Tribuna Cultural / Mauro Armiño Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1262. 1  de octubre de 2018

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Tribuna Cultural / Mauro Armiño

Una mujer contra el sistema social

Con toda una legislatura (o dos, como quieran) bloqueada, se ameniza con peticiones de dimisión de la ministra Delgado acusada de mentir; si fuera por mentira, ¿qué político no las usa a boca llena? / FERNANDO MORENO

Hace poco más de cincuenta años se puso de moda un baile, la yenka, cuya letra decía algo así como: “Izquierda, izquierda, derecha, derecha, /delante, atrás, un dos tres“. Estamos en una yenka adaptada a los tiempos, con una variante: ahora es un paso adelante a la izquierda y dos atrás a la derecha. Y estamos en el bloqueo de toda una legislatura (o dos, como quieran), desde que empezó el segundo rajoyato; tontas anécdotas tienen embarrancado al Gobierno, al Congreso y a ese Senado que no termina de desaparecer y sirve para obstruir y asediar a la presunta izquierda. Todo ello amenizado con peticiones de dimisión de la ministra Delgado acusada de mentir; si fuera por mentira, ¿qué político no las usa a boca llena? Nos quedaríamos sin gobierno per secula seculorum; por si fuera poco, la ministra utilizó, tiempo ha, el término “maricón” de una forma poco recomendable contra un juez, ahora miembro del Gobierno: hace unos días se condenaba a un año de cárcel a un tuitero por justificar con ese sustantivo el vil asesinato de García Lorca.

Mientras Sánchez se da paseos cosmopolitas con la casa sin barrer, su señora Begoña se arropa en la Casa Blanca de lagarterana con un vestido que para sí quisieran los payasos. La señora parecía haber desaparecido de las fotos tras sus no muy afortunadas intervenciones durante la pelea Sánchez-Susana Díaz por la dirección del partido; parece volver a imponer su presencia al lado del marido, para desgracia política de Sánchez. Éstos, como los otros, tuvieron y tienen asesores mil: ¿ninguno hay en protocolo que les advierta de lo extravagante y lo estrafalario?

Una mujer aparte

Las sempiternas quejas de la inexistencia de buenas biografías de nuestros –o de otros– personajes históricos van colmándose poco a poco. Concepción Arenal. La caminante y su sombra, escrita por la más importante seguidora del género entre nosotros, Anna Caballé (Editorial Taurus), traza la figura de esta mujer (1820-1893): de carácter grave, rayano en lo bronco a veces, se calzó pantalones desde su juventud cuando ese dato era suficiente para ser señalada. Lo había sido en Francia la novelista George Sand por disfrazarse con esa prenda varonil y poder acceder a lugares que su elevada condición social no le permitía. ¡Ah, el poder de lo masculino! (dicho sea de paso, las varias editoriales y colecciones de carácter feminista se entretienen con poetas vivas a muchas de las cuales se les podría suprimir lo de poetas; pero ninguna parece reivindicar a las iniciadoras del despegue de la mujer en la cerrada sociedad del XIX: esta, George Sand, además de ser una escritora clásica adscrita al romanticismo, algo ingenua literariamente, pero de innegable aliciente para esa lucha, tiene inédita, según creo, en español su obra mayor, Histoire de ma vie, una lección sobre la manera de superar trabas en aquella sociedad patriarcal hasta la médula).

Anna Caballé rastrea la documentación biográfica y el contexto político y social que rodeó a Arenal en esta excelente biografía.

 

Atraída por influencia paterna por la cultura y la ciencia desde la adolescencia, Arenal se hizo un hueco al lado de media docena de pensadoras en un mundo absolutamente controlado por lo masculino, como Emilia Pardo Bazán, Rosalía de Castro, y poco más adelante Clara Campoamor o Carmen de Burgos. Aquejada por enfermedades mil, con viajes múltiples que la hacían viajar a Galicia, Asturias y Madrid sobre todo, se mostró combativa desde sus inicios y, tras la muerte de su marido, se lanzó a tumba abierta contra las deficiencias del sistema en distintos apartados: los pobres, las mujeres, los reos, los presos, etc., con una vara de medir, la caridad, que hace añejos sus textos; Anna Caballé puntualiza el sentido de esa “caridad”, pero la autora estaba demasiado apegada a la religión cristiana como para que esa especie de filantropía no quede contaminada.

