Entrevista / Daniel Veronese Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1262. 1  de octubre de 2018

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Entrevista / Luis Eduardo Siles

Daniel Veronese, director

“El dolor del otro me duele, por eso hago teatro y no política”

Una conversación con Daniel Veronese (Buenos Aires, 1955) puede convertirse en algo muy parecido a una clase magistral de interpretación teatral aunque sea mientras apura el primer café del día, muy temprano, con los ojos todavía hinchados por el sueño. Ha vuelto a España desde Argentina para dirigir en los Teatros del Canal, de Madrid, ‘7 años’, una obra inquietante en la que unos turbios personajes se juegan la cárcel.


ALEX PUYOL

“Estoy a favor de la verdad poética porque el hecho artístico necesita verdad”   “Yo necesito establecer con los actores un vínculo amistoso o amoroso”

‘7 años’ presenta a unos personajes que van a ser  detenidos por la Policía por delitos monetarios. Pero se enteran de que si uno de ellos se declara culpable cumplirá siete años de cárcel, pero los demás se salvarán. Y todo ello envuelto en una gran intensidad dramática.
Sí, y esos personajes proponen a un mediador que los ayude a elegir a uno de ellos, que será el que vaya a la cárcel. Son compañeros de trabajo, amigos, amantes a veces alguno, y han de señalar a uno para que ingrese en prisión. Porque ninguno quiere obviamente ir a la cárcel por propia voluntad. La obra trata sobre esos mecanismos para ver qué es lo que pasa en este grupo, para ver quién es finalmente el elegido. Trata sobre amistades rotas, lazos rotos, sobre los lazos que se rompen para crear otros nuevos. Es como que el grupo va oliendo dónde está la debilidad. Y hacia ahí va todo. Como dice uno de los personajes: “Cuando la madre va abandonando a un cachorro, porque no tiene leche para todos, al más débil lo va dejando poco a poco”. Los más fuertes se van fortaleciendo en ese juego perverso. Es gente que desde hace tiempo han trabajado juntos, y han ganado mucho dinero, y ese mismo día se enteran de que van a ir a la cárcel. Y en medio hay más urgencias dentro de la misma obra. La tensión va en aumento.

En ‘Bajo terapia’, obra que usted dirigió en Madrid en 2015, todos los actores actuaban permanentemente, con independencia de los que estuvieran hablando. Todos apoyaban el texto desde una acción propia.
Para mí eso es una cosa absolutamente natural. Tengo que manejar la escena en su totalidad, no sólo lo que se está diciendo en cada momento. Y más en este tipo de obras como ‘7 años’, porque ‘Bajo terapia’ también tenía el carácter de lugar cerrado, en el que todo lo que se decía influenciaba en todos los personajes. En ‘7 años’ están escuchando algo que les puede significar la cárcel o salvarse de la cárcel. No hay un segundo en el que a los personajes no les esté pasando algo. Y yo tengo que saber qué le ocurre en cada segundo a cada uno de los integrantes del grupo, aunque no estén hablando. Y eso me permite jugar con reacciones que no están en el texto, pero que de alguna manera sí están en la obra. Eso es como un motor prendido que a veces agarra a uno y a veces agarra a otro para expresar, pero todos están manchados.

¿Qué conexión establece con los actores para obtener lo mejor de cada uno o lo que usted busca en cada escena?
Yo necesito establecer con los actores un vínculo amistoso o amoroso. Yo siento que quiero a los actores cuando los dirijo. Soy un poco su padre, su analista, su hermano, su hijo, su esposo, su amante. Soy todas esas cosas. Lo que cada actor necesite para que esté confiado, para que justifique estar ahí. Por lo general, a los actores les gusta actuar, y hay que observar el juego que quieren jugar. Pero, además, necesito que ese juego que van a jugar sea un juego dirigido por mí, pero además tiene que ser aceptado totalmente por ellos. El actor tiene que estar cómodo desde el vestuario hasta dónde cae la luz. Tiene que estar cómodo en todo. Si alguien me dice “yo no puedo decir esto”, no lo va a decir, yo se lo cambio. Porque el público no sabe cómo es la obra y puedo modificarlo hacia un lugar que esté al alcance del actor. Los actores son todos distintos. Tienen habilidades y debilidades. Y yo juego con eso. Voy hacia un lugar donde sus habilidades estén en su máximo esplendor. Voy armando todo para crear un clima desde el punto de vista de que lo que tienen que producir lo hagan desde un lugar de comodidad.

