiempos relativamente recientes al ser sorprendidos por grandes tempestades de nieve y viento.

“No es lo mismo dormir al aire en el cráter del Fuji-San ( Fuji-Yama) para intentar vivir la aventura de volar desde la cima, con 30 o 40 años, que con el doble. Quiero saber si puedo culminar 60 años de aventuras, vivencias y escaladas con hondas meditaciones”

 

Durante los dos meses de verano, los peregrinos y los curiosos alpinistas que parten de Tokio u Osaka llegan a la llamada Estación Número Cinco en autocar y es desde allí donde hay que comenzar a caminar sobre una altura de 2.000 metros. Los peregrinos suelen ir en fila, en grupos dirigidos por un ‘jefe’ que anima a los participantes con gritos rituales, tras haber parado a orar en el Santuario Fuji-San a Homgu Sengen, diosa del volcán.

La ascensión no es desde luego una subida como cualquier otra montaña de semejante altura de Pirineos o de los Alpes. Sólo es subir un camino, dentro de una numerosa caravana de ascensionistas que se van ayudando agarrándose a las cadenas existentes cuando el terreno se hace algo –muy poco– escarpado por un camino señalizado. No es en sí mismo una ascensión de montaña, sino una ruta hacia lo alto, pasando por las puertas de numerosos refugios en donde se puede comer y descansar. Todo el camino es hacia arriba, protegido al principio por muros metálicos para evitar el deslizamiento de las nieves invernales, así como de las inmensas coladas de lava que pudieran producirse.

Lo normal es pernoctar en alguno de estos refugios previamente concertados, aunque también es frecuente que los peregrinos sigan caminando toda la noche descansando al aire libre en los más de 1.700 metros de subida.
Ver amanecer es un espectáculo que constituye un acontecimiento, con el disco solar dando color a las montañas por el Este –no en vano Japón es el país del sol naciente–, siendo estos momentos el cuadro más bello del mundo. Hay peregrinos que suben con equipos propios del Himalaya y otros mucho más modestos protegiéndose del frío como pueden.

Cuando se alcanza la Puerta Torii ya se está arriba, en donde se sitúa un santuario dedicado a la divinidad Sengen, la cima oficial, aunque la cumbre real está al borde del cráter.

En una de estas confluencias se descubre la enorme fila de los que suben y se contempla también a los cientos de peregrinos que bajan, por otro camino de descenso.

Es frecuente que el Fuji esté envuelto en nubes y que la niebla impida estas curiosas visiones, que nos dicen que, aunque el Japón es uno de los países con una tecnología más desarrollada del mundo, es también un reducto de religiosidad en el que el pasado sigue presente, y que los japoneses están muy orgullosos por vivir en una cultura antigua con usos y hábitos inamovibles donde la ciencia y la metafísica son una total realidad.

Este es mi próximo objetivo, vivir más en el riesgo, vivir estas emociones e incertidumbres, observar cada mañana el cielo y el viento tras haber pasado otra noche en la altura de la cima y haber buscado los lugares más idóneos para tratar de salir al aire, momentos difíciles en los que hay que arriesgar la seguridad. Lo iré contando en sucesivas crónicas-

 

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