Importante en el tema femenino-feminista cuando esa materia no importaba a nadie: dedicó varios ensayos a la situación femenina en este país; hace más de cuarenta años, cuando de Arenal apenas se sabía nada, salvo una biografía bien documentada de la condesa de Campo Alange (1902-1986), aparecida en 1973, preparé una antología de sus textos sobre el tema: La emancipación de la mujer en España (Ediciones Júcar, 1974). Que esta sociedad haya conquistado derechos entonces inexistentes, que la mujer haya alcanzado muchas más metas de las que Arenal hubiera podido soñar (aunque todavía falten) no hace sino anclarla en su época; aún están “en progreso”, por decirlo suavemente, alguna de sus propuestas, como por ejemplo la reivindicación actual de cobrar lo mismo que el hombre; otros logros, como el del voto femenino que conseguiría Clara Campoamor, irritaba a Arenal porque la política no se avenía con la “delicadeza” de la mujer. Las teorías de Arenal sobre esa emancipación femenina son parches; nunca vio que el mal era de base, lo mismo que ocurre con sus opiniones sobre la “caridad, cosa de individuos, de voluntarios; según ella los poderes públicos no debían entrar en ese campo. Aunque desde otro aspecto de utilización del lenguaje, Arenal ofrece “datos, detalles, anécdotas, opiniones personales, en muchos casos arbitradas por el mismo principio teórico contra el que se alza la autora”, escribí en mi prólogo a La emancipación de la mujer. Puntualizaciones genéricas en las que a veces se contradice: admitiendo una inteligencia igual en los dos sexos en La mujer del porvenir, veinte años más tarde dirá que esa inteligencia femenina «sea equivalente, pero no igual de la del hombre». Su odio al desorden, la espantó ante la revolución del 68, su idea de abolicionismo de los negros en las colonias no puede hacerse actual, etc. Y, otro dato actual, era contraria a las prisiones preventivas que se eternizan.

Xavier-Roca Ferrer firma un gran traducción de este Cantar del siglo XIII.

 

Mujer de su tiempo pero adelantada a su tiempo, con una fuerza de voluntad que la llevó a la lucha contra las miserias e injusticias; luchadora empedernida, sí; pero sus propuestas para lograr la desaparición de los atropellos e inmoralidades del sistema social quedan obsoletas, lo eran incluso para algunos de los pensadores contemporáneos. Las malas condiciones de las cárceles fue el campo de batalla por la que más se la recuerda: llegó a ser, cosa impensable en aquel tiempo dada su condición de mujer, visitadora de cárceles de mujeres e Inspectora de casas de corrección, cargos en los que duró poco por eso de los turnos de la yenka, derecha/izquierda, en el poder. Sus Cartas a los delincuentes o El reo, el pueblo y el verdugo o la ejecución de la pena de muerte la sitúan como mujer avanzada, pero que arrastraba muchos de los lastres de su época. Anna Caballé rastrea tanto la documentación biográfica, más bien escasa que ha quedado –la propia Arenal quemó papeles, documentos y epistolarios, sobre todo habría sido del mayor interés su correspondencia con la viuda de Espoz y Mina, aya de la princesa, luego reina Isabel II, por breve tiempo–, como el contexto político y social y los personajes que la rodearon, tanto de cercanía física como política (Salustiano Olózaga, los krausistas, etc.); escribe así no sólo la biografía de Arenal, sino también la radiografía del entorno y la vida política que tuvo la desgracia –todavía la tenemos– de vivir. Un trabajo excelente que demuestra la fuerza de una personalidad más que interesante Arenal.

Los antepasados cantares de gesta

Cambiando de tercio, volvamos a la poesía para saludar la aparición de una nueva traducción del Cantar de los nibelungos (Editorial Arpa), ya incluido en el Programa Memoria del Mundo de la Unesco. Sus casi 2.400 estrofas datan del siglo XIII, algo más de un siglo posteriores a otros hitos del nacimiento de la poesía en Europa como La Chanson de Roland y el Cantar de Mío Cid. En él, los hechos históricos se entreveran con leyendas teutónicas, elementos maravillosos y creencias mitológicas que lo diferencian en gran medida de los Cantares francés y español: el anónimo autor cantó el mundo y los valores de la primitiva caballería, con sus venganzas, amores, traiciones, en fin, lo humano de siempre en un paisaje donde lo maravilloso y lo recio de lo humano de aquella época está siempre presente. Sólo me queda espacio para ponderar la traducción, la introducción y los comentarios de Xavier-Roca Ferrer, políglota que ha vertido obras clásicas japonesas, chinas, etc. y ha sido el primero en editar en español (¡por fin!) y comentar de forma espléndida al servicio del lector De la literatura de Madame de Staël, otra de las grandes luchadoras, a la que dedicó un ensayo biográfico (ambos títulos en Editorial Berenice, 2015); también ha sido el primero en traducir y anotar de esa misma inteligente y recomendable escritora las Consideraciones sobre la Revolución Francesa (Editorial Arpa). Ya se ve: nos llegan obras claves con ciento o más años de distancia. ¿Qué se publica en esos sesenta o setenta mil libros que salen anualmente de las hispanas editoriales?

 

 

Firma:

Escritor y traductor, ha publicado una novela, una plaquette poética y varios ensayos literarios. Colaborador de prensa, radio y televisión desde hace cincuenta años como periodista cultural y crítico de teatro, ha traducido, sobre todo, a los clásicos franceses (Molière, Voltaire, Rousseau, Rimbaud, Marcel Proust, etc.), y ha escrito y adaptado textos teatrales para la escena.  

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