¿Qué diferencia esencial existe entre un actor español y un actor argentino?
El actor español es más disciplinado, más obediente, y eso a la hora de trabajar es bueno. Yo, a los diez días, monto la obra por lo general, porque todo el mundo sabe ya la letra. El actor argentino es más de desconocer la letra, te dice “bueno, ya la voy a aprender, no te preocupes”, interviene mucho, pregunta y propone, y hay que llevarlo de otra manera. Pero, en cuanto a calidad, hay buenos actores aquí y allá. Yo vengo con mucho placer a dirigirlos acá. Yo, a veces, a lo que tengo que empujar a los actores españoles es a romper, a ensuciarse, a que se hagan dueños, a que propongan. Yo necesito que se hagan dueños. Y yo creo que aquí, los actores tienden a no adueñarse, sino a que el dueño es el director. Eso es lo que percibo. Y yo les transmito que el dueño somos todos, mi rol es un rol que tiene que ver con elegir y darles una dirección a lo que ellos hacen, pero lo más importante son ellos, los actores. Por eso digo que yo tengo que desaparecer. No se tiene que ver en la propuesta final al director. El teatro es como una ventana a la que alguien se asoma para ver qué ocurre, y el que se asoma a esa ventana no tiene que ver que alguien tomó decisiones respecto a la discusión que ocurre, por ejemplo, en ‘7 años’. Aunque evidentemente hubo alguien que previamente adoptó esas decisiones.

En su opinión, ¿cuántos actores argentinos figuran actualmente entre los diez primeros del mundo? 
Imposible responder a eso. Lo primero porque no los conozco a todos. Hay muchos actores buenos en Argentina. Pero como en España hay muchos actores buenos también. Es una falacia pensar, y yo lo he escuchado aquí y allá, que el actor argentino es más bueno y mejor que el actor español. Y yo pienso: ¿de dónde sacan eso? Son distintos modos. Yo he hecho montajes míos allí y luego acá, y son distintos, y siento que cada vez que monto algo voy creciendo como director y entonces puedo pedirle más a los actores. El actor está aprendiendo en España a soltarse y a entregarse. Pero también tiene que haber un director que le pida eso. Si otro director no lo pide, el actor va a responder a los cánones de ese otro director. Yo sentí, no diría esa dificultad, sino esa particularidad. Pero si tú pides a los actores un doble salto mortal, ¿qué actor no lo quiere hacer? Todo actor lo quiere hacer. El miedo y la alegría son la esencia de nuestro trabajo.

Ha dicho usted: “El teatro es un lugar donde no se miente. Los políticos necesitan mentir para recaudar, pero el creador escénico va con su verdad, su verdad poética”.
Por lo que he visto últimamente los políticos no tienen ninguna intención de decir la verdad. Pueden mentir, incluso pueden robar. Aquí, allí, y en todos lados. Y la gente no reacciona. Ojalá la gente tuviese con los políticos esa reacción que tienen en el teatro de decir: “Esto no me gusta”. La gente es muy generosa con los políticos. Y yo estoy a favor de la verdad poética porque el hecho artístico necesita verdad. Cuando dirijo a veces digo: “¿Por qué haces ese gesto que es inapropiado para el momento?”. Y no puedo explicarlo mucho, pero intuitivamente al dirigir me introduzco en un clima muy especial, en una especie de limbo, dejo de ser yo, los actores se convierten en los personajes, con la trama, y yo tengo que lograr que avance esa trama. Y para que avance hay que ir a movimientos que no son racionales, que yo no los puedo saber de antemano. Eso es para mí dirigir: Elegir en el momento lo que tiene que pasar y lo que no tiene que pasar. Y eso termina armando un terreno que yo denomino verdad poética, que tiene que mover a la gente a querer saber lo que viene, crear una intriga. Y cuando hablo de verdad poética es porque también podemos pensar que el arte se arma del disenso. Puede no gustarte esto, pero te puede conducir a pensar eso que no te gusta ver. El arte es un ámbito en el que tenemos que crear contradicciones entre el público, y la política, si entra en contradicciones, tú no lo votas, es así de simple. Yo vengo de familia de socialistas, de comunistas, y me enseñaron a pensar en el otro, a incluir al otro en mi vida. Soy alguien a quien el dolor del otro le duele y le importa. Por eso hago teatro y no hago